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Un gran poeta espera su homenaje

Un gran poeta espera su homenaje

El 22 de febrero de 2019 se cumplirán 80 años del fallecimiento de Antonio Machado en la localidad francesa de Collioure. La efeméride tiene la consistencia que conceden las cifras redondas y supone, por ello, una ocasión inmejorable para rendirle al poeta el homenaje que merece. España acostumbra a ser cicatera en todo lo que se refiere al reconocimiento de su cultura —valen como muestra las raquíticas celebraciones de los cuartos centenarios de la segunda parte de El Quijote y el fallecimiento de Cervantes—, pero confluyen en este aniversario varias circunstancias que lo hacen merecedor de una atención, cuando menos, digna por parte de las autoridades competentes.

"La muerte de Machado es el espejo en el que acostumbraron a verse los cientos de miles de exiliados a los que la derrota forzó a buscar una nueva vida en Francia o Sudamérica"

En primer lugar, está la propia dimensión artística y humana de Machado. Nadie duda que el suyo es uno de los nombres imprescindibles de la literatura española del siglo pasado. Tampoco que su enorme talla intelectual supera su faceta poética y se extiende por todos los rincones de su obra y de su biografía. Junto a Juan Ramón Jiménez, imprimió un giro definitivo a una lírica que oscilaba entre un modernismo decadente y las veleidades románticas más tópicas, y con sólo tres libros forjó una voz cuyos ecos, múltiples y diversos, continúan resonando en nuestros días. Entre tanto, reflexionó sobre el lugar y el tiempo que le tocó vivir, se inventó un heterónimo que intentó dar respuesta a algunas de las grandes cuestiones de su época —también de la nuestra, como se comprueba a poco que se repasen las enseñanzas de Mairena— y aunó ética y estética en un largo viaje vital que le condujo desde el patio de Sevilla que habitó sus primeros recuerdos hasta la crudeza del destierro al que debió someterse cuando sus ideas cayeron vencidas por la barbarie.

Cadáver de Antonio Machado en el hotel Bougnol-Quintana.

Sobre este último punto se eleva la segunda razón por la que resulta pertinente homenajear a Machado cuando, dentro de unos meses, el calendario marque el cumplimiento de ocho décadas exactas desde que se consumó su fatal destino. Dentro de eso que se ha dado en llamar memoria histórica, los últimos días del autor de Campos de Castilla revisten una importancia nuclear, en tanto que símbolo y resumen de un gran trauma colectivo que aún no hemos sabido resolver. Si en el final de Federico García Lorca reconocemos los casos de todos aquellos que perecieron fusilados durante la contienda o en ese larguísimo apéndice que fue la dictadura franquista, si en el fallecimiento de Miguel Hernández caben todos los que tuvieron que exhalar su último suspiro en cárceles inhóspitas a causa de condenas injustas, la muerte de Machado es el espejo en el que acostumbraron a verse los cientos de miles de exiliados a los que la derrota forzó a buscar una nueva vida en Francia o Sudamérica. Cuando alguien visita la comarca del Rosellón —empezando por Perpignan, su capital, y siguiendo por los pueblos cuyos nombres despiertan connotaciones siniestras en cualquiera que esté medianamente avisado de los pormenores de nuestra historia reciente: Argelès-sur-mer, Barcarès, Saint-Cyprien—, es inevitable que se sorprenda al constatar la cantidad de apellidos españoles que pueblan sus listines telefónicos. Si, ya en Collioure, le da por indagar acerca de la tumba en la que descansan Antonio Machado y su madre, Ana Ruiz, sabrá que su existencia se debe al compromiso de un grupo de exiliados —entre ellos, Manolo Valiente y Josep Maria Corredor—con la necesidad de hallar una sepultura digna para el poeta cuando las circunstancias administrativas estuvieron a punto de arrojar sus restos al anonimato de un osario común. La tumba de Machado no es sólo la última morada del caminante dispuesto a emprender desnudo el viaje último y definitivo. También ha sido, y es, un punto de encuentro recurrente para quienes como él conocieron las penurias del exilio, primero, y después para los descendientes de esos españoles que, al otro lado de la frontera, resistieron construyendo en sus imaginarios la idea de una España que acaso se parezca ya poco a la real, ésta que sigue donde ha estado siempre y que rara vez ha tenido en cuenta a estos hijos suyos de la diáspora.

"La cuestión queda sintetizada en la célebre fotografía que terminaría constituyendo una suerte de acta fundacional de la Generación del 50"

Llegamos, así, al tercer motivo que da consistencia al casi inminente aniversario. Cuando se inauguró la entonces nueva tumba de Antonio Machado y Ana Ruiz en el cementerio de Collioure —es decir, la misma donde hoy siguen descansando sus cuerpos—, un grupo de políticos e intelectuales organizaron una peregrinación laica que terminaría pasando a los anales. Ocurrió el 22 de febrero de 1959 —cuando se cumplían dos décadas del final del poeta— y aunque se trató de un acto más político que literario se dio en él una coincidencia que le acabaría confiriendo un carácter totémico en la historia reciente de nuestras letras. La cuestión queda sintetizada en la célebre fotografía que muestra a Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Ángel González, José Ángel Valente, Jaime Gil de Biedma, Alfonso Costafreda, Carlos Barral y José Manuel Caballero Bonald posando en una placita de Collioure y que terminaría constituyendo una suerte de acta fundacional de la Generación del 50. Sesenta años hará pronto, pues, de la reunión que mantuvieron ante la tumba de Antonio Machado quienes también ejercerían de renovadores de la poesía de su tiempo, esta vez mediante la inclusión del yo existencialista en el nosotros social para configurar un nuevo discurso del que aún bebe buena parte de la lírica española.

Entierro de Antonio Machado en el cementerio de Collioure.

Foto de familia de la Generación del 50 en Collioure.

Creo que son todas razones más que suficientes para no escamotearle al hombre que se autodefinió como «en el buen sentido de la palabra, bueno» el homenaje que se le debe. Creo, también, que lo que se haga debería llevarse a cabo sin resucitar polémicas que valdría más dejar definitivamente de lado. Me refiero a esa discusión que emerge de cuando en cuando sobre la pertinencia de repatriar o no sus restos. Cuando Machado falleció, hubo un ofrecimiento para darle sepultura en Paris. Sus familiares se negaron, alegando que el de Collioure sería sólo un enterramiento provisional, a la espera de que en España se reinstaurara una República que, finalmente, no llegó. En tiempos de Franco, la dictadura hizo algún intento por devolver su cuerpo y el de su madre a España, pero su hermano José, desde Chile, se negó rotundamente. Desde la llegada de la democracia, alguna que otra vez se ha planteado el tema, sin mucha razón y a menudo propiciando un nuevo dilema: el de dónde habría que depositar sus restos en el caso de que, efectivamente, hicieran el camino de vuelta a través de los Pirineos. No cabe desechar que, tan dados como somos a las extravagancias mortuorias, termináramos troceando el cuerpo (o lo que queda de él) para repartirlo entre la Sevilla donde nació, el Madrid en el que se formó y al que siempre quiso volver, la Soria en la que descubrió el amor y la mística de los campos castellanos, la Baeza a la que se autoexilió para librarse de la pena instigada por el temprano fallecimiento de su esposa Leonor o la Segovia en la que estuvo dos décadas y en cuyo ayuntamiento izó la bandera republicana. También puede que se lo disputasen Valencia y Barcelona, ciudades en las que residió durante la Guerra Civil. No obstante, hay motivos más poderosos para desechar la idea. El escritor Antonio Muñoz Molina contó en su libro Todo lo que era sólido cómo, allá por diciembre de 2004, él y otros intelectuales fueron convocados al palacio de la Moncloa por José Luis Rodríguez Zapatero. «Nos dijo que el gobierno estaba planteando exhumar los restos de Manuel Azaña en Montauban y los de Antonio Machado en Collioure para traerlos a España. Fijó en mí sus ojos muy claros con un gesto de impasible extrañeza cuando le dije que no estaba de acuerdo: que una parte de la memoria indeleble de Manuel Azaña y de la de Antonio Machado es que murieran en el destierro y que haya que cruzar la frontera para visitar sus tumbas. Cité un verso terminante de Antonio Machado: Sólo la tierra en que se muere es nuestra. Entre unos y otros cambiamos de conversación.»

"Siempre invitan al Gobierno de España, pero ya se han acostumbrado a que nunca acuda nadie"

Es una razón, a mi juicio, inapelable, pero hay otra más. En Collioure está muy vivo el recuerdo de Machado. El ayuntamiento de la localidad acaba de inaugurar, en la plaza vecina al hotel donde falleció, una mediateca que lleva su nombre, y existe allí una Fundación —formada en buena medida por descendientes de exiliados— que cada año, el domingo más próximo a la fecha de su muerte, organiza un programa de actos sencillo, pero muy digno, con el que se le rinden los oportunos respetos. Siempre invitan al Gobierno de España, pero ya se han acostumbrado a que nunca acuda nadie. Estaría bien que se subsanara esa descortesía recurrente y el 80º aniversario fuese no sólo un fin, sino el inicio de un camino en el que la España oficial abrace a quienes han cogido el testigo de los que una vez fueron sus hijos y continúan hablando sus lenguas más allá de la frontera. Collioure, capital simbólica de esa España peregrina, lleva años esperando. Y en su cementerio yace un gran poeta que también aguarda, discreto y silencioso, el reconocimiento debido, allí donde los días azules y el sol de la infancia.