Tengo un puñado de expresiones que he canibalizado a otros. Confieso el crimen porque estoy seguro de que ya ha prescrito. Las adopté y hoy hay quien me las oye tanto que cree, equivocadamente, que salieron de mi cosecha. “Lleva las uñas de luto riguroso”. “Es más pesado que la antología poética de Gloria Fuertes”. “Como vuelvas a decir eso te reviento la biografía”. No pienso renunciar a ser un suplantador de autorías y, por supuesto, que le den al síndrome del impostor.
He alcanzado un punto peligrosísimo para domeñar el ego: hay gente que me cita. Que sí, que lo he oído con estas orejas en una reunión: “Como diría Pery, es un imbécil esférico: lo mires por donde lo mires”. Eso alimenta más que una olla flamenca. Soy un referente construido a base de referencias ajenas. Un plagiador con club de fans.
Solo hay algo que me baja del pedestal y me borra la sonrisa. Les cuento.
Trabajo rodeado de gente insultantemente joven. Chavales que se mueven entre los veintipocos y los treintamenos. No es necesariamente malo. Aprendes de ellos. Descubres aplicaciones que no sabías ni que existían, músicas que jamás escucharías por voluntad y salud propia y preocupaciones que a tu generación ni se le ocurrieron. También es una cura de humildad. Hay campos enteros en los que eres un analfabeto funcional mientras ellos se desenvuelven con la soltura de Gene Kelly claqueteando bajo la lluvia.
Y ahí, precisamente ahí, es donde la cosa se va al carajo.
Porque toda esa admiración se convierte en odio saduceo cuando compruebo la cara de desconcierto con la que me miran al utilizar expresiones que forman parte del archivo sentimental de este país.
Les dices que se mueve más “que el baúl de la Piquer” y creen que hablas de un videojuego. Nombras a Berlanga porque lo de Pedro Sánchez es ya “de escopeta nacional” y alguno busca si el tal Berlanga juega de lateral en el Betis. Citas a José Luis Cuerda y no amanece, sino que oscurece en la redacción. Dices que “va puesto como Las Grecas” y alguno cree que acabas de cometer un delito de odio.
Amosnomejodas. Que todos sabemos que lo importante es el conceto, así, sin p, ¿no?
No saber quién fue El Fary debería obligar a repetir curso. No porque haya que memorizar su discografía, sino porque El Fary es mucho más que un cantante. Es una contraseña generacional. Igual que Chiquito, Gila, Tip y Coll, Martes y Trece o José Luis López Vázquez. Son piezas del puzle que nos permiten entender media España, la mitad de los chistes y buena parte de nuestra literatura popular.
No tengo nada contra Bad Bunny. Bastante hace el hombre con levantarse cada mañana siendo Bad Bunny y simular que canta mientras suena como Alvin y las Ardillas —que, por cierto, tampoco saben quiénes son—.
Lo que me preocupa no es que escuchen a Bad Bunny. Es que entre Bad Bunny y Berlanga solo les suene el primero. No es elitismo. Es amputación cultural.
Cada generación incorpora sus propios iconos. Es ley de vida. Lo preocupante no es que aparezcan referencias nuevas, sino que desaparezcan las antiguas sin dejar rastro. Porque entonces dejamos de compartir un código secreto que ni Alan Turing ni una tribu entera de navajos serían capaces de descifrar.
Era nuestro. Pasaba de generación en generación sin manual de instrucciones.
Y jode.
Jode mucho que las bromas dejen de funcionar, que las ironías se queden huérfanas y que un país acabe hablando el mismo idioma sin querer decir las mismas cosas.
Quizá por eso sigo robando expresiones. Es mi pequeña forma de hacer contrabando cultural. De mantener vivas palabras, giros y personajes que no merecen acabar en un desván junto a los casetes de Bordón 4, los cedés de Los Chunguitos y aquellos auriculares con espuma naranja que siempre terminaban oliendo a humanidad.
Si algún día un becario me responde a una cita de Berlanga con otra de TikTok, procuraré no perder los nervios. Respiraré hondo. Sonreiré. Y, con todo el cariño del mundo, le advertiré de que, como vuelva a hacerlo, le reviento la biografía mientras me pregunto, a voz en cuello, quién maneja mi barca, quién, que a la deriva me lleva, quién.
Nota: Valeeeee, reconozco que la última es muy de los ochenta, como para tirarme al pisto. Ah, que pisto tampoco. Lo dicho: estoy hasta las mismísimas referencias.


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