El Goya de hace doscientos años es el Goya de los últimos álbumes, G y H, el Goya anciano, el del exilio. Ha dejado atrás su casa al otro lado del río, la Quinta del Sordo, tras el regreso del absolutismo fernandino, y ha marchado a Francia. En esa casa deja las Pinturas negras y deja la serie de los Disparates sin terminar. Las primeras le acompañaban, eran su forma de rodearse del lugar al que había llegado, tras largo viaje, su imaginación. Hoy suelen interpretarse como una compañía tétrica, pero en realidad suponían un estar en su humor, un refugio elegido, la encarnación de la risa de un anciano que acaba de sobrevivir a la enfermedad (deja testimonio de ella en el cuadro que regala al doctor Arrieta) y que afrontaba el final de su vida pudiendo pintar para sí, encargarse a sí mismo, con fantasía libre y consciente, la decoración de su casa.
De los Disparates han quedado planchas sin terminar porque seguramente las sabe impublicables o un fracaso económico. La serie de los Caprichos sólo le ha traído problemas y La tauromaquia no ha conseguido el éxito esperado. De modo que ese proyecto de grabados inconcluso ha terminado siendo un poco lo mismo: la forma de seguir viviendo sin renunciar a su deseo de imaginar, un crear por libre, sin encargo, dejado ya de la mano oficial del mundo. Un retiro activo, lleno de vida.
En Burdeos prosigue, con voluntad inexorable, su labor última. Vuelve a grabar cuatro estampas taurinas (recuerdos de la fiesta al otro de la frontera) y prosigue anotando en sus “cuadernos para algo”: la crítica los llama álbumes G y H. Están dibujados con lápiz litográfico, una novedad técnica en él (“aún aprendo”). Trabaja en ellos durante 1825 y 1826, con ochenta años. Muchos repiten motivos madrileños (el pasado), otros nacen de su observación de la vida bordelesa, como su feria (el presente); proyecta convertirlos en estampas (el futuro). De hecho, algunos muestran similitudes con los aguafuertes de periodo similar conocidos como Últimos caprichos (entre ellos, el de un anciano balanceándose con pasión en un columpio).
El primer álbum de Goya, el de su viaje a Italia, cincuenta años atrás, era un cuaderno de aprendizaje, estaba lleno de arte, copias de obras ajenas. Un mundo grotesco, sin embargo, bien distinto a aquél de juventud, un mundo de llegada donde se mezclan apuntes e invenciones, se dibuja en las páginas de estos álbumes de vejez. De la realidad toma lo que busca y necesita. La parada de los monstruos de la feria le ofrece enanos, gigantas y cocodrilos. El recuerdo de la situación en España le lleva a recuperar estampas satíricas, entreveradas con quimeras personales (un perro volante con ancas de sapo, un toro mariposa), hombres decapitados que dan de comer a su propia cabeza, condenados maniatados, asesinos, hombres cargando con hombres, dementes, niños llorando, viejas, sucesos truculentos… Un hombre defeca en un retrete, otro es atacado por un oso… Apuntes vivísimos, de una extraordinaria fuerza, como aferrándose a la vida. La crítica suele enfatizar en ellos la crueldad, la violencia, la amargura… Pero junto a ello está también su forma de sobrevivir, que es rodearse de lo aprendido a lo largo de la vida y reírse, pertinaz, ante su último espejo.


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