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Ganador y finalista del concurso de historias del Día de Muertos en México

Historias del Día de Muertos en Zenda

Más de quinientos relatos han participado en nuestro concurso de historias del Día de Muertos en México, patrocinado por Iberdrola, dotado con 3.000 euros en premios y con un jurado formado por los escritores Ángeles Mastretta, Gabriela Guerra Rey, Espido Freire, Jorge Zepeda Patterson, Élmer Mendoza y Xavier Velasco, con Miguel Munárriz como secretario. El primer premio, de 2.000 € en metálico, lo ha ganado Diego Rinoski por Esta es la historia de Simona Hurtado. Y el segundo premio, de 1.000 €, ha recaído en César García Fernández por Feliz día de los muertos.

Para participar en el concurso, celebrado entre el 29 de octubre y el 12 de noviembre, era preciso escribir una historia sobre el Día de los Muertos, en internet, mediante una entrada en un blog, una anotación en Facebook o un tuit en Twitter. Una vez los concursantes hubieran publicado el texto en su blog, Facebook o Twitter, tenían que inscribirse registrándose en el Foro de Iberdrola en Zenda en el apartado http://foro.zendalibros.com/forums/topic/concurso-de-historias-de-los-muertos-en-zenda/Además, podían difundir su anotación en las redes sociales (Facebook o Twitter) mediante el hashtag #DíadelosMuertos.

Gracias a todos por participar.

HISTORIA GANADORA
Ésta es la historia de Simona Hurtado

Diego Rinoski

El 1 de noviembre de 1973, Otto Günther salió a pasear camino del Puig Morell y nadie sabe cómo, pero acabó despeñándose por un barranco. Otto Günther era un alemán que llevaba siete años viviendo aquí, en el pueblo, y disfrutaba de su jubilación en una bonita casa rodeada de palmeras y fuentes con peces de colores. La mayoría de los vecinos lo conocíamos de vista, y aquellos que tuvieron el valor o la curiosidad de acercarse al lugar del accidente, contarían más tarde que lo encontraron con la cara cubierta de sangre, y los brazos y las piernas del revés, igual que una marioneta; y también contaron que de pronto apareció una mujer que no habían visto nunca, y que sin apartar la vista del cadáver, esa mujer dijo: ahorita se lo lleva la huesuda, no se me achicopale, hombre; y que lo dijo así, como hablándole al propio muerto, y que nadie se atrevió a añadir nada más. Entonces muy pocos sabían que esa mujer era Simona Hurtado. Yo estaba en la plaza, sentado en la puerta del bar de mi abuelo cuando, unos días antes de que esto ocurriera, la vi bajar del autobús. No traía equipaje y llevaba puesto un sombrero de paja y un vestido rojo de volantes. Era Simona pequeña y robusta, y tenía la cara redonda como un pan. Una trenza de pelo negro le caía por la espalda hasta casi tocar el suelo. Se me acercó y antes de entrar al bar me preguntó si allí servían tequila, y yo le contesté que solo había vino o aguardiente, y entonces ella dijo: el fuego, chavo, no más que busco el fuego. Esas fueron sus palabras.

La presencia de Simona Hurtado en el pueblo incomodó a muchos vecinos. Simona no se parecía en nada a los extranjeros que venían a vivir aquí, todos altos y rubios, y con los ojos azules. Muchos de ellos, como Otto Günther, se habían construido una casa a las afueras para que nadie les molestara. Mi abuelo decía que eran educados y dejaban propina, pero que con la gente del pueblo no querían cuentas. Y llevaba razón. Simona Hurtado, en cambio, no tenía nada, y nadie sabía con certeza a qué había venido, además, siempre estaba en la calle, dormía en un granero abandonado, y si alguien le daba una peseta corría a gastársela en aguardiente. Una vez se subió a una silla del bar y cantó México lindo y querido, aunque la mayoría de las noches nos contaba historias de fantasmas, y entonces los clientes se callaban para escucharla, y después de cada historia, nos juraba por la Virgen de Guadalupe que todo lo que había contado había ocurrido de verdad, allá en su tierra, pero eso nadie se lo creía. Lo que sí es cierto es que una mañana mi abuelo estaba abriendo el bar, y que de pronto apareció por la plaza Simona Hurtado y le dijo a mi abuelo que se fuera a velar a su esposa, y él al principio no la entendió porque acaba de ver a mi abuela sentada en su butaca zurciendo calcetines, pero Simona se lo volvió a repetir, y entonces mi abuelo se fue para adentro y encontró a mi abuela muerta, y no zurciendo calcetines como él pensaba.

Con el paso del tiempo, entre una cosa y otra, Simona Hurtado acabó labrándose en el pueblo cierta fama de bruja, una fama que no hizó más que agravarse cuando al año siguiente, también en el día de Todos los Santos, otro vecino llamado Kurt von Hellermann apareció ahogado en su piscina. Y es que a veces las casualidades asustan, pero asustan todavía más si dejan de parecer casualidades, y eso fue lo que ocurrió, porque al año siguiente falleció Helmuth Drossel, también el 1 de noviembre, en un accidente de avioneta; y al año siguiente fue Hans Loerzer, un infarto fulminante; y al año siguiente le llegó el turno a Emil Müller, en el mismo día que los anteriores, devorado por sus perros de caza; y al año siguiente le tocó al doctor Josef Lutz, atragantado con un hueso de pollo; posiblemente la muerte más triste y estúpida de todas, aunque también fue la que puso en alerta a las autoridades. Cuatro furgones de la Guardia Civil aparcaron en la plaza aquella misma tarde para interrogarnos a todos. Me preguntaron por el doctor Josef Lutz, si le conocía de algo, si tenía enemigos, si sabía de alguien que pudiera estar detrás de las otras muertes. También me preguntaron si creía en las maldiciones. Y yo les contesté que no, que aquellos hombres habían tenido mala suerte y punto. Pero al caer la noche, los guardias se reunieron en el bar de mi abuelo a deliberar, y allí bebieron vino y aguardiente, y cuando el bar se quedó vacío y andaban medio borrachos, empezaron a hablar a grito pelado, y así fue cómo me enteré de que todos los que habían muerto el 1 de noviembre, desde la fatídica caída de Otto Günther, eran antiguos miembros de la Gestapo, excombatientes del ejército nazi o amigos íntimos del Fürher. En cualquier caso, ya no eran nada. Por la mañana temprano, los guardias recogieron las tiendas, pero antes de marcharse atrancaron la puerta del granero donde dormía Simona y le prendieron fuego. Mi abuelo y yo salimos a la puerta del bar cuando nos enteramos, y ya no había llamas pero sí podía verse una gran columna de humo a lo lejos. Entonces pensé en lo que había dicho Simona sobre el fuego la primera vez que hablé con ella. Cuando suceden cosas difíciles de explicar alguien debe pagar las consecuencias, sentenció mi abuelo, y a eso precisamente, creo yo, había venido Simona Hurtado desde tan lejos; culpable o inocente, ella nos libró de nuestro propio miedo.

***

HISTORIA FINALISTA
Feliz día de los muertos

César García Fernández

Carlota llegó al cementerio de la mano de su abuela, ni quería ni entendía por qué tenía que ir, pero creía en su abuela y de su mano iría donde ella le pidiese. Realmente  estaba tan bonito como le había dicho, en todas las lápidas había balcones multicolores de flores, el sol ayudaba desde lo alto del cielo intensificando los rojos, amarillos y verdes con el brillo de su luz. Pero cuando entró en el pasillo y vio otra vez donde estaba enterrada, se quedó paralizada, las piernas le pesaban como si fuesen de piedra y una mano invisible le empezó a apretar la garganta. Su padre que se dio cuenta se acercó a ella con una sonrisa.

-Cariño, estamos aquí celebrando el día de los muertos, toda esta gente viene a traerle flores a sus seres queridos y a recordarlos, en México donde vive la tía Noa es una gran fiesta con música y bailes.

Carlota apartó la mirada de su padre y miró el trozo de mármol negro donde con letras doradas estaba escrito el nombre de su madre. Después miró a su padre y pensó para sí misma:

Cómo voy festejar que mi madre está ahí dentro, inmóvil, sin vida. Como voy a estar contenta si cuando me voy a la cama no me besa en la frente, como voy estar contenta si cuando me caigo no está para sonreírme y aliviarme con sus caricias.

Tu si estarás contento, porque ya no está gritándote por llegar borracho y haberte gastado todo el dinero que teníamos para comer, y estarás contento porque no te atraviesa con su mirada cada vez que me golpeas en la cabeza por molestarte con” tonterías”, y estarás contento porque ya no tendrás que pegarle más para que aprenda a ser una “buena mujer”. Quizás dentro de un año, aquí mismo, también de la mano de la abuelita yo estaré feliz, mostrando mi mejor sonrisa, festejando el día de los muertos porque tú serás uno de ellos. Si papa, porque no le dije nada al juez no porque te tenga miedo, no. No le dije nada, porque no quiero que te metan en la cárcel papi, quiero matarte yo con mis manitas regordetas de cerdita como a ti te gusta llamarlas mientras te ríes y me golpeas en el culo con tu bota reluciente gracias a mis manitas regordetas de cerdita que las estuvieron limpiando en lugar de hacer la redacción que mandó el profe de Lengua.  Y estoy esperando Papi, porque no tengo la fuerza suficiente para clavarte el cuchillo en la garganta y cruzarla hasta abrirte una sonrisa en el cuello como la que siempre me muestras cuando me caigo. Espero que no tarde mucho en llegar ese día papi, el día en que te acostarás borracho otra vez y no te volverás a despertar. El día en que yo seré libre, mama descansará tranquila y todos celebraremos el día de los muertos porque tú serás uno de ellos.

Carlota miró fijamente a su padre, una lágrima se deslizó por su rosada mejilla y al llegar a la comisura de los labios su boca dibujo una pequeña y pícara sonrisa. Fue entonces cuando su padre notó esa mano invisible en su garganta.