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Ganadora y finalistas del concurso de relatos #mirandoalcielo

Ganadora y finalistas del concurso de relatos #mirandoalcielo

Llegó el momento más esperado de nuestro concurso, ya sabemos cuáles son los relatos escogidos por el jurado de esta primera edición de #mirandoalcielo Ha sido difícil elegir entre todas vuestras historias de ciencia ficción, o de nuestro presente, en las que los eclipses, el sol, la luna, la astronomía y los viajes espaciales han sido los protagonistas.

La ganadora del concurso de relatos #mirandoalcielo, organizado por Zenda y patrocinado por Iberdrola, es Judith Esteban, premiada con 1.000 euros. Los dos finalistas del certamen, en el que han participado más de cuatrocientos relatos, son Javier Ignacio Gallardo Torras Laura Furones Fragoso, que recibirán por su parte 500 euros cada uno. El jurado ha valorado la calidad literaria y la originalidad de los textos presentados.

El jurado ha estado formado por Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y Leandro Pérez.

A continuación reproducimos los tres relatos premiados. En este enlace puedes consultar las bases del premio. Gracias a todos por participar.

GANADORA

SIN TÍTULO

JUDITH ESTEBAN

El primero que llamó fue un alemán, en febrero del año pasado. Preguntó si teníamos habitaciones para el doce de agosto de 2026 y yo le dije que si quería también le reservaba para la boda de mi nieta, que aún no ha nacido. Me lo tuvo que explicar dos veces. Colgué, busqué en el ordenador de mi hijo y me pasé la tarde sentada.

Aquí no viene nadie. Aquí, en agosto, se llena el pueblo de los que se fueron, se vacía el quince de septiembre y ya está. Somos ciento cuarenta en invierno. Tenemos seis habitaciones arriba porque mi suegro las hizo en el setenta y ocho pensando en unos embalses que no se hicieron nunca.

Las seis se llenaron en tres días.

Luego vino todo lo demás: una señora de Barcelona que alquiló la casa de los Herrero por mil doscientos euros, los del ayuntamiento que pintaron el frontón, el chaval de la asociación astronómica de Palencia que vino en marzo a ver «el emplazamiento» y estuvo media hora mirando el cerro con una cara de felicidad que daba gusto. Encargamos cuatrocientas gafas de cartón. Compré vasos. Mi cuñado trajo dos neveras de esas altas y las puso detrás de la barra, ocupando el paso, y ahí siguen.

Anoche durmieron aquí ciento sesenta personas que no son de aquí. En tiendas, en coches, en el campo de los Miguelón, que cobró cinco euros por vehículo y no ha dado ni un recibo. Había un matrimonio japonés. Había una furgoneta de Toulouse con una antena encima. Había un hombre solo, mayor, con un telescopio en una caja de aluminio que montó en la plaza con una calma de relojero sin hablar con nadie.

A las diez de la mañana ya no cabía un alma y el cielo estaba blanco.

No negro. Blanco. Con cielo emborregado que en tres días está mojado, que aquí no le importa nunca a nadie porque aquí lo que importa es si llueve. En la barra, dos chicos con el móvil consultaban tres páginas distintas y decían porcentajes. Sesenta. Ochenta. Cuarenta.

—Tiene que despejarse el cielo —dijo uno con las manos pegadas.

Yo serví ciento y pico cafés, no sé cuántas cervezas, sesenta bocadillos de lomo. Mi hija en la cocina. Mi nuera en la terraza. A las once y media se acabó el hielo y mandé al chico a Villalba, a por más, y volvió con siete bolsas y la noticia de que en Villalba también estaba tapado.

El hombre del telescopio no pidió nada en toda la mañana. Estaba con las manos en los bolsillos, mirando arriba, y no miraba enfadado. Miraba como se mira a un enfermo.

A las siete menos veinte de la tarde la plaza entera se puso de pie. Nadie lo mandó. Cuatrocientas personas de pie, con el cartón negro en la mano, muy educadas, mirando a un cielo del color de una sábana.

Y entonces empezó.

Yo estaba en la puerta, con el trapo al hombro. Lo primero fue la luz, que se puso rara, no oscura todavía, sino sucia. Después el aire, que no venía de ninguna parte y que me puso la piel del brazo como la de una gallina desplumada, y mira que llevo sesenta y un años en este pueblo y sé de dónde vienen aquí los aires.

Se calló todo. Los pájaros, que a esa hora arman un escándalo, se callaron a la vez, de golpe, como si alguien hubiera cerrado una puerta. Las gallinas de mi hermana se metieron solas. El perro de los Herrero se puso debajo de un coche y no salió.

Y anocheció.

No la noche de las nueve y media, no. Una noche de las cuatro de la mañana, con las farolas encendiéndose ellas solas alrededor de la plaza porque tienen célula, y el frío subiendo del suelo, y cuatrocientas personas sin decir una palabra.

No se veía absolutamente nada arriba. Una tapa gris. Ni sol, ni corona, ni las estrellas esas que decía el chico de Palencia.

Nadie se marchó.

Ahí estuvieron los dos minutos, quietos, de pie en mitad de una oscuridad que no podían mirar, y yo desde la puerta les veía las nucas y pensaba que aquello se parecía muchísimo a una misa. El japonés tenía la cámara colgando, apagada. La señora de Barcelona lloraba, y no fue la única. El hombre del telescopio no tocó el telescopio.

Luego volvió, así, de golpe. La luz sucia otra vez, la temperatura, los pájaros todos a la vez armando el escándalo de siempre.

Y la plaza aplaudió.

Eso es lo que no sé explicarle a mi hijo, que lo vio por Internet desde Valladolid en un sitio de Zamora donde sí estaba despejado y me dijo que qué pena, mamá, con la lata que os habéis dado. Aplaudieron. Cuatrocientas personas aplaudiendo un cielo tapado.

Después, claro, vino el bar.

Se llenó en cuatro minutos y estuvimos hasta las dos. Y ahí empezó lo del claro. Que si a mitad se había abierto una rendija por la parte de la torre. Que si diez segundos, que si quince. Uno de Ponferrada juraba que había visto el anillo entero y lo dibujaba en una servilleta. Su mujer decía que no, que él estaba mirando al suelo. Se discutió a gritos hasta la madrugada y se vendieron muchísimas cervezas.

Yo no lo vi. Yo estaba mirándoles a ellos.

El hombre del telescopio se fue el último. Bajó el aparato de la plaza, lo guardó tornillo a tornillo con la misma calma, y entró a pagar el agua que no se había bebido. Le dije que estaba invitado, que menuda faena, que había venido desde tan lejos para nada.

Y me dijo que no.

Que él ya lo había visto tres veces, en Chile y en dos sitios que no me sonaron, y que lo que no había visto nunca era un pueblo entero de pie mirando una nube.

Pagó. Dejó propina. Y se fue.

***

FINALISTAS

EL DÍA EN QUE SE DESATÓ EL PUERTO 

JAVIER IGNACIO GALLARDO TORRAS

El primero en darse cuenta fue el Chispa, porque se le desataron los zapatos.

Estábamos en el muelle esperando el eclipse, media docena de hombres con gafas de cartón y cara de no fiarnos del fabricante. El Chispa miró sus cordones sueltos, volvió a anudarlos y, antes de ponerse derecho, ya los tenía otra vez por el suelo.

—Estas gafas tienen algo raro —dijo.

—Lo raro es que culpes a unas gafas de que se te desaten los zapatos.

—Pues hasta que me las he puesto, los cordones estaban en su sitio.

A las ocho y veinte se oyó el primer golpe.

La proa del Maribel se separó del pantalán y chocó contra la embarcación de al lado. El cabo de amarre seguía entero, pero el as de guía se había deshecho solo. No roto: deshecho. La cuerda estaba allí, con esa tranquilidad que tienen las cosas después de causar un problema.

Corrimos a sujetar el barco.

—Haz otro nudo —gritó Manolo.

Lo hice.

Se deshizo.

Probamos un ballestrinque. Duró cuatro segundos. Luego un cote doble, uno corredizo y una cosa que inventó el Chispa y que no habría aguantado un barco quieto.

Para entonces, los amarres de media dársena empezaban a aflojarse.

Los barcos se movían despacio, como clientes que se levantan de una terraza sin pagar. Primero el San Telmo, después el María Luisa, luego dos lanchas de recreo cuyos dueños solo venían en agosto y saludaban con la barbilla.

—¡Las defensas! —gritó alguien.

Las defensas también cayeron al agua. Iban sujetas con nudos.

En el puerto, casi todo iba sujeto con nudos.

Las redes se abrieron sobre el suelo y dejaron escapar cajas, boyas y tres pulpos que la pescadería de Genaro tenía preparados para el día siguiente. El toldo del bar La Escama se vino abajo sobre las mesas. A don Justo se le soltó el cordón de las gafas, y a mí se me salió el de la capucha, aunque aquello era lo de menos: estábamos en agosto y ni yo sabía por qué llevaba puesta una sudadera.

El Sol iba quedándose cada vez más fino.

—Esto es por la Luna —dijo Manolo.

—No fastidies —contesté—. Pensaba que era por el ayuntamiento.

Llamamos a Capitanía.

—Se están soltando todos los amarres —dije.

—¿Por el viento?

—Por el eclipse.

Hubo un silencio.

—Repita.

—Que no aguanta un solo nudo.

—¿Qué tipo de nudos?

Miré los cabos en el agua y al Chispa con los zapatos otra vez desatados.

—De los que se atan.

La mujer de Capitanía respiró hondo para no decir algo que pudiera quedar grabado.

—Utilicen medios alternativos de sujeción.

—Menos mal que hemos llamado. Eso de sujetarlos no se nos había ocurrido.

Colgó después de recomendarnos mantener la calma, que es lo que se dice desde una oficina cuando la calma no está amarrando barcos.

Fue Rogelio, el mecánico, quien encontró la solución. No era hombre de mar, pero sabía distinguir una cuerda de una tubería, y aquella tarde eso ya contaba como especialización.

Levantó el cabo de popa del Estrella del Norte. El cabo terminaba en una gaza, con el extremo empalmado.

—Esto no se ha soltado.

—Será un nudo bueno —dijo el Chispa.

—No es un nudo.

—Tiene forma de nudo.

—Y tú tienes forma de marinero. No saquemos conclusiones por la forma.

Rogelio pasó la gaza por un noray. Aguantó.

Ahí entendimos la regla: el eclipse deshacía los nudos, pero respetaba todo lo demás. Empalmes, grilletes, mosquetones, cadenas, bridas, costuras. Incluso la cinta americana, que no necesita permiso de la física para funcionar.

Vaciamos el almacén.

Sujetamos los barcos con cadenas del varadero, grilletes de repuesto y dos cinturones de seguridad que Rogelio quitó de una furgoneta que llevaba cinco años sin pasar la ITV. Para las embarcaciones pequeñas usamos cinchas de remolque. El Chispa propuso pegar una lancha al pantalán con silicona.

No le dejamos.

—Pues luego no digáis que no doy ideas.

El puerto entero empezó a trabajar sin hacer un solo nudo. Uno descubre hasta qué punto depende de los nudos cuando no puede cerrar una bolsa de basura, sujetarse un delantal ni colgar un pulpo sin que se le escape.

En el bar, Maruja sujetó el toldo a la barandilla con alambre y unos alicates.

—Cuando esto pase, ¿cómo lo quito? —preguntó.

—Cortando.

—Eso ya lo había pensado yo.

A las ocho y media, la Luna tapó por completo el Sol.

El puerto quedó oscuro. Los barcos dejaron de brillar y el agua se volvió negra, como si debajo hubiera más profundidad de la necesaria. Durante unos segundos no se oyó nada, salvo los grilletes tensándose y el Chispa maldiciendo porque se le habían vuelto a desatar los cordones.

Todos miramos hacia arriba.

Manolo se quitó las gafas.

—Bonito es.

—Sí.

—Pero poco práctico.

La luz regresó despacio. En cuanto apareció el primer borde del Sol, cogí un trozo de cabo e hice un as de guía. Tiré con fuerza.

No se deshizo.

Fuimos cambiando cadenas y cinchas por amarres normales. Recuperamos las defensas, recogimos las redes y devolvimos los pulpos a la pescadería. Uno se había metido dentro de una bota de agua y no quiso salir hasta que Genaro le ofreció otra mejor.

Al final solo quedó el Maribel, todavía sujeto con un cinturón de seguridad.

—Déjalo —dijo su patrón—. Nunca había estado tan seguro.

Desde aquel día, en el almacén del puerto hay una caja roja con grilletes, cinchas, mosquetones, alambre, bridas y una pistola de silicona que el Chispa coló sin que nadie lo viera.

En la tapa escribimos:

«PARA ECLIPSES Y OTRAS AVERÍAS DEL CIELO».

Debajo, Rogelio añadió con rotulador:

«PROHIBIDO HACER NUDOS».

El Chispa leyó el aviso, sacó dos bridas y se ató con ellas los zapatos.

—Ahora que se desate quien quiera.

*

DISTANCIAS

LAURA FURONES FRAGOSO

El término preciso era «expansión métrica del espacio», pero aquella noche descubrió el fenómeno sin tecnicismos. Se había tumbado boca arriba en lo alto de aquel cerro al que se llegaba desde su casa de piedra por un sendero desatendido. La negrura del cielo le había provocado algo parecido al vértigo y había extendido la mano hasta apoyarla sobre el pecho cálido y algo sudoroso de su padre, tumbado a su lado.

Fue él, su padre, quien rompió el silencio y los trajo de vuelta de su ensimismamiento. Lo llamó por su nombre, Román, como hacía siempre que se disponía a desvelarle algo de trascendencia. Ese algo solía tener que ver con el universo, una fascinación que transmitía a su hijo como una herencia inmaterial, con la convicción de que legaba al niño el mayor tesoro concebible. Por eso dosificaba cada pedacito de información que le obsequiaba. Y, aunque sabía que el aprendizaje a esa edad pasaba por la repetición paciente, jamás compartía con Román la misma historia dos veces. Confiaba, en cambio, en una especie de selección natural de las enseñanzas que iba inculcándole: sabía que algunas generarían un asombro tal que acabarían por aflorar en el momento oportuno.

Casi cincuenta años después, Román y su padre estaban juntos de nuevo y el cerro volvía a custodiar una noche sin luna. Ellos se refugiaban del frío en la casa de piedra, y Román retiraba los platos de la mesa mientras su padre se tumbaba en la cama, cubría su cuerpo con una colcha gruesa y cerraba los ojos. Antes de dormirse, y con todo el desdén que le permitía su energía menguante, le escupió:

—Qué desperdicio de vida la tuya, hijo mío.

Esa sentencia, colofón de sus días desde hacía años, seguía paralizando a Román. Todo ocurría siempre igual: un escozor en la garganta, el regurgitar de un ácido secretado por algún órgano desconocido y la presión de la mandíbula contra sus dientes castigados. La decepción paterna lo devolvía a la infancia, llenándolo de vergüenza y dejándolo sin recursos para digerir sus emociones. En algún momento de aquel desconcierto se daba cuenta de que no respiraba y, con una honda bocanada, intentaba sobreponerse al agravio.

Sus rutinas se repetían día tras día de forma tan medida que no parecía haber margen para nada nuevo. Solo el paso del tiempo iba erosionándolo todo sin prisa. Pero algo debió de suceder en aquel momento, algo imperceptible o invisible o inexplicable, porque, en lugar de sentir el escozor habitual subiéndole por la garganta, la mente de Román le ofreció lo que su padre le había contado aquella noche lejana, casi como si se lo estuviera descubriendo de nuevo:

«Las galaxias no se alejan unas de otras porque viajen a través del espacio, sino porque es el propio espacio el que se expande y las separa».

Cuando escuchó aquello por primera vez tenía ocho años, y aún recordaba su incredulidad, como recordaba también el escalofrío que le atravesó el cuerpo menudo, una sensación extrañamente similar a cuando orinaba en invierno. Su padre había guardado en el bolsillo un globo y un rotulador. Los sacó, marcó dos puntos en el globo deshinchado y, tras dejar que Román comprobara la poca distancia que había entre ellos, empezó a inflarlo. Eso fue todo. Román no preguntó nada; su padre no elaboró la idea con más detalle. Se quedaron de nuevo en silencio hasta que el frío empezó a morderles los dedos desnudos y caminaron de vuelta a casa.

A punto de cumplir los sesenta, la frase volvió a aterrizar sobre su conciencia con la solidez y extrañeza de un objeto desconocido. Recordó el globo y los puntos que se alejaban entre sí, condenados a la separación.

Expansión métrica del espacio. Román entró en el cuarto de su padre, recogió sus pantuflas, contuvo el impulso de darle un beso y apagó la lamparita de su mesa.

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