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Ganador y finalista del concurso de historias de miedo

#historiasdemiedo

Nuestro concurso de historias de miedo, patrocinado por Iberdrola, ya tiene ganador y finalista. Tras recibir más de 800 relatos, el relato que se lleva el primer premio, dotado con 2.000 euros, es Rival, de Francisco Javier Arroyo Gómez. Y el que distinguido con el segundo premio, de 1.000 euros, es el titulado Muñequitas de porcelana
, de Natxo Hernández. El jurado de este concurso de Zenda lo han formado los escritores Juan Gómez-Jurado, César Pérez Gellida y Lara Siscar, la agente literaria Palmira Márquez y Juan Mateu de Ros, por parte de Iberdrola.

Para participar había que escribir un relato en internet en lengua española que incluyera la palabra MIEDO. El relato debía ser publicado en internet mediante una entrada en un blog, una anotación en Facebook o un tuit en Twitter. La extensión mínima de los textos era de 100 caracteres. La máxima es de1.000 palabras. Además, los relatos debían publicarse entre el  viernes 21 de octubre a las 12:00 del mediodía y el miércoles 2 de noviembre de 2016 a las 23:59.

Aquí puedes consultar las bases del concurso.

A continuación reproducimos los relatos ganadores.

Ganador: Rival, de Francisco Javier Arroyo Gómez

Su presencia cada vez le resultaba más insoportable y, día a día, notaba como su espacio vital era acaparado de manera irremediable. No recordaba cuándo él empezó a resultarle especialmente molesto pero estaba seguro de que la antipatía era mutua. Sabía que no habría testigos que pudieran incriminarlo.



Sonrió al ver el miedo reflejado en los ojos de su enemigo cuando sus manos agarraron el viscoso cordón rodeándole el cuello para apretar con fuerza hasta notar que la vida del rival se apagaba definitivamente.



-Un parto gemelar, dijo el doctor, pero, señora, lo lamento, uno de los fetos ha fallecido. El cordón umbilical tenía varias vueltas alrededor de su cuello. El otro bebé está perfectamente.

Blog de Rojo Cabreado

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Finalista: Muñequitas de porcelana
, de Natxo Hernández


Sam y Howard acababan de llegar a Kitle, un pintoresco pueblecito perteneciente al condado de Niágara, en el estado de Nueva York. “Típico pueblo de Niágara, cariño”, le había dicho a Sam nueve meses antes cuando le comunicó que ya era oficial, le habían concedido el traslado. Acababa de dejar a Sam y a su embarazo de nueve meses en su nuevo hogar. Deseaba ir a la comisaría cuanto antes y siendo así, se limitó a descargar el coche sacando las cajas de la mudanza apilándolas en el suelo del porche de entrada a la casa. Pretendían con esa urgencia hacer invisible el lapso de tiempo mental existente entre el cierre del apartamento de Nueva York y la apertura de la puerta de una casa de dos plantas con jardín enclavada en el centro de Niágara.

Sam continuaba abriendo cajas y repartiendo recuerdos en estanterías vacías recordando que a los dos les parecía una buena idea haber abandonado la ciudad. Había sufrido mucho, aunque era más fuerte que Howard en lo que a encajar golpes psicológicos se trataba. Una mente fuerte sujetada por un cuerpo menudo de figura esbelta, recubierta por una piel blanca y tersa que hacía resaltar de manera escandalosa la larga melena color rojizo que acostumbraba a llevar recogida con una coleta incompleta.

Tenían 32 años. Se habían conocido en el instituto y eran la pareja prototípica por definición. Sam pintaba y Howard trabajaba como detective en Nueva York; hasta que el caso de las “muñequitas de porcelana” terminó rompiendo el dique moral que sostenían sus 187 cm de altura. Fue un caso diferente que empezó con el hallazgo de un cuerpo. Cuerpecito. Bebé de tres días desnudo, tirado en un contenedor con las muñecas machadas a martillazos. Puñal de caza de 20 cm de hoja atravesando el vientre. Ojos abiertos mostrando una sorpresa ciega y fría. Tres días de vida. Durísimo. Dos podrían haber sido soportables, 30 “muñequitas de porcelana” y 15 puñales fue suficiente.

Caso encallado. Un Mustang del 68 idéntico al que conducía Steve McQueen en Bullit como única pista. Visto en quince vecindarios de donde habían sido sustraídos quince bebés. Madres y padres asesinados.

Autopsia: “los golpes los habían sufrido en vida con un martillo de bola de peña semicircular”. Golpes secos. Sufrimiento atroz. Carrusel de imágenes que Sam y Howard no conseguían disipar. La imagen que tiene la definición de sufrimiento y tortura tatuada en un bebé de tres días. Imposible olvidar. Tampoco podían olvidar la nota que encontró Howard pegada en su taquilla en Nueva York: “No tengas hijos”. Amenaza de un conductor de un Mustang del 68 que sentenciaba a un bebé que todavía no había nacido. Esa nota y el embarazo fue el detonante del cambio de aires.

Tormentas

Las tormentas en Kitle eran frecuentes y no llamaban a la puerta. Pasaban las diez de la noche y el pequeño Howard Jr. lloraba desconsoladamente. El parto, apenas tres días antes. Cuatro kilos de peso. 60 cm. Salud perfecta. Tres días antes.

Howard tenía turno de noche en la comisaría y Sam, ya en casa, esperaba junto al bebé. La noche era cerrada. El viento ululaba y silbaba cuando se filtraba entre las rendijas de las ventanas. No era un tifón ni un huracán, pero se le parecía mucho. Miles de hojas secas arrancadas por el viento chocaban como perdigones contra los cristales. En Nueva York también había tormentas, pero no de este tipo. Era seca y húmeda al mismo tiempo. No llovía, pero el aire iba cargado de electricidad y tensión. Los relámpagos estallaban a lo lejos e iluminaban las cordilleras que custodiaban Kitle. Sam permanecía en la cocina con Howard Jr. en brazos, intentando calmar no sabía muy bien si los nervios de él o los suyos propios. Contemplaba la torsión de los grandes cipreses que tenía a la vista cuando el ronroneo del motor de un coche golpeó su atención. Su mirada se dirigió hacia el coche que hacía su entrada en la carreterita que daba acceso a la propiedad. No era Howard y sin embargo el vehículo paraba a unos pocos metros del porche de entrada. Las luces se apagaron al mismo tiempo que lo hacía el motor. Sam podía distinguir la silueta de su ocupante, opaca como la noche y dibujada a través de la luna delantera del Mustang del 68 que conducía Steve McQueen en Bullit. Cuando Sam centró su mirada en la reconocible parrilla del coche musitó con espanto: “Mustang del 68, joder”. Arrastró el “joder” decorándolo con el timbre de voz que tiene el miedo. Miró la expresión de Howard Jr. y notó como su cuerpecito se agitaba en sus tembloroso brazos fruto de un pánico nuevo, inhumano y cruel. Definitivo. Sin cobertura, sin línea y sin luz desde hacía varias horas en todo el condado. La peor de las pesadillas. Su cerebro ordenaba a sus piernas que corriesen y a sus manos que encontrasen un cuchillo, una escopeta, una pistola, un tanque… “Muñequitas de..”. Esa frase lo llenaba todo. Miraba a los bracitos de Howard Jr. y al Mustang del 68 aparcado enfrente. De sus ojos comenzaron a brotar lágrimas nerviosas que bajaban como dos torrentes. “¡Mi hijooooooo!” consiguió gritar. ¿Qué hacer? Intentar defenderse claro. Pero podría perder. “Joder”. “¡Mi hijo no! ¡Mi hijo no!”. La posibilidad de que el bebé sufriera era insoportable. Visualizó el cómo sucedería y no pudo aceptarlo. Tenía claro qué hacer. Lo había hablado con Howard muchas veces. “Lo entendería” había dicho Howard. “No podemos permitírselo”. Sam lo supo en el momento en el que la puerta del Mustang se cerró y su ocupante caminó hacia la puerta. Abrió el grifo de la bañera y se acurrucó junto al bebé. Dejó correr un agua tibia y agradable. El hombre había terminado de subir las escaleras del porche cuando el pequeño Howard jugueteaba con un bote vacío de Lorazepam y esbozaba una dulce sonrisa al notar el agua tibia en contacto con sus muñequitas de porcelana…


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