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La gravedad de la masa negra

La gravedad de la masa negra

Hay un agujero en la pared. Es redondo. Debería verse a través de él la habitación de al lado, pero lo único que se ve es una negrura abisal. No me atrevo a meter la mano, ni siquiera un dedo. Según el metro, mide veinte centímetros exactos de diámetro. Los bordes son precisos, sin fisuras. Un corte limpio. Las perras miran dentro con cautela y se vuelven a su rincón; es lo más lejos que pueden ir sin salir del salón. Al otro lado de la pared no hay nada salvo lo de siempre. Me pregunto si seré el único al que le ha pasado esto. Tampoco es algo que vaya a ir preguntando por ahí, pero me surge la duda.

Lleva más de una semana. La noche del sábado anterior me fui a la cama de madrugada, un poco perjudicado por el vino y la cerveza que nos tomamos en el chiringuito del Espejo, a orillas de la playa. No recuerdo la hora. Apenas recuerdo haber metido la llave en la cerradura y haber puesto la alarma. El domingo por la mañana estaba ya allí, medio oculto por la mesa del comedor. Ese primer día lo miramos con estupefacción sin saber qué esperar. Cuando, después de un par de horas, vimos que no pasaba nada, empezamos a relajarnos. «Es una de esas cosas raras que están pasando en el mundo», dijo mi mujer. Y yo asentí. Al fin y al cabo, llevo la crónica de muchas de esas extrañezas. El verde de nuestra pared se ha vuelto más menta que lima y necesita una mano de pintura. Tiene zonas clareadas cerca del agujero. Eso hace que aquella negrura contraste aún más.

"De noche, con todo apagado, parecía aún más profundo y negro. Por momentos parecía que incluso respiraba, abombándose, creciendo y menguando como el latido de un corazón sosegado"

Al principio creímos que se trataba de una pegatina; al acercarnos, se parecía más a una mancha. Luego advertimos, debajo de todas esas capas de sombra, una profundidad que daba vértigo y provocaba que la cabeza nos diera vueltas. No podíamos mirarlo durante mucho tiempo. Y, aún así, era peor dejar de mirarlo. La sola idea de que algo emergiera de aquella oscuridad mientras estábamos desprevenidos nos helaba la sangre y nos ponía tremendamente nerviosos. Así que nos forzamos a observar. Por turnos. Cortos. De unos pocos minutos. Hasta que los ojos se daban la vuelta o teníamos que correr al baño. Dejamos a la niña al margen. Ella no tenía por qué cargar con este peso. Ese domingo no fuimos a comer a casa de mis padres. De hecho, no comimos. Encargamos algo de comida a domicilio, para Zoe sobre todo. Nuestros platos quedaron intactos hasta que acabaron fríos y en la basura.

La noche de ese primer día no pudimos ir a la cama. Apartamos la mesa y colocamos el sillón y una silla reclinable, el ventilador a medio gas y la ventana abierta para que el único frescor del día atravesara cabalgando la brisa nocturna estival y aliviara nuestro pesar. De noche, con todo apagado, parecía aún más profundo y negro. Por momentos parecía que incluso respiraba, abombándose, creciendo y menguando como el latido de un corazón sosegado. No el nuestro, por supuesto. Nosotros estábamos con las pulsaciones alteradas desde su aparición. A mil por hora. También las perras. Ellas no querían salir de su casita. Y el pájaro también cantaba raro.

"Podía recoger mis cosas, cerrar con llave y llevarme a los animales conmigo hasta que fuera prudente volver. Podría enfocar la cámara del salón hacia aquel punto y, cuando ya no estuviera, volver"

Amanecimos el lunes con las ojeras rozando las comisuras de nuestros labios y un dolor de cabeza taladrándonos la nuca y las sienes como nunca antes, recuperando con intereses la resaca de la noche anterior. El agujero estaba allí. Sin embargo, no estaba muy seguro de si en el mismo sitio. Volví a medir el diámetro del hueco. No hubo cambios. Medí, además, la distancia desde el borde de la pared y hasta el suelo. Nosotros mirábamos el abismo y él nos devolvía la mirada. Es lo que sentíamos que sucedía. Zoe no madrugó. Cuando se levantó, confesó que estaba cansada y que había tenido pesadillas que no recordaba. Desayunamos en la mesita baja, en el lado opuesto a aquella cosa. El café me revolvió las tripas. Evan, que es dura de estómago, esquivó el agujero para ir al baño y vomitó. La mandé a la cama y me comprometí a montar guardia en soledad. Zoe también subió. Cerraron las puertas de arriba. Las perritas con ellas. El pájaro sin dejar de piar de aquella forma extraña. El día fue extraño. Confuso. Lo viví como en una nebulosa espesa en la que mis pensamientos divagaban entre la inconsciencia y el delirio. No recuerdo muy bien cómo llegué al martes.

Recuperé la hoja en sucio donde había anotado la distancia del agujero a un lado y al otro y sus dimensiones. El tamaño no había variado, pero se había movido. Tal vez me estaba poniendo a prueba. Se lo dije a mi mujer. Ella y la niña se marcharon. Les pedí que no volvieran hasta que aquello hubiera desaparecido. No pusieron objeción alguna. A Evan le afectaba sobremanera la cercanía a esa oquedad. Y Zoe no dejaba de tener pesadillas. Que ellas pudieran recobrar el sentido común y el apetito era primordial. Yo sería el mártir que se sacrifica por la familia. Qué absurdo sonaba aquello. ¿Por qué mi mente me llevaba a pensar en aquello? Podía irme en cualquier momento. ¿No? Eso es lo que pensé. Podía recoger mis cosas, cerrar con llave y llevarme a los animales conmigo hasta que fuera prudente volver. Podría enfocar la cámara del salón hacia aquel punto y, cuando ya no estuviera, volver. Olvidaríamos lo ocurrido porque es lo que deseábamos hacer, lo que debíamos hacer. Salvo que, al intentar colocar el objetivo de la cámara en dirección al agujero, este no aparecía. Se veía la pared tal cual la recordábamos. Sin más. Fue lo que me convenció para quedarme allí mientras mi mujer y mi hija estaban a salvo fuera del radio de acción de esa cosa.

"Hace unos minutos ha aparecido una pierna morena con una media de rejilla blanca, la punta de los dedos rota. Se ha posado en el suelo unos instantes y luego ha vuelto a desaparecer"

Sentía la atracción de esa masa negra como una voz silente en mi cabeza. Ya no sentía las náuseas ni tampoco la necesidad de apartar la mirada. Yo estaba en él y él estaba en mí. Escrutándonos el uno al otro. Sin abrir la boca. Casi sin respirar. Durante el resto de la semana, apenas dormí unas horas. Creí ver cómo se movía muy muy despacio hacia la esquina. Me aventuré a meter el palo de la fregona, más por curiosidad y aburrimiento que otra cosa. El agujero se lo tragó entero, pero, cuando lo retraje de nuevo a la luz, el palo seguía intacto. Lance cosas atadas a un hilo de pescar y las recuperé sin problema. Estuve tentado de meter la cabeza. Tomé medidas por si acaso era viable. Por suerte, el diámetro de mi cabeza sobrepasaba por poco el del agujero. Sé que, de no ser así, hubiera acabado con ella dentro. Y quizá el horror me hubiera impedido regresar. O podría haberse cerrado justo en el instante en que la tuviera en aquella oscuridad, dejando mi cuerpo inerte y decapitado.

Hace unos minutos ha aparecido una pierna morena con una media de rejilla blanca, la punta de los dedos rota. Se ha posado en el suelo unos instantes y luego ha vuelto a desaparecer. El agujero se la ha vuelto a tragar.

Hay un agujero en mi pared, pero noto cómo, a medida que el segundero del reloj avanza, se va haciendo más pequeño. Si sigue a este ritmo, en menos de una hora habrá desaparecido por completo y todo volverá a la normalidad. Podré dormir. Evan y la niña podrán regresar a casa. Eso sí, me temo que el vacío que ha dejado la tentación de estar dentro, tardará en desvanecerse. Tanto como la pregunta que me ronda la cabeza: ¿de quién era esa pierna?

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