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Henry James por G. K. Chesterton

La editorial Valdemar publica Daisy Miller, de Henry James, veinte relatos aparecidos entre 1864 y 1909. A modo de presentación, el volumen incluye el siguiente texto de G. K. Chesterton, escrito para el Obituario de Henry James aparecido en la gaceta semanal The London Observer del 5 de marzo de 1916. En él, el creador del Padre Brown llega a decir que “Henry James debe ser considerado un gran literato, comparable a Dickens e incluso a Shakespeare”. Este es el texto completo.

El artista que es tan original como íntegro suscita una clase de elogios que casi equivalen a menosprecios, e incluso quienes lo sobrevaloran lo minusvaloran. Pues la tendencia es siempre a hacer hincapié en su arte, y por arte se entiende, a menudo, simplemente formalismo. Si un pintor sabe distribuir armoniosamente un reducido número de colores en un lienzo, se supone que su paleta carece de diversidad cromática. Y, dado que Henry James realizaba frecuentemente sus cuadros literarios en el tono de un nocturno en gris y plata, hasta sus panegiristas dejaban entrever la posibilidad de que existiera algo liviano y aun endeble en su obra. Antes de evaluar los peculiares rasgos de sus tonalidades es preciso enmendar tan distraída opinión, e incluso contradecirla, recordando lo que tenía él en común con otros escritores ilustres. Pues Henry James debe ser considerado un gran literato, y la grandeza es algo que poseyeron genios del todo diferentes de él. Tal vez el propósito de compararlo con Dickens o incluso con Shakespeare parezca desconcertante y aun chistoso; pero lo que lo vuelve grande a él es lo mismo que los vuelve grandes a ellos, y además es lo único que puede volver grande en sentido concluyente a un literato. Se trata de su inventiva, su facultad de generar y hacer vívida una incesante producción de ocurrencias. Se equivocan quienes dicen que lo importante no es la cantidad sino la calidad. Casi todo hombre ha concebido alguna buena humorada a lo largo de su vida; pero concebir tantísimas buenas humoradas como Dickens es ser un hombre ilustre. Muchos poetas olvidados han compuesto sólo un verso con una imagen totalmente perfecta; pero, cuando abrimos cualquier obra de Shakespeare, buena o mala, por cualquier página, relevante o irrelevante, con la certeza absoluta de ir a encontrar una imaginería que como mínimo seducirá nuestros ojos, y que en el mejor de los casos enriquecerá nuestros recuerdos, estamos depositando nuestra confianza en un hombre ilustre. Al pensar en la pierna de madera de la señora Todgers, o la nariz del señor Fledgby, o las alas del señor Pecksniff, o la habitación con dos camas del señor Swiveller, estamos eligiendo al azar entre un inmenso acopio de algo que hay que calificar realmente de muestras de genio.

Y es cierto, justamente en ese mismo sentido, por inmensa que nos parezca la diferencia, que elegimos al azar entre una portentosa colección de muestras de genio si pensamos en dos o tres flamantes ocurrencias cualesquiera de las innumerables producidas por Henry James: la dama y el caballero abrumados por las extrañas coincidencias que les impiden reunirse por primera vez; el hombre que cesa de existir siempre que se queda a solas; la pauta escondida que unifica, a la manera de la “figura de un tapiz”, todos los libros de cierto autor; las perlas que son declaradas falsas en aras de la respetabilidad y genuinas en aras de la comercialidad; la impensada calma sobrenatural, aparecida como un edén en los cielos, que nace en un cerebro al colapsarse en su momento de máximo agobio; la esposa que renuncia a justificarse ante su marido porque toda la existencia de éste se emplea devotamente en ejercer la magnanimidad; y sería posible enumerar mil ejemplos similares. Ocurrencias así, aunque quizá sean tan etéreas como un vaho, sin embargo son tan complicadas como un retruécano. No pueden ser pura casualidad; tienen que haber sido elaboradas adrede. A Henry James se le ha reprochado prestar una excesiva atención a cosas pequeñas; pero la mayor parte de quienes se lo reprochaban solían prestar una excesiva atención a enormes minucias. El quid en Henry James no es si las cosas de las que se ocupaba eran tan pequeñas como algunos afirmaban o tan grandes como él era capaz de volverlas; si se trataba de singulares manifestaciones de la trivialidad o secretas obstinaciones del retorcimiento; si consistían en la fatalidad de un visitante que se presenta diez minutos demasiado pronto o en la de un enamorado que se conmueve diez años demasiado tarde. El quid es que esas cosas eran cosas de verdad, que nosotros nos las habríamos perdido si él no nos las hubiese ofrecido, que nunca podrían haberse suplido con ninguna mera perfección de la prosa, y que, en fin, él jamás escribía acerca de la nada. Cada diminuta idea suya poseía eso tan serio llamado un valor… tal como lo posee una gema o algo que es a la vez más diminuto y más valioso que una gema: una simiente.

Su grandeza, en consecuencia, es lo más grande que hay en él y está a la altura de la de cualquier otro escritor. Pero, una vez que se le ha reconocido esta virtud definitiva y más bien desatendida, es lícito pasar a estudiarlo en su faceta de artista personal y riguroso. Desde luego, su obra es de una naturaleza con la que resulta difícil ser justos en medio de la descarada solicitación de las cuestiones palpitantes en que estamos absortos la mayoría de los que tenemos el ánimo volcado, siquiera mínimamente, en los asuntos públicos. Necesitaríamos estar ociosos en los vastos e indeterminados espacios de unos jardines y mansiones anacrónicos, ésos que sirven de escenario a tantos de sus dramas espirituales, para apreciar las sutiles gradaciones de toda su ciencia de los matices y percibir poco a poco el múltiple colorido de algo que inicialmente puede parecer monocromático. Varios de sus mejores relatos son historias de fantasmas, y hace falta que estemos solos para que veamos un fantasma. Sin embargo, la mismísima frase que acabo de escribir denota mis propias limitaciones, pues nadie advirtió con mayor presteza que Henry James la desproporción de esta horrenda época, en la cual hemos de pensar en plural y colectivamente incluso en los fantasmas. Él siempre fue un místico en el fondo de su alma, así que los muertos le eran muy cercanos; pero acaso respondió con mayor esplendidez que nadie a la llamada de esa hora en que los muertos están más vivos y más próximos a todos nosotros. Una pureza y una abnegación ejemplares habían estado siempre al servicio de su pluma, y de esta manera obtuvo la recompensa de alcanzar una dimensión moral. Nunca había dejado de ver las cosas pequeñas, pero no cayó en el error, más coetáneo y sofisticado, de dejar de ver las cosas grandes. No le costó ningún esfuerzo adaptar su complejidad a la tremenda sencillez de una guerra librada en pro de la justicia; su mente, a semejanza de un martillo pilón de vapor, no había olvidado, en una dilatada actividad de dar delicados golpecitos, cómo descender para triturar.

Aquéllos que sólo lo han leído superficialmente, o que sólo han leído sus piezas más superficiales, pueden quizá extrañarse de que sintiera lo monstruoso del ultraje prusiano a la humanidad. En ningún caso privilegiaba la forma sobre el fondo, aun cuando su forma era la más privilegiada que imaginarse pueda. En un relato como Otra vuelta de tuerca termina adoptando un carácter de detective divino. La mujer que investiga el secreto impuro de un niño y una niña corrompidos está empeñada en absolver y por ello no puede desentenderse. Es una especie de inquisidora, y su moral pertenece enteramente al antiguo modelo escrupuloso y teológico. Se trata de una enérgica invitación a arrepentirse en la muerte, mucho más que de una lánguida resignación a morirse en el arrepentimiento. Y cuando la redención del niño parece haber quedado finalmente malograda por la aparición en la ventana de su genio del mal, “el pálido rostro de condenación”, acaso sea éste el único pasaje de toda la literatura moderna donde tal concepto, el de la condenación, no pretende resultar humorístico. Y es bastante llamativo que personas de todas las creencias religiosas, o de ninguna creencia en absoluto, hayan recurrido uniformemente a tal concepto con el fin de hallar las palabras adecuadas para caracterizar la afrentosa barbarie de los actuales enemigos de la cristiandad. Ateos honrados de canosos cabellos se sorprenden enjuiciando a los prusianos según el principio paradójico de que la existencia del Paraíso es meramente posible pero la existencia del Infierno es totalmente segura. Y las naciones no dan con más lenguaje que el de la demonología para definir un determinado veneno de orgullo no por seductor menos tiránico.

Si alguna vez hubo un hombre a favor de la civilización, ése fue Henry James: siempre exaltó esta vida ordenada en la que es posible tolerar y entender. Todo su universo está hecho de entendimiento, de amplias redes de compasión. Sin necesidad de telégrafo, es un universo de comunicación entre las almas, de hermandad espiritual entre unos seres cuyos mensajes no deben interrumpirse. En ocasiones, esa piedad es casi más terrible que la impiedad y su contención misma provoca una especie de desenfreno intelectual. El silencio se convierte en una revelación desgarradora. Unas breves pausas o unas breves frases quedan sobrecargadas de la suprema gravedad de la vida humana. Un minuto trasmite palabras a otro minuto, y un instante confiere saberes a otro instante. Sólo al notar lo perfecto que es el equilibrio de este arte tan maravillosamente humano podemos notar asimismo los peligros que lo acechan, así como descubrir que cualquier intromisión de un elemento que no lo refuerce debe necesariamente destruirlo.

Ha sido una práctica común el mencionar la oriundez estadounidense de Henry James como si fuera una circunstancia casi antagónica a la exquisitez y el refinamiento de su arte. No estoy seguro de que una hermosa y fecunda cepa del mismo no sea pasada por alto en función de semejante criterio. Existe un ingrediente de idealismo en la tradición norteamericana, magníficamente representado por la sincera y a veces exagerada deferencia de trato que dispensa a las mujeres. Esa concreta nobleza de percepciones tan marcada en él se debió originariamente, creo yo, a algo distinto de la muy ceremoniosa y sazonada vida europea donde halló con posterioridad sus deleites más profundos. La más vieja de las dos civilizaciones le aportó las cosas asombrosas anheladas por él; pero fue él quien se encargó de imbuirlas de asombro. Su actitud en la vida privada, como puede atestiguar cualquiera que lo conociese, era algo infinitamente más elevado que una mera urbanidad; era una actitud global que únicamente puede describirse como una veneración incorpórea. Pese a todo su modernismo, muchas de sus historias de amor ostentan una dignidad que bien podría revestirse con los ropajes de una época clásica. Deberían haberse desarrollado en prados de terrazas escalonadas, entre gentiles damas y nobles caballeros de una esencia más íntimamente señorial que la de unos simples potentados rurales. Como dice W. B. Yeats en uno de sus poemas:

There have been lovers who thought love should be
So much compounded of high courtesy,
That they would sigh and quote with learned looks
Precedents out of beautiful old books.

(Había amantes que opinaban que el amor debería
Estar tan sumamente impregnado de la alta cortesía
Que suspiraban y citaban con eruditos gestos
Precedentes sacados de hermosos libros viejos.)

Los libros de Henry James siempre serán hermosos… y dan tanta impresión de ser jóvenes que merecerían ser viejos.

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Autor: Henry James. Título: Daisy Miller y otros cuentos escogidos. Traducción: Fernando Jadraque. Editorial: Valdemar. Venta: AmazonFnac y Casa del Libro.

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