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Muerte a los billonarios, de Anders Lustgarten

Muerte a los billonarios, de Anders Lustgarten

Una australiana de catorce años decide combatir la crisis climática asesinando, junto a un ex militar polinesio, a los hombres más ricos del planeta. Una sátira política sobre la desigualdad y la ecoansiedad. Su adaptación cinematográfica ya está en marcha, con guion de Krysty Wilson-Cairns y dirección de Craig Gillespie.

En Zenda reproducimos las primeras páginas de Muerte a los billonarios (Lince), de Anders Lustgarden.

*****

PRÓLOGO

Kate

Las cámaras del Parlamento están en llamas y se derrumban sobre el Támesis. Pero eso no es lo que la multitud está mirando.

El vídeo se proyecta sobre el incendiado Palacio de Westminster, y el hombre que aparece en él está iluminado por llamas saltarinas, como el retrato medieval de un santo. Pero no es ningún santo. Es el rey Carlos III en su coronación. Carlos está sentado en su trono dorado, vestido de púrpura imperial, con pieles blancas de armiño sobre los hombros. La corona le sobresale de la cabeza como el caso de encefalitis más caro del mundo, y tiene la expresión abatida de un director de banco atormentado. Sus labios se mueven al ritmo de las palabras que aparecen en una cinta blanca bajo su barbilla. Las palabras también se oyen, aunque cuesta escucharlas por el estruendo de los helicópteros; sin embargo, Kate reconoce ese tono nasal y cortante de descontento. Es Carlos. Pero no puede ser cierto lo que está diciendo.

—La única pregunta real —plantea el monarca reinante— es si la violencia funciona. Que esté justificada ya no admite discusión. Ofrecemos una recompensa de diez millones de dólares por la eliminación de un billonario —continúa el rey de Inglaterra, aparentemente con total sinceridad—. Hazles lo que ellos te han hecho a ti. Monetízalos. Conviértelos en ganancia. Mata a un billonario y nosotros te pagaremos por ello. Diez millones de dólares. De forma imposible de rastrear.

En este momento, Carlos se inclina hacia adelante y mira fijamente a la cámara, la corona se le tambalea y sus ojos impasibles brillan con intensidad.

«MUERTE A LOS BILLONARIOS».

El frío repentino y el azote de la lluvia no son nada comparados con el estremecimiento que recorre a la multitud apiñada en ese instante. Los alaridos y los gritos. La detective sargento Kate Anderson tiene que abrirse paso a empujones entre la densa masa humana en el puente de Westminster. Forcejea y grita «¡Policía! ¡Policía!» ante una obstinada falta de cooperación —y, en algunos casos, resistencia activa— solo para llegar al borde del puente y ver la proyección. Aparta por un momento la mirada de la imagen para observar a la ferviente y agitada muchedumbre que la rodea.

La multitud ruge con una risa feroz y salvaje ante el colapso del Parlamento. Aplauden cada vez que sacan una nueva bolsa para cadáveres de entre los escombros, se dan codazos y señalan mientras intentan adivinar a qué odiado imbécil contiene. Se oyen voces que mencionan casetas para patos y contratos de EPIs. Gritos estruendosos: «¡Te vas a casa en una puta ambulancia!».

Es como si cuarenta años de frustración acumulada por el desprecio y el odio de la clase política hacia el resto se liberaran esa noche en una desenfrenada saturnalia.

Pero la proyección es algo completamente distinto.

 

Una hora antes Kate se tambalea entre cámaras en llamas coronadas por agujas doradas. Avanza a trompicones por antiguos corredores de piedra calada mientras estos se deslizan hacia el Támesis para ser tragados irremediablemente por las húmedas y voraces fauces del río. Los mosaicos se comban y se arquean, mientras estatuas con pelucas, con sus rostros medio devorados por el tiempo, la miran desde arriba con severidad. Una estatua se estrella contra el suelo frente a ella; la cabeza se desprende y rueda como un balón de piedra. William Ewart Gladstone. Las funciones que alguna vez tuvieron lugar en el Parlamento dejaron de tener sentido real hace mucho tiempo. Ahora, incluso la cáscara vacía de la democracia que, en realidad, como toda cáscara, no contiene más que un eco sordo, también está a punto de desaparecer. Una viga incendiada cae junto a Kate con la contundencia definitiva de los recortes en servicios públicos esenciales.

Los diputados discuten y titubean, aparentemente ajenos a su propia mortalidad. Visten largos abrigos negros, guantes blancos y pecheras con volantes, una combinación que los hace parecer una mezcla entre niños gigantes y árbitros de snooker.

—¡Pero es la Apertura Solemne! ¡La Apertura Solemne! —balbucean dos de ellos, indefensos, mientras Kate los empuja hacia la salida.

El jefe de la tribu, ataviado con medias negras, calzones y zapatos de cuero, se planta frente a ella.

—Hay miembros —le confía, como si estuviera recostado en un sillón de cuero, dando instrucciones tras una copa de coñac y un puro— en el sótano.

Kate echa a correr, atraviesa salones en llamas decorados con frescos de glorias ya olvidadas: la derrota de Napoleón, la Armada Invencible, la subyugación de la India; todo ahora ennegrecido, humeante y perdido en un pasado irrecobrable. Pasa junto al cartel del campo de tiro y el del Salón Real de Investidura. Baja por la escalera de caracol y se adentra en las entrañas de la bestia.

Los cimientos físicos de la democracia británica están podridos hasta la médula. Ladrillos en descomposición. Catacumbas laberínticas y sofocantemente calientes. Los pies de Kate chapotean en unos centímetros de líquido fétido que se extiende a su alrededor. Imposibles enredos de cables serpentean como culebras molestas. Túneles húmedos albergan tramos siseantes de hierro: el sistema de calefacción es tan arcaico como el sistema electoral, aunque menos dañino para la sociedad en general. Kate esquiva las vísceras metálicas y agacha la cabeza cuando los túneles se vuelven aún más claustrofóbicos.

Ve dos figuras. Una alta y huesuda presiona a otra más baja contra la pared. Kate grita al acercarse. Ambos se vuelven y experimentan sorpresa por el mutuo reconocimiento. Conoce a la figura alta: es su diputado. De cerca resulta menos huesudo y más viscoso, ondulante, enrollado sobre sí mismo en bucles como una lombriz intestinal. La expresión de alivio en el rostro de la joven es algo que Kate reconoce por instintivo de sus propias noches más oscuras.

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Autor: Anders Lustgarten. Título: Muerte a los billonarios. Traducción: Leticia Cosculluela. Editorial: Lince. Venta: Todostuslibros.

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