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Guillermo el suertudo, de Richmal Crompton

Guillermo el suertudo, de Richmal Crompton

Guillermo el suertudo (Just William’s Luck) constituye un caso único entre los 38 volúmenes de la primera edición de sus aventuras, publicadas entre 1922 y 1970 por el editor británico George Newnes. Esto es así, porque todos estos volúmenes –a excepción del que nos ocupa— recopilaban los episodios sueltos que se venían publicando desde 1919 en la revista Home Magazine. En 1947 las «hazañas» de Guillermo se llevaron al cine por segunda vez con el título de Just William’s Luck, adaptando diferentes episodios, para configurar una historia uniforme. Dado el éxito de la película, la autora, Richmal Crompton, decidió dar forma literaria al guion cinematográfico y así se publicaría, con el mismo título de la película, al año siguiente del estreno, y con el número 26 de la serie.

Zenda adelanta un fragmento de la primera traducción al español de la novela, publicada por Espuela de Plata.

***

CAPÍTULO III

—Levántese, sir Douglas –ordenó Enrique, golpeando con demasiada fuerza la cabeza de Douglas, arrodillado, con el cuchillo del pan de los Brown.

—¡Demonios!, parece que no conoces la diferencia entre nombrar caballero y ejecutar –dijo Douglas tristemente, levantándose y frotándose la cabeza–. De todas maneras, creo que no deberíamos haber empezado la parte de los caballeros hasta que volviera Guillermo… ¡Oh, aquí está!

Guillermo, que ya había colocado a Jumble en su posición de perro guardián, estaba entrando en ese momento en el cobertizo.

—¿No ha llegado todavía Pelirrojo? –preguntó, mirando alrededor.

—No… –contestó Enrique–. ¿Os habéis peleado?

—No mucho –dijo Guillermo–. Estaba furioso al principio pero me tuvo que escuchar. No sabía nada de la cosa esa de Excelsior hasta que se lo dije. Curioso que no lo supiera. De todas formas, tengo que devolverlo. ¿Dónde está?

—Está aquí –dijo Enrique–. Yo he estado ahora mismo nombrando caballero a Douglas con él.

—¡Pero qué dices! Vosotros no tenéis ningún poder para nombrar caballero a nadie –exclamó Guillermo indignado–. Solo el Rey está autorizado.

—Bien, yo soy el Rey.

—Tú no puedes ser Rey –dijo Guillermo–. Yo soy el Rey y el resto de vosotros, caballeros.

—¿Por qué debes ser el tú Rey? –exclamó Enrique, que hacía de vez en cuando intentos, siempre infructuosos, de arrojar a Guillermo de la posición de líder de la pandilla.

—Bueno, ¿de quién es el cuchillo del pan? –preguntó Guillermo–, ¿y quién lo arrancó de la roca maciza?

—No era una roca –dijo Enrique, eran dos ladrillos y cualquiera lo podría haber hecho. No le diste a nadie la oportunidad. Otra vez el ladrido de Jumble cortó agudo el aire.

—Apostaría que es Huberto Lane –dijo Douglas–. Estaba mirándonos cuando hemos venido esta mañana.

Huberto Lane era el líder de la pandilla rival y enemigo inveterado de los Proscritos. Las peleas aportaban un emocionante brillo a la vida diaria de Guillermo, Pelirrojo, Douglas y Enrique; sin ellas nada hubiera sido lo mismo.

—¡A sus puestos! ordenó Guillermo–. ¿Puedes ver quién es, Enrique?

—Es una chica –dijo Enrique, estirando el cuello.

—No es ni siquiera una chica –puntualizó Guillermo en tono de profundo disgusto, mientras espiaba a través de la puerta–. Es Violeta Isabel Bott.

Violeta Isabel era una chica de seis años, con una personalidad dominante, una férrea voluntad y una expresión encantadora y engañosa. También tenía un marcado ceceo que alguna gente, no los Proscritos, encontraban atractivo. Su principal objetivo en la vida era seguir a los Proscritos en general y a Guillermo en particular, y tenía algún misterioso instinto que la llevaba siempre exactamente al sitio en que ellos estaban.

—He venido a verte, Guillermo –dijo Violeta Isabel como explicación a su presencia.

—Bueno, ahora que has venido, puedes irte otra vez –le contestó Guillermo groseramente.

—Pero yo no quiero –musitó Violeta Isabel dulcemente–. Quiero eztar aquí.

—Pero nosotros no queremos –respondió Guillermo.

—Ezo no importa –dijo Violeta perdonándole–. A mí no me importa.

—Bueno, a nosotros sí –exclamó Douglas.

—¿Tú no querrías estar con gente que no te quiere, verdad? –dijo Enrique, utilizando métodos más sutiles.

—Zí querría –contestó Violeta Isabel serenamente–. Quiero jugar a loz indioz con vozotroz. Quiero zer una princeza india.

—No estamos jugando a los indios, así que lárgate –dijo Guillermo.

—¿A qué eztaiz jugando? –preguntó Violeta Isabel.

—Somos Caballeros de la Mesa Redonda –contestó Guillermo.

—Yo zeré un Caballero de la Mesa Redonda también –dijo Violeta Isabel.

—No puedes. Los Caballeros son hombres.

Violeta Isabel se quedó pensando.

—Zeré una dama caballero, entoncez.

—No, no puedes serlo porque no había ninguna.

—Habrá una zi yo lo zoy –dijo Violeta Isabel sencillamente.

—Eran Caballeros. Te lo he dicho. Y caballeros significa hombres, tú no puedes hacer las cosas que hacen los caballeros, así de simple.

—¿Qué hacían?

—Van al rescate de damiselas en apuros –contestó Enrique.

Violeta Isabel consideró la cuestión.

—Yo zeré una damizela en apuroz entoncez, ¿puedo? –dijo ella, radiante, con el aire del que ha resuelto un difícil problema a la satisfacción de todos–. Azí podéiz rezcatarme.

—Pero es que nosotros no tenemos ganas de rescatarte.

—¿Por qué no?

—Porque no. Esa es la razón.

—Eza no ez ninguna razón.

—¡Oh, cállate ya y vete!

Pero Violeta Isabel estaba ahora firmemente sentada en el cajón, moviendo sus cortas piernas calzadas con sandalias.

—Zi no tenéiz ninguna damizela en apuroz para rezcatar, no podéiz zer caballeroz –dijo, y añadió–: ¿Qué ez una damizela en apuroz?

—¡Para ya de hablar, y vete!

Violeta Isabel miró a las tres severas caras, y no encontrando ningún signo de debilidad en ellas, decidió recurrir a su arma más habitual.

—Voy a llorar –exclamó con voz atragantada.

—Muy bien –dijo Guillermo–, ¡tú, llora!, no nos importa.

Violeta Isabel agitó sus rizadas pestañas. Sus ojos azules se llenaron de lágrimas. Sus labios temblaron.

—Me habéiz hecho llorar –dijo con voz entrecortada. Los ojos llenos de lágrimas y la voz ahogada habían derretido muchos corazones en su momento, pero no derritieron los de los Proscritos.

—Venga –dijo Guillermo–. Llora si quieres.

Pero Violeta Isabel era demasiado buena estratega para desperdiciar sus armas. Esta había resultado inútil, así que la descartó sin más contemplaciones. Las lágrimas desaparecieron de sus ojos azules tan rápido como habían aparecido.

—Muy bien –dijo con su voz normal–, zi no me vaiz a dejar zer una dama caballero, gritaré y gritaré y gritaré hazta que me ponga enferma. Puedo hacerlo –terminó orgullosamente.

Ellos la miraron sobrepasados. Sabían que podía. Había demostrado su habilidad en este campo varias veces.

—Mejor la dejamos, Guillermo –dijo Enrique–. Si comienza a gritar alguien la oirá y vendrá y nos meteremos en un lío. Siempre ocurre.

—¡Está bien, vale! –farfulló Guillermo.

—¿Puedo zer una dama caballero, Guillermo? –preguntó Violeta Isabel rápidamente.

—Sí –contestó Guillermo a disgusto–, pero recuerda que no te queremos de ninguna forma. ¡Recuerdalo!

—Zí, lo recordaré. Guillermo –dijo Violeta Isabel feliz. Aplaudió y empezó a bailar por el suelo del cobertizo–. ¡Zoy una dama caballero, zoy una dama caballero, zoy una dama caballero!

Guillermo la miró malhumorado, con el ceño fruncido y las manos en los bolsillos.

—¡Demonios! –exclamó–. En el momento que dejas hacer algo a esta niña, lo estropea todo.

Repentinamente, Douglas, que estaba al lado de la puerta, dio una voz.

—Mirad lo que viene por el camino –dijo.

Guillermo y Enrique corrieron junto a él. En el camino que bordeaba el prado pedaleaba una exultante figura en una bicicleta, con un par de guantes de boxeo colgados del cuello.

—¡Es Pelirrojo! –dijo Guillermo.

—¡En bicicleta! –añadió Enrique.

La figura dio la vuelta y entró por la puerta abierta en el prado donde estaba el viejo cobertizo. Entonces, en un exceso de confianza y júbilo, quitó las manos del manillar y zigzagueando salvajemente se fue contra la puerta. Hubo un grito, un golpe y una serie de ladridos enloquecidos de Jumble, y la bicicleta y su conductor rodaron por el suelo, cayendo en distintas direcciones.

Guillermo, Enrique y Douglas corrieron a recoger la bicicleta.

—¡Cielos, es una belleza! –exclamó Guillermo examinándola.

—El parachoques se ha torcido un poco –comentó Douglas–, pero eso es todo.

—Eres idiota –dijo Enrique a Pelirrojo todavía tirado en el suelo–. Podías habértela cargado entera.

Pelirrojo se frotaba el tobillo.

—Podría estar muerto, para lo que os importa –dijo amargamente.

—Pues te lo hubieras merecido –le increpó Guillermo–, ¡haciendo el loco con una bicicleta como esta!

Continuaron mirando la bicicleta sin hacer el menor caso de Pelirrojo.

—Tiene tres cambios de marcha –dijo Douglas.

—Y mirad estos guantes de boxeo –dijo Enrique, recogiéndolos del suelo.

—Mirad las ruedas.

—Creo que me he roto el cuello –se lamentó Pelirrojo levantándose dificultosamente.

—Bueno, la bicicleta no está rota y eso es lo que importa –dijo Guillermo.

Pelirrojo cojeó hacia ellos y agarró el manillar.

—Dejadla en paz.

—¿De quién es? –preguntó Guillermo.

—Es mía –contestó Pelirrojo. Le arrebató los guantes de boxeo a Enrique–. Estos también son míos.

—Vas a tener un problema cuando alguien se dé cuenta de que los has cogido –dijo Enrique.

—Os digo que son míos. Héctor me los ha dado.

—¿Héctor? –repitieron los otros como un eco.

Héctor era el hermano mayor de Pelirrojo, y ese tipo de regalos, viniendo de hermanos mayores, eran algo a lo que no estaban acostumbrados.

—¿Se está muriendo? –preguntó Douglas con interés–. Una vez leí un cuento acerca de un hombre que se estaba muriendo y se deshizo de todas sus cosas, y entonces se encontró mejor y las volvió a pedir.

—No, se va a casar –dijo Pelirrojo.

—¿Pero por qué te ha dado esto?

—Alguien le ha regalado una motocicleta como regalo de boda, y ya no quiere una bicicleta vieja.

—¿Y por qué los guantes de boxeo? –preguntó Guillermo.

—A ella no le gusta la violencia.

—¿A quién no le gusta?

—La chica con la que se va a casar. Dice que el boxeo es de bárbaros.

—¿Qué es eso?

—Es lo mismo que ser un salvaje. Él ha tenido que dejar el rugby, porque ella dice que es de bárbaros también.

—No debe saber mucho de salvajes si piensa que boxean y juegan al rugby. Debe ser bastante ignorante, esa chica.

—Sí, lo es. No tiene ningún interés por nada razonable. Ni siquiera se interesó por esa rata muerta que encontramos, y era
imponente.

—Demonios, sí que lo era. Bueno, yo prefiero mil veces ser un bárbaro que lo que ella es.

—¡Y pensar que hay que casarse con ellas! –dijo Guillermo con repugnancia.

—¿Cuándo se casa? –preguntó Enrique.

—Cuando encuentren casa –dijo Pelirrojo–. No hay suficientes casas todavía.

—Hay casas por todos sitios –dijo Douglas.

—Sí, pero hay gente dentro viviendo.

—Venga –zanjó Guillermo–, vamos a meter la bicicleta en el cobertizo.

Entraron en el cobertizo, empujando la bicicleta y acarreando los guantes de boxeo.

—Hola, Pelirrojo –dijo Violeta Isabel–. Vaya drama que haz hecho cuando te haz caído de la bicicleta. Yo vi una vez –dijo orgullosa– un accidente real, con zangre y una ambulancia.

—¿Qué está haciendo ella aquí? –le preguntó disgustado Pelirrojo a Guillermo.

—Zoy una dama caballero –dijo Violeta Isabel dándose importancia–. Rezcato damoz.

—¡Damos! –se burló Guillermo.

—Dijizte damoz.

—No lo dije.

—¿Entoncez qué dijizte?

—No te lo voy a decir.

—Zí que dijizte damoz –insistió Violeta Isabel con tranquila confianza.

—¿De qué estáis hablando? –preguntó Pelirrojo.

—Bueno, somos Caballeros de la Mesa Redonda –dijo Guillermo. Miró al cajón–. ¡Os diré una cosa!, esto va a ser nuestra mesa, y es cuadrada, así que seremos los Caballeros de la Mesa Cuadrada. –Empujó sin ceremonias a Violeta Isabel–. Y por cierto, no se sentaban en ella.

—Y no pienzo que fueran educadoz tampoco –dijo Violeta Isabel severamente, mientras se levantaba–, empujando a la gente fuera de la meza.

—Vamos a hacer lo mismo que ellos hacían –propuso Enrique, ignorándola–, vamos a enderezar entuertos.

—¿Qué clase de entuertos enderezaban? –preguntó Pelirrojo.

—Bueno… –vagamente–, gente metida en mazmorras y esa clase de cosas.

—Y empujada de la meza –dijo Violeta Isabel.

De nuevo la ignoraron.

—Vamos a sentarnos alrededor de la mesa y tener una reunión –dijo Guillermo –y tú no puedes estar, Violeta Isabel.

Se sentaron todos en el suelo alrededor del cajón de embalar.

—Yo voy a eztar –dijo Violeta Isabel, introduciendo su pequeña persona entre Enrique y Douglas–. Zoy una dama caballero, y zí que venían damaz caballero.

—No le hagamos ni caso –dijo Guillermo–. Ahora, como es una reunión, tenemos que tener un presidente, un secretario y un tesorero, lo sé porque Roberto es el tesorero del club de críquet. El presidente es el más importante y es muy difícil serlo, porque Roberto dice que siempre hay algunos zopencos en las reuniones, que tratan de meter palos en las ruedas.

—¿Por qué? –dijo Douglas.

—Oh, cállate.

—¿Puedo yo zer la prezidente, Guillermo? –preguntó Violeta Isabel.

—No.

—¿Puedo zer la zecretario, entoncez?

—¡No!

—¿Puedo zer la tezorero?

—No.

Violeta Isabel se quedó pensando.

—Zeré la zopenco entonces.

—Eso sí, ¡estupendo! –dijo Guillermo riéndose ante su propia gracia.

—¿Qué ez un zopenco? –preguntó Violeta Isabel.

—Deberías saberlo –contestó Guillermo.

—¿Qué ez lo que dicez que hacen en laz reunionez?

—Se están quietos.

—¡Oh! –exclamó Violeta Isabel.

—Venga, vamos a empezar –dijo Pelirrojo impaciente.

—¿Quién va a ser el presidente? –preguntó Enrique–. ¿Voy a ser yo?

—No –dijo Pelirrojo–. Seré yo. Yo tengo una bicicleta.

—Eso no quiere decir nada –dijo Douglas–. Yo tengo una concertina. Por lo menos la tenía hasta que mi padre me la quitó por el lío que montaron los vecinos.

—Yo soy el presidente –dijo Guillermo secamente.

—Muy bien –accedieron los otros.

Ninguno tenía esperanzas reales de que, salvo Guillermo, pudiera serlo–. ¿Qué hace el presidente? –preguntó Pelirrojo.

—Les dice a los demás de qué tienen que hablar.

—Eso es una porquería –dijo Enrique–. Tenemos que hablar de deshacer entuertos.

—Tenéis que hablar de lo que yo diga que tenéis que hablar, porque soy el presidente –dijo Guillermo–. Si yo os digo que habléis sobre… sobre… sartenes, tenéis que hablar de ellas.

—¿Por qué quierez que hablemoz zobre zartenez?

—No quiero –insistió Guillermo testarudo.

—Juzto acabaz de decirlo.

—No lo he hecho.

—Puez qué tontería –dijo Violeta Isabel–. Todo ezto iba de caballeroz y rezcatar damizelaz, para acabar hablando de zartenez.

—¡Cállate! –gritó Guillermo irritado. Luego a los demás–. Ahora tenemos que encontrar algún entuerto y…

—¿Qué tienen laz zartenez que ver con ezo? –preguntó Violeta Isabel apasionadamente.

—¡Me gustaría que te callaras! –dijo Guillermo exasperado–, nunca he dicho que tuviera nada que ver con nada.

—Zí, lo hicizte, tú dijizte…

—Si no te callas, te echaremos.

—Vale –aceptó Violeta Isabel, resignada.

—Ahora escuchad, lacayos –ordenó Guillermo hablando muy rápidamente, intentando tratar muchos temas antes de que Violeta Isabel reuniera fuerzas de nuevo.

—Pensaba que éramos caballeros –respondió Douglas.

—Lo sois, lacayos es otra palabra que quiere decir lo mismo. Ahora escuchad, la primera cosa que hay que hacer es jurar por Excelsior que no vamos a contarle a nadie que somos Caballeros de la Mesa Cuadrada. Si Huberto Lane y su banda llegan a saberlo, seguro tratarían de estropearlo todo, así… –miró a su alrededor–, ¿dónde está el cuchillo del pan? ¡Demonios! Debería haberlo llevado a casa. No importa. Lo llevaré cuando terminemos. Aquí está. Ahora todos vais a tocarlo y eso significa que habéis hecho un juramento de guardar el secreto.

Uno por uno, con expresión de gran solemnidad, pusieron un dedo en la hoja del cuchillo del pan, a medida que Guillermo iba presentándolo a cada uno.

—Nozotroz tenemoz un cuchillo del pan máz grande que ezte en caza –dijo Violeta Isabel en tono de superioridad–, tiene pequeñaz ezcarpiaz.

Todos la ignoraron.

—Ahora –preguntó Guillermo–, ¿qué entuerto empezamos a arreglar primero?

—Mi padre tiene un montón de entuertos –dijo Pelirrojo–. Impuestos, tasas, y el perro del hombre de al lado que escarba en sus plantas.

—No podemos ocuparnos de cosas así –explicó Guillermo–, nos llevaría meses arreglarlo. Tenemos que empezar con algo más pequeño.

—¿Por qué no empezamos con el viejo Markie? –preguntó Enrique–. Nosotros tenemos bastantes entuertos por su culpa. Hacer quedarse a la gente en el colegio fuera de la hora es lo mismo que arrojarles en mazmorras, y él siempre nos hace quedarnos.

—Oh, no sé –contestó Guillermo evasivo. Su trato con el director del colegio le había hecho no desear más contacto con él–. Creo que es mejor dejar en paz al viejo Markie. Mi padre dice que hace lo que puede.

—Hace lo que puede para convertir nuestras vidas en una miseria, desde luego –dijo Enrique rencorosamente–. ¡Diablos!, cuando recuerdo la forma en que nos trató solo porque mi ratón se salió del bolsillo…

—No importa el viejo Markie –dijo Guillermo–. Hay entuertos mucho más importantes que el viejo Markie.

—Estan las penosiones –dijo Pelirrojo.

—¿Qué es eso de penosiones?

—Bueno, la forma penosa en la que dan penosiones a los viejos solo por ser viejos, y no dan a los jóvenes justamente por ser jóvenes.

—Tratamos de conseguir penosiones para los chicos una vez –le recordó Guillermo–, pero no conseguimos nada.

—Tengo un zecreto –dijo Violeta Isabel de repente.

La miraron. Su pequeño rostro tenía una expresión tan profunda de satisfacción, que muy a su pesar les despertó la curiosidad.

—¿Qué quieres decir con que tienes un secreto? –preguntó Guillermo.

—Quiero decir que tengo un zecreto –dijo Violeta Isabel.

—¿Qué clase de secreto?

—Un zecreto ezpecial –dijo Violeta Isabel–, que no te voy a decir.

—Bien, no estamos interesados en tu secreto de cualquier forma –dijo Guillermo, volviéndose hacia Pelirrojo como rechazando el tema. Le miró por unos momentos y luego se volvió otra vez a Violeta Isabel–. ¿De qué es?

—No te lo voy a decir.

—Eso está bien –le contestó Guillermo– porque no nos interesa.

—Oz interezaría zi zupiezeiz qué ez.

—Es una chifladura –dijo Guillermo. Le dio la espalda como para excluirla de la conferencia–. Ahora vamos a seguir con lo de los entuertos.

—Ez un zecreto emocionante –insistió Violeta Isabel.

—No tienes que seguir hablando de ello, porque no te estamos escuchando –dijo Guillermo desdeñosamente.

—¿Es algo que tiene que ver con nosotros? –preguntó Pelirrojo.

—Zí –dijo Violeta con una sonrisa de deleite en sus labios–. Zí, tiene algo que ver con vozotroz. Y no oz voy a decir qué ez.

—Bueno, no queremos saberlo, así que te puedes callar –dijo Guillermo–. Ahora, acerca de este entuerto…

Discutieron la cuestión por algunos minutos, pero sin mucho interés, lanzando miradas encubiertas a Violeta Isabel mientras hablaban. Su cara mostraba aún la satisfacción; su sonrisa el deleite…

—Zi zupieraiz mi zecreto, no eztaráiz aquí zimplemente hablando.

Guillermo se volvió hacia ella con aire de condescendencia.

—Vale, puedes decirlo si quieres.

—No quiero –dijo Violeta Isabel.

—¿Por qué? –preguntó Douglas.

—Porque habeiz zido muy dezagradablez conmigo. Habeiz zido dezagradablez toda la mañana. Zi decíz que zentíz haber zido desagradablez, oz diré mi zecreto.

—Si piensas –dijo Guillermo duramente–, que vamos a decir que lo sentimos a una niña tonta como tú, estás muy equivocada.

—Muy bien –contestó Violeta Isabel dulcemente–. Entoncez no oz diré mi zecreto.

—Vale –dijo Guillermo. Y volvieron a la discusión. Pero de algún modo aquello había perdido interés. Después de un momento, se volvió otra vez hacia ella–. Si tu secreto merece la pena que digamos que lo sentimos, lo sentimos, pero si resulta que no, nos volvemos para atrás y no lo sentimos –ofreció.

—De acuerdo –dijo Violeta Isabel, aceptando el compromiso.

—Entonces, ¿qué es?

—Puedo ver a Huberto Lane.

—¿¿¿Qué???

—Eztá mirando a travéz de la ventana.

Cuatro pares de ojos giraron para enfrentar la pálida y gorda cara de Huberto Lane mirando a través de la polvorienta ventana del  cobertizo.

Se levantaron inmediatamente.

—¡Diablos! –gritó Guillermo.

—Ya oz dije que era un zecreto ezpecial –dijo Violeta Isabel, triunfante.

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Autora: Richmal Crompton. Ilustrador: Henry Thomas. Traductora: Marie-Christine Kerr. Título: Guillermo el suertudo. Editorial: Espuela de Plata. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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