Imagen de portada: La cueva de la eternidad, c. 1682-1685, Luca Giordano, Londres, National Gallery
Este mes de agosto, después de que Lola se hiciera cargo del Café Moi, he retomado la costumbre de ir allí cada día a escribir, a primera hora de la mañana. Me pido un café con leche y una tostada de tomate con pan de semillas y empiezo a garabatear. Son los preliminares, el modo que tengo de calentar motores. Había pensado en traerme el portátil de Evan, pero lo de escribir a mano es algo que no debí haber dejado atrás; hace no mucho leí que estimulaba la memoria y otras destrezas que se van perdiendo con la edad. Además, tengo una docena de cuadernos en blanco en la estantería que nunca han cubierto su propósito y eso es algo a lo que sentía que debía poner remedio. Son especiales, de los que atrapan las ideas y no las dejan marchar. Uno de ellos, no recuerdo cuál (¡viva el azar!), tiene la capacidad de elevar la tinta a otra dimensión y dotarla de vida. Supongo que Cornelia Funke ya se encontró con alguno de estos. No me extrañaría. Sea como sea, ya me he hecho con un lugar favorito en el rincón más oscuro de la cafetería.
Faruk me ha traído un botellín de agua fría y se ha sentado un minuto a mi lado. «Deja de mirarlas así, tío». Parecía nervioso. A Lola, en cambio, no parece afectarle lo más mínimo la presencia de las tres mujeres y, de vez en cuando, les lleva alguna cerveza y algo de picoteo. Me he fijado que es ella la que, de cuando en cuando, acompaña a alguno de sus clientes hasta la mesa de las mujeres y le invita a comprar alguno de los muñecos que se amontonan en la cesta. Y, por extraño que parezca, me ha dado la impresión de que quienes compran esos peluches saben a lo que vienen. Incluso aseguraría que vienen ex profeso a ello y que lo de pasar un rato tomando algo en el Café Moi es una mera transacción complementaria. Lola le ha dado un cachetazo a Faruk en uno de los cuernos y lo ha mandado fuera a tomar la comanda de una mesa de extranjeros con cabeza de gamba que se acababan de sentar. Ha apoyado sus patitas delanteras en la mesa mientras retiraba la taza vacía y el plato con las migas y las semillas que se han desprendido. «He leído tu última novela», me ha susurrado al oído. Y también me ha dicho que se parece bastante a lo que ella quiere hacer allí: un hogar para expats. «Los del otro lado también tienen derecho a sentir que tienen un hogar lejos de casa». Le recuerdo que el antro de Seattle pertenece a la ficción y ella sonríe divertida. «Sí, ya». Lo de mi libro no es exactamente así. Le digo que su local tiene mejor pinta que cualquiera de mis antros —y es más luminoso—, pero ella se limita a guiñarme uno de sus ojos y se da media vuelta, muy coqueta. «Hoy me llega el piano», me confiesa. «¿Vendrás a la inauguración de las noches?», me pregunta. Yo le digo que no me perdería volver a oírla tocar y cantar por nada del mundo. «Ellas opinan igual», me dice. «Pero ellas ya lo sabían incluso antes que yo». No entiendo el acertijo ni la ironía. En verdad, da igual. Pago mi consumición y me dispongo a recoger mis herramientas. La más joven de las tres mujeres, que lleva una semana observándome tanto como yo a ella, me chista y me anima a que me acerque a su mesa.
Me sonrojo por la invitación, pero no la evito. Me aproximo con curiosidad. Es entonces cuando la más anciana me señala con la vista hacia la cesta y me insta a que coja alguno de los amigurumis que han hecho en el día de hoy. Hay al menos una veintena. Me parecían más grandes desde lejos, pero veo que no son mayores que un panecillo o un croissant. «Elige el que quieras». Yo rehúso de primeras y la madre insiste en que lo tome, que es como debe ser, que en verdad el amigurumi ya me ha elegido a mí (¿No decía algo parecido Ollivander cuando Harry entró en su tienda?). Escojo —o creo escoger— uno que representa un libro abierto con una inscripción poco legible en una de sus páginas. Las tres mujeres se miran, sonríen y asienten. «Tal y como debe ser». Les doy las gracias mientras me aparto para dejar pasar a un nuevo cliente que se agacha sin decir ni media y toma un muñeco con aspecto de pera azul. Les pregunto el precio y hago amago de pagarles; fruncen el ceño y se me quedan mirando. Es Lola la que viene por detrás y me rescata, tomándome por el codo, invitándome a la barra. «No funciona así», me dice. «Las Moiras solo hacen su trabajo». Me río por dentro al pensar en las hilanderas del destino, las de verdad, y se lo hago saber a Lola. «¿Las Moiras? ¿Como Cloto, Láquesis y Átropo, las de la mitología griega?». Lola sonríe circunspecta y me clava esos ojillos arácnidos. «Las mismas», suelta una risotada. «Ya te he dicho que esto iba a ser un hogar para muchos; expatriadas o no, las pobres estaban aburridas de hacer siempre lo mismo en el mismo sitio a todas horas». Miro mi muñeco sin saber muy bien qué significa todo esto. Lola me da una palmadita y me dice que todo está bien, que, al fin y al cabo, han tejido un buen destino para mí. «Te diría que lo aprovecharas, pero sé que lo harás: está escrito».
No sé qué pensar, así que asiento en dirección a las Moiras con un nudo en la garganta y hago una reverencia que me sabe absurda. Cojo mi cuaderno y el bolso y me voy. Tengo el amigurumi en el bolsillo, apretado bien fuerte con una mano. Yo no sé leer el destino, pero si Lola dice que es bueno, me fiaré de ella. Al fin y al cabo, esas tres tejedoras son, ahora mismo, sus mejores clientes.


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