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Ignacio del Valle: «Quería recrear la atmósfera onírica de México»

Ignacio del Valle: «Quería recrear la atmósfera onírica de México»

La política es la continuación del arte de la guerra por otros medios. Y hete aquí que el capitán Arturo Andrade, personaje que alumbró Ignacio del Valle en El arte de cazar dragones, habituado al hedor de callejones y trincheras, se embarca en una misión de altos vuelos que le conduce en dirección oeste sobrevolando el Charco hasta México. Acompañado de su fiel Manolete, ejerce de escolta de don Félix Arcadia, una diplomático aristócrata, conde, obeso, parlanchín y ocurrente, cuyo gran parecido con Agustín de Foxá es totalmente deliberado. El objetivo de su «expedición cultural» es estrechar lazos y tender puentes entre México y el gobierno de Franco, pero parte de la numerosa colonia española no ve con buenos ojos al visitante, y lo recibe primero con una lluvia de huevos podridos y luego con balas. Superados estos inconvenientes, emprenden una gira entre turística y diplomática, hasta que un grupo de enmascarados secuestra al conde mientras se solazan en una agradable isla lacustre. En un territorio desconocido, «más que un país un estado de locura», el capitan Andrade emprende una búsqueda desesperada en medio de una situación delirante, una conspiración política en la que están implicados desde los anarquistas de la Legión del Caribe a espías rusos, incluida una erótica matriarca revolucionaria y sus fieles secuaces.

En esta aventura mexicana, la sexta ya de Andrade, Cuando giran los muertos (Algaida Editorial), 53º Premio de Novela Ateneo de Sevilla, Ignacio del Valle demuestra de nuevo su capacidad para armonizar una trama amena, de tensión y ritmo trepidante, con un dominio impecable del lenguaje, en el que su rico léxico se expande con numerosos términos del español mexicano que aportan verosimilitud a un relato que gira cada vez más rápido en un intento de burlar una muerte ineludible. En esta entrevista Ignacio del Valle habla de la evolución del capitán Andrade, de su fascinación por México y de sus próximos proyectos.

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—El título de la novela es una referencia a los Hombres Voladores de Papantla, que colgados de un poste giran como en un tiovivo. ¿De dónde procede ese rito? ¿Se podría vincular a las danzas de los derviches?

"Tanto los voladores como los derviches buscan algún canal de comunicación con la divinidad"

—Es muy impresionante. Lo vi por primera vez en una visita a la zona arqueológica de Cholula. Unos señores que se cuelgan cabeza abajo, atados por los tobillos a la punta de un poste, a veinte metros de altura, y al compás de otro que golpea un tambor comienzan a girar. Son trece giros en los que se juegan la vida, y virtualmente son cadáveres. Eso lo relacioné con todos los personajes que deambulan entre la vida y la muerte en la novela, y salió Cuando giran los muertos. En principio no tiene que ver con el valor de los ejecutantes, sino con rituales de fertilidad de los totonacos, algo milenario, y se relaciona con la caída de la lluvia. En cuanto a si tiene que ver con los giróvagos derviches, estos son sufíes musulmanes, y su baile se imbrica con la «búsqueda de puertas», con una conexión trascendente, así que, en un sentido religioso, tanto los voladores como los derviches buscan algún canal de comunicación con la divinidad. Recomiendo leer los escritos sobre espiritualidad y trascendencia de Jung, son muy reveladores.

—La trama recuerda uno de esos mecanismos ópticos antecedentes del cinematógrafo. En un carrusel los hombres voladores, y en otro los vivos y muertos que giran en torno a las sillas al ritmo de la música, sabiendo que al final uno se quedará sin asiento. Un círculo externo a ritmo endiablado y otro subterráneo y más lento que conecta los acontecimientos. ¿Lo concibió previamente así, o surgió de forma orgánica?

—Sí, o como los dioramas a los que tan afectos son los rusos en sus museos, con sus profundidades y perspectivas. En cada nueva novela de Andrade respeto ciertos mimbres que no se pueden cambiar, porque forman la duramadre del personaje, pero también intento experimentar con las estructuras, procuro no repetirme. En ese caso, hay dos discos que giran a distintas velocidades, pero que acaban complementándose: fue a propósito, y divertido desde el punto de vista del oficio.

—El relato transcurre en una atmósfera algo irreal presidida por la fatalidad que se manifiesta en el ensueño de una emboscada que tiene Andrade al pisar suelo mexicano. Siendo un relato realista posee también un componente mágico propio de un lugar donde se lucha con máscaras y se rinde culto a los muertos.

"En la novela se recuerda que mentes tan cartesianas como la de Trotski se vuelven locas de amor"

—Eso formaba parte de la idea primigenia: recrear la atmósfera onírica del país, tanto la contemporánea como esas raíces míticas que se hunden profundamente en su historia. Dioses muníficos o sangrientos, el venero católico mezclado con el mexicano, el choque de las cosmogonías, la sangre que ha regado toda la mitología a lo largo de los siglos (y que hoy sigue asperjándoles). Pero también los magníficos ejemplos literarios, toda la poesía, las oraciones de piedra de sus pirámides y catedrales… En la novela se recuerda que mentes tan cartesianas como la de Trotski se vuelven locas de amor, y se trae a colación la frase de Goethe sobre las expediciones de su amigo Humboldt a la América española: «Pero el viajero también se convierte en otro hombre. Nadie vaga impunemente entre las palmeras, y la manera de pensar cambia en un país donde los elefantes y los tigres se encuentran en su casa».

—¿Cómo se convirtió Agustín de Foxá en don Félix Arcadia?

—Leí muy joven a Agustín de Foxá. Quizás tenía veinte años cuando cayó en mis manos Madrid de corte a checa. Era una época en que había muchos malentendidos y precauciones respecto a los «escritores de derechas», algo que cambió cuando Trapiello publica su magnífico Las armas y las letras. Pero yo siempre me he guiado por un criterio estrictamente literario, y lo que comprobé era que allí había un gran estilista. Luego leí más cosas, sus artículos de la Segunda Guerra, las colaboraciones con ABC, su poesía, etcétera. Aparte, estaban sus salidas del tiesto, sus frases, sus anécdotas, la conformación de su «personaje», y tuve claro que Foxá tenía una novela, o al menos un cuento, y que más tarde o temprano algo escribiría. Surgió la oportunidad en esta novela: cómo no escribir sobre un individuo que suelta perlas como «soy conde, soy gordo, fumo puros. ¿Cómo no voy a ser derechas?». 

—Describe a don Félix como un hedonista que disfruta de los placeres de la vida en una burbuja privilegiada por su origen social. ¿Era tan buen conversador, ingenioso y adicto a los juegos de palabras?

"Mi Félix Arcadia es muy similar al Agustín de Foxá real"

—Mi Félix Arcadia es muy similar al Agustín de Foxá real. De hecho, muchas de sus frases y conversaciones están reformuladas partir de hechos reales. Sólo con rastrear el éter digital puedes encontrar un buen puñado de frases y situaciones con las que te echarás unas risas. Mismamente, la ocasión en que fue a cazar osos a Rumanía y cuando le preguntaron si había tenido suerte, respondió: «Muchísima, no he visto ninguno».

—La derecha ganó la guerra pero fueron los poetas de izquierda quienes triunfaron. ¿Al revivir a Foxá quiere recordar que entre los fascistas también hubo buenos escritores, como Sánchez Mazas y Dionisio Ridruejo?

—En realidad no intento reivindicar nada, eso ya lo hizo de una manera rotunda y estupenda Trapiello en Las armas y las letras. Solo quiero contar las peripecias de Félix Arcadia. Ahora bien, es evidente que hay escritores denominados «falangistas» o «de derechas» que no tienen nada que envidiar a la «izquierda» o «republicanos»: Ridruejo, García Serrano, Azorín, Manuel Machado, Tomás Salvador, Torrente Ballester, González Ruano, Cunqueiro, Cela, Josep Pla, Luis Rosales, e tutti quanti. Repito, yo puedo tener mis ideas políticas, pero cuando leo solo veo la calidad en página. Me da igual que un señor vote al partido venusino.

—¿La relación que existe entre Arturo y Manolete se podría comparar con la del Quijote y Sancho?

—Exactamente, es una dialéctica que funciona como un reloj —hay muchos ejemplos en literatura—, un motor que ayuda a que la trama avance. En este caso me permite la reflexión sobre ciertos asuntos, y desde luego, Manolete morigera a Arturo Andrade, aporta un elemento humorístico, y muchas veces logra contener la ira de Andrade, que en ocasiones es como abrir la caja de Pandora, aunque sin esperanza al fondo. 

—En esta novela Andrade ejerce también de narrador cuando hace balance de la situación intentando poner orden en el caos. ¿Es la primera vez que le da esa función?

"Estoy cómodo con Andrade: mi intención es recorrer la historia de España hasta los años setenta"

—Forma parte de mi búsqueda de estructuras nuevas, de enfoques alternativos para no aburrirme yo ni aburrir al lector. Es lampedusiano: que todo cambie para que nada cambie. 

—¿Cómo ha evolucionado Andrade desde Rusia? Parece más sosegado: en este libro sólo quema unas cuantas barcas de pesca.

—Ja, ja… Se hace mayor, supongo, aunque no descarto que en la siguiente vuelva por sus fueros: Andrade está muy loco. No, en serio, psicológicamente el personaje evoluciona poco, hay unas vigas maestras que sustentan su personalidad. Ahora bien, las situaciones históricas cambian, los entornos nuevos exigen la búsqueda de soluciones originales, todo eso se entrevera con dichas vigas y va conformando paisajes, creo, estimulantes. Estoy cómodo con Andrade: mi intención es recorrer la historia de España hasta los años setenta, y hay muchos episodios que explorar, muchas historias que contar. 

—Habla de dos hechos históricos poco conocidos: la Legión del Caribe y el yate Vita, que el gobierno republicano mandó a México cargado de joyas. ¿Nos puede dar algunas claves al respecto?

"El yate Vita escapó de España lleno de oro y joyas de la República hacia México, y una vez allí fue motivo de disputa política entre Indalecio Prieto y Negrín"

—En cuanto a la Legión del Caribe, se trataba de un conglomerado de mercenarios, aventureros y románticos que se habían articulado para luchar contra las dictaduras del Caribe. Organizaron diversas operaciones militares: Cayo Confites, el intento de invadir el Santo Domingo de Trujillo en 1947, intervinieron en la guerra civil de Costa Rica, montaron el ataque de Luperón, de nuevo en Santo Domingo… Todo muy rocambolesco. Y respecto al yate Vita, este escapó de España lleno de oro y joyas de la República hacia México, y una vez allí fue motivo de disputa política entre Indalecio Prieto y Negrín por su reparto, creando situaciones tan tensas que el mismo presidente mexicano, Lázaro Cárdenas, tuvo que intervenir para que el asunto no se saliera de madre.

—El personaje de Íñigo Aramburu representa una emigración española anterior a la republicana y afín a Franco. ¿Cuándo y por qué se creó esa primera colonia española en México?

—Estas oleadas llegaron a México a principios de siglo, pero ya había una colonia anterior que había resistido los diferentes embates de la independencia y los conflictos revolucionarios. Se apoyan en diarios como Excélsior o El Universal, y son los que levantan en 1895 el Casino Español, quienes están imbricados en la sociedad mexicana con múltiples negocios y contactos políticos, y quienes, por ejemplo, presionan al gobierno de Miguel Alemán para que exporte garbanzos a la famélica España, a pesar de que los vínculos son paupérrimos. En todo caso, los dos exilios se llevaban relativamente bien, dadas las circunstancias.

—La némesis de don Félix, Escolástica Araujo (Tica), es una mezcla de la Pasionaria y Margarita Nelken. ¿Este tipo de mujeres guerreras las hubo también en la derecha?

—Mujeres «de rompe y rasga» hay en ambos bandos, evidentemente. Yo he trabajado más la izquierda, debido al personaje de Tica, pero si nos fijamos en la derecha hay mujeres poderosas: las voluntarias de la Sección Femenina, o las Margaritas adscritas al carlismo, o Mercedes Sanz-Bachiller, fundadora del Auxilio Social, o la escritora Mercedes Formica.

—Aunque militan en bandos enfrentados, don Félix y su némesis, Tica, son figuras crepusculares, románticos e idealistas.

"Esa dialéctica de la derrota vital es la que, en cierta manera, hace avanzar la novela"

—Tanto Tica como Félix Arcadia son dos personajes trágicos, superados por la Historia. Tica sabe que la utopía comunista es inalcanzable, pero continúa por inercia, por miedo al vacío. Félix hace tiempo que sabe que es una figura bufonesca, él mismo reconoce su fracaso como escritor y que se dedica a chupar del bote en una sociedad en la que ocupa una posición inane pero cómoda. Esa dialéctica de la derrota vital es la que, en cierta manera, hace avanzar la novela. 

Andrade y don Félix están acompañados por una rica galería de personajes: comunistas, anarquistas, espías rusos, diplomáticos y ogros de la revolución como Gavilán Jiménez. ¿Algunos se inspiran también en personajes históricos?

—La mayoría o existieron realmente o se inspiran en personas que vivieron en esa época. La Legión del Caribe fue real, así como Gallostra, o el cacique de la Revolución, un ogro basado en otros ogros reales. Espías de toda laya y condición llenaban Ciudad de México, el mismo Alfonso Reyes también es Alfonso Reyes… Cuando escribo hay un porcentaje de realidad histórica de alrededor de un 80%: la historia lo pone todo bastante fácil, porque te provee de situaciones y personajes que no necesitan de mucha imaginación, ya son complejos per se, incluso delirantes. 

—«México no era un país, sino una forma de locura», piensa Andrade. Como analista de la violencia supongo que ese país le daba un escenario idóneo. ¿Es el cruce de sangre azteca e hispana la causa de ese temperamento encendido o se trata más bien de una consecuencia de la pobreza e injusticia social?

"No hay más que ver el México de López-Obrador para comprobar que las cosas continúan torcidas"

—Hay un cruce de muchos factores, como siempre: la pobreza, la ignorancia, cierta atmósfera mítica, legendaria, los genes españoles (que tienen lo suyo), una tradición sangrienta que viene de la cosmogonía mexica, ciertas políticas nefastas… No hay más que ver el México de López-Obrador para comprobar que las cosas continúan torcidas. 

—Agarrotes, jaripear, tanprontista… El texto está plagado de términos mexicanos que dan veracidad a la historia. ¿Cómo trabajó esta cuestión lingüística?

—Intenté hacer un trabajo profundo de documentación sobre el español en México y en España, tanto para darle veracidad a la trama como para establecer un diálogo entre la exuberante riqueza que puede adoptar un idioma. Manolete dicen que «hablan raro», pero me resultó tan instructivo como entretenido revisar palabras y expresiones varias, buscar sus equivalentes en España, encajarlos en las conversaciones. Güilos, chamaco, adeveras, chelas, hocicón, jaripear, tanprontista, feria, chambear… 

—Su última novela, Coronado, también está ambientada en el Nuevo Mundo, pero en tiempos de la Conquista. ¿Qué le seduce de América?

"Es un país que me fascina, muy potente culturalmente, con una conexión con España muy profunda, con una energía telúrica que chisporrotea en el aire"

—Es un país que me fascina, muy potente culturalmente, con una conexión con España muy profunda, con una energía telúrica que chisporrotea en el aire. Recuerdo la primera vez que descendí hacia Ciudad de México: iba en un autobús, leyendo la Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo. Fue muy emocionante visitar los lugares donde había transcurrido todo, el Templo Mayor, Cholula, Tlaxcala, Otumba, Veracruz, el territorio de la antigua Tenochtitlan… Eran los genius loci: estremecedor, conmovedor. 

—¿Algún proyecto para el próximo futuro?

—Pues tengo una novela entregada, en breve tendré más noticias. Y, por supuesto, Arturo Andrade continuará hasta los años setenta, ya tengo los próximos proyectos bien definidos, y espero que los lectores compartan mi entusiasmo. En todo caso, Algaida editará por fin en marzo o abril Los días sin ayer, la novela de Andrade que salió por entregas en El País Semanal, y que será un complemento del premio Ateneo, Cuando giran los muertos.

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