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Esplendor, de Jordi Corominas

Esplendor, de Jordi Corominas

Ambientada entre finales del siglo XX y la actualidad, esta novela reconstruye una amistad que atraviesa décadas y generaciones. A través de la figura de José Luis, vinculada a la Barcelona nocturna y popular, traza un recorrido sentimental por calles, bares y personajes desaparecidos con la transformación de la ciudad.

En Zenda reproducimos el primer capítulo de Esplendor (RBA), de Jordi Corominas.

***

En ese instante perdí mi juventud.

Era el viernes 10 de abril de 2020, en el momento más acuciante del confinamiento, cuando todo era extremo y la ciudadanía se sentía amenazada por el miedo a causa de un virus intangible. Hacia las siete menos cinco de la tarde recibí una llamada de un policía. Sabía mi número porque la mañana anterior había acudido, aún sin mascarilla y bien protegido por un pañuelo algo dandista, a la comisaría del carrer Marina, a pocos metros de la casa de José Luis.

La idea de denunciar su desaparición a los Mossos surgió tras consultar a mi amiga María, enfrascada durante esas semanas en lucha contra el covid, hasta sacrificar de manera temporal su trabajo en la unidad de neurología de Can Ruti. Jordi, en estos casos la única solución es llamar a los polis; ellos te informarán de los pasos que hay que seguir.

Seguí sus instrucciones desde el teléfono fijo de mi casa. Los agentes fueron muy amables, recomendándome ir a presentar una denuncia; cuando lo hice, como consecuencia de las medidas imperantes cuando ni siquiera se habían establecido las fases de desescalada, me conminaron a informarlos desde el interfono, situado justo en la puerta de ingreso.

Horas más tarde se comunicaron conmigo. Habían efectuado el primer trámite: ir a la casa y comprobar, quizá desde el mismo portal, la situación. Al día siguiente se pusieron más serios. Deberías venir. Los bomberos entrarán en su domicilio para ver si tu amigo se encuentra en el interior.

Muchos os preguntaréis si José Luis tenía familia. Sí, por supuesto. Un hijo y una hija vivos, además de cinco herma-nos. Estos últimos no querían saber nada del asunto al estar enfrentados con él por la propiedad de su vivienda, entregada por sus padres, según me contó, al ser el primogénito, muy a lo catalán. Como es comprensible, los demás miembros de la camada montaron en cólera; desde hacía más de quince años planteaban un largo litigio para quedarse con su porcentaje de esas cuatro paredes.

Tal vez volvamos a esta cuestión, no lo tengo muy claro. Esa tarde seguí a rajatabla las recomendaciones de las fuerzas del orden y les pregunté si podía ir al carrer Alcalde de Móstoles sin temer recibir una multa. Vas porque así te lo hemos pedido, no te preocupes.

Según Google Maps, de mi bloque de pisos al de José Luis media un quilómetro y cuatrocientos metros, casi una línea recta con un último giro en dirección al mar. Recuerdo los pocos minutos en el tramo central de la ronda del Guinardó como un instante muy surrealista, el silencio de ese viernes atormentándome mientras intuía lo peor. Lucía el sol, la temperatura era buena y la subida pesaba más por los nervios. Aun así, volaba con mis piernas, medio ingrávido, drogado por las circunstancias.

Hasta el Mas Casanovas, un antiguo hotel de principios del siglo XX transformado en escuela, mi cabeza circuló en una anestesia enfermiza, limbo de pesadilla congelada. Al dejarlo atrás y adentrarme en la ronda proseguí con esa sensación, con la diferencia de divisar en la lontananza un coche de bomberos en la curva con Alcalde de Móstoles. Lo con-templé a unos doscientos metros: sabía muy bien adónde iba. Ahora me cuesta dar con el término justo. He tardado más de tres meses en empezar a escribir este libro y aún no he procesado el duelo. Llegué al lugar convenido. Acto seguido, un mosso me hizo sentar a escasos metros del portal, donde los bomberos iban y venían. En los balcones aledaños se arremolinaban los curiosos, sacudidos del sopor del confinamiento por esa presencia imprevista, con coches policiales aparcados en la cercanía y el de bomberos casi en el cruce con la ronda del Guinardó. Quizá había una ambulancia, pero no la recuerdo. Todos los vecinos de la calle salieron a sus balcones a chafardear. En el inmueble de enfrente cuchicheaban entre sí, mientras en el de José Luis, rodeados de banderas y eslóganes, tomaban el aire porque la primavera rebosaba y casi nunca ocurre nada reseñable en el Baix Guinardó.

Encendí un pitillo. Salieron los bomberos. Charlaban entre carcajadas, habituados como están a situaciones de este tipo. No es comparable, pero siempre pienso en cómo duran-te mi temporada como cronista de sucesos en la radio al final acabé desarrollando una frialdad excesiva de tanto diseccionar crímenes del pasado. En directo lo explicaba con rigor y era muy consciente de la brutalidad de lo narrado, sin afectarme en lo personal por acumulación de imágenes sangrientas en mi cabeza.

Quise acercarme a esos chicos. No lo hice por eso de respetar el protocolo. Vino un mosso diciéndome que me informarían en breve. Nano, ara et diem alguna cosa. Al cabo de tres larguísimos minutos volvió. Murió. No fue ayer. Estaba tendido en el suelo del comedor. No descartaría que haya muerto de coronavirus, los enfermos se ahogan sin enterarse y pudo desplomarse. A lo mejor no sufrió, lo mejor en esta tesitura.

Tras todos estos meses sigo cuestionándome mi reacción. Probablemente ya estaba en shock antes; por eso no lloré y dije entenderlo. Desde finales de marzo lo sospechaba y solo necesitaba recibir la confirmación para saber que mi mejor amigo descansaba en paz.

Durante las dos últimas semanas de marzo me salté el confinamiento con varias tretas. No hice daño a nadie; me acogí al imperativo categórico de Kant, consistente en no perjudicar física o psicológicamente a nadie. Iba por callecitas desiertas, rehuía cualquier tipo de contacto humano. En una ocasión mis paseos me condujeron al 49 de Alcalde de Mós-toles. Era martes o miércoles y solté un ánimo, José Luis, pues lo imaginé hacinado en su casa ante la imposibilidad de ir a los bares, donde con toda probabilidad se contagió por-que lo quise mucho, sí, pero era un inconsciente y hasta el orden de cierre debió de desarrollar su vida por los garitos del barrio, perdiéndose ya de buena mañana por el gusto de charlar, la incapacidad de cocinar por vagancia y la inercia rutinaria de sus acciones, reducidas desde hacía dos años a un radio de poco más de dos o trescientos metros por su evidente declive físico.

[…]

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Autor: Jordi Corominas. Título: Esplendor. Editorial: RBA. Venta: Todos tus libros.

Jordi Corominas. Foto: Laura Cuchí.

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