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Esta dura condena de amor

Terminaba el año 2014, un año convulso en lo personal, un año de finales y principios. Un año en el que muchas veces me había visto a través de una lente externa, un ojo de pez que todo lo deformaba y me devolvía imágenes de alguien que ya no era yo. Y, sin embargo, lo era. Fue un momento de toma de decisiones, tiempos que exigían valentía. Por eso recuerdo más el contexto temporal que el disparador de la novela. Aunque siempre hay un chasquido, algo que no anotamos porque tenemos la certeza de que no podremos olvidar, un personaje que empezás a conocer y no podés dejar ir.

Quisiera amarte menos es un texto sobre cómo el amor puede destruirlo todo y, a su vez, ese acto de destrucción puede refundar un amor nuevo. Es un texto sexual y violento, pero lleno de ternura. Es un texto, por momentos, explícito, que profundiza en las fantasías privadas, que se aleja de la corrección política, que da cuenta de que todas y todos somos capaces de llegar al límite. A ese límite. La diferencia entre actuar y no actuar está, a veces, más cerca de lo que nos gustaría creer.

"Quisiera amarte menos es un texto sobre cómo el amor puede destruirlo todo y, a su vez, ese acto de destrucción puede refundar un amor nuevo"

Pero volvamos a los disparadores. Corría ya el 2015 y me habían invitado a Barcelona para asistir a BCNegra. Acababan de publicar una edición española de ¿Quién mató a la cantante de jazz? y había sido convidada a dar una charla sobre el primer policial en lengua castellana. Antes de viajar estudié mucho. Soy de tomarme las charlas en serio y tenía mi escritorio repleto de libros teóricos y literatura sobre crimen. Quedé impresionada con algunas de esas lecturas, la diferencia entre las propuestas más clásicas, las escuelas francesas e inglesas, los decálogos de los diversos escritores negros. No soy una escritora de género. Había escrito La cantante con intuición lectora, replicando estructuras que había aprendido a fuerza de repetición, lejos de un marco teórico. Y cada día que pasaba estudiando el tema me daba cuenta de que todo me llevaba de regreso a la tragedia clásica. La que había estudiado hasta el hartazgo en mis años de dramaturgia.

Ya en Barcelona, quedé impresionada por la organización del festival. Era la primera vez que me encontraba con tantos lectores. Me sorprendió la altísima concurrencia y la cantidad de preguntas que hacía la gente. No solo querían saber de qué iba tu libro. También querían saber de qué ibas vos. Y eso a mí me daba vergüenza. Siempre reivindiqué la literatura de la imaginación, lo privado es lo privado, les decía. No escribo autoficción. La Cantante no soy yo, aunque sí, canto. ¿Que si puedo cantar algo? Claro que sí. Pero no, no, La Cantante no soy yo. En eso estaba metida, tratando de entender por qué ese personaje de cantante era necesario para presentar a La cantante, cuando empecé a escuchar las charlas de las mesas contiguas. No hablo de las mesas públicas, sino de las que albergaban a la peña. Entre las y los colegas se hablaba mucho sobre violencia de género, y yo viajaba desde una Buenos Aires que estaba prendida fuego. El Ni Una Menos estaba en todos lados y los rumores de la marea verde, que por ese entonces todavía no había estallado, ya se intuían a lo lejos.

"Los euros me eludían y para poder aceptar la invitación al festival había antes aceptado la generosidad de un escritor de vieja escuela"

La gente que conocí en España era solidaria ante mi situación de extranjera. Los euros me eludían y para poder aceptar la invitación al festival había antes aceptado la generosidad de un escritor de vieja escuela. Es que tiempo antes, en Mar del Plata, había conocido a William Gordon, un tipo muy generoso. Gordon había leído mi novela y al enterarse de que Paco Camarasa me había invitado me escribió un mail ofreciéndome ayuda. Es que BCNegra no cubría todos los gastos y yo no estaba en condiciones de hacerme a la Europa. Así, Gordon me propuso que compartiera cuarto con la persona que le llevaba la fotografía y prensa, que era Laura Muñoz Hermida, una mujer que había conocido por mis pagos y que, para ese entonces, ya era una querida amiga. Así que acepté contenta. Y todo fluyó. Ahí estaba, escuchando las charlas sobre violencia de género, tomando mis primeras cañas, agradecida ante la amabilidad de la gente, sin sospechar que, al igual que el ambiente jazzero, el ambiente literario también estaba plagado de estereotipos y preconceptos.

Habían pasado diez años desde la publicación de mi primera novela y quince desde que había empezado a trabajar para diferentes medios, pero no fue hasta que empecé a viajar que escuché esos primeros rumores. Esas voces que me preguntaban con quién se había acostado tal autora para ganarse tal premio, a quién le había mandado fotos comprometedoras tal otra para que la pusieran de jurado en ese famoso certamen o cómo había hecho esa mujer tan poco agraciada para ganarse esa enorme beca a uno de los centros literarios más prestigiosos de Estados Unidos…

"¿La gente se seguiría animando a fantasear con lo que le genera placer, o lo políticamente correcto se extenderá hasta taparlo todo?"

Flashforward, o prolepsis, a unos meses después. Me puse a escribir un monólogo sobre una mujer que se enamora de un desconocido. “Es que tal vez solo pueda amarse a alguien desconocido”, se plantea el personaje (aunque no esté dicho en el texto de manera explícita). Es un monólogo que funciona solo: ella quiere que él le haga un hijo, las cosas no salen como a ella le gustaría. Se va tejiendo la trama de la historia. Decido que el texto tiene que poder funcionar de manera autónoma, que no voy a ceñirme a las reglas que estuve estudiando, que no me importa de qué color sea la narración, que igual tengo que escribir todo el contexto para después borrarlo. Y sigo teniendo en cabeza las charlas sobre género, violencia, chismes del ámbito literario, lo difícil que es ser mujer en este ambiente… Todavía no existía el MeToo ni las denuncias ni los escraches, pero todo me parecía de una violencia tristísima.

Mientras tanto, empezaba a aparecer en Latinoamérica la idea de lo políticamente correcto. De inmediato empecé a preguntarme por el deseo, las fantasías, el erotismo. ¿Qué va a pasar con las fantasías en el ambiente de lo privado? ¿La gente se seguiría animando a fantasear con lo que le genera placer, o lo políticamente correcto se extenderá hasta taparlo todo? Y seguía escribiendo, pero bien lento, porque probaba diferentes formatos y borraba, seguía escribiendo y seguía borrando. No quería dejar más marcas que las huellas de los nuevos personajes.

Entonces me llegó una invitación desde Gijón. Ángel de la Calle me invitaba a la Semana Negra a presentar ¿Quién mató a la cantante de jazz? y a participar de mesas sobre el tema de la edición 2015: violencia de género. Éramos una comitiva enorme de argentinas y argentinos y en total más de 200 escritores de varios lugares del mundo. En la mesa sobre violencia de género éramos casi todas mujeres, cada una habló de sus textos y de su historia o de la historia que nos atravesaba a todas. Hablamos sobre feminicidios, sobre los abusos físicos y mentales, hablamos y después me alejé a tomar un café con dos colegas que no participaron en el coloquio: una catedrática francesa y una periodista norteamericana. Les dije que me sentía un poco rara, porque en una mesa sobre violencia de género solo hablamos sobre lo violentos que podían ser los hombres, pero en ningún momento dijimos nada sobre la violencia de la que son (somos) capaces las mujeres. Temí quedar marginada por tan solo pensarlo, pero no hubo ni un segundo de silencio. Las dos asintieron con la cabeza y expusieron su propia preocupación. La sororidad no siempre está presente. Y eso que en el 2015 no se usaba mucho “sororidad”, pero teníamos otra manera de decir las mismas cosas. Además, ¿las mujeres no son capaces de hacer cosas terribles? Claro que sí, lo son, lo somos. Y me quedé pensando.

"Escribir Quisiera amarte menos fue casi como dirigir una obra de teatro, dándole a los actores la información sobre la vida de sus protagonistas para después pedirles que dijeran una sola línea que contuviera todo"

De ahí en adelante no paré de escribir. Las voces me pedían que las tirara ahí, desnudas, con sus cuerpos y sus traumas, con sus deseos disparados, crudas, sin adornos. Julia, Clara y Juan, ese triángulo fatídico, me acompañaba ya hacía algunos meses. Pero a ellos se les sumaron La Turca, Vera y Roberto. Seis personajes que ojalá lograran escaparse del autor. Y lo hicieron.

Un año después terminé la novela. Borré las marcas del trabajo. Una persona que valoro mucho me dijo que era un poco corta para ser comercial, que la engordara para que pudiera venderse más en España, ya que allí no se estila mucho la nouvelle. Pero no pude. Cada vez que intentaba agregarle algo, sentía que era antinatural. Me había costado mucho despojarla de todos los artilugios, de todos esos trucos que, gracias al oficio, tenemos bajo la manga. Y, por otro lado, temía que los personajes pudieran rebelarse y venir a buscarme.

Escribir Quisiera amarte menos fue casi como dirigir una obra de teatro, dándole a los actores la información sobre la vida de sus protagonistas para después pedirles que dijeran una sola línea que contuviera todo. Pidiéndoles que fueran precisos al dar información, que supieran que lo dicho iba a ayudar al lector a tener una comprensión más aguda. Dentro del libro se narra incluso un crimen que aconteció de verdad. Un feminicidio que ocurrió en una provincia argentina. Ese feminicidio es fundacional, es una marca en el cuerpo de un país. Y, sin embargo, no es el centro de la trama.

El título lo tomé prestado de un vals escrito por Luis César Amadori, un vals que inconscientemente quedó atrapado en el corazón del texto. Un vals que dice así:

Primavera de mis veinte abriles,
relicario de mi juventud.
Un cariño ignorado soñaba
y ese sueño ya sé que eras tú…
Cuántas veces rogaba al destino,
ser esclavo de mi sueño azul.
Hoy que sé lo que cuesta un cariño,
ya no puedo con mi esclavitud.

Quisiera amarte menos.
No verte más quisiera.
Salvarme de esta hoguera,
que no puedo resistir.
No quiero este cariño,
que no me da descanso.
Pues sufro si te alcanzo
y lejos no sé vivir.
Quisiera amarte menos,
porque esto ya no es vida.
Mi vida está perdida
de tanto quererte.
No sé si necesito
tenerte o perderte.
Yo sé que te he querido,
más de lo que he podido.
Quisiera amarte menos
buscando el olvido,
Y en vez de amarte menos,
¡te quiero mucho más!

Ya sé que entre dos que se quieren,
el cariño distinto ha de ser.
Mientras uno da entera su vida,
otro sólo se deja querer.
Ya lo sé, y sin embargo no puedo,
conformarme con quererte yo.
Tengo miedo que nunca termine
esta dura condena de amor.

Escribo este making of en plena cuarentena. Acá estamos recién en la fase 3 de confinamiento y llevamos más de dos meses encerrados. Una alegría saber que, cuando llegue a sus manos, este libro verá plazas y parques, playas y bares. Mucho más de lo que esta autora podrá ver en mucho tiempo. Fuerza a todas y todos los que todavía están de ánimos bajos.

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Autora: Tatiana Goransky. Título: Quisiera amarte menos. Editorial: RiL Editores España. 

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