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En busca del significado perdido, de Adam Michnik

En busca del significado perdido, de Adam Michnik

En busca del significado perdido es una importante colección de ensayos de uno de los más destacados pensadores disidentes de la época comunista, en los que se tratan los cambios producidos en Polonia y en la Europa del Este desde 1989. En ellos, Michnik se nos muestra como el brillante observador que puede ilustrarnos mejor que nadie sobre los problemas y los interrogantes de la época postcomunista. En palabras de Václav Havel, Michnik «continúa siendo el más perspicaz, astuto y profundo comentarista de nuestra vida diaria», y añade que, con este libro, «muchos en Occidente entenderán mejor qué pasó y qué está pasando hoy en nuestra parte del mundo».

Zenda adelanta un fragmento del libro.

***

POLONIA EN LA ENCRUCIJADA,
LA «GAZETA» EN LA ENCRUCIJADA

Los momentos de crisis redoblan la vitalidad de los hombres.
En una sociedad que se disuelve y recompone, la lucha de
los dos genios, el choque del pasado y el porvenir, la mezcla
de costumbres antiguas y nuevas, forman una combinación
transitoria que no deja margen al aburrimiento. Las pasiones
y los caracteres en libertad se muestran con una energía que
no tienen en absoluto en la ciudad bien regida. La infracción
de las leyes, la liberación de los deberes, de los usos y de las
conveniencias, incluso los peligros, aumentan el interés de
este desorden. El género humano de vacaciones se pasea por
la calle, libre de sus pedagogos, volviendo por un momento
al estado de naturaleza, y no siente de nuevo la necesidad del
freno social más que cuando lleva el yugo de los nuevos tiranos
engendrados por la licencia.

FRANÇOIS DE CHATEAUBRIAND
Memorias de ultratumba, V, 14

Hemos sido testigos de un milagro. Porque, ¿cuál era el tenor de las plegarias polacas de hace veinte años? Detengámonos un momento a recordarlo:

Señor, haz que la libertad sustituya a la dictadura en Polonia; haz que Polonia tenga un parlamento elegido democráticamente; concédele una televisión, una radio, una prensa y unas editoriales sin censura, unas fronteras abiertas y un mercado libre; haz que Polonia deje de ser un Estado satélite, que las tropas soviéticas se retiren y que los polacos puedan tomar por su cuenta y riesgo la decisión de incorporarse a la Alianza Atlántica y a la Unión Europea.

Y cuando nosotros, sin un miserable zloty en el bolsillo, afrontamos el lanzamiento de la Gazeta Wyborcza, sólo podíamos implorar que nuestra empresa no acabara haciendo el más estrepitoso de los ridículos y que aquel periódico publicado por militantes de la oposición democrática, por gente proveniente de la clandestina Solidaridad, del exilio o incluso de la cárcel, consiguiera conquistar los corazones de los lectores y fuese capaz de asegurar su fidelidad durante algún tiempo, o por lo menos durante los años más difíciles de la transición.

El buen Dios escuchó aquellas plegarias tan poco realistas y permitió que el sueño de los polacos se hiciera realidad. ¿Por qué demonios ahora, tras quince años de libertad, los polacos están enfadados?

¿Por qué estamos enfadados incluso nosotros, el equipo de la Gazeta Wyborcza, claros beneficiarios de la trasformación polaca y bendecidos por la fortuna?

I

Ésta será una confesión personal, puesto que, en parte, me siento responsable del enfado de mis compatriotas y de mis amigos de la Gazeta.

En 1980, todavía en la época de la primera Solidaridad, cuando la Providencia parecía estar dándole la vuelta al destino de los polacos, siempre tan lleno de chascos, nos planteábamos la siguiente pregunta imitando a Słowacki: Polonia sí, pero ¿cuál? Y respondíamos vacilantes: una Polonia independiente, multicolor, basada en los valores cristianos y socialmente justa. Una Polonia bien dispuesta para con sus vecinos. Una Polonia capaz de asumir compromisos. Una Polonia comedida, realista y leal a sus aliados, pero inmune a la esclavitud y espiritualmente insumisa. Una Polonia con los conflictos propios de cualquier sociedad moderna, pero impregnada de la idea de solidaridad. Una Polonia donde los intelectuales defiendan a los obreros perseguidos y los obreros estén dispuestos a declararse en huelga en defensa de la libertad de la cultura. Una Polonia que, al hablar de sí misma, sepa usar un tono dramático pero también sarcástico. La Polonia tantas veces derrotada, pero jamás vencida, la Polonia que acaba de recuperar su identidad, su lengua y su rostro.

Hoy nos preguntamos: ¿qué queda de aquel sueño? Nos repetimos esta pregunta una y otra vez, y por eso estamos enfadados.

II

Creíamos en el mito de la emancipación del mundo del trabajo, creíamos que los obreros tomarían las riendas de las grandes industrias. Este sueño resultó una ilusión vana, y las duras reglas del mercado sustituyeron a la lógica de la emancipación. Las primeras víctimas fueron los que nos habían traído la libertad a golpe de huelgas: los mineros y los obreros de las fundiciones, de los astilleros y de las refinerías. No tenían culpa alguna, pero pagaron el precio más alto. No trabajaban peor que antes, pero el fantasma del paro se cernió sobre ellos. Y nosotros no sabíamos cómo hacer compatible la aspiración a tener una economía saneada con la preocupación por aquella gente que, sin ser culpable de nada, caía víctima del mercado.

Aquél no era un dilema específicamente polaco, pero en ninguna otra parte del mundo ha habido una oposición tan arraigada en las grandes empresas como Solidaridad. Esta gente tiene derecho a sentirse traicionada, a pesar de que la gran reforma de Leszek Balcerowicz fuese probablemente la única manera de romper el círculo vicioso del subdesarrollo.

III

Creíamos en Solidaridad. Era el único instrumento capaz de arrancar de las autoridades comunistas el consentimiento para sacar a Polonia de la dictadura por la vía de la negociación. Pero Solidaridad, aquella magnífica confederación de gente unida por la resistencia contra la dictadura comunista, no supo encontrar su sitio en la nueva realidad. Y, para colmo, se debatía entre la repetición de tics adquiridos durante la dictadura y la aspiración a ocupar el lugar del antiguo poder. Las huelgas y las manifestaciones chocaban contra los intentos de tomar el gobierno de las empresas. Tiempo atrás, el Partido Obrero Unificado Polaco había controlado la política de personal de todas las estructuras de poder. Solidaridad quiso hacerlo también. Quería decidir quién sería voivoda, jefe de una estafeta de correos o de una oficina del registro civil, rector de una universidad o director de un hospital. Al mismo tiempo, Solidaridad no tenía ni la menor idea de cómo comportarse como sindicato en un país que estaba sufriendo tantas transformaciones. Andaba perdida, y esto es comprensible, ya que nunca se habían producido cambios de tal envergadura.

En la Polonia libre, Solidaridad se vio cada vez más marginada, y muchos de sus militantes se sintieron estafados.

IV

Solidaridad tenía una magnífica carta a jugar: Lech Wałęsa, el hombre que personificaba el sueño de millones de compatriotas, sedientos de libertad, justicia y solidaridad. Aquel electricista que lucía la insignia de la Virgen prendida en la solapa sabía fascinar y enfervorizar a las multitudes, pero él solito destruyó su imagen épica y heroica, luchando sin escrúpulos por el cargo de presidente, hundiendo el gobierno de Tadeusz Mazowiecki e insultando públicamente a Jerzy Turowicz. Wałęsa fue el primero en instaurar el modelo de la demagogia falaz cuando prometió dejar a los ladrones «en pelota picada» y repartir gratificaciones millonarias. Wałęsa, el héroe nacional polaco, fue el primero en utilizar la retórica barriobajera que luego tendría tantos adeptos.

Wałęsa fue un presidente imprevisible e incompetente, aunque siempre recordaremos que defendió a ultranza la economía de mercado y la orientación prooccidental de Polonia. Y nadie ni nada cambiará el hecho de que Lech Wałęsa dio un rumbo nuevo a la historia de Polonia y la dejó mejor que antes.

V

Durante muchos años creímos que la Iglesia católica amparaba las libertades. Nunca olvidaremos el sabio heroísmo del «primado del milenio», el cardenal Stefan Wyszyński, que supo compaginar el testimonio del cristianismo con el perdido compromiso con el bien común. Para nosotros, la Iglesia de aquella época tenía el rostro del semanario Tygodnik Powszechny, dirigido por Jerzy Turowicz, de la revista mensual Znak, dirigida por Hanna Malewska, y de la revista Więź de Tadeusz Mazowiecki. La elección de Karol Wojtyła como Sumo Pontífice nos reafirmó en la convicción de que la Iglesia católica, que siempre había sido la abanderada de la disconformidad, ya no sería nunca más la abanderada de la opresión. El martirio del padre Jerzy Popiełuszko nos volvió a confirmar que la Iglesia representaba lo mejor de la espiritualidad polaca.

Pensar así fue un error. Después de 1989, se puso de manifiesto que la Iglesia católica representaba lo mejor y lo peor de Polonia. Aparecieron los fantasmas del integrismo, del triunfalismo, de la intolerancia y de la xenofobia. Buena parte de la Iglesia hablaba el lenguaje del desdén y del odio hacia los que piensan de otra manera. Desde el púlpito, se lanzaban conminaciones a votar a partidos extremistas que pregonaban la destrucción. Aquella situación duró poco tiempo, pero logró sembrar el miedo a lo que el clero sería capaz de hacer.

Hoy, gracias a Dios, la Iglesia habla un lenguaje distinto. La Iglesia habla de pluralismo, de diálogo y de tolerancia, y declara abiertamente que la Unión Europea no es una desgracia, sino una gran oportunidad para Polonia. Esto está muy bien. Sin embargo, que nadie se extrañe de que conservemos el recuerdo de épocas en que la voz de los obispos no sonaba así.

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Autor: Adam Michnik. Traductores: Jerzy Slawomirski y Anna Rubió Rondón. Título: En busca del significado perdido. La nueva Europa del Este. Editorial: Acantilado. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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