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Fred Vargas, la reina del polar

Fred Vargas, la reina del polar

El punto de partida siempre es la incertidumbre. Los libros de Fred Vargas, como toda buena novela policiaca, comienzan con la sospecha de que algo no funciona como debería. Con la necesidad de prender la mecha que hará que todo salte por los aires.

Para resolver el enigma, necesitamos a unos buenos compañeros de aventuras, cuyos singulares perfiles nos permitirán encontrar pistas invisibles a otros ojos. Me refiero a Camille Forestier, que es fontanera de día y compositora de música para series televisivas de noche; Joss Le Guern, antiguo marino reconvertido en pregonero; Hervé Decambrais, consejero en cosas de la vida que cose encajes; o los “evangelistas”, los historiadores San Mateo (Mathias Delamarre, especialista en prehistoria), San Marcos (Marc Vandoosler, que es hombre de la limpieza de día y medievalista de noche) y San Lucas (Lucien Devernois, especialista en la Primera Guerra Mundial), que comparten una cochambrosa casa con Armand Vandoosler, el tío de Marc, ex-policía.

"Las novelas de Fred Vargas son tan atípicas que han dado lugar a un género literario en Francia, el denominado “rompol”, abreviación de roman policier"

El imaginario de Fred Vargas se manifiesta en sus variopintos personajes, entre los que destaca el volátil Jean-Baptiste Adamsberg, protagonista de nueve novelas, un imprevisible comisario que resuelve sus casos ayudado por un arma de doble filo que no funciona siempre que quiere: la intuición. Primero le guía para ocuparse de los sucesos más extraños —que rechazaría la aplastante lógica de su eterno ayudante, el inspector Adrien Danglard— y después le permite atar cabos durante largas caminatas. Porque el comisario parisino no aguanta mucho tiempo sentado y prefiere andar sin rumbo hasta encajar las pistas que van apareciendo a medida que inventa sus teorías. Curioso método para un tipo nada corriente, cuyo descuido de su apariencia física no le impide llevar una turbulenta vida amorosa, dependiente de Camille Forestier.

Las novelas de Fred Vargas son tan atípicas, que han dado lugar a un género literario en Francia, el denominado “rompol”, abreviación de roman policier (novela policiaca, también llamada “polar”). Sus libros van más allá del clásico polar: en ellos aparecen crímenes, suspense y misterio, pero también poesía, reflexión, fantasía y humor. Además, Vargas mima tanto a sus personajes, que los recupera en libros no consecutivos y muestra cómo cada experiencia vivida les acaba marcando. Así, el lector experimenta el placer de reencontrar viejos amigos, con que se había encariñado varios libros atrás. Como ocurre cuando Marc Vandoosler se convierte en un colaborador clave del comisario Adamsberg en Huye rápido, vete lejos (Siruela).

"Todos los personajes de su universo tienen un punto de locura que les convierte en lúcidos observadores de la realidad que les rodea"

Es precisamente esa novela la que recomiendo a quien no conozca a esta gran autora francesa y quiera adentrarse en su personal mundo. En ella, Adamsberg se enfrenta a la aparición de extraños símbolos pintados en las puertas de numerosos edificios de París, mientras el pregonero Joss Le Guern lee anónimos mensajes que anuncian el temible regreso de la peste bubónica, que asoló Europa durante la Edad Media. Toda la novela destila un gran amor por la Historia, que nos recuerda que su autora, además de zooarqueóloga, es una gran medievalista. En su interior hallamos innumerables pistas, que acaban encontrando su sitio en un apoteósico final que nos obliga a pasar las páginas de forma compulsiva. Con su singular estilo, Vargas se ha ganado el apelativo de reina de la novela negra francesa, confirmado con el último premio Princesa de Asturias de las Letras.

Todos los personajes de su universo tienen un punto de locura que les convierte en lúcidos observadores de la realidad que les rodea. La singularidad de cada uno se complementa y acaba siendo clave para resolver el enigma que les atormenta. Nosotros, como lectores, nos reconocemos en sus humanas imperfecciones, nos sumamos a ellos y constatamos que el trabajo colectivo, por muy disparatado que pueda parecer, siempre supera a cualquier brillante acción individual.