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Ganador y finalistas del concurso de relatos #historiasdefútbol

Ganador y finalistas del concurso de relatos #historiasdefútbol

El ganador del concurso de relatos #historiasdefútbol, organizado por Zenda y patrocinado por Iberdrola, es Alejandro Rubén Rango, premiado con 1.000 euros. Los dos finalistas del certamen, en el que han participado más de cuatrocientos relatos, son Eddy Bryan Vélez de la Torre y Pedro D. García Fernández, que recibirán por su parte 500 euros cada uno. El jurado ha valorado la calidad literaria y la originalidad de los textos presentados.

El jurado ha estado formado por Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y Leandro Pérez.

A continuación reproducimos los tres relatos premiados. En este enlace puedes consultar las bases del premio. Gracias a todos por participar.

GANADOR

Alejandro Rubén Rango

A las cuatro y doce de la tarde, cuando Irak y Congo llevaban unos minutos detrás de una pelota que parecía no pertenecerle a nadie, comprobó que no conocía a un solo jugador de ninguno de los dos equipos. Mejor así: era más fácil mirar sin esperar nada.
Era un domingo quieto. Afuera, el edificio tenía ese silencio de las tardes en que la gente duerme la siesta o intenta leer algo hasta que el libro se le cae sobre el pecho. Él había almorzado, había lavado los platos, había ordenado papeles. Por último, había encendido la televisión.

El teléfono estaba sobre la mesa, boca abajo.

No esperaba un mensaje de ella. O sí. Pero prefería no pensarlo así. Era domingo. Estaba viendo el Mundial. Eso bastaba. Lo que hace cualquiera en una tarde como esa: se sienta, mira un partido, discute un fuera de juego, se indigna por un lateral mal cobrado entre dos países que apenas sabría ubicar en un mapa. Hay algo decoroso en todo eso.

Había comprado el abono para ver todos los partidos pensando en el fútbol. Esa tarde descubrió que había comprado una forma de no mirar el teléfono.

Irak tenía más la pelota, o eso decían los comentaristas. Congo esperaba ordenado. Él agradecía que alguien lo explicara. Mientras el narrador hablara, mientras hubiera nombres extraños, estadísticas, imágenes de la tribuna, podía permanecer allí, sentado, con las manos quietas.

—Irak no debe precipitarse —dijo uno de los comentaristas—. Todavía queda mucho partido.

Él asintió sin querer.

Eso había pensado después de aquella primera noche. No conviene precipitarse. No llamarla al día siguiente. No preguntar demasiado. Ella lo había llamado unos días después y se habían visto otra vez. La segunda noche había sido mejor. Al despedirse, ella lo había besado en la boca. Un beso breve, sin solemnidad. Él había tardado un segundo de más en responder, lo justo para que el beso se enfriara.

Congo robó la pelota y tuvo campo para salir. Por un segundo pareció que se animaba, pero el centrocampista frenó y tocó hacia atrás.

—¡Pero sal, hombre! —dijo otro periodista—. Si no te atreves ahora, ¿cuándo?

Él miró el teléfono, pero no lo tocó.

A los treinta minutos, Irak tuvo una ocasión clara. Un delantero quedó solo delante del portero y remató al cuerpo. El comentarista gritó como si por fin tuviera algo que contar. Él se incorporó en el sillón. No por el remate, sino porque le pareció que el teléfono se había movido, pero no era más que una ilusión. Nadie le había escrito. El delantero se llevaba las manos a la cabeza. Él también quiso hacerlo, pero le pareció excesivo compartir gestos con un desconocido.

En el descanso no miró el teléfono. La transmisión volvió al estudio, donde tres periodistas debatían si Irak debía atacar por la izquierda. Uno señaló en una pantalla el movimiento de un delantero que se alejaba del área.

—Tiene espacio, tiene apoyo, tiene tiempo —dijo—. Lo que no tiene es decisión.

Él pensó que esa era una frase injusta para decirla en televisión.

No quería ser el hombre que esperaba a que ella decidiera cuándo verlo. Tampoco quería ser el hombre que exigía un lugar demasiado pronto. Había una distancia, pensaba, entre mostrar interés y dejar la dignidad en la puerta como un paraguas mojado. Pero una cosa era esperar el momento justo y otra no entrar nunca en el área.

El segundo tiempo fue peor. Congo se animó un poco, Irak se cansó, el árbitro añadió cinco minutos y los dos equipos parecieron aceptar el empate. Cero a cero.

—Nadie quiso perderlo —dijo el narrador—. Y cuando nadie quiere perder, suele pasar que nadie sabe cómo ganar.

Entonces podría haber mirado el teléfono. No lo hizo.

Pasaron el resumen de las mejores jugadas, expresión generosa para tres disparos desviados y un cabezazo cerca del poste derecho. Después conectaron con un enviado especial en Toronto, donde algunos aficionados de Irak cantaban bajo la lluvia. Más tarde apareció un reportaje desde la concentración de su equipo. Vio a los jugadores bajar de un autobús, saludar sin ganas, entrar en un hotel. Luego entrevistaron a unos aficionados en una plaza; un niño dijo que iban a ganar porque su abuelo se lo había prometido.

Él miró todo. No porque le importara, sino porque todavía no se atrevía a quedarse a solas con el teléfono boca abajo.

A las seis y media empezó un programa de análisis. Repitieron el empate de Irak y Congo desde varios ángulos. Uno de los analistas insistió en que a Irak le había faltado profundidad. Otro dijo que Congo había hecho negocio con muy poco. El tercero resumió el partido con crueldad:

—Han esperado tanto que al final no ha pasado nada.

El teléfono vibró.

No lo cogió enseguida. Primero bajó el volumen. Después miró la pantalla. El mensaje era de ella.

“¿Te espero en casa?”

Durante unos segundos no supo qué hacer. Ni siquiera sonrió. Se quedó mirando esas cuatro palabras como si alguien hubiera encendido una luz demasiado fuerte en una habitación en la que sus ojos ya se habían acostumbrado a la penumbra.

En la televisión, un periodista seguía hablando del empate. Abajo: Irak 0 – Congo 0. Él miró los nombres, el marcador, la repetición de un remate por encima del larguero, y comprendió que no recordaba una sola jugada. Había visto el partido entero, el resumen, las entrevistas, la llegada de su equipo al hotel y hasta a un niño que repetía promesas heredadas, pero no podía reconstruir nada.

Escribió: “Voy”.

Antes de enviarlo, pensó en añadir algo más. Algo prudente, algo gracioso, algo que no revelara demasiado. No se le ocurrió nada.

Mandó el mensaje.

Dejó el mando a distancia sobre la mesa y se levantó. En la pantalla, el Mundial continuaba sin él.

FINALISTAS

Eddy Bryan Vélez de la Torre

El último centro

Mi zurda no es un milagro. Es una condena.

Mi madre me la dio cuando yo tenía siete años, después de que mi padre se fuera. Ella me dijo: “Con esta pierna, hijo, vas a patear todo lo que te duela.” Y yo la creí. Pateé mi infancia. Pateé el día que ella se enfermó y yo no fui a verla. Ahora, cada vez que centro, siento que pateo su recuerdo.

El Flaco no es un buen arquero. Es un hombre que aprendió a detener balones porque no supo detener a su padre. Cada vez que salta, salta para no escuchar los gritos de aquella noche. Por eso ataja hasta los penales imposibles. En el arco, el dolor tiene una medida exacta: siete metros y veinte centímetros.

El Gordo no es gordo. Lleva el peso de su hijo muerto en la panza. Ríe para no llorar. Cuando mete un gol, no celebra. Se queda quieto, mirando al cielo, esperando que su hijo le devuelva la sonrisa.

Don Lalo no tiene reloj. Se le rompió el día que se fue de su casa. Desde entonces, mide el tiempo con el latido de su culpa. Cuando mira al Zurdo correr, no ve a un jugador. Ve a un niño de siete años preguntándole por qué se iba. Don Lalo no responde. Solo silba. Y su mano izquierda, cuando silba, tiembla.

Mi madre no era santa. Trabajaba catorce horas en una panadería y llegaba a casa con las manos llenas de harina. Nunca me dijo “te quiero”. Pero cada noche planchaba mi camiseta de fútbol con un cuidado que solo tienen las madres que no saben decir amor. No me compró el balón para que yo fuera feliz. Me lo compró para que yo tuviera algo de mi padre.

El partido se juega a las seis. Mi madre se está muriendo desde las tres. Mi hermana llamó hace una hora.

—Mamá pregunta por ti.

—Termino el partido y voy.

El balón rueda. Corro con la culpa. El Flaco se agranda. Pero no lo veo a él. Veo a mi madre en su cama de hospital.

El Gordo grita desde el medio:

—¡Centra, Zurdo!

Pero el único centro que importa ya lo fallé.

Toco el balón. Lo siento en mi pie izquierdo, ese pie que mi madre llamaba “el de los milagros”. Pero hoy no hay milagros. Solo un muchacho que no supo decir “te quiero” a tiempo.

Levanto la cabeza. El Flaco está en el arco. Pero no veo al Flaco. Veo a mi madre en la tribuna vacía. Veo sus manos llenas de harina. Veo todo lo que no le dije.

—Hijo —me dice, desde algún lugar—. El fútbol no te va a querer de vuelta.

Mi teléfono vibra. El nombre de mi hermana. La noticia que ya sé.

El Gordo me levanta.

—Yo también perdí a alguien. El fútbol no cura nada. Pero da un lugar donde llorar sin que nadie pregunte.

El Flaco sale del arco.

—La próxima vez, no la dejes ir.

Don Lalo se acerca. Baja el silbato. Me mira. Su mano izquierda tiembla. Él también se ata los cordones con el mismo nudo. El que mi madre me enseñó. El que ella aprendió de un hombre que se fue.

El centro sube. El Flaco salta. Cuando sus dedos tocan el cuero, el mundo se fractura.

El balón no cae. Don Lalo mira su reloj roto.

—Otra vez —dice.

El partido vuelve a empezar. El centro, el salto. Mi madre en la tribuna. El Flaco en el arco.

—Otra vez.

Hasta que el Flaco, en una de esas repeticiones, se sienta.

—Zurdo, ¿cuántas veces más?

Don Lalo lo mira:

—Hasta que aprendas que el fútbol no se juega para ganar. Se juega para recordar por qué empezaste.

Entonces entiendo que mi madre sigue ocurriendo aquí. En cada repetición, ella está en la tribuna. Aplaudiendo un centro que nunca llega.

El Flaco se levanta. Pone su mano en mi hombro.

—Esta vez, no la centres a mí. Centra a ella.

Miro hacia la tribuna. Mi madre, con su vestido de flores, las manos abiertas como un arco vacío.

Don Lalo se ata los cordones. El mismo nudo.

—Papá.

No es una pregunta. Es una certeza.

Don Lalo baja el silbato. Su cara se desmorona.

—Hijo, perdóname.

Entonces el centro. La pelota sube. Pero cuando alcanza el punto más alto, no baja. Se queda flotando.

Don Lalo no silba.

Nadie se mueve.

El balón gira lentamente sobre sí mismo. La luz del atardecer lo atraviesa. Parece un sol pequeño, un sol de cuero, un sol que nadie quiere bajar.

Mi madre aplaude desde la tribuna.

Mi padre, el árbitro, no dice nada.

Y yo, el Zurdo, el que siempre corrió detrás del balón, me quedo quieto. Por primera vez en mi vida, dejo de correr.

Pedro D. García Fernández

Calcetines

Lleva un rato sentado en la cama, como de costumbre, mirando al infinito.

No sabe cómo ha llegado hasta ahí; aunque ahora mismo no se lo plantea, lo hará más tarde. Tampoco sabe que ha comido lentejas, lenguado con verduras salteadas y una pera de postre.

Se levanta y se acerca al pequeño armario. Coge un par de calcetines, sin ser consciente de que son los de siempre. Están enrollados, pero él los redondea más, con parsimonia, hasta que toman la forma perfecta.

No le hace falta tener en cuenta que es martes. Después lo llevarán al salón, a la hora del bingo, que detesta.

Desanda el camino hecho, pero no vuelve a sentarse. Se coloca al lado de la cama y hace una pausa mientras sostiene con cariño los calcetines entre las manos.

No recuerda que hoy ha estado en terapia funcional ni que ha protestado, como siempre, a la hora del aseo matutino. En este momento no sabe quién es Sara, aunque mañana terminará otra vez dándole un beso y «muchas gracias, señorita, qué simpática es usted», poco después de haberle cortado un traje a ella y a toda su casta.

Deja los calcetines en el suelo, justo donde se encuentran cuatro baldosas.

Desconoce que mañana volverá a terapia cognitiva y que armará la habitual pelotera. Se quejará de que eso es para tontos y gritará que no quiere estar rodeado de viejos. Pero también le tocará fisio. Y ahí sí. El olor del ungüento lo devolverá a los buenos tiempos. Y le contará de nuevo a Quique, con alguna licencia, la historia del equipo, y los viajes, y los compañeros, y las risas, y algunos llantos, y la vez aquella en que se rompió el cruzado, aunque no empleará esta palabra.

Mira con fijeza hacia la silla que hay en la pared de enfrente. Esboza una leve sonrisa, apenas una mueca. Forma parte de la liturgia, hay que transmitir seguridad. Da dos pasitos hacia atrás. Se concentra en los calcetines y se dirige hacia ellos propinando un descoordinado puntapié a la vez que, por precaución instintiva, se agarra a la baranda de la cama.

No espera visita, aunque la habrá.

Ha entrado rasa, lenta, entre las dos patas delanteras de la silla. Lejos de donde apunta: la escuadra que forma la pata con el asiento. No la ha levantado un palmo —hace tiempo que no lo consigue, aunque lo ignora, de ahí que conserve la confianza intacta—. Pero ha entrado. La sensación es agridulce. Por eso, entre otras razones, recoge los calcetines y regresa para volver a colocar la bola, con mimo y con el optimismo propio de todo buen delantero, en el punto de penalti.

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