Inicio > Historia > Historia de Grecia > He matado a mis hijos
He matado a mis hijos

Nunca he encajado. Cuando era joven soñaba con escapar de aquel lugar remoto en el que crecí y conocer un mundo que pensaba que me estaría vetado por ser hija de quien era y por haber nacido en los confines de la tierra. Ahora que el tiempo ha pasado y he tenido la oportunidad de visitar otros lugares, me doy cuenta de que tampoco he podido, o sabido, encajar.

Me encuentro a miles de estadios del que un día fue mi hogar, considerada la «extranjera» y, sobre todo, la extraña. Durante diez años me he hecho pequeña para mantener el amor de un hombre que, en realidad, nunca me ha amado; simplemente me necesitaba. Y yo, ingenua, creía que sus cuidados y sus reproches hacia mi carácter eran pequeñas manifestaciones de cariño.

"Dando vueltas a lo que me espera, recordando mi pasado. Aún estoy envuelta en sudor. Hoy vendrá. Debemos hablar sobre mi futuro, sobre el futuro de mis hijos…"

Ahora me doy cuenta de que esos reproches eran su manera de decirme que no me aceptaba, que no me quería de verdad, que no toleraba mis extravagancias; que había formado una familia conmigo solo por cumplir la promesa que me hizo cuando lo ayudé a traicionar a mi padre y a los míos. Diez años que me pesan como una cadena invisible formada por eslabones de recuerdos.

Toda la noche sin dormir, escuchando el piar de las aves nocturnas, el ladrido de los perros, el aullido de los lobos, el canto de algún gallo fuera de hora. Dando vueltas a lo que me espera, recordando mi pasado. Aún estoy envuelta en sudor. Hoy vendrá. Debemos hablar sobre mi futuro, sobre el futuro de mis hijos…

***

—Medea, es lo mejor para nosotros —me mira con una seguridad fingida—. Mi suegro cree que debéis marcharos de aquí. Al fin y al cabo, esta no es tu patria; aquí siempre has sido una extranjera, una extraña. Imagina qué dirán si os quedáis.

Mi pecho se inflama, quiere estamparle mis palabras, pero decido callar y escuchar lo que debe decir. No se siente seguro. Es evidente. Sus manos están sudorosas e inquietas, su cuerpo encorvado. Ya no queda rastro del héroe. Solo un hombre que teme las consecuencias de su decisión.

—Recuerda que, a partir de ahora, estarás sola y tus hijos ya no tendrán un padre. Los habitantes de este pueblo te darán la espalda… En realidad, siempre nos la han dado a los dos. Pero ahora mi fortuna cambia y, con ella, la de nuestros hijos. Si os marcháis, yo me haré cargo de su manutención y procuraré buenos matrimonios para ellos. Date cuenta, mujer, de que no es lo mismo tener fama de proscrito que ser un rey. Gracias a este matrimonio llegaré al trono y podré proporcionarles alianzas ventajosas.

"Jasón acaba de salir de la habitación, ufano, triunfante, feliz como un niño con una golosina. No sabe que pronto su mundo se derrumbará, hendido por el rayo de mi furor"

Eso me ha dicho el desgraciado. No me lo puedo creer. No solo quiere deshacerse de mí para volver a casarse, sino que también le molestan nuestros retoños. ¡Pero no! ¡No podrá!

No quiero volver a huir con la cabeza agachada. No quiero que mis hijos deban enfrentarse al exilio y a la certeza de que su padre nunca los quiso. No quiero que este hombre traicionero sea feliz mientras yo me consumo. Debe sufrir.

El plan está trazado. Lo he decidido.

—Está bien, Jasón —le miento, mientras todo mi mundo se tambalea bajo mis pies—. Es justo lo que pretendes, si con eso hay alguna ganancia para nuestra progenie. Debo aceptar tu compromiso, ya que nosotros nunca llevamos a cabo los ritos del matrimonio. Nos marcharemos. Te felicito por tu buena fortuna. No temas; dejaremos que este pacto se lleve a cabo, que tú reines sobre los habitantes de Corinto. Nosotros marcharemos al exilio, pero no podrás olvidar tu promesa de encontrar buenas posiciones para nuestros hijos.

—Eres muy sensata, mujer. No olvidaré los años que hemos pasado juntos; los llevaré siempre en mi corazón y, sobre todo, esto que ahora haces por mí y por mis hijos. Juro que, allá donde vayas, no te faltará de nada.

—Te doy mi bendición. Ve en buena hora a comunicárselo a tu suegro. Yo hoy haré los preparativos para el viaje y bendeciré vuestra unión.

Jasón acaba de salir de la habitación, ufano, triunfante, feliz como un niño con una golosina. No sabe que pronto su mundo se derrumbará, hendido por el rayo de mi furor.

Voy a llamar a mis hijos.

Ellos serán el vehículo de mi venganza.

***

Les he dado a los niños un precioso manto como regalo de bodas para la que será la nueva esposa de mi esposo. Nadie sabe que esa es mi arma secreta. Estoy tranquila, extrañamente tranquila, esperando las noticias que sé que pronto llegarán.

En mis manos, la espada pesa no solo por el hierro que la conforma, sino también por su finalidad.

Esta decisión es la más difícil de mi vida. No es que no sufra, sino que ahora veo claro qué es necesario hacer. Jamás me perdonarán. Ni a mí ni a mis hijos. Seremos asesinos y proscritos para siempre.

Yo podré soportarlo.

¿Pero ellos?

Intentarán matarme a mí, como el cerebro de este crimen, y a ellos, como la mano ejecutora.

***

¡Por fin! Ya se han acallado los gritos y ahora un silencio de muerte ha cubierto los sonidos de la naturaleza. Mis manos aún tiemblan y siento cómo la sangre empieza a resecarse en mis piernas y en mis manos. A ellos no los he matado por venganza, sino por amor. De él me vengué privándole de aquello que ansiaba: un matrimonio que lo convirtiera en rey.

"Jasón sufrirá porque ha perdido todo lo que le daba valor y yo volveré a encontrar mi centro, lejos. Allá donde jamás vuelvan a encontrarme ni estos hombres ni su recuerdo"

El instrumento: un manto que yo misma tejí. El manto que debía llevar la novia a la hora de la boda. Disfruté cuando me contaron cómo, al ponérselo, las llamas se activaron y el incendio pronto devoró su carne y la de su padre, dejando un olor nauseabundo y los despojos de la muerte.

A mis hijos los maté yo con esta espada… Ahora siento su ausencia; ya no corretearán junto a mí llamándome mamá, ya no me abrazarán con sus pequeñas manos, ya sus labios infantiles no besarán mis mejillas… A mis hijos los maté yo. Ninguna mano extraña los tocará ya. Ese será mi último acto como madre. No es un acto de crueldad, no es por venganza, es el amor de una madre que no quiere ver a sus hijos sufrir, abandonados por el padre, alejados de todo lo que conocen, siguiendo mis pasos en el exilio y la soledad. Soy una mujer a la que le pesó demasiado la soledad del desarraigo, una mujer herida profundamente que tendrá que atesorar esta cicatriz como un recuerdo atroz.

Jasón sufrirá porque ha perdido todo lo que le daba valor y yo volveré a encontrar mi centro, lejos. Allá donde jamás vuelvan a encontrarme ni estos hombres ni su recuerdo.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios