Escucho Ecos de danzas sufi (1985), de Franco Battiato, el primer recopilatorio que vio la luz en España de canciones del siciliano adaptadas a la lengua de santa Teresa de Jesús y de san Juan de la Cruz, a quienes admiraba. Acostumbrado a las letras originales, se me hace raro, por ejemplo, que la vieja bretona de “Centro di gravità permanente” cambie de nacionalidad en la versión en español y pase a ser de Madrid. El responsable de esta traducción fue el periodista y compositor Carlos Toro, quien, en un artículo publicado en El Mundo tras la muerte del genio, recordaba cómo EMI-ODEON le propuso adaptar a nuestro idioma las rolas de “un tío muy raro, pero que ha vendido una barbaridad en Italia”.
La compañía acertó con la importación de un artista singularísimo que, además, vendía a espuertas aquellos discos sobre mundos lejanísimos, culturas sepultas y continentes perdidos: su segundo recopilatorio con canciones en español, Nómadas (1987), fue Disco de Platino. Mucho después, durante la promoción en España de Ábrete Sésamo (Apriti Sesamo, el original), Battiato declaró que “con algunas canciones me pasa que parece que las he traducido del español al italiano y no a la inversa”. Suena a exageración, evidentemente, mas cabe señalar que la famosa “Nómadas”, compuesta por su estrecho colaborador Juri Camisasca, fue publicada antes en español que en italiano: “Nomadi” fue incluida en Fisiognomica, trabajo que sacó al año siguiente.
El pasado 6 de julio, a raíz de una iniciativa de la Embajada de Italia en Madrid, en colaboración con la Asociación de Sicilianos en España, se inauguró una placa conmemorativa en honor a Battiato. Sobre un fondo gris, diría que de granito, y en letras doradas, cualquier peatón que pasee por la calle de Juan Bravo, frente a la citada embajada, podrá leer: “Madrid a Franco Battiato. 1945-2021”, así como, tanto en español como en italiano, uno de sus versos más famosos, si no el que más: “Busco un centro de gravedad permanente. / Cerco un centro di gravità permanente”.
Sobre la placa, o en torno a ella, pisan “hijos de las estrellas y bisnietos de su majestad el dinero” que desconocen que, el día del Juicio Final, “no te servirá el inglés”, y leerán un verso raro, que igual les suena de La casa de papel, pero que entronca con Gurdjieff, un místico armenio de complicada digestión que, tal y como me explicó Bunbury en su momento, propuso “una doctrina basada en la autorrealización personal, la búsqueda del conocimiento como único sentido de la vida”: “Recopila de distintas disciplinas y escuelas filosóficas orientales, para llegar al autoconocimiento y así lograr alcanzar nuestra chispa divina o iluminación, a través de tres caminos: el cuerpo, la mente y las emociones. Gurdjieff propone unificarlos todos en un solo camino, el Cuarto”. O sea, el centro de gravedad permanente.
En fin, me parece estupendo que Battiato tenga una placa en una ciudad en la que debutó en mayo del 86 y en la que tocó por última vez el 18 de julio de 2017 —tuve la fortuna de asistir a aquel maravilloso concierto, en la que más de un cachondo gritó “¡¡Viva Franco… Battiato!!”—, y me divierte sobremanera, perdón por el populismo facilón, que este homenaje al bardo que cantaba que “el dinero reptaba como la serpiente, / en la ciudad de Occidente así se celebraba” se ubique en una de las calles más prohibitivas del Foro. Up patriots to arms.



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