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Gozo y misterio de la poesía, de Ósip Mandelstam

Gozo y misterio de la poesía, de Ósip Mandelstam

“Si hay un aspecto que merezca ser destacado antes que todos los que convierten este libro en una obra maestra (…) es, sin duda, la condición de miscelánea (…) de manifiestos, prosas y reflexiones de todo formato sobre la palabra como metáfora de la cultura y sobre la cultura como argumento ontológico.” Del prólogo de Víctor Andresco.

Ósip Mandelstam (Varsovia, 1891 – Vladivostok, 1938), simboliza como pocas otras vidas el sufrimiento del intelectual frente a la violenta ignorancia del poder. Activo defensor de las vanguardias poéticas fundó, junto a Ajmátova, el movimiento acmeísta, y fue represaliado hasta su muerte en un campo de prisioneros de Siberia. Compañero y testigo privilegiado del viaje a la posteridad de autores como Marina Tsvietáieva o Borís Pasternak, Mandelstam representa el vínculo entre la tradición clásica y la modernidad literaria.

En Gozo y misterio de la poesía (Navona), Mandelstam desarrolla un fascinante análisis de la cultura y la sociedad contemporáneas. Sus páginas asombran tanto por la pluralidad del contenido como por los diferentes puntos de vista con que aborda la literatura, la historia o la política.

Zenda publica el prólogo a esta obra, escrito por Víctor Andresco.

En torno al aura: poética y vida

Si hay un aspecto que merezca ser destacado antes que todos los que convierten este libro en una obra maestra y en una de las llaves para comprender la complejidad y la hondura de su autor y de la cultura contemporánea es, sin duda, la condición de miscelánea, de brillante y original compendio de ensayos, manifiestos, prosas y reflexiones de todo formato sobre la palabra como metáfora de la cultura y sobre la cultura como argumento ontológico. A lo largo de la historia de la literatura son muy pocos los volúmenes en los que la diversidad temática y la lucidez analítica han sabido mantener la condición auténticamente vanguardista del autor a la altura del dinamismo de sus puntos de vista.

Toda la obra de Osip Mandelstam está envuelta en un luminoso rumor que sigue el ritmo del tiempo, una cadencia que obedece a una compleja y profundamente enraizada combinación de factores culturales y poéticos que se puede percibir como tal cuando no se manifiesta como el elegante estruendo de la vida frente a la historia. Un rumor de la palabra esencialmente vinculado a esa «sensación casi física de túnel del tiempo» cifrada por Joseph Brodski y también, por los mismos motivos, con una idea de distinción y extrañamiento a la que nunca pudo sustraerse el autor de Tristia (1922). La creación en continuo movimiento y una razón poética indiscutible están aquí habitadas por un murmullo, un rumor que se mantiene a lo largo de casi medio siglo de vida y de toda una obra que, no por ironía del destino, debe su pervivencia a la memoria, desde la clarividencia del autor que se sabe condenado a no poder comprobar la más sangrienta de sus certezas. Es el eco de la razón histórica frente a la gravedad de la vida: el rumor de la palabra poética.

Osip Emílievich Mandelstam nace en Varsovia en 1891. Su biografía es el relato de un intento único por establecer un universo poético en el que, según la expresión de J. M. Cohen, «la complejidad es profunda y culta»; un propósito arraigado en la verdad de la existencia y coincidente con un experimento —único también, aunque mejor conocido, al menos en sus prosas— por establecer un modo de vida basado en la lógica del universo.

Muy pronto se traslada a Petersburgo, el «paraíso de granito» de sus primeros paseos, la ciudad a la que siempre va a estar unido y que nunca dejará de estar presente en sus textos. Por su vinculación estética y sentimental, Mandelstam llegará a ser considerado uno de los poetas de la ciudad del Neva. De este periodo de juventud arranca una intensa relación con la idea de la arquitectura localizada en lo más profundo de su concepción creadora: «Todo el armonioso espejismo de Petersburgo era solo un sueño —escribe en El rumor del tiempo (1925)—; a mi alrededor se extendía el caos del judaísmo, no la patria, ni la casa ni el hogar, sino el caos precisamente, un mundo desconocido, uterino, del cual yo había salido, al que tenía miedo, del que hacía confusas conjeturas y huía, huía siempre». Del mismo modo, todos sus viajes a partir de entonces van dibujando una enorme red de puntos sobre los que se fundamentará su poética. París y los simbolistas serán, en 1907, un destello indeleble en el imaginario de quien diez años más tarde, en plena Revolución de Octubre, le hablaría a Anna Ajmátova «de esa canción salvaje como un vino negro». Mandelstam se traslada después a estudiar a Heidelberg, ciudad en la que se gestarán algunos puntos de vista esenciales en su interpretación de la cultura, y viaja también por otros lugares europeos.

Si las letras rusas mantienen un lugar privilegiado en la cultura universal gracias a los grandes narradores del siglo XIX —incluido Alexandr Pushkin, patriarca absoluto de la modernidad literaria y artífice de su lenguaje poético—, la Edad de Plata que abarca el primer tercio del siglo XX representa el más original y valioso experimento colectivo de refundación lírica en la época contemporánea. Desde Anna Ajmátova hasta Mijaíl Zenkiévich, una larga lista de artesanos de la palabra enfrenta la crisis del viejo simbolismo poniendo en práctica vanguardias literarias y artísticas de toda condición, entre las que destacan neocampesinos y escritores proletarios como Serguéi Esenin, Nikolái Kliúiev o Demián Biedni, futuristas como Vladímir Maiakovski, Velemir Jlébnikov o lgor Severianin y personalidades huérfanas de promoción como Vladislav Jodasiévich, Alexandr Blok, Andréi Biely o Viacheslav Ivanov. El acmeísmo en el que se inscribe formalmente a Osip Mandelstam es probablemente el movimiento más sólido y coherente en la recuperación de una lírica amenazada por la prosa de la realidad cotidiana. Mandelstam vive momentos de honda transcendencia para su posterior evolución; la vida lo hermana a nombres como Gumiliov, lvanov, Kuzmín y Gorodetski, y la historia lo emparenta con Tiútchev, Heine, Villon o Chénier. En 1911, de regreso a Rusia, comienza a madurar el impacto de las vanguardias occidentales y redacta los primeros manifiestos que dan carta de naturaleza al movimiento acmeísta, que abanderará junto a Nikolái Gumiliov como «nostalgia de una cultura universal» que aspira a hipnotizar la transparencia. Aparecen algunos títulos capitales de Ajmátova, Severianin, Tsvietáieva y Biely. En 1913 se publica La piedra, su primer libro de poemas, y escribe algunos de sus más importantes ensayos, que luego se incluirán en este volumen (O poezii, 1928).

Si en sus primeros versos Mandelstam confiesa «Odio la luz / de las monótonas estrellas», en su manifiesto titulado La mañana del acmeísmo reivindicará la construcción como metáfora y la palabra como elemento esencial. El estilo de los acmeístas, estrechamente ligado a las ya imprescindibles investigaciones de los formalistas como Víktor Sklovski, Román Jakobson y Yuri Tyniánov, se conocerá también como «poética de la asociación» y se apoya en la óptima capacidad de sugestión de la palabra para convertir la lengua en el material perfecto para la creación. La prosa de Osip Mandelstam, basada en los principios de asimetría y de combinación, rítmica y compleja, de la masa verbal, es para el poeta una prolongación de su tarea arquitectónica, constructiva. Sus ensayos, como el resto de sus textos, deben ser entendidos como una manera de completar su proyecto de habitar el espacio a base de palabras. El estilo gótico y la catedral como organismo constructivo son la referencia para la edificación de la poética de la modernidad. La luz y las tinieblas góticas se reparten el espacio en la edificación sobre el vacío «de esa esencia que se presenta en forma de verso», según la definición de Marina Tsvietáieva, y en torno a la cual se desarrolla también el trabajo de Mandelstam. Se trata, en definitiva, de edificar para destruir el vacío, proyectando sobre la palabra todas sus dimensiones; palabras como tales, preñadas de tradición, para levantar los muros de la verdadera modernidad: «La poesía clásica es la poesía de la revolución».

En los agitados años que siguen a la Revolución, llenos de contrastes entre «el día lleno de gente» de la poesía y la violenta realidad social, Mandelstam viaja a Crimea, Georgia y Armenia, mientras lee y traduce textos que dejarán honda huella en sus trabajos teóricos. En El viaje a Armenia (1933), sobre un telón de fondo profundamente condicionado por la geografía y sus ejes de interpretación del mundo, Mandelstam alcanza uno de los más altos momentos de su prosa, cuya recompensa en los medios estatales será el epíteto de lacayuna. En sus borradores de esos años refleja que «vivía mal», exprimiendo de sí «no se sabe qué restos». A partir de entonces Osip Mandelstam, que no había vuelto a publicar desde 1928, se precipita a un largo itinerario de aislamiento y terror en el que tienen un papel determinante la progresiva degeneración del medio político soviético y su personal, visionaria entrega a una tarea en la que no puede ser sustituido por nadie. Desde sus comienzos, toda su obra transmite lo que Marc Slonim ha llamado una «impresión de majestad» que consigue sobreponerse a acontecimientos atroces, como la muerte de Blok y el fusilamiento de Gumiliov. Su irremediable incomunicación con los estamentos oficiales solo alcanza, sin embargo, su etapa crítica a partir de 1934, cuando es detenido por primera vez.

La cuarta prosa es una excelente prueba de la manera en que la construcción polifónica que convierte sus textos en un enorme salto adelante es utilizada como instrumento de expresión de sus más íntimas convicciones: «En Rusia, solo yo trabajo con la voz».

La estancia en la ciudad de Vorónezh, en el más hostil de los sosiegos que podía permitir el enrarecido clima político, le lleva a escribir los Cuadernos de Vorónezh, con momentos de inusual intensidad. Trabaja entonces con frenesí, trasladando al papel más de un centenar de poemas que trazan uno de los periodos más fértiles de su breve vida. Fracasados todos los intentos de rehabilitación política y de normalización de su actividad, Mandelstam vuelve a ser detenido en marzo de 1938. El llamado «poeta de poetas» por los críticos y, sencillamente, «poeta» por sus anónimos compañeros de presidio muere en Vladivostok el 27 de diciembre, iniciando la mayor y más justa leyenda de la lírica en lengua rusa del siglo XX.

Víctor Andresco

Dublín, 2019

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Autor: Ósip Mandelstam. Traductor: Víctor Andresco. Título: Gozo y misterio de la poesía. Editorial: Navona. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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