Una oda a la resistencia interior y a la belleza de ser distinto: correr, no para huir del autismo, sino para habitarlo y convertirlo en movimiento. En este libro, el autor entrelaza dos viajes paralelos: el del corredor que se enfrenta al Spartathlon y el del hombre que, a los cuarenta y nueve años, recibe un diagnóstico de autismo.
En este making of David Lladó cuenta cómo escribió Kilómetros infinitos (Plaza & Janés).
***
Sí.
Me levanté y me lancé a escribir la estructura, con la urgencia de quien sabe que se juega algo decisivo. Si no lo escribía entonces, se diluiría.
No es que jamás hubiera escrito nada. Había escrito algunas cosas, textos, crónicas, notas, ideas sueltas. Pero nunca había soñado con escribir un libro. Ni siquiera lo había imaginado como una posibilidad real. Un libro pertenecía a otra categoría, a otro mundo, a una ambición que no reconocía como mía.
Sabía que, si seguía adelante, serían centenares de horas de trabajo. Un esfuerzo ingente e inédito para mí, lejano a todo lo que había hecho hasta entonces. Pero era imposible ignorarlo.
Me detuve un instante a observar mi panel interno: el indicador de obsesividad brillaba al máximo y, a su lado, acababa de encenderse el de hiperfoco. Lo entendí al momento: no había vuelta atrás. Reconocí aquella vibración interna. El clic silencioso de algo que ya no iba a detenerse. Ya había pasado antes. Sabía que esa idea terminaría ocupándolo todo durante meses, quizá años. Y también sabía que podía llevarme a lugares inimaginables o arrasarlo todo por el camino.
El libro nació de la unión de tres cosas que se entrelazaron casi al mismo tiempo: el diagnóstico tardío de autismo, mi relación con el ultrafondo y la idea de volver a enfrentarme al Spartathlon, probablemente la carrera más difícil del mundo.
Durante meses tuve la sensación de que alguien había cambiado en secreto el mapa de mi vida. Nada había cambiado realmente, seguía siendo la misma persona. Seguía trabajando, entrenando, organizando mi mundo de la misma manera. Pero, de pronto, todo parecía tener otra explicación. Muchas piezas que siempre habían estado dispersas empezaban a encajar de una forma incómoda.
Durante años había vivido con una sensación difícil de describir: la idea persistente de que algo dentro de mí estaba roto. No de forma dramática. Era algo más sutil. Una sensación constante de desajuste, de estar siempre ligeramente fuera de sitio.
El diagnóstico no solucionó eso mágicamente. Pero me obligó a mirar toda mi vida desde otro ángulo.
Y entonces apareció el libro.
No quería escribir un manual sobre autismo. Tampoco una crónica en tono heroico sobre correr 246 kilómetros entre Atenas y Esparta. De hecho, una de las cosas que más intenté evitar fue precisamente la épica.
El Spartathlon no necesita que nadie le añada dramatismo. Ya lo tiene todo: historia, mitos, calor, sueño, dolor, montaña, frío, tiempo límite y un desgaste psicológico brutal. Lo que me interesaba no era exagerarlo, sino entender por qué necesitaba volver allí.
Esa era la verdadera pregunta. ¿Por qué alguien decide ponerse voluntariamente frente a algo que sabe que le va a destruir durante más de un día entero, y además dedicar meses —o incluso años— a entrenarse al máximo para poder llegar siquiera a la línea de salida?
Y más aún: ¿por qué hacerlo justo después de descubrir algo que te obliga a reinterpretar toda tu vida?
Creo que el libro empezó realmente ahí. En el intento de entender qué relación existía entre mi forma de ser y mi necesidad de correr largas distancias.
Durante la escritura descubrí algo curioso: el gran problema del libro no era recordar. Era traducir. La alexitimia —la dificultad para identificar y traducir emociones en palabras— convirtió muchas páginas en una especie de excavación arqueológica emocional. Había sensaciones que llevaba décadas viviendo sin tener palabras concretas para nombrarlas. Sabía que algo me atravesaba por dentro, pero no siempre sabía exactamente qué era.
Y eso provocó uno de los mayores conflictos del libro.
Durante mucho tiempo intenté ser extremadamente riguroso con los hechos, casi obsesivamente riguroso. Revisaba recuerdos, conversaciones, sensaciones, intentando encontrar una especie de verdad objetiva. Pero poco a poco entendí que estaba buscando en el lugar equivocado.
La realidad que necesitaba explicar no era exactamente la exterior. Era la interior. Porque hay rectas que no terminan nunca. Rectas que pueden medir cinco kilómetros sobre el mapa y volverse infinitas dentro de tu cabeza. Y el libro no habla tanto de lo que sucedía fuera como de lo que sucedía dentro de mí mientras sucedía.
Entender eso me desbloqueó muchas cosas. También me hizo reconciliarme con partes de mi pasado que durante años había vivido desde la culpa o la extrañeza. Empecé a comprender que muchas de mis obsesiones e intereses especiales no eran simples rarezas ni defectos de carácter. Eran mecanismos de regulación. Espacios de calma. Lugares donde el mundo dejaba de hacer ruido.
Creo que por eso el ultrafondo ocupa tanto espacio en mi vida. Correr largas distancias tiene algo profundamente estructurado. Hay una lógica clara: avanzar, comer, beber, gestionar el cuerpo, soportar el tiempo. Todo se simplifica. Todo se ordena. Y en esa simplificación encuentro una serenidad difícil de explicar.
Escribir este libro se pareció bastante a correr una carrera de ultradistancia. Tenía clarísima la estructura general. Sabía perfectamente hacia dónde quería ir. Solo tenía que ejecutar el plan poco a poco, sin intentar avanzar demasiado rápido para no agotarme, pero sin detenerme demasiado tiempo porque entonces corría el riesgo de quedarme bloqueado.
Hubo momentos muy difíciles. Especialmente el final. Cerrar el libro implicaba aceptar algo incómodo: que entenderse no es un proceso que termine nunca. No existe una última página donde todo quede explicado. No hay una meta emocional definitiva. Solo pequeños momentos de claridad provisional.
Nadie se entiende del todo. Quizá por eso me costó tanto escribir las últimas páginas. Porque, en el fondo, el libro no trata sobre haber encontrado respuestas. Trata sobre haber aprendido a convivir mejor con ciertas preguntas.
Publicarlo también me da vértigo. No acostumbro a mostrarme así ante los demás. Mucho menos de una manera tan explícita. Pero aun así sentía que debía hacerlo. Porque ojalá este libro sirva para que alguien se entienda un poco mejor. No necesariamente una persona autista. Cualquiera que alguna vez haya sentido que vive ligeramente desajustado respecto al mundo.
Al final, todos corremos nuestra propia carrera.
Y quizá, al mostrarte la mía, encuentres una forma distinta de mirar la tuya.
——————————
Autor: David Lladó. Título: Kilómetros infinitos. Editorial: Plaza & Janés. Venta: Todos tus libros.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: