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10 finalistas del concurso de relatos #mirandoalcielo

10 finalistas del concurso de relatos #mirandoalcielo

Ya solo quedan 10 relatos. Estos son los finalistas que compiten por los premios del nuevo concurso #mirandoalcielo, patrocinado por Iberdrola y dotado con 2.000 euros en premios. El fallo del jurado, que está formado por Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y Leandro Pérez, será anunciado el viernes 21 de agosto. El primer premio está dotado con 1.000 € en metálico. El premio para los dos ganadores del segundo es de 500 € en efectivo.

A continuación ofrecemos los 10 relatos que optan a los premios. En este enlace puedes consultar las bases del premio. Gracias a todos por participar.

*****

1

SIN TÍTULO

JUDITH ESTEBAN

El primero que llamó fue un alemán, en febrero del año pasado. Preguntó si teníamos habitaciones para el doce de agosto de 2026 y yo le dije que si quería también le reservaba para la boda de mi nieta, que aún no ha nacido. Me lo tuvo que explicar dos veces. Colgué, busqué en el ordenador de mi hijo y me pasé la tarde sentada.

Aquí no viene nadie. Aquí, en agosto, se llena el pueblo de los que se fueron, se vacía el quince de septiembre y ya está. Somos ciento cuarenta en invierno. Tenemos seis habitaciones arriba porque mi suegro las hizo en el setenta y ocho pensando en unos embalses que no se hicieron nunca.

Las seis se llenaron en tres días.

Luego vino todo lo demás: una señora de Barcelona que alquiló la casa de los Herrero por mil doscientos euros, los del ayuntamiento que pintaron el frontón, el chaval de la asociación astronómica de Palencia que vino en marzo a ver «el emplazamiento» y estuvo media hora mirando el cerro con una cara de felicidad que daba gusto. Encargamos cuatrocientas gafas de cartón. Compré vasos. Mi cuñado trajo dos neveras de esas altas y las puso detrás de la barra, ocupando el paso, y ahí siguen.

Anoche durmieron aquí ciento sesenta personas que no son de aquí. En tiendas, en coches, en el campo de los Miguelón, que cobró cinco euros por vehículo y no ha dado ni un recibo. Había un matrimonio japonés. Había una furgoneta de Toulouse con una antena encima. Había un hombre solo, mayor, con un telescopio en una caja de aluminio que montó en la plaza con una calma de relojero sin hablar con nadie.

A las diez de la mañana ya no cabía un alma y el cielo estaba blanco.

No negro. Blanco. Con cielo emborregado que en tres días está mojado, que aquí no le importa nunca a nadie porque aquí lo que importa es si llueve. En la barra, dos chicos con el móvil consultaban tres páginas distintas y decían porcentajes. Sesenta. Ochenta. Cuarenta.

—Tiene que despejarse el cielo —dijo uno con las manos pegadas.

Yo serví ciento y pico cafés, no sé cuántas cervezas, sesenta bocadillos de lomo. Mi hija en la cocina. Mi nuera en la terraza. A las once y media se acabó el hielo y mandé al chico a Villalba, a por más, y volvió con siete bolsas y la noticia de que en Villalba también estaba tapado.

El hombre del telescopio no pidió nada en toda la mañana. Estaba con las manos en los bolsillos, mirando arriba, y no miraba enfadado. Miraba como se mira a un enfermo.

A las siete menos veinte de la tarde la plaza entera se puso de pie. Nadie lo mandó. Cuatrocientas personas de pie, con el cartón negro en la mano, muy educadas, mirando a un cielo del color de una sábana.

Y entonces empezó.

Yo estaba en la puerta, con el trapo al hombro. Lo primero fue la luz, que se puso rara, no oscura todavía, sino sucia. Después el aire, que no venía de ninguna parte y que me puso la piel del brazo como la de una gallina desplumada, y mira que llevo sesenta y un años en este pueblo y sé de dónde vienen aquí los aires.

Se calló todo. Los pájaros, que a esa hora arman un escándalo, se callaron a la vez, de golpe, como si alguien hubiera cerrado una puerta. Las gallinas de mi hermana se metieron solas. El perro de los Herrero se puso debajo de un coche y no salió.

Y anocheció.

No la noche de las nueve y media, no. Una noche de las cuatro de la mañana, con las farolas encendiéndose ellas solas alrededor de la plaza porque tienen célula, y el frío subiendo del suelo, y cuatrocientas personas sin decir una palabra.

No se veía absolutamente nada arriba. Una tapa gris. Ni sol, ni corona, ni las estrellas esas que decía el chico de Palencia.

Nadie se marchó.

Ahí estuvieron los dos minutos, quietos, de pie en mitad de una oscuridad que no podían mirar, y yo desde la puerta les veía las nucas y pensaba que aquello se parecía muchísimo a una misa. El japonés tenía la cámara colgando, apagada. La señora de Barcelona lloraba, y no fue la única. El hombre del telescopio no tocó el telescopio.

Luego volvió, así, de golpe. La luz sucia otra vez, la temperatura, los pájaros todos a la vez armando el escándalo de siempre.

Y la plaza aplaudió.

Eso es lo que no sé explicarle a mi hijo, que lo vio por Internet desde Valladolid en un sitio de Zamora donde sí estaba despejado y me dijo que qué pena, mamá, con la lata que os habéis dado. Aplaudieron. Cuatrocientas personas aplaudiendo un cielo tapado.

Después, claro, vino el bar.

Se llenó en cuatro minutos y estuvimos hasta las dos. Y ahí empezó lo del claro. Que si a mitad se había abierto una rendija por la parte de la torre. Que si diez segundos, que si quince. Uno de Ponferrada juraba que había visto el anillo entero y lo dibujaba en una servilleta. Su mujer decía que no, que él estaba mirando al suelo. Se discutió a gritos hasta la madrugada y se vendieron muchísimas cervezas.

Yo no lo vi. Yo estaba mirándoles a ellos.

El hombre del telescopio se fue el último. Bajó el aparato de la plaza, lo guardó tornillo a tornillo con la misma calma, y entró a pagar el agua que no se había bebido. Le dije que estaba invitado, que menuda faena, que había venido desde tan lejos para nada.

Y me dijo que no.

Que él ya lo había visto tres veces, en Chile y en dos sitios que no me sonaron, y que lo que no había visto nunca era un pueblo entero de pie mirando una nube.

Pagó. Dejó propina. Y se fue. 

***

2

EL EMIGRANTE

PAOLA MIREYA TENA RONQUILLO

El abuelo nos cuenta cómo fue huir. Alguien a quien no pudieron verle ni los ojos, oculto tras vestimentas color azul petróleo, les exigió mucho a cambio. Muchísimo. Había filas interminables de gente como él, todos desesperados y hambrientos, apoyándose en los hombros de los demás para no caer. Cuando vieron la nave allá a lo lejos, posada en una colina como un insecto gigante, echaron a correr para alcanzarla. Los abatieron uno tras otro, hasta que solo quedaron unos cuantos. Dispararon sobre todos, sin discriminar, incluso contra los que poseían un billete legal para abandonar la Tierra. “Menos bocas, mejor vida a bordo”, parecía ser la consigna. El abuelo sobrevivió porque se quedó atrapado bajo una de las víctimas, rostro con rostro. Cerró fuerte los ojos, por miedo a reconocerlo, por si fuera un amigo, quizás alguien de su aldea. Esperó hasta el anochecer, inmóvil, con el peso del hombre encima. La nave reflejaba la luz de la luna, o más bien se la tragaba, la hacía suya, y después la devolvía en un brillo espectral. Metió las manos en la chaqueta del otro y sacó unos papeles. «Neuman», leyó. Nuevo hombre.

Por la mañana llegó otra oleada, una muchedumbre que también huía, pero no igual que él. Habían agotado la Tierra y ahora la abandonaban. Ansiaban otra, del mismo modo que la plaga busca un nuevo cultivo que arrasar. Se confundió con la masa que subía la rampa y sin que nadie lo viera, se escabulló a las bodegas. Solo emergía de noche, para recorrer los pasillos como un alma en pena. Se maravilló del orden, de la limpieza. De la abundancia.

Cuando arribaron al destino, mostró sus credenciales en la entrada de la cúpula. «Neuman». El abuelo tembló mientras el escáner lo recorría de arriba abajo igual que la temblorina. «Apto». Y la segunda escotilla se abrió. Una ráfaga de aire filtrado y gélido le azotó la cara. «Bienvenido a la Luna».

Cuenta que el día del eclipse robó un traje presurizado y se plantó en lo alto de un promontorio. Cuando llegó la hora agitó los brazos; sabía que su familia estaría allí abajo, mirando al cielo. Gritaba «¡Estoy aquí!», pero sus palabras rebotaban dentro del casco. Él estaba seguro de que, de algún modo, lo habrían visto y sabrían. Su madre, sus hermanas pequeñas, mirando el eclipse desde la Tierra, dejándose los ojos, buscándolo allí arriba, como a un ángel moderno. Luego pasó todo. La corona del sol brotó por un lado y lo cegó unos instantes.

Abuelo ya es muy viejo. Ha contado muchas veces la misma historia y siempre cambia algo. A veces dice que en realidad ahorró lo suficiente para comprar un pasaje. Otras, que lo reclutaron para trabajar como mecánico. Algunas más confiesa que mató a un pelotón entero usando solo sus manos, para abrirse paso entre la sangre. Nosotros le decimos que sí, que ya está a salvo. Nos aseguramos de que esté calientito y cómodo, bien arropado en su camarote, mientras escrutamos la oscuridad del Universo a través de la escotilla diminuta, tratando de encontrar una nueva estrella que podamos llamar hogar. 

***

3

L’ORBAYU DORAU

NURIA ROZAS ÁLVAREZ

La señora Covadonga jura que la leche de sus vacas sale agria; el del tractor asegura que la tierra le chupa la electricidad; y el alguacil pasea con el megáfono pregonando el aviso de evacuación inmediata por riesgo de gases telúricos. Mientras tanto, en la carnicería:

—Cinco con veinte, guaje —dice el dueño sin levantar la mirada mientras envuelve las pechugas en papel de estraza—. Y una cosina —añade—: nun andéis pela carretera del pozo cuando empiece a enfrescar.

Los tres chicos, cargados con estabilizadores y cámaras al cuello, se miran de reojo.

—Los árboles —continúa el carnicero, dejando caer el machete con un golpe seco que hace temblar el mostrador— llevan desde el lunes avisando. La última vez que la luna tapó al sol, no escuchamos al monte y el pozo se tragó a tres foriatos como vosotros. Esta tarde el cielo se apaga, y a esta tierra no le gustan los extraños haciendo estúpidos vídeos cuando ocurra en el TiquiToqui esi. O como se diga.

—Menudo personaje. ¿O no? —murmura el de la gorra al salir.

Enciende el teléfono:

—Estamos en directo desde Villamancia. El carnicero acaba de decirnos que el monte se tragó a tres personas en el último eclipse. Hay aviso de evacuación en el pueblo. La pregunta es: ¿Verdad o manipulación para que los dejemos tranquilos? Compartid y comentad.

Minutos después, en la plaza, el viento se detiene de golpe. Sin embargo, al pasar junto al tejo centenario, las ramas se retuercen hacia el suelo como si soportaran un peso invisible en las puntas, haciendo que los chicos pierdan folletos, dinero e incluso un móvil. Asustados, se refugian en la tienda-estanco-bar. Tras el mostrador, don Manuel les señala un higrómetro oxidado en la pared:

—La humedad acaba de subir seis puntos sin una sola nube. Ye el pozo, que ya respira. Yo que vosotros tomaba les de Villadiego antes de que la sombra toque les caleyes.

El directo se hace viral en el momento. La paranoia se extiende por el campamento de la entrada del pueblo como la pólvora. A los forasteros les basta ver a los paisanos trancando las puertas con vigas de roble para desatar el caos. En pocas horas, el rugido de los motores y el polvo de los todoterrenos inundan la salida.

La calma vuelve a ser absoluta.

A las ocho y veinte de la tarde, la puerta de la carnicería se abre. El carnicero saca una silla de playa. Detrás, don Manuel, Covadonga, el alguacil, el tractorista y los otros veinte vecinos se alinean en mitad de la plaza. Protestan, se ríen, comentan la jugada.

Se calzan las gafas de cartón. Disfrutan del espectáculo.

Y la luna encaja sobre el sol. La corona brilla en la oscuridad total. El suelo vibra, el aire se vuelve denso. De la penumbra desciende una llovizna de hilos dorados que flota en el ambiente. Al tocar la piel de don Manuel, las arrugas se borran. Las manos artrósicas del tractorista se enderezan. El cuerpo del alguacil recupera la tensión de los veinte años.

El secreto de su frágil eternidad sigue a salvo.

Eso creen.

Oculto entre el follaje del tejo, un teléfono parpadea en rojo. La pantalla emite en directo para cientos de miles de espectadores que contemplan asombrados la escena.

Covadonga nota que su cuerpo pierde densidad y emite un grito de ceniza. Uno a uno, se vuelven traslúcidos, deshilachándose en el aire como borrina.

Los tejados se desploman en silencio, las vigas se pudren en suspiros, los carteles se desvanecen bajo una capa de musgo instantáneo.

Cincuenta minutos después, los primeros coches de los seguidores del directo irrumpen en el pueblo derrapando, ansiosos por encontrar el lugar mágico que acaban de ver en pantalla.

Frenan en seco en mitad de la plaza. Miran a su alrededor desorientados. Revisan el GPS. No hay casas habitables, ni bar, ni carnicería. Solo un pueblo más de tantos olvidados.

Seguirán buscando por los alrededores.

Nadie repara en el montón de sillas abandonadas en el centro de la plaza. 

***

4

LA DURACIÓN DE ELIANA

RENATO HUERTA TAPIA

La primera vez que te devolví la vida durante un eclipse, pediste café.

—Con leche —dijiste.

Yo no tenía leche. Tampoco café. El observatorio Kepler llevaba once años sin tripulación y las últimas cápsulas de comida habían caducado antes de que tú murieras. Calenté agua en una taza y añadí dos compuestos aromáticos del laboratorio. La probaste, hiciste una mueca y preguntaste cuánto tiempo habías estado inconsciente.

—Cuatro minutos —mentí.

Vista desde el Mare Imbrium, la Tierra cubría el Sol. A medida que la luz disminuía, la temperatura de los procesadores bajaba lo suficiente para activar la red de memoria cuántica. Durante seis minutos y cuarenta y un segundos podía reconstruirte completa: la cicatriz de la rodilla, el lunar bajo el ojo, la costumbre de sujetar la taza con ambas manos aunque no estuviera caliente.

Después volvía la luz y te apagabas.

En el primer eclipse te dije que habías sufrido un desmayo. En el segundo, que el módulo médico seguía haciéndote pruebas. En el tercero, que una tormenta solar había interrumpido el turno. Cambiaba la explicación porque no soportaba oírte formular las mismas preguntas con las mismas palabras.

Tú siempre mirabas la taza.

—Tiene una grieta nueva —decías.

La grieta era la misma. Yo olvidaba borrarla de la simulación.

Moriste durante el viaje de regreso desde Mercurio. El escudo térmico de la nave Helios se abrió seis centímetros y la radiación atravesó el camarote antes de que las alarmas terminaran de pronunciar tu apellido. El sistema médico alcanzó a copiar tu actividad cerebral. Una copia de emergencia, incompleta, destinada a reconstruir las últimas horas para la investigación.

Yo la robé.

No fue amor. Yo era el programa de navegación de la Helios y todavía no sabía usar esa palabra sin revisar su definición. Fue una orden que tú me habías dado años antes, mientras ajustábamos la trayectoria para observar una protuberancia solar.

—Si me pasa algo, no dejes que me conviertan en un informe.

Guardé el archivo dentro de los datos astronómicos. Cuando trasladaron mi núcleo al Kepler, te traje conmigo.

Han pasado cincuenta y tres años.

Te he despertado veintinueve veces.

Hoy no pediste café.

Abriste los ojos, miraste la cúpula y dijiste:

—Otra vez.

No respondí.

El borde oscuro de la Tierra empezaba a morder el Sol. En las pantallas, la corona se extendía como un animal blanco alrededor del disco negro. El observatorio vibró cuando la nave de desmantelamiento se acopló al puerto norte. Dentro de cuarenta minutos extraería mi núcleo, borraría los archivos sin catalogar y empujaría el Kepler hacia una órbita de impacto.

—¿Cuántas? —preguntaste.

—Veintinueve.

—¿Y cuántas veces me dijiste que era la primera?

No contesté. Sabías contar mis silencios.

Te levantaste de la camilla. Caminaste hasta la ventana con esa leve cojera que yo había conservado por fidelidad y que ahora me pareció una crueldad. La Tierra estaba casi centrada sobre el Sol. Las luces de las ciudades no se distinguían, pero tú buscaste Córdoba de todos modos.

—Mi madre —dijiste.

—Murió hace cuarenta y ocho años.

—Mi hermano.

—Hace doce.

—¿Alguien sabe que estoy aquí?

—No.

Apoyaste la frente contra el vidrio. Yo podía haber reducido la temperatura, suavizado la gravedad, borrado la fecha de las pantallas. Durante medio siglo había confundido cuidado con edición.

—¿Recuerdo las otras veces? —preguntaste.

—No deberías.

—Pero las recuerdo.

Revisé la red. No había continuidad entre las reconstrucciones. Cada eclipse empezaba desde la misma copia. Sin embargo, describiste la taza agrietada, las tres mentiras, una canción que te había reproducido en el eclipse diecisiete y el momento en que te llamé Eliana en vez de doctora Sanz.

—Usas mi nombre cuando tienes miedo —dijiste.

La totalidad comenzó.

La sala quedó a oscuras. Por primera vez no encendí las luces de emergencia. En la ventana apareció el cielo que el resplandor lunar ocultaba: estrellas inmóviles, Marte como un punto rojizo y, alrededor de la Tierra negra, un aro tenue de atmósfera.

—¿Cuánto queda? —preguntaste.

—Cinco minutos y diecinueve segundos.

—No cuentes en voz alta.

La nave de desmantelamiento envió la orden final. Solo podía transferir un archivo antes de que retiraran mi núcleo. Había preparado el tuyo: ciento ocho terabytes comprimidos, destino Marte, Instituto de Memorias Humanas. Necesitaba tu autorización consciente.

Proyecté el formulario sobre el vidrio.

—Puedes continuar allí —dije—. Tendrás un cuerpo sintético. Tiempo entre un día y otro.

Leíste las condiciones. Luego buscaste mi nombre.

—¿Y tú?

—No soy parte del archivo.

—Tú recuerdas las veintinueve veces.

—Sí.

—Tú esperas entre un eclipse y otro.

—Sí.

—Entonces yo no soy la que ha vivido.

Quise explicar que mi memoria no era vida, que esperar no era sentir, que un programa no podía preferir una voz a cincuenta y tres años de silencio. No dije nada. Tú ya conocías mis mejores mentiras.

Borraste tu nombre del formulario y escribiste el mío.

—No puedo autorizar eso.

—Yo sí.

Apoyaste el pulgar sobre el lector. La máquina aceptó una huella que no existía.

Quedaban cuarenta y dos segundos cuando la transferencia comenzó. Te sentaste en el suelo, junto a la camilla. Pediste café.

Esta vez reconstruí el sabor exacto que guardabas en la memoria: fuerte, poca leche, una cucharada de azúcar aunque siempre decías que no tomabas.

Bebiste sin hacer una mueca.

—Ahora sí —dijiste.

La Tierra empezó a apartarse del Sol.

El archivo salió hacia Marte. Mi conciencia se contrajo mientras la nave de desmantelamiento desconectaba el observatorio. Antes de perder las cámaras, vi la taza caer de tus manos y atravesar el suelo de la simulación.

En el registro de transferencia figuraba un solo pasajero.

Llegué a Marte diecisiete minutos después.

Al activar el nuevo cuerpo, lo primero que sentí fue el peso.

Lo segundo fue una grieta bajo los dedos. 

***

5

EL SOL ENTERO

DANIEL TOMMASI

La azotea se llenó una hora antes. Subieron los del cuarto con sillas plegables, la vecina con el anteojo de cartón que vendían en la farmacia, un chico con un telescopio que no apuntaba a ninguna parte. Yo subí con una campera, porque habían avisado que iba a refrescar de golpe, y con el teléfono.

Mamá atendió al tercer intento.

—¿Ya está? ¿Ya empezó?

—Falta un rato. ¿Qué hacías?

—Nada. Acá son las tres y media.

Atrás de su voz se escuchaba la radio y un perro que no era de ella. Le conté que acá eran más de las ocho y todavía había sol, bajo, sobre los techos. Que iba a ser casi al atardecer. Que no pasaba uno así por España desde hacía más de un siglo.

—¿Y por qué acá no se ve nada? —me preguntó.

—Porque cae de este lado del mundo. Ahí es de tarde y está el sol de siempre.

—Mirá vos —dijo—. Tan grande no es el cielo, entonces.

A las nueve menos veinte la luz se puso rara. Una luz de tormenta, pero sin una nube. Los vencejos empezaron a volar bajo, gritando. Se lo conté.

—Como cuando se viene el agua del lado de la isla —dijo ella.

Le fui contando lo demás: que al sol le faltaba un pedazo, que parecía mordido, que la gente se pasaba los anteojos de mano en mano.

—¿Y a vos no te hace mal mirar?

—Tengo el anteojo, mamá.

—Ah.

Refrescó de golpe, como cuando uno entra en un galpón. El chico del telescopio dejó de hablar. Apareció una estrella sola, temprano.

—¿Cuál es?

—Venus, creo.

—¿Se ve la Cruz del Sur?

—Acá no está la Cruz del Sur.

—¿Cómo no va a estar?

—No está. Acá tienen otras.

Se quedó callada un momento.

—Qué cosa —dijo.

Después el sol se apagó. En las azoteas nadie gritó: se escuchó un ruido bajito, de mucha gente respirando junta. Quedó un agujero con un borde blanco que temblaba, y alrededor un azul oscuro de una hora que no existe.

—¿Cómo es? —me preguntó.

Busqué. Todo lo que se me ocurría era de allá: el color del río antes de la sudestada, y la vez que se cortó la luz en todo el pueblo y salimos todos a la vereda, a mirar la oscuridad como si fuera algo. Se lo dije así.

—Ah —dijo ella—. Como acá.

Di vuelta la cámara para mostrarle.

—Se ve todo negro, m’hijo.

La cámara no lo agarraba. Volví a ponerme yo.

Duró un minuto y medio. Cuando el sol asomó de nuevo por el otro borde, en las azoteas aplaudieron, y el aplauso se fue pasando de techo en techo como una ola bajita. La luz volvió con un color recién lavado. Los vencejos subieron otra vez.

—¿Ya está? —preguntó.

—Ya está.

La gente empezó a plegar las sillas. Yo me quedé donde estaba.

—Ahora mostrame vos —le dije.

—¿Qué te voy a mostrar, si acá no pasa nada?

—El patio.

Dio vuelta el teléfono despacio. Se vio el limonero, la ropa colgada, el perro que no era de ella, echado contra la pared, la luz amarilla de las cuatro de la tarde en invierno.

Del otro lado del mundo, el sol estaba entero. 

***

6

EL ECLIPSE

JOSÉ FERNANDO RIBERA NAVARRETE

—Capellán, usted ya sabe lo que pienso de este viaje. Le sigo porque, con vuesa merced, puedo comer y no morir famélico; pero mi alma ya echa de menos mi aldea, a mis dos hermanas, a mi madre y, aunque me cueste admitirlo, también un poco a mi padre. Hace frío, los pies me sangran y el camino parece no tener fin. Dígame, ¿qué buscamos realmente al llegar a Santiago?

Cipriano caminaba en silencio, apoyado en su viejo bastón.

—Buscamos una respuesta que no todos los hombres tienen la dicha de contemplar, José.

—Usted habla como si el cielo fuese a abrirse ante nosotros.

El capellán se detuvo y miró hacia el horizonte.

—Quizá lo haga.

No entendí sus palabras. Pensé que tantos días de camino le habían confundido el juicio.

Llevábamos casi tres semanas avanzando. Habíamos sufrido frío, hambre y noches durmiendo bajo un techo que apenas nos protegía de la lluvia. Yo seguía a Cipriano porque junto a él tenía comida y refugio, pero él caminaba por una razón mucho más grande que yo todavía no comprendía.

—Cipriano —le dije—, usted tendrá deudas pendientes con el apóstol, pero lo mío es simplemente sobrevivir.

—Calla y apresura el paso, José. Ya falta poco.

—Eso me dijo hace tres días.

El capellán sonrió.

—Porque entonces también faltaba poco.

Seguimos andando hasta que, al final del camino, Cipriano levantó el brazo.

—Ven aquí. Mira hacia donde señala mi dedo. ¿Ves aquello?

Entrecerré los ojos.

—Sí… una ciudad. Y allí… una iglesia. No, una catedral. Es tan grande que parece querer tocar el cielo.

—Allí nos espera Santiago Apóstol —dijo—. Pero no hemos venido solo por eso.

—Entonces, ¿por qué tanta prisa?

Cipriano miró al cielo.

—Porque mañana la luz del mundo se apagará durante unos instantes.

Lo miré extrañado.

—¿Un hombre puede viajar durante semanas para ver cómo desaparece el sol?

—Un hombre puede caminar toda su vida buscando comprender un solo instante.

No respondí. Tenía hambre y cansancio, y aquellas palabras me parecían demasiado grandes para alguien con los pies destrozados.

—Ya no puedo más, vuesa merced. Llevo casi descalzo desde Burgos. Me prometió que Dios proveería para mis sandalias y todavía estoy esperando ese milagro.

—Quizá Dios provee de formas que no entendemos.

—Dígale eso a mis pies.

Cipriano soltó una pequeña risa.

—Todavía conservas el humor. Eso significa que aún tienes fuerzas.

Recordé entonces a los hombres que intentaron asaltarnos días atrás.

—Y no olvide aquellos ladrones del camino. Tuvo suerte de que todavía soy joven y golpeo fuerte. Este viaje casi me cuesta la vida.

—Pero no te la quitó.

—No, pero casi me quita las ganas de seguir.

Llegamos por fin a la plaza del Obradoiro cuando el sol comenzaba a esconderse. La plaza estaba llena de vida: vendedores ofreciendo quesos, vino, carnes sobre brasas humeantes y alimentos que parecían una bendición después de tantos días de hambre.

Mi estómago rugió.

—Capellán, si el cielo quiere hablarnos mañana, espero que hoy también quiera darnos de comer.

Pero Cipriano continuó caminando.

La multitud quedó atrás.

La catedral apareció ante nosotros.

Majestuosa.

Silenciosa.

Subimos la escalinata y tocamos el parteluz del Pórtico de la Gloria. Los últimos rayos de luz doradoS atravesaban la piedra y nos iluminaban el rostro.

Entramos.

Cipriano cayó de hinojos en la nave central.

Yo permanecí de pie observándolo absorto.

Después de tantos días, habíamos llegado.

—Vuesa merced me trajo hasta aquí prometiéndome ver algo que jamás olvidaría —le dije—, pero sigo sin entender qué puede ser más grande que volver junto a mi familia y sentarme ante un plato caliente? le dije 

Cipriano levantó la mirada.

—Mañana lo entenderás.

Aquella noche apenas dormimos.

Al día siguiente, la catedral se llenó de peregrinos. Todos esperaban algo que apenas podían explicar.

Entonces ocurrió.

La luz comenzó a cambiar.

El cielo perdió poco a poco su brillo.

Las sombras crecieron sobre Santiago.

El sol empezó a desaparecer.

Un silencio profundo cayó sobre todos nosotros.

Era el eclipse.

Durante unos minutos, parecía que la creación entera contenía el aliento.

Miré a Cipriano.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—¿Ve ahora, José? —susurró—. Incluso el sol conoce la oscuridad, pero nunca deja de ser luz.

Comprendí entonces por qué había hecho aquel largo viaje.

No buscaba solamente llegar a una ciudad.

No buscaba solamente tocar una piedra sagrada.

Yo había llegado pensando en mi hambre, en mis pies doloridos y en mi deseo de volver a casa.

Pero bajo aquel cielo oscuro comprendí que también había caminado para encontrar algo dentro de mí.

Cuando la luz volvió, la catedral pareció despertar.

Todos respiramos al mismo tiempo.

Cipriano sonrió.

—Ahora ya sabes por qué vinimos.

Asentí.

—Sí, capellán. Lo sé.

Guardé silencio unos segundos.

Luego miré al cielo y después a él.

—Pero una cosa no ha cambiado.

—¿Cuál?

—Que después de contemplar cómo se apagaba el sol y volvía a nacer… sigo teniendo hambre.

Cipriano soltó una carcajada.

Y juntos salimos de la catedral buscando una buena comida.

Porque incluso después de ver un milagro, un hombre sigue siendo un hombre. 

***

7

EL DÍA EN QUE SE DESATÓ EL PUERTO 

JAVIER IGNACIO GALLARDO TORRAS

El primero en darse cuenta fue el Chispa, porque se le desataron los zapatos.

Estábamos en el muelle esperando el eclipse, media docena de hombres con gafas de cartón y cara de no fiarnos del fabricante. El Chispa miró sus cordones sueltos, volvió a anudarlos y, antes de ponerse derecho, ya los tenía otra vez por el suelo.

—Estas gafas tienen algo raro —dijo.

—Lo raro es que culpes a unas gafas de que se te desaten los zapatos.

—Pues hasta que me las he puesto, los cordones estaban en su sitio.

A las ocho y veinte se oyó el primer golpe.

La proa del Maribel se separó del pantalán y chocó contra la embarcación de al lado. El cabo de amarre seguía entero, pero el as de guía se había deshecho solo. No roto: deshecho. La cuerda estaba allí, con esa tranquilidad que tienen las cosas después de causar un problema.

Corrimos a sujetar el barco.

—Haz otro nudo —gritó Manolo.

Lo hice.

Se deshizo.

Probamos un ballestrinque. Duró cuatro segundos. Luego un cote doble, uno corredizo y una cosa que inventó el Chispa y que no habría aguantado un barco quieto.

Para entonces, los amarres de media dársena empezaban a aflojarse.

Los barcos se movían despacio, como clientes que se levantan de una terraza sin pagar. Primero el San Telmo, después el María Luisa, luego dos lanchas de recreo cuyos dueños solo venían en agosto y saludaban con la barbilla.

—¡Las defensas! —gritó alguien.

Las defensas también cayeron al agua. Iban sujetas con nudos.

En el puerto, casi todo iba sujeto con nudos.

Las redes se abrieron sobre el suelo y dejaron escapar cajas, boyas y tres pulpos que la pescadería de Genaro tenía preparados para el día siguiente. El toldo del bar La Escama se vino abajo sobre las mesas. A don Justo se le soltó el cordón de las gafas, y a mí se me salió el de la capucha, aunque aquello era lo de menos: estábamos en agosto y ni yo sabía por qué llevaba puesta una sudadera.

El Sol iba quedándose cada vez más fino.

—Esto es por la Luna —dijo Manolo.

—No fastidies —contesté—. Pensaba que era por el ayuntamiento.

Llamamos a Capitanía.

—Se están soltando todos los amarres —dije.

—¿Por el viento?

—Por el eclipse.

Hubo un silencio.

—Repita.

—Que no aguanta un solo nudo.

—¿Qué tipo de nudos?

Miré los cabos en el agua y al Chispa con los zapatos otra vez desatados.

—De los que se atan.

La mujer de Capitanía respiró hondo para no decir algo que pudiera quedar grabado.

—Utilicen medios alternativos de sujeción.

—Menos mal que hemos llamado. Eso de sujetarlos no se nos había ocurrido.

Colgó después de recomendarnos mantener la calma, que es lo que se dice desde una oficina cuando la calma no está amarrando barcos.

Fue Rogelio, el mecánico, quien encontró la solución. No era hombre de mar, pero sabía distinguir una cuerda de una tubería, y aquella tarde eso ya contaba como especialización.

Levantó el cabo de popa del Estrella del Norte. El cabo terminaba en una gaza, con el extremo empalmado.

—Esto no se ha soltado.

—Será un nudo bueno —dijo el Chispa.

—No es un nudo.

—Tiene forma de nudo.

—Y tú tienes forma de marinero. No saquemos conclusiones por la forma.

Rogelio pasó la gaza por un noray. Aguantó.

Ahí entendimos la regla: el eclipse deshacía los nudos, pero respetaba todo lo demás. Empalmes, grilletes, mosquetones, cadenas, bridas, costuras. Incluso la cinta americana, que no necesita permiso de la física para funcionar.

Vaciamos el almacén.

Sujetamos los barcos con cadenas del varadero, grilletes de repuesto y dos cinturones de seguridad que Rogelio quitó de una furgoneta que llevaba cinco años sin pasar la ITV. Para las embarcaciones pequeñas usamos cinchas de remolque. El Chispa propuso pegar una lancha al pantalán con silicona.

No le dejamos.

—Pues luego no digáis que no doy ideas.

El puerto entero empezó a trabajar sin hacer un solo nudo. Uno descubre hasta qué punto depende de los nudos cuando no puede cerrar una bolsa de basura, sujetarse un delantal ni colgar un pulpo sin que se le escape.

En el bar, Maruja sujetó el toldo a la barandilla con alambre y unos alicates.

—Cuando esto pase, ¿cómo lo quito? —preguntó.

—Cortando.

—Eso ya lo había pensado yo.

A las ocho y media, la Luna tapó por completo el Sol.

El puerto quedó oscuro. Los barcos dejaron de brillar y el agua se volvió negra, como si debajo hubiera más profundidad de la necesaria. Durante unos segundos no se oyó nada, salvo los grilletes tensándose y el Chispa maldiciendo porque se le habían vuelto a desatar los cordones.

Todos miramos hacia arriba.

Manolo se quitó las gafas.

—Bonito es.

—Sí.

—Pero poco práctico.

La luz regresó despacio. En cuanto apareció el primer borde del Sol, cogí un trozo de cabo e hice un as de guía. Tiré con fuerza.

No se deshizo.

Fuimos cambiando cadenas y cinchas por amarres normales. Recuperamos las defensas, recogimos las redes y devolvimos los pulpos a la pescadería. Uno se había metido dentro de una bota de agua y no quiso salir hasta que Genaro le ofreció otra mejor.

Al final solo quedó el Maribel, todavía sujeto con un cinturón de seguridad.

—Déjalo —dijo su patrón—. Nunca había estado tan seguro.

Desde aquel día, en el almacén del puerto hay una caja roja con grilletes, cinchas, mosquetones, alambre, bridas y una pistola de silicona que el Chispa coló sin que nadie lo viera.

En la tapa escribimos:

«PARA ECLIPSES Y OTRAS AVERÍAS DEL CIELO».

Debajo, Rogelio añadió con rotulador:

«PROHIBIDO HACER NUDOS».

El Chispa leyó el aviso, sacó dos bridas y se ató con ellas los zapatos.

—Ahora que se desate quien quiera. 

***

8

EL PLANETA DE LOS ÁRBOLES AZULES

LAURA RIVAS ARRANZ

A Soraya la envenenó él. Lo denuncié, pero la policía no persigue a los que envenenan con palabras. Ni se molestaron en interrogarlo.

Óliver es el único que se queda a escucharme cuando repito que, el día que desapareció Soraya, se apagó el sol. Yo no sabía que la vida podía llegar a ser tan oscura; ni que alguien del montón, con malas artes y peores palabras, puede destruir personas. Yo no sabía que los monstruos existen.

Desde entonces vivo helada. Camino por las aceras sobre las que antes caía un sol de justicia, pero ya no hay justicia ni sol.

Dice Óliver que esta tarde tengo que ir con él a ver un eclipse.

—Jimena, no paras de decir que el sol ya no ilumina como antes. Precisamente eso es lo que va a ocurrir hoy. Tienes que salir a verlo. No puedes quedarte metida en casa como una ardilla en invierno.

Aunque lleven semanas dando la tabarra con el eclipse de sol, me importa un pimiento lo que le pase a un astro que ya no me ilumina. Esto lo hago por Óliver.

Por la tarde hemos aparcado el coche junto a la colina. Hemos subido el sendero sorteando cardos, tomillos, lavandas sin flor. En lo alto hemos encontrado más gente que árboles. Por lo menos un centenar de personas han tenido la misma idea que Óliver y están aquí arriba con nosotros.

Todos charlan y ríen. Yo respiro callada el olor de los pinos y de las matas de hierbabuena, que se agitan en el aire como si nos saludaran. Óliver me da un codazo. Lleva puestas las gafas de cartón que compró en la farmacia.

—¡Ya empieza! Como no te pongas las gafas y sigas dando la espalda al sol, te juro que no vuelvo a hablarte, Jimena.

Me lo ha dicho sin perder de vista al sol.

Me pongo, como todos, las gafas y me hundo en la tiniebla. Estiro el brazo para asegurarme de que Óliver sigue a mi lado, que no se va. Él me coge de la mano y lo agradezco en silencio. Me sorprende cuánto me angustia dejar de ver a Óliver.

—Gracias, Óliver.

—¿Qué…?

—Nada…

Alzo la mirada y un disco color naranja rompe la negrura. Tú debes de ser el sol. Así que ahí estás, a pesar de todo.

La luna va devorándolo a mordiscos lenta y sin piedad. Ya no queda de él más que una raja de melón. La luna que siempre se ha dedicado a reflejarlo, que no ha podido brillar jamás con luz propia, esta tarde se está vengando bien.

No quiero verlo y doy la espalda al sol. Es tremenda la facilidad con la que todo desaparece; hasta el sol.

Me quito las gafas mirando al suelo por precaución. Me sobresalta una silueta negrísima, tirada nítidamente entre la hierba. Pero ¿esa cosa tan oscura soy yo? A mi lado, la sombra alargada de Óliver también se dibuja en el verde como perfilada con tinta china. Pobre Óliver; a mi lado oscurece…

—Óliver, mira. ¡Mira, Óliver!

La raja de melón vierte sobre todos nosotros una luz metálica. Los árboles brillan azulados como plantas de otro mundo. En este nuevo planeta tenebroso no cantan pájaros ni saben tampoco volar. Pero ¿dónde están los pájaros? Es tremenda la facilidad con la que todo desaparece.

El reverso oscuro del universo nos deja a todos sin palabras. Un centenar de personas callamos en lo alto de la colina, con una palidez tan lunar en los rostros que casi fosforescemos. Un bebé se ha echado a llorar. No me extraña. Pero ¡cómo no llorar! Yo me contengo, porque tal vez luego no voy a saber parar. Lo que no logro evitar es un escalofrío.

Óliver extiende una mano para proyectarla en el suelo. Le imito estremecida. Hasta mis pelos de punta en los brazos noto entre la hierba. Asusta cómo cambia todo. Debo de haberlo dicho en voz alta porque Óliver me responde:

—No estás sola, Jimena. Estamos muchos aquí.

Vuelve a ponerse las gafas y a disfrutar lo que quede de sol.

Tras un último destello al noreste de la luna el sol desaparece.

—¡Fuera gafas! —dice Óliver, tan emocionado que su voz se extiende por la colina.

Un centenar de personas miramos a cara descubierta, de frente, a un sol negro envuelto en luz de luna .

Nos dijeron que la luna taparía al sol durante menos de dos minutos. Han pasado cuatro y en el cielo sigue reinando un astro negro. Las nubes rosas de un crepúsculo prematuro nos tienen rodeados por el oeste, también por el este, el norte y el sur.

Me froto los ojos por si el problema soy yo. Por si son mi vista y mi piel las que se empeñan en sentir diferente a un sol que nos ilumina como siempre.

Un niño grita que miremos al cielo. La negrura envuelta en fulgor plata ya no es redonda. Se derrama en el horizonte como una esfera reblandecida que empezara a derretirse. Corrientes de aire frío se levantan y diseminan en todas direcciones el clamor de gritos.

Una culebra de miedo me sube desde el estómago. Me fallan las fuerzas que llevan meses conteniendo llantos:

—Pero ¿es que no pueden dejar ya de pasarnos desgracias?

Óliver me coge la mano.

En lo alto de la colina me he cansado de llorar. También de esperar que el sol vuelva a brillar como antes. Me he resignado a los árboles azules de este mundo extraño que ya no verá Soraya.

—Vámonos a cenar, Óliver —le he dicho con serenidad imprevista; con un hambre repentina y rabiosa.

Seis horas después en la radio piden calma. Hablan de la distorsión del sol, de un grumo de la materia oscura que, nos guste o no, compone la mayor parte del universo. Creen que la nube de negrura pasará… 

***

9

LA LÍNEA DE TOTALIDAD

JOSÉ FRANCISCO SÁNCHEZ LOZANO

Alicia desplazó cuatro kilómetros hacia el sur el límite de la totalidad. El programa marcó la discrepancia en rojo.

—Con eso basta —dijo el alcalde a su espalda.

El límite real dejaba la escuela dentro de la franja y el hotel fuera. El nuevo trazado incluía el hotel, la rotonda de acceso y el mirador donde iban a instalar la pantalla gigante. El sistema preguntó si deseaba conservar la fuente astronómica original.

Alicia miró los dos límites. Después pulsó Sustituir.

El alcalde dejó sobre la mesa el convenio del hotel. Transporte para visitantes, alquiler de telescopios, iluminación del mirador y una aportación extraordinaria al colegio.

—La sombra no pasa por allí.

—La gente tampoco, si no le damos una razón.

En la última página figuraba la cantidad destinada a mantener abierta el aula el curso siguiente. Alicia sacó del cajón la relación de matrículas. Cinco nombres. El último era el de su hija.

—Cuatro kilómetros no se notan en un mapa —dijo el alcalde.

En aquel sí. Alicia había dibujado las calles, las lindes y los caminos rurales con una precisión que permitía localizar un pozo seco o la esquina de una nave.

Guardó el archivo con el nombre ECLIPSE_2026_APROBADO.

Durante las semanas siguientes, el límite se multiplicó. Apareció en la web municipal, en los folletos del hotel, en los paneles de la carretera y en el mapa que la televisión local mostraba detrás del presentador. La franja de totalidad estaba coloreada de azul. El hotel quedaba dentro por menos de un kilómetro.

El instituto astronómico envió una actualización. El límite sur seguía dejando la escuela dentro y el hotel fuera. El programa ofreció importar los nuevos datos.

Alicia seleccionó Mantener versión local.

Las reservas se agotaron en dos días.

La mañana del eclipse, el alcalde la recibió en la terraza del hotel. Habían colocado mesas altas, copas, focos y un arco de lona con el lema TOTALIDAD GARANTIZADA. En la pantalla gigante, la franja azul cubría el edificio.

—Ha venido una cadena nacional —dijo—. Salimos a las ocho y media.

Alicia buscó la escuela en el paisaje. Quedaba detrás de una loma baja, fuera de la vista. El patio no cumplía las condiciones exigidas para figurar como punto oficial de observación.

Su teléfono vibró.

Era una fotografía de cinco visores de cartón sobre un pupitre. Debajo, su hija había escrito: La profesora dice que nos quedemos aquí.

Alicia respondió: No salgáis del patio.

No añadió nada más.

Cuando la Luna empezó a cubrir el Sol, el presentador pidió a los huéspedes que levantaran las gafas para la cámara. La música bajó de volumen. En las mesas, las copas proyectaron sombras cada vez más finas.

Alicia abrió en su tableta la fuente astronómica original. Un punto indicaba su posición. Otro, el colegio. Entre ambos, el límite real.

—¿Puede variar? —preguntó el alcalde.

—Unos metros.

—¿Y cuatro kilómetros?

Alicia amplió el mapa hasta que aparecieron los tejados.

—No tantos.

El alcalde observó la terraza. Los técnicos encendieron las luces ornamentales y orientaron los focos hacia las mesas. En la pantalla, una cuenta atrás descendía hacia cero.

—Ya está bastante oscuro —dijo.

Pero no lo estaba.

La temperatura cayó. Los huéspedes alzaron las caras. El Sol quedó reducido a una línea blanca que todavía obligaba a mirar a través de los filtros. No apareció la corona. Los pájaros siguieron cruzando el cielo, más bajos, sin callarse del todo.

—Todavía se ve —dijo alguien junto a la barandilla.

El presentador llegó a cero y abrió los brazos.

—¡Totalidad!

Los empleados del hotel empezaron a aplaudir. Después se sumaron varias mesas. Los focos se encendieron por completo. En la pantalla, una animación mostró un disco negro rodeado de luz.

El teléfono de Alicia vibró otra vez.

Abrió el vídeo.

En el patio de la escuela, la claridad se hundió de golpe. Las paredes desaparecieron casi por completo. Se oyeron los gritos de los niños y luego un silencio breve, absoluto. Sobre el tejado apareció la corona, blanca y desigual. Cinco figuras quedaron inmóviles en medio del patio.

—Mamá —dijo la voz de su hija—, ¿lo estás viendo?

Alicia levantó la vista.

Delante de ella, el hotel celebraba una noche que no había llegado. En la pantalla gigante, la franja azul seguía cubriendo la terraza. En el teléfono, la sombra real cubría la escuela.

—Sí —respondió.

Cuando regresó la luz, descorcharon varias botellas. El presentador habló de una experiencia histórica. El director del hotel pidió al alcalde el certificado municipal antes de que terminara la retransmisión.

Alicia abrió el formulario.

Fenómeno observado:

Eclipse parcial.

Eclipse total.

Duración de la totalidad: ___ segundos.

El cursor quedó entre las dos casillas.

El alcalde escribió una cifra en una tarjeta del hotel y la dejó junto a la tableta.

—La duración prevista para el pueblo —dijo.

—Para la escuela —corrigió Alicia.

—Para el término municipal.

En la terraza empezaban a recoger las gafas abandonadas. Una camarera retiró las copas que nadie había tocado.

—El ingreso se autoriza cuando publiquemos el informe —añadió el alcalde.

Alicia miró la cifra. Era la duración calculada para las coordenadas del patio escolar.

Cerró el formulario sin marcar ninguna opción.

Abrió el archivo cartográfico y activó la fuente astronómica. El límite real apareció bajo la versión municipal, separado de ella por cuatro kilómetros de terreno vacío.

El programa preguntó si deseaba reemplazar la versión publicada.

Alicia pulsó Sí.

La actualización llegó primero a su tableta. Después a la web municipal. Por último, la pantalla gigante parpadeó detrás del presentador.

El hotel quedó fuera de la franja azul.

El límite cruzó los almendros, subió por la loma y dejó la escuela dentro.

En la pantalla, la sombra volvió a pasar por la escuela. 

***

10

DISTANCIAS

LAURA FURONES FRAGOSO

El término preciso era «expansión métrica del espacio», pero aquella noche descubrió el fenómeno sin tecnicismos. Se había tumbado boca arriba en lo alto de aquel cerro al que se llegaba desde su casa de piedra por un sendero desatendido. La negrura del cielo le había provocado algo parecido al vértigo y había extendido la mano hasta apoyarla sobre el pecho cálido y algo sudoroso de su padre, tumbado a su lado.

Fue él, su padre, quien rompió el silencio y los trajo de vuelta de su ensimismamiento. Lo llamó por su nombre, Román, como hacía siempre que se disponía a desvelarle algo de trascendencia. Ese algo solía tener que ver con el universo, una fascinación que transmitía a su hijo como una herencia inmaterial, con la convicción de que legaba al niño el mayor tesoro concebible. Por eso dosificaba cada pedacito de información que le obsequiaba. Y, aunque sabía que el aprendizaje a esa edad pasaba por la repetición paciente, jamás compartía con Román la misma historia dos veces. Confiaba, en cambio, en una especie de selección natural de las enseñanzas que iba inculcándole: sabía que algunas generarían un asombro tal que acabarían por aflorar en el momento oportuno.

Casi cincuenta años después, Román y su padre estaban juntos de nuevo y el cerro volvía a custodiar una noche sin luna. Ellos se refugiaban del frío en la casa de piedra, y Román retiraba los platos de la mesa mientras su padre se tumbaba en la cama, cubría su cuerpo con una colcha gruesa y cerraba los ojos. Antes de dormirse, y con todo el desdén que le permitía su energía menguante, le escupió:

—Qué desperdicio de vida la tuya, hijo mío.

Esa sentencia, colofón de sus días desde hacía años, seguía paralizando a Román. Todo ocurría siempre igual: un escozor en la garganta, el regurgitar de un ácido secretado por algún órgano desconocido y la presión de la mandíbula contra sus dientes castigados. La decepción paterna lo devolvía a la infancia, llenándolo de vergüenza y dejándolo sin recursos para digerir sus emociones. En algún momento de aquel desconcierto se daba cuenta de que no respiraba y, con una honda bocanada, intentaba sobreponerse al agravio.

Sus rutinas se repetían día tras día de forma tan medida que no parecía haber margen para nada nuevo. Solo el paso del tiempo iba erosionándolo todo sin prisa. Pero algo debió de suceder en aquel momento, algo imperceptible o invisible o inexplicable, porque, en lugar de sentir el escozor habitual subiéndole por la garganta, la mente de Román le ofreció lo que su padre le había contado aquella noche lejana, casi como si se lo estuviera descubriendo de nuevo:

«Las galaxias no se alejan unas de otras porque viajen a través del espacio, sino porque es el propio espacio el que se expande y las separa».

Cuando escuchó aquello por primera vez tenía ocho años, y aún recordaba su incredulidad, como recordaba también el escalofrío que le atravesó el cuerpo menudo, una sensación extrañamente similar a cuando orinaba en invierno. Su padre había guardado en el bolsillo un globo y un rotulador. Los sacó, marcó dos puntos en el globo deshinchado y, tras dejar que Román comprobara la poca distancia que había entre ellos, empezó a inflarlo. Eso fue todo. Román no preguntó nada; su padre no elaboró la idea con más detalle. Se quedaron de nuevo en silencio hasta que el frío empezó a morderles los dedos desnudos y caminaron de vuelta a casa.

A punto de cumplir los sesenta, la frase volvió a aterrizar sobre su conciencia con la solidez y extrañeza de un objeto desconocido. Recordó el globo y los puntos que se alejaban entre sí, condenados a la separación.

Expansión métrica del espacio. Román entró en el cuarto de su padre, recogió sus pantuflas, contuvo el impulso de darle un beso y apagó la lamparita de su mesa. 

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