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Fariña. La novela gráfica, de Nacho Carretero y Luis Bustos

Fariña. La novela gráfica, de Nacho Carretero y Luis Bustos

Fariña (ediciones B), de Nacho Carretero, ilustrada por Luis Bustos, es la novela gráfica del fenómeno editorial de no ficción. Esta edición incluye un epílogo inédito del autor que desvela los secretos del narcotráfico después de publicarse Fariña, el libro, y que Zenda publica con las veinte primeras páginas de la obra.

Nacho Carretero (A Coruña, 1981) ha trabajado en diversos medios escritos como Jot Down, XL Semanal, Gatopardo o El Español. Ha tratado temas como el genocidio de Ruanda, el ébola en África, y la guerra de Siria, entre otros. Actualmente es reportero de El País.

Luis Bustos es dibujante de cómics, ilustrador y grafista. De un estilo versátil, ha realizado trabajos en varios géneros y formatos que van desde el cómic book al álbum europeo, el humor para prensa o la novela gráfica. Entre sus libros destacan Endurance, Versus, POP. ¡No me quito esa canción de la cabeza! y ¡García!, con Santiago García.

Epílogo

Más allá de Fariña

Nacho Carretero

Un día soleado de verano, un narcotraficante gallego me invitó a comer en un restaurante de la ría de Vigo. Olvídense: no es ninguno de los que habitan las páginas de esta novela gráfica. Tampoco aparece en Fariña, el libro que publiqué en septiembre de 2015, ni en la serie que se retransmitió unos años después basada en él. Es uno de esos narcos que el público no conoce, que la policía vigila, pero no tiene nada contra él para actuar, y que no ha desfilado por tribunal alguno. Sí, más allá de los narcos gallegos que conocemos, existen al menos otros tantos de los que no hemos oído hablar. Habelos, hainos. Son aquellos a los que el negocio les ha ido bien. Han sabido retirarse a tiempo, han sido más listos o simplemente han tenido más suerte. Este, el que me invitó a camarones y merluza en salsa, era uno de ellos; de los anónimos, de los que lee o ve reportajes sobre el narcotráfico en Galicia con una leve sonrisa porque el foco mediático está lejos de su órbita.

Este hombre me confesó que le había gustado el libro. De hecho, y para mi sorpresa, me pidió que le firmara un ejemplar que llevaba consigo. Después, hizo una crítica a la banalización del narcotráfico: se quejó de que hubiera camisetas o sudaderas con los nombres o caras de famosos narcos gallegos. Dijo que era un mal ejemplo para los niños. Yo todavía no sé si de verdad lo pensaba o es que su ego estaba herido por el anonimato. Al fin y al cabo, los narcos también son personas, que diría aquel.

Por entonces, el libro acababa de ser liberado después de un incomprensible secuestro judicial. La prohibición, unida al estreno de la serie de televisión de Bambú que adaptaba la historia, hizo que la popularidad de Fariña se multiplicase. Y eso que ya era más de la que Libros del K.O. (la editorial) y yo podíamos haber soñado: Fariña, antes del secuestro, se había convertido en un libro que, sin estrategia de comunicación ni promoción algunas, había vendido cuarenta mil ejemplares en diez ediciones y ya estaba traduciéndose a cinco idiomas. Un pequeño milagro.

No solo eso: la publicación del libro ayudó a trasladar el foco mediático, de nuevo, al narco gallego. Y digo de nuevo porque la atención de los medios sobre la entrada de hachís y cocaína por las rías gallegas prácticamente había desaparecido en los últimos años, a pesar de que el negocio fluía. Vaya si fluía… Esto es algo que periodistas valientes que se jugaban la vida por informar, como Elisa Lois, Julio Á. Fariñas, Benito Leiro, Felipe Suárez, Ujué Foces, Susana Luaña, Perfecto Conde, Xosé Hermida y más, venían denunciando desde hacía tiempo. El ruido que provocó la publicación de Fariña ayudó a esta demanda, y de pronto los periódicos y las televisiones volvían a interesarse por Vilagarcía, Cambados o Vilanova; las editoriales reeditaban joyas escritas a principios de los años noventa que habían sido abandonadas, y nombres propios olvidados volvían a ser pronunciados. Si algo puede resultar satisfactorio de la publicación de Fariña es, desde luego, haber recuperado la atención de aquellos que creían que este cáncer gallego estaba extirpado o sanado; haber devuelto la memoria a los que afirmaban rotundamente que era pasado lo que, en realidad, no ha terminado.

Sí, el foco mediático desmesurado, repentino o consecuencia de una moda suele tener un anverso tóxico: información errónea o exagerada, que crea alarmismo e incide una y otra vez en los mismos nombres y las mismas historias. Pero —y esto es una opinión personal—, entre el exceso de preocupación y el nulo interés, a Galicia le viene mucho mejor lo primero para afrontar sus males.

El problema fue que, con el paso de los meses, Fariña empezó a escaparse un poco de mi control y del de la editorial. Por momentos, parecía que todo lo que ocurría en relación con el narco gallego tenía relación o se debía al libro. Nos llamaban decenas de medios y productoras pidiendo opiniones, entrevistas, reacciones. Era como si, con respecto al narcotráfico gallego, no existiera nada más allá de Fariña, cuando evidentemente había mucho más, empezando por un nutrido grupo de periodistas gallegos, algunos de ellos ya mencionados.

A históricos capos les dio por culpar al libro y a la serie de todos sus males, como si hasta ese momento la vida les hubiera ido de perlas. “La culpa de todo esto es de Fariña y de Nacho Carretero”, llegó a decir un histórico narco mientras rompía la cámara de un fotoperiodista gallego. El afectado estaba allí trabajando porque, días antes, al narco le había entrado en casa un grupo de colombianos con la intención de intercambiar pareceres. Se ve que también Fariña tenía la culpa de aquello.

Todo el mundo empezó a hablar de Fariña (denominación de la cocaína, por cierto, folclórica que, en el ámbito del narcotráfico gallego, apenas se usa) como si antes no hubiera existido el narco en Galicia. El rizo se rizó cuando los propios traficantes me transmitían su enfado por no aparecer en la obra. Esto es verídico: algunos narcos me hicieron llegar su decepción porque su nombre no figuraba en las páginas del libro. “Está incompleto”, me informaban.

El asunto se fue de madre cuando se hizo público el secuestro de Fariña y, en paralelo, se estrenó la serie en Antena 3. Sabíamos que el demandante, un tipo que había sido alcalde de O Grove y había estado relacionado con asuntos de narcotráfico en los años ochenta, solicitaba en sus medidas cautelares la paralización de la obra. Pero ni los editores ni yo le dedicamos un gramo de preocupación a semejante petición. Aquel hombre apenas aparecía en un párrafo del libro; párrafo que, además y sobre todo, contenía una información cierta, tal y como acabaría reconociendo el tribunal. Por no mencionar que, en lo que a mí respecta, no sabía que se podían secuestrar libros.

En una decisión que todavía hoy cuesta entender, la jueza concluyó atender la petición y prohibió la venta de Fariña. En las poco más de veinticuatro horas que transcurrieron entre el anuncio y la ejecución, se vendieron más de diez mil libros que estaban recién salidos de la imprenta antes del delirio judicial. A mí, el anuncio me pilló en Barcelona, donde estaba haciendo un reportaje para El País, mi periódico. La avalancha fue tal que decidí llamar a mi familia y decirles que iba a apagar el móvil un par de días. ¿Habéis visto alguna vez un teléfono en el que entran llamadas de forma incesante? Una encadenada con la siguiente, las horas que haga falta, hasta que tienes que apagarlo o tirarlo por la ventana.

Recibí llamadas y mensajes de jueces, fiscales, diputados, periodistas… Algunos partidos nos pidieron libros para llevarlos al Congreso, desde los ámbitos nacionalistas de Cataluña y Galicia me invitaron a todo tipo de iniciativas para denunciar la censura y mis redes sociales colapsaron. La bola de nieve crecía sin descanso porque, esos mismos días, a un rapero llamado Valtònyc le habían denunciado por unas letras de sus canciones y en la feria de Arco habían retirado una obra de arte. El debate público, de pronto, apuntó de forma unánime a la libertad de expresión y, en medio del huracán, Ramón Campos, productor ejecutivo de Bambú, me llamó para comunicarme que Antena 3 había decidido estrenar la serie esa misma semana. Ante tal panorama, la editorial y yo determinamos apartarnos de todo aquello, mantenernos en silencio y esperar. No fue fácil.

Mucha gente me dice que “lo del secuestro” fue lo mejor que le pudo pasar al libro. Yo siempre digo que no es incompatible: las ventas se dispararon gracias a una impagable e involuntaria campaña de marketing que, dicho sea de paso, no buscábamos. Pero eso no invalida el mal trago que, durante unos meses, tuvimos que pasar. Como periodista, que una jueza hubiera prohibido mi trabajo por un párrafo que era veraz me frustraba, me dolía y me enfadaba enormemente. El mensaje que estaba enviando esa jueza sobre mi desempeño era que mi investigación no era fiable, no era rigurosa. Y eso me afectaba. Además, el momento que llevábamos meses esperando, el estreno de la serie, un hito que queríamos disfrutar y que nos hacía muchísima ilusión tanto a la editorial como a mí, se completó con el libro secuestrado. Del primer al último capítulo. Ver cada semana cómo se emitía era un recordatorio de que el libro estaba prohibido. Lo mismo nos pasó en Sant Jordi y en la Feria del Libro de Madrid. No estaban todos, faltaba Fariña.

Si pudiese volver atrás en el tiempo, elegiría no tener que pasar aquellos meses de desmedido foco de atención sobre mi cabeza y de silenciosa frustración, mientras nuestro querellante se paseaba por platós de televisión y posaba en portadas disfrazado de panadero y declarando que me metería una bala en la cabeza.

En los postres de nuestra comida en la hermosa ría de Vigo, mi anfitrión siguió por el paradójico derrotero de criticar que se estaba colgando un sambenito injusto a Galicia. Que narcotráfico había en toda España (bien lo sabía él, claro) y que parecía que ahora solo existiese en las rías. A mí me parecía un poco surrealista debatir esto con mi interlocutor, pero por momentos no me quedaba más remedio.

En mi opinión, el fenómeno al que ha contribuido Fariña no es más que el de la explotación narrativa y cultural de una realidad. Una realidad dura, desagradable, que está presente en Galicia desde hace años y que, en su momento, fue recogida mediáticamente con enorme acierto y valentía, pero que en los últimos tiempos parecía haberse tornado en una especie de tabú. Incluso llegó a dar la impresión en Galicia de que el narcotráfico solo existía si se le invocaba, de modo que, para no verlo, era mejor no mencionarlo. Se evitaban así reacciones a la defensiva, de la escuela de “Esto alimenta el estereotipo”, “Son prejuicios”, “Es frivolizar”, y similares. De esta forma, como tantas otras cosas, pareció guardarse en un cajón y se tragó con el mensaje imperante: “Eso ya ha pasado y, si acaso, es cosa de narcos extranjeros”.

Desde jovencito, he visto cómo en otros lugares con fenómenos criminales similares se ha aprovechado para hacer una explotación cultural de los mismos sin que ello entrase en conflicto con el respeto y la sensibilidad hacia estos. Basta el ejemplo de cómo Italia recoge en películas, series y libros la lacra mafiosa que padece. Latinoamérica o, sobre todo, Estados Unidos son otros buenos ejemplos. Nadie allí se plantea siquiera que hacerlo sea restar seriedad o preocupación con respecto al asunto. ¿Por qué en Galicia no lo hacemos? Partí de esta pregunta para escribir mi libro.

Opino que Fariña ha ayudado a cambiar un poco todo esto. El narco, nuestro narco, esa desgracia que teníamos guardada en un cajón, se ha puesto encima de la mesa y se ha explotado culturalmente, lo que ha permitido que se vuelva a hablar de ello abiertamente, que se debata, que se haga folclore y que la visibilidad ayude a concienciar. No hay nada de irrespetuoso en usar los canales de la cultura y la comunicación para radiografiar una realidad. Y la sociedad gallega lo ha entendido, ha demostrado una madurez ejemplar y ha sabido compatibilizar el folclore con la sensibilidad y la conciencia. Es un paso adelante.

De acuerdo, en la explotación folclórica siempre hay excesos. Como al narco que me invita a comer, a mí tampoco me parece demasiado moral llevar la cara de un capo en una camiseta. Pero eso no invalida todo lo demás. ¡Menos aún si el que se queja de ello es un narco!

Y eso que las cosas en Galicia han cambiado. Las posibilidades narrativas de los antiguos capos, sus novelescas y ostentosas vidas, ya no existen. O, si existen, son invisibles.

Meses después de aquella comida, y a raíz de un reportaje que preparaba el pasado año, me tomé un largo café con uno de los máximos dirigentes antidroga de la Policía Nacional. El encuentro tuvo lugar en Madrid, aunque él había trabajado antes, durante muchos años, en el GRECO de Galicia, por lo que era un gran conocedor de la realidad de las rías.

Me dio tres nombres. O más bien, tres apodos: O Burro, El Pastelero y Os Lulús. Tres grupos de narcos gallegos que están entre los objetivos prioritarios actuales de las fuerzas policiales en España. El primero es un empresario gallego, bien relacionado a nivel político y empresarial, que vive en Colombia. Introduce, según la Policía, toneladas de cocaína en Galicia proveniente de los grupos colombianos del narcotráfico. El segundo es, tal vez, el narco más poderoso que haya conocido Galicia. El actual rey de las rías. Sin estar tan bien relacionado ni jugar el rol de empresario, El Pastelero derrocha la vida entre mansiones vigiladas por cámaras de seguridad, coches de lujo que conduce en chándal y ocio nocturno a golpe de talonario. Todo sin que se le conozca oficio alguno. La Policía lo tiene en el punto de mira, pero sigue escurriéndose. Os Lulús son un clan de la Costa da Morte que controla todo lo que entra por esta zona de Galicia. Lo encabezan dos hermanos así apodados que forman, ellos sí, parte de los históricos y que ya tuvieron problemas con la justicia en los años noventa.

Hay algún otro peso pesado, pero ninguno cuenta en Galicia con los contactos y la confianza de los carteles latinoamericanos como estos tres grupos. La Policía está convencida de que siguen introduciendo enormes cantidades de droga por Galicia. La diferencia es que resultan invisibles. De hecho, para el gran público, absorto por las peripecias de los antiguos y mediáticos capos de los ochenta, son invisibles.

Y lo son, en gran parte, gracias a la Operación Nécora, cuyos ecos todavía retumban en las rías gallegas. En 1990, un joven juez llamado Baltasar Garzón decidió llevar a cabo una macrorredada contra los clanes del narco gallego. El secretismo para lograrlo tuvo que ser absoluto, con cientos de policías movilizados desde Madrid y sin una gota de información que se deslizase hasta Galicia. Cualquier grieta haría volar a los capos, que tenían ojos y oídos en cada metro cuadrado galaico.

Una madrugada de junio, furgones, coches y hasta un helicóptero asaltaron Vilagarcía de Arousa y sorprendieron en pijama a los jefes de las principales bandas arousanas. Cayeron Los Charlines, cayó Oubiña, cayeron Os Baúlos y caería meses después Sito Miñanco. Y aunque las penas que se dictaminaron meses después fueron insuficientes y, en algún caso, hasta inexistentes, aquel día algo cambió para siempre en Galicia. Por primera vez, el Estado había dado señales de vida. Por primera vez, las autoridades se habían movido contra el narcotráfico, hasta ese momento intocable, popular, aceptado. De ahí en adelante, ya no hubo impunidad. Continuó el narcotráfico, claro, pero mutó. Los capos comprendieron, por las malas, que aquella vida de excesos y destellos se volvía contra ellos. Y que para preservar el éxito del negocio convenía ser discretos. Cuanto más, mejor. Una discreción que no ha dejado de crecer desde entonces.

Sin embargo, sería injusto reducir el mérito a la Nécora. Si aquello existió, fue porque una parte valiente de la sociedad gallega despertó y gritó contra la impunidad. Encabezadas por decenas de madres hartas de ver a sus hijos cayendo por sobredosis, vecinos de la costa gallega se organizaron y empezaron a enfrentarse a los clanes cara a cara, en una época sombría y convulsa, en la que gritar contra Sito Miñanco equivalía a abrir un desván oscuro y tenebroso y encender una linterna. Aquellas madres llevaron a cabo escraches contra los narcos cuando todavía no existía esta palabra. Se plantaban en las puertas de sus pazos y les gritaban, acudían a los juicios y les agredían con paraguas. Sonrojaban a los políticos por la inacción de estos. Presionaron de tal modo que arrastraron al Estado, por fin, a actuar. A ellas les debe Galicia la higienización de su narcopaisaje. Sí, ahí siguen muchos capos, pero al menos no pasean su bochornoso éxito por las narices de sus vecinos.

Es el antes y el después del narcotráfico gallego. La impunidad con la que se movían Sito Miñanco, Laureano Oubiña o Los Charlines llegó a ser casi total. El resultado: novelescas y ostentosas vidas propias de un libro, de una serie o incluso de una novela gráfica.

Alrededor de los mencionados reyes actuales del narco en Galicia, existen todavía numerosos clanes menores prestos para colaborar en alguna descarga o llevar a cabo una propia. Muchos de estos clanes son los hijos y hasta los nietos de históricos traficantes y contrabandistas. Pervive en algunas zonas de las rías gallegas una narcocultura en la que un puñado de grupos, casi siempre con lazos familiares y vinculados al mar, todavía planean, alardean y se enriquecen introduciendo por la costa kilos de cocaína. Suelen salir peor parados: su poder e influencia son menores y la mayoría acaba desfilando ante un juez.

Lo curioso del narcotráfico gallego es que resiste la metodología clásica del lugar. Aunque en peligro de extinción, todavía se llevan a cabo descargas mediante planeadoras, lanchas rápidas con una enorme potencia y capacidad que rompen el mar hasta la mitad del océano Atlántico para alijar los fardos y descargarlos en alguna playa recóndita de la costa gallega.

Sito Miñanco fue uno de los nombres propios de esta vieja escuela. El histórico capo salió de la cárcel en 2017 y meses después volvió a ser detenido por planear una descarga. Los investigadores descubrieron que Sito poseía su propia flota de planeadoras y que el astillero donde las fabricaba y guardaba estaba en la mismísima ría de Arousa. La Policía cree que todavía hay una decena de planeadoras en Galicia, pero su actividad es limitada, ya que están muy vigiladas. Cualquier movimiento (la compra de grandes cantidades de gasolina, por ejemplo) es rápidamente detectado.

De modo que los capos gallegos cada vez son más amigos del método que impera en el resto de España: introducir la cocaína en contenedores marítimos. A veces, la cocaína viaja en un contenedor de una empresa de exportación ficticia o tapadera, perteneciente a grupos criminales de Latinoamérica. Otras veces, la cocaína se introduce a escondidas en un contenedor de una empresa legal y se extrae cuando este ya está en algún puerto español. Los elegidos suelen ser, por orden de preferencia, Algeciras, Valencia y Barcelona.

En realidad, los grandes narcos, los amos de Europa, son las bandas de árabes holandeses que viven en la Costa del Sol y controlan el puerto de Algeciras, mientras los medios ponen todo su foco en los clanes gitanos que trafican hachís en La Línea de la Concepción. Estas bandas asentadas en Marbella están introduciendo toneladas de cocaína cada año y son violentas y peligrosas. Conviven con mafias de albaneses y kosovares y venden su mercancía a grupos británicos, italianos, rusos o irlandeses que la distribuyen por Europa. España es, a día de hoy, y con permiso de Holanda, la puerta de entrada de la cocaína en el viejo continente. Si cada no demasiado tiempo aparece un muerto por bala en el sur de España, no es una casualidad.

Cuando terminamos la comida, el narco gallego me ofreció su ayuda si me animaba a escribir Fariña II: “Avísame”. Nunca lo volví a ver y no tengo la menor intención de escribir una segunda parte. En todo caso, si esta existiera, debería versar sobre cómo Galicia sigue mirando hacia otro lado cuando hablamos del dinero del narco. Cómo a casi nadie en la costa gallega le preocupa si el hotel en el que se hospeda, el restaurante en el que come o la tienda en la que entra pertenece a o existe por el narcotráfico. Si se pudiesen medir los negocios de las Rías Baixas que, directa o indirectamente, existen gracias al tráfico de droga, el resultado sería escandaloso. Pero a nadie parece importarle. Otras veces es sencillamente imposible averiguarlo. Y, otras tantas, a no pocos vecinos no les queda más remedio que acudir a un comercio con lazos con la fariña por el hecho de que no hay ninguno más cercano. Es la narcocultura gallega del siglo XXI.

Sirva en cualquier caso esta novela gráfica como un nuevo canal de explotación cultural. Y no uno cualquiera. El trabajo de Luis Bustos pasa desde ya a formar parte de la historia ilustrada de Galicia. Lo confieso: mi conocimiento del mundo de la novela gráfica es limitado. A pesar de haber disfrutado (y aprendido) de las obras de Guy Delisle, Joe Sacco o Art Spiegelman, mi experiencia tiene más que ver con el cómic que con la obra adaptada al periodismo. Y este trabajo con Luis ha servido para comprender mi error. Una novela gráfica como esta es, sobre todo, una pieza periodística brillante. Y, contada de una forma tan magistral como la que Luis Bustos lleva a cabo, hace que uno comprenda lo poco que ha mirado y mira el periodismo a plumas como la de este genial autor, lo poco que está utilizando el periodismo un canal tan eficaz y atractivo como es la novela gráfica.

Una historia como la de Fariña, un capítulo tan importante, ha tenido el privilegio de ser plasmada de forma gráfica. Y esto es algo todavía más importante cuando estamos hablando de un fenómeno, el del narcotráfico, que sigue existiendo y dañando Galicia y que necesita ser contado tantas veces como sea necesario. Y de tantas formas como la comunicación nos permita.

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Autor: Nacho Carretero. Ilustrador: Luis Bustos. Título: Fariña: La novela gráficaEditorial: Ediciones B. VentaAmazon, Fnac y Casa del Libro.

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