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Pequeño tratado de todas las verdades sobre la existencia, de Fred Vargas

Pequeño tratado de todas las verdades sobre la existencia, de Fred Vargas

Fred Vargas, la escritora de éxito internacional cuyas novelas se desarrollan habitualmente en París, con el inspector jefe Adamsberg como protagonista, y especialista en la Edad Media, publica Pequeño tratado de todas las verdades sobre la existencia (La Umbría y la Solana), un ensayo de poco más de ciento treinta páginas. En este Pequeño tratado… Vargas se embarca en un monólogo que ofrece al lector, y de paso a su propio hijo, sobre las más variadas sabidurías de la vida y hace memoria de su tierra, de su familia y de las vicisitudes por las que pasan a lo largo del tiempo las relaciones personales. Como si fuera la famosa novelista Fred Vargas, dice de sí misma: «No, no estoy escribiendo una novela policíaca, estoy ocupada, como un caballo de tiro, con la redacción de un compendio de verdades sobre la existencia que va a causar sensación, créeme». Los temas aquí tratados son abordados de una manera irreverente y disparatada, con un humor irónico y a veces sarcástico. Como afirma Fernando Savater en la introducción : “…al acabarlo no he podido por menos de preguntarme si todos los esfuerzos por comprender el universo, del competente Aristóteles a sus huecos imitadores, no merecerán la misma actitud burlona y resignada”.

Introito

Casi todos los que nos dedicamos profesionalmente a la enseñanza de la filosofía hemos sido asaltados en algún momento por autoproclamados genios que han escrito un tratado en el que aclaran las perplejidades humanas y resuelven todos los enigmas del cosmos. Suelen ser o muy jóvenes o francamente viejos, pues los extremos de la vida son propicios al autoengaño aunque por razones opuestas. Se nos acercan con una mezcla de rubor y desafío para entregarnos un paquete de hojas de imponente volumen, a veces enriquecidas con gráficos y figuras geométricas misteriosas (en cierta ocasión me tocó uno que, nuevo Lucrecio, había escrito su obra magna en forma de inacabable poema didáctico). Después permanecen expectantes y nos piden nuestro sincero parecer de entendidos. ¡Líbrenos Dios de dárselo! Si cedemos a la tentación del halago cortés, crecerá su ambición y nos exigirán que busquemos editor para el libraco, que le escribamos un prólogo, que lo presentemos en el Aula Magna de la facultad de Filosofía, etc… Si les decimos la triste verdad sobre el resultad

Afortunadamente el presente librito de Fred Vargas es un simple divertimento, una broma nada disimulada que parodia a esos fabricantes de tratados de omni re scibili et quibusdam aliis, como decían los maestros medievales. La autora es una de las mejores y más originales cultivadoras del género policíaco en la actualidad, siempre combinando la lógica más exigente con un gusto por lo fantástico que cautiva al lector. Aquí se ha tomado un día de asueto y juega con los conceptos más temibles del modo menos respetuoso, pasando del amor, la guerra o la teología a una siempre aplazada meditación sobre las hormigas, con episódicas referencias humorísticas a su familia o su tierra normanda. Como todas las bromas, pide su complicidad al lector para ser disfrutada. Uno puede leerla con una sonrisa o el ceño fruncido, cada cual a su gusto. Pero al acabarla no he podido por menos de preguntarme si todos los esfuerzos por comprender el universo, del competente Aristóteles a sus huecos imitadores, no merecerán la misma actitud burlona y resignada. En cualquier caso, quedo a la espera de la próxima novela de Fred Vargas, que eso sí que es cosa seria.

Fernando Savater

 

Si inauguro este lunes de Pascua de 2001 una obra de apariencia burlona, no es en absoluto con el fin de hacerles reír. Quiero matar esa esperanza ya desde la cuna, desde el principio. Créanme, es mejor así. A decir verdad, hace tiempo que ambicionaba entregar al mundo una pequeña colección de aforismos sobre el tema de la existencia humana, y cuando digo «pequeña», es una forma de hablar; pequeña por su tamaño, cierto, pero grande en su contenido, y tan excelentemente concentrada que cada página exhalara el fuego ardiente de la Verdad sobre la Existencia. Es decir, la Vida, así sin más.

Después me propuse sacrificar esos aforismos y sustituirlos por exposiciones más extensas, pues el aforismo tiene ese algo que contraría, que le deja a uno en dique seco con una breve máxima sin explicarle el cómo ni el porqué de las cosas. Ejercicio virtuoso ciertamente, pero engañoso. Opté entonces por la forma intermedia ideal que es el Pequeño tratado de todas las verdades sobre la existencia, aquí y allá punteado con aforismos. Con calma esperaba el momento propicio para componer esta obra enriquecedora y condensada, acumulando por el mundo los materiales indispensables para su confección.

Ha llegado ese momento, y es una excelente noticia para todo el mundo.

Cuando digo «pequeña» es por elección, pues no confundamos el tamaño con el valor. Un tratado demasiado copioso no es sino una laboriosa amalgama de preceptos sugeridos a tientas que revela la incompetencia de su autor en la materia que hemos llamado la Vida. Sin embargo, las verdades sobre la existencia no son sino flechas de oro que intentan alcanzar su objetivo de un solo disparo. Por lo tanto, una obra de este tipo presenta un carácter eminentemente breve, que sirve para atestiguar la certidumbre con la que escribe el autor, cuyo penetrante espíritu se encargará únicamente de cargar la flecha. Un verdadero constructor de Tratado sabe las cosas y va derecho a ellas, sin titubear. El asunto debe despacharse en poco más de cien páginas.

También por su humilde extensión, el tratado bienhechor puede llevarse en todos los bolsillos y deslizarse, discreto, poderoso y relajante, en la cintura del pantalón, en la manga del sari, en el traje del beduino. A la menor duda surgida inopinadamente sobre la existencia, ahí está, al alcance de la mano agradecida. Y de un rápido vistazo, el problema queda resuelto. Cuales sean las circunstancias, en el restaurante, en la biblioteca, en avión, en piragua o en un banco público, todos ellos lugares propicios para el surgir de las cuestiones de la vida, ustedes se retiran a un rincón con su manual y en menos tiempo del que hace falta para leerlo, estarán bien preparados y bien equipados para tratar el asunto que sea. No se trata, pues, de fustigarles con un texto impenetrable sin pies ni cabeza que se despliega en un batiburrillo a la medida de la fantasía del autor. Sería una falta de caridad y de sentido común, contrario al objetivo de este opus: estructura, claridad, concisión y resolución son las características que debe presentar un buen tratado sobre las verdades de la vida.

Además, prefiero decirles desde ya que este será un tratado definitivo. Antes de él, han sido varias las nimiedades, las tentativas torpes, los enfadosos extravíos. Prueba de ello, es que nadie pueda jactarse hoy de poseer las respuestas sobre los misterios de la vida: el planeta entero sigue vagando entre el pánico y el descalabro. Sin embargo, estamos ya en el 2001, es hora de hacer algo. Demasiado estábamos tardando. Que después de treinta mil años reculemos para saltar mejor, vale, puedo admitirlo. Pero llega un día en el que alcanzamos nuestro límite y en el que es imperioso coger el toro por los cuernos. Con esta metáfora nombro la Vida y sus misterios. Cada nuevo día entrega su lote de cuestiones irresolubles y si añadimos los meses, los años, piensen la suma de incertidumbres que nos aplasta, imprimiendo a nuestra existencia ese caminar tambaleante hecho de millones de meteduras de pata incansablemente repetidas. Con lo simple que es, sin embargo, con un pequeño tratado muy sencillamente eficaz, dirigir valerosamente nuestros pasos. Con lo fácil que es, en unas cien páginas, aportar un consuelo a nuestro vagar errante.

El autor que se resistiera a ocuparse de esto sería a mis ojos, no lo oculto, un jodido egoísta, que prefiere irse de bares con sus colegas en lugar de consagrar una semanita de su tiempo a aligerar las lacerantes dudas de la humanidad. Un verdadero cabrón, sí señor. Y hay que admitir que los autores, triste efecto de nuestra época individualista, prefieren emborracharse o chapotear en las cálidas aguas del océano Índico en lugar de doblar el espinazo por unos días sobre sus teclados, que es lo mí- nimo que le debemos a nuestros hermanos humanos en la miseria. Por eso, a día de hoy no existe, que yo conozca, ningún tratado aforístico que organice definitivamente los problemas de la existencia. Algo así se sabría.

Esto implica que todos los autores andan emborrachándose o chapoteando y eso es una pena para la profesión. Así, ya que yo sola parezco ser consciente de la responsabilidad que nos incumbe, ya que solo yo, ceñida a mi plan de trabajo, tengo el sentido de mi deber, como el caballo de labor que siente sobre su garrote el peso moral de su collera (sí, decimos «collera» para el caballo y «yugo» para el buey, empecemos desde ya a desgajar lo esencial), ya que solamente yo me mantengo en pie en el solitario camino, alertada por la incuria de mis colegas y percibiendo el grito de alarma sofocado de la humanidad, entonces yo sola emprendo la ruta y les administro lo esencial que hay que saber en la vida, para zafarse entre los múltiples misterios que ella se ingenia para echarnos a la cara.

Dicho y hecho, tomo mi bastón de peregrino y mis botas y vamos allá. Es buen momento, estamos en Semana Santa, tengo algunos días disponibles a los que añadiré en sacrificio algunas veladas nocturnas y algunos domingos por pura bondad, pues tengo la convicción de que no debemos resistirnos a la tarea pendiente y de que la resolución de los misterios de la vida bien puede exigir que le consagremos una semanita; no es el fin del mundo, desde luego. Tras de lo cual, yo tendré mi conciencia tranquila y ustedes tendrán sus verdades consigo, y así será siempre porque ya no quedará nada que hacer después. Como le gustaba decir a mi abuela, «lo que ya está hecho no queda por hacer»; pero no quiero aburrirles con mis historias de familia.

No soy de esas en efecto que, so pretexto de aforismos y no viendo más que su placer narcisista, les condenan con ochocientas páginas sobre su padre (o sobre su madre, dependiendo de la persona, a veces es más corriente la mamá. Volveremos a este tema, estén seguros), o sobre su pueblo natal. No, esta literatura umbilical que procede de un enfadoso contrasentido surgido de una mala lectura de Proust (tendré ocasión de volverles a hablar de este tema que es parte integral de los misterios de la existencia) no es mi tema.

Aunque es necesario que ustedes sepan que, por parte de madre, provengo de una muy amplia familia de campesinos radicados en una orgullosa parroquia de Normandía, cuyo carácter microscópico no debe ocultar su grandeza, es decir, Villiers-d’Écaudart, 110 votantes. El campanario de la iglesia se eleva majestuosamente sobre el campo, dominando la inmensidad de los prados campesinos en los que proliferan las vacas, los trigales y las remolachas. Pero lo dicho, lejos de mí la idea de aburrirles con mis historias de familia, pues este pequeño tratado aspira a la universalidad, en su sentido más noble, sin la cual no podría ser la guía incomparable que se propone ser para todo ser humano.

Pero por evitar aburrir demasiado al lector con las preocupaciones de la familia podríamos caer rápidamente en la tentación de ocultarlas. Y aquí, ¡atención!: correr un velo sobre Villiers-d’Écaudart no sería una buena manera de iniciar esta obra. Sería, a decir verdad, un fallo conceptual de base, pues los problemas de familia forman parte integral de los misterios de la vida, y me quedo corta. Me será sin duda a veces indispensable hacer una discreta alusión, entre otros lugares internacionales de importancia universal, a esa orgullosa parroquia que levanta su campanario antiguo sobre los campos reblandecidos, en los que pululan los gusanos de tierra.

Gusanos de tierra que constituyen justamente el 70% del mundo animal, en masa ponderada, incluidos los seres humanos, a ver si no son un buen montón sobre la Tierra. Me dirán ustedes sin duda que esta brutal estadística desvela una realidad poco apetitosa. Quizás, pero así es la vida, y prefiero prevenirles, ya que este tratado no va a andarse con melindres con la vida. Y es que la nobleza y la fuerza de todo pequeño compendio de verdades está en no ponerse guantes con los misterios de la existencia, en cuyo caso se pierde y se entrampa como los arroyos en las arenas relucientes de los arenales normandos. Pero lejos de mí la idea de aburrirles con Normandía. He cogido este ejemplo como hubiera podido escoger cualquier otro. Y esos gusanos de tierra, lejos de ahogar al planeta con su monstruosa masa invertebrada, revuelven y vuelven a revolver el humus hasta sus profundidades más secretas, sin saber siquiera, los pobres, por qué revuelven. Mientras que nosotros, nosotros lo sabemos. Pero no estoy escribiendo ahora un manual para gusanos de tierra, así que dejemos por el momento de lado la muda interrogación que los acompaña durante su noble vida. Digo noble porque, revolviendo como si fueran a ciegas, agujerean, perforan, trepanan y de este modo, como han comprendido ustedes, airean la tierra, la cual es completamente incapaz de airearse sola. Es quizás duro admitirlo, pero así es. Al airear de este modo, en la ignorancia de su condición de animales minúsculos, liberan el mágico brotar de los vegetales, ellos mismos comidos por los herbívoros y estos a su vez comidos por los omnívoros y los carnívoros. En cuanto a nosotros, nos lo zampamos todo: a los gusanos de tierra, a los vegetales, a los herbívoros, a los omnívoros (me refiero al cerdo), a los carnívoros y a toda la panda. Sí, a los carnívoros también, y hace no mucho tiempo los galos se comían a los perros y no quiero darles la tabarra hablándoles de los otros pueblos, es un ejemplo que es válido internacionalmente.

Sobre este concepto vital del gusano de tierra, es necesario tener muy presente además, y siento tener que recordarlo, que los gusanos se comen también a todos los muertos, sin lo cual el planeta, en tanto que hace centenares de millones de años que nos morimos en él, sería un infame vertedero (y cuando digo «nos» hablo también de los dinosaurios y otras bestias que nos han precedido, en un espíritu bien natural de ósmosis con el género animal del cual provenimos, ya retomaré este tema). Entonces, el gusano de tierra, símbolo para nuestros espíritus estrechos de un repugnante corpúsculo, es en realidad la esencia misma de la limpieza y del alimento para todos, y del vino también, como del calvados (digo calvados como diría el sake o el vodka, es un ejemplo). Como se ve, siempre puede uno equivocarse, y las apariencias no siempre dicen la verdad, y en esto hay una cosa esencial que quería plantear de entrada sobre los misterios de la vida en un espíritu de orden y de método.

Por estas razones, este compendio de interés universal no podrá permitirse estancarse en la orgullosa parroquia de Villiers-d’Écaudart, paraíso de los gusanos de tierra y parte integral del planeta, al mismo tiempo que símbolo de las preocupaciones familiares, aunque no desee yo aburrirles con esto. Sepan en cualquier caso que en el momento en que les escribo, la vieja granja familiar toda hecha de esos humildes materiales campesinos como son la arcilla, las planchas de madera o la paja, tiene humedades en su torre oeste y también en su torre este, y ello no sin causarme importante preocupación. He llamado al albañil el 10 de abril y, cosa curiosa, ha venido. De la cuestión un tanto torturante del albañil que viene o no viene, hablaré, pero más adelante, pues este compendio tiene preestablecido el mérito de la estructura y de la lógica, aderezados con una verificación continua de los hechos enunciados, sin lo cual toda empresa filosófica no podría llegar muy lejos.

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Autor: Fred Vargas. Título: Pequeño tratado de todas las verdades sobre la existencia. Editorial: La Umbría y la solana. Venta: Amazon