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Inma Chacón: «Los enfermos no luchan, los enfermos padecen»

Inma Chacón: «Los enfermos no luchan, los enfermos padecen»

Muchas personas consideran que la literatura es política, es lucha. Inma Chacón sabe bien de todo esto. Para ella la ficción se escribe contra el estigma. Acaba de publicar con la editorial Contraluz una novela que saca del cajón enfermedades a las que no quisimos poner nombre, enfermedades que escondimos por miedo.

Los silencios de Hugo es la última novela de la escritora extremeña. Los silencios de Hugo es una historia de amor que se paladea con gusto, es la crónica de una España acomplejada por el miedo a lo desconocido; es una novela llena de humanidad que acompaña a una familia a través de un duro trance personal y que trasciende más allá de las páginas que abrazan esta historia. En la novela, un joven recibe el diagnóstico de VIH y decide ocultárselo a su familia para posponer su sufrimiento. En Los silencios de Hugo acompañaremos al protagonista durante el desarrollo de su enfermedad y ahondaremos en el dolor que dicho golpe provocará en todos sus seres queridos. A pesar de las desgracias en las que la novela profundiza, es esta ficción que llega ahora a las librerías una historia luminosa y llena de esperanza.

Zenda se encuentra con la escritora en un hotel madrileño. Hablamos con ella de enfermedad y de ficción, de referencias literarias y homenajes personales. Hablamos de estigmas que hay que atravesar y de amor a la vida.

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Los silencios de Hugo es una crónica de España de los últimos cuarenta años, es también una historia de amor que se cocina despacio, es además la narración de cómo se desarrolla un virus en aquel momento desconocido… ¿Qué es para Inma Chacón esta novela? ¿Cómo la definiría?

"Para mí es un homenaje a todos los enfermos de SIDA. Fundamentalmente es un homenaje a las personas que me inspiraron la historia, que fueron dos hermanos extremeños"

—Todo eso que has dicho tú. No son cuarenta años, abarca desde los años 70 hasta mediados de los 90, son como veinte años. Para mí es un homenaje a todos los enfermos de SIDA. Fundamentalmente es un homenaje a las personas que me inspiraron la historia, que fueron dos hermanos extremeños. Es una novela en la que he querido que sobre todo prevalezca el amor a la vida, el amor en todas sus vertientes, pero fundamentalmente el amor a la vida, y la capacidad que tiene el ser humano para superar cualquier cosa.

—Hugo es un hombre que ha ido llenando su vida de actos de valor (por ejemplo, el viaje a Granada con Rosa, a pesar de la oposición de sus familias). ¿Cree que el enorme silencio que le acompaña durante más de una década es también un acto de valor?

—Es un acto de generosidad, un acto de generosidad hacia los demás. Ese silencio lo que busca es proteger a los suyos de un dolor que es irremediable. Intenta retrasar ese dolor, él sabe que el dolor va a existir en cuanto se manifieste la enfermedad. Intenta retrasarlo lo máximo posible. Es valiente, es muy valiente. Es un silencio muy difícil de mantener, porque es un silencio que se mantiene cuando más necesitas al otro. Cuando estás débil es cuando más necesitas el apoyo de los demás. Sin embargo, él, sabiendo que podía tener el apoyo de, como mínimo, su hermana, quiere protegerla no sólo de su propio dolor sino de lo que puede suponer el estigma de la enfermedad. Él quiere proteger a los suyos también del estigma.

—¿Por qué escribir una novela sobre el virus VIH?

—La escribí porque viví una historia muy parecida a la que cuento en la novela, una historia de la que surge la novela. La novela está muy ficcionada, pero yo viví un caso muy parecido al que narro, y quería hacer un homenaje a esa persona que lo había protagonizado.

—El telón de fondo de esta historia es el virus del SIDA, una enfermedad que, a pesar de tener alguna representación cinematográfica muy conocida, en la ficción escrita aún no ha alcanzado cierto grado de normalidad. ¿Por qué cree que es?

"Pienso que en España tenemos muchos temas sobre los que sentimos cierto pudor. El de las enfermedades es uno de ellos"

—Pienso que en España tenemos muchos temas sobre los que sentimos cierto pudor. El de las enfermedades es uno de ellos. Es curioso porque, por ejemplo, el cáncer es una enfermedad que mucha gente, durante mucho tiempo, ocultaba. No decían que tenían cáncer. Son enfermedades estigmatizadoras: el cáncer, la polio… De la polio también hablo en la novela porque es una enfermedad que deja secuelas muy visibles. Creo que no tenemos esa naturalidad para hablar de la enfermedad como lo que es: una circunstancia de la vida de la que muchas veces se sale. De la mayoría de las enfermedades se sale. Sin embargo, tenemos cierto pudor con determinadas enfermedades, y el cáncer es una de ellas que, curiosamente, además, no es contagiosa. Porque luego están las enfermedades contagiosas, como la tuberculosis, el SIDA, el papiloma humano —que últimamente lo oigo mucho, hay muchísima gente joven con papiloma humano—, y sin embargo no se habla de ellas, se ocultan, y pienso que es por pudor.

—Según nos ha dicho, y explica en el epílogo, esta historia está basada en un hecho real. ¿Podría contar a los lectores que aún no la han leído cómo surgió la novela?

—Hugo era un chico que contrajo el SIDA porque compartió una jeringuilla con un amigo suyo, una sola vez. Una sola vez compartió la jeringuilla, sin saber que eso le iba a traer una sentencia de muerte. Hoy en día se ha convertido en enfermedad crónica, gracias a los avances de la ciencia, y ya no es una sentencia de muerte. Pero en aquel momento en la mayoría de los casos sí lo era. Había gente que se salvaba, pero muchísima gente moría. En ese momento en que todavía no se sabía cuáles eran las vías de transmisión de la enfermedad, él estuvo metido en el mundo de la droga. Salió de ese mundo y empezó a hacer ejercicio, a ponerse fuerte, porque quería recuperar la vida que había perdido. Justo cuando empezó se hizo analíticas y salió esto.

—Supongo que habrá tenido que documentarse sobre el desarrollo del virus y sobre retrovirales y otros medicamentos que ayudan a frenar esta enfermedad. ¿Cómo ha sido este proceso de documentación previo a la escritura?

—Ha sido un proceso muy intenso. Todo lo que cito en la novela está perfectamente contrastado. En todas mis novelas contrasto todo lo que digo, pero en esta en concreto mucho más, al tratarse también de un tema médico. Me llevo documentando mucho tiempo, porque esta novela realmente empecé a escribirla hace 25 años. Todo lo que he aprendido a lo largo de estos veinticinco años ha sido a través de la documentación, imprescindible para dar verosimilitud a cualquier novela. Y en este caso, además, cualquier dato que fuese erróneo podría malinterpretarse. Una novela no tiene que ser necesariamente real, puedes inventar. Pero cuando se trata de cosas que han sucedido o son el contexto en el que se mueven los personajes, me gusta contrastarlo.

—¿Quiénes son los referentes literarios de Los silencios de Hugo?

"Nadie pierde una batalla contra una enfermedad. Los enfermos no son soldados. Los enfermos no luchan, los enfermos padecen"

—De ficción, no. Sin embargo, desde que leí de Susan Sontag El SIDA y sus metáforas y después La enfermedad y sus metáforas, me propuse intentar reivindicar el uso de una terminología para hablar de la enfermedad que no tuviera que ver con la guerra. Detesto la frase “perdió la batalla contra el cáncer”. La detesto. Nadie pierde una batalla contra una enfermedad. Los enfermos no son soldados. Los enfermos no luchan, los enfermos padecen. Estoy absolutamente en contra de las campañas de “la lucha contra el…”. No, señor, no es eso.

—Es el tratamiento.

—Es el tratamiento, facilitar el tratamiento, apoyar a las personas que están padeciendo esa enfermedad. Necesitan apoyo, necesitan estar animadas. Pero muchas veces no pueden, y cuando no pueden no hay que decir: “Venga, hay que luchar”. No señor. ¡Si tiene una enfermedad incurable! Muchas veces es incurable. Mi hermana murió de cáncer y su cáncer no tenía solución. No perdió ninguna batalla. Se murió porque no tenía solución ese cáncer. Lo que hay que hacer es que los médicos y la ciencia pongan toda la carne en el asador para encontrar soluciones y apoyar la ciencia desde las instituciones, con medios económicos.

—¿Qué se llevó el SIDA además de a las personas a las que queríamos?

—El SIDA se dio en una época en la que la juventud vivía una efervescencia, acababa de morir Franco, las ansias de libertad… No era solo la libertad sino también la liberación, desprenderse de todos los prejuicios del momento, las intransigencias, todo lo que suponía la represión. Estos jóvenes que soñaban con vivir en un mundo mejor, de pronto se encontraron con el mundo de la droga. Quienes entraron en ese mundo pensaron que estaban entrando en un paraíso, cuando en realidad era un infierno. Muchos de estos jóvenes cayeron, contrajeron la enfermedad. Muchos no salieron. El SIDA se llevó muchos sueños.

—Si tuviera ahora mismo delante a un Hugo desorientado, recién diagnosticado de esta enfermedad, ¿qué le diría?

—Le diría que hoy en día es una enfermedad crónica, que tiene tratamiento, que tendrá que aprender mucho de sí mismo, que la vida empieza muchas veces y que ahora le tocará vivir de otra manera; que tendrá que aprender a vivir de otra manera. Le diría que se puede.

—La novela es una historia de amor, es también la narración de cómo una persona se va apagando por una enfermedad… Es una gran historia con sólidos personajes a los que curiosamente une la incapacidad para comunicarse. Porque además de Hugo, también la pareja formada por Josep y Olalla tiene serios problemas en ese sentido. ¿Es la incomunicación el mal o la enfermedad de nuestra época?

"Cuando eres adulto tienes recursos para abordar determinadas cosas, pero los niños sufren mucho"

—En parte sí. Hoy tenemos modos de comunicación muy novedosos, como es Whatsapp, Facebook… pero al mismo tiempo las redes sociales pueden ser muy aislantes. Creo que estamos en un mundo donde la comunicación se ha hecho universal; sin embargo vas en el metro y está la gente comunicándose con alguien que vive en las antípodas, y al que tiene al lado ni lo mira. Es un mundo de contraste. Hay otra enfermedad que también cito en el libro: la psoriasis, otra enfermedad estigmatizante porque es visible. Hay mucha gente que se la tiene que tapar. Cuando eres adulto tienes recursos para abordar determinadas cosas, pero los niños sufren mucho. Es otra de esas enfermedades que me gustaría resaltar. Mi novela no es solamente una historia de amor, es una historia de reivindicación. Creo que el amor es el motor del mundo, pero hay que reivindicarlo. Hay que reivindicar el respeto también, la empatía con los diferentes y con los que están sufriendo. En esta novela está la polio, el SIDA, la psoriasis, pero también la cardiopatía del padre. La enfermedad existe, hay que convivir con ella y hay veces que es muy visible. Las personas que sufren una enfermedad visible muchas veces se sienten discriminadas. La psoriasis es una de ellas. En ocasiones ha llegado una persona con psoriasis a una peluquería y ¡la han echado! Por eso digo que en esta novela no quiero solo reivindicar el SIDA, sino también otras enfermedades estigmatizantes.

—Con Los silencios de Hugo retoma el presente, los años más recientes del último siglo. Algo, que, si no recuerdo mal, no hacía desde Mientras pueda pensarte. ¿Se encuentra más cómoda en el siglo XIX que en el XX a la hora de escribir?

—No, el siglo XIX me gusta mucho. Cuando lo investigué descubrí que es un siglo apasionante: ocurrieron un montón de cosas, hubo de todo, desde república a un rey que vino de Italia y duró, el pobre, sólo un mes. El siglo XIX es muy rico en Historia. Pero el siglo XX también lo es, es un siglo en el que hemos tenido de todo. Es verdad que hubo un paréntesis de cuarenta años de dictadura en el que España sufrió un retroceso tremendo, pero tuvimos la República. La República de las Letras, la República del acceso al conocimiento, la República de los maestros, de las bibliotecas, de la cultura. Y eso se perdió cuando llegó la dictadura. España sería un país con una presencia en el mundo, desde un punto de vista cultural, fortísima, si no se hubieran tenido que marchar todos los que se tuvieron que ir. Y si no hubieran muerto todos los que murieron durante la guerra y durante la represión franquista. El siglo XX es muy interesante, hemos tenido de todo. En general me interesa conocer sobre lo que voy escribiendo. Aunque hayas vivido la pandemia, si te pones a escribir algo sobre la pandemia, vas a aprender un montón de cosas. Me encanta la documentación por eso, es una manera de conocer, de adquirir conocimiento. A mis alumnos les decía que cuando uno está en la carrera, en la licenciatura, en el grado, está adquiriendo conocimientos, pero cuando uno hace el trabajo de fin de grado o una tesis doctoral, está generando conocimientos. Solo se puede generar conocimiento a partir de la documentación. Esa es la sabiduría. El conocimiento nuevo es la sabiduría.

—Una vez que ha escrito una novela tan poderosa, tan llena de humanidad, tan dolorosa como es Los silencios de Hugo, ¿cuánto tarda Inma Chacón en despojarse de estas historias, de los protagonistas de esta novela?

"Le pregunté qué duro sería salir de la droga; él me dijo que más duro era quedarse."

—Fíjate, esta he tardado veinticinco años en sacarla [risas]. Es una novela que escribí hace mucho tiempo, pero iba al cajón. Estaba yo demasiado implicada en la historia. Me tenía que distanciar. La retocaba, volvía al cajón, pasaban un par de años, la volvía a coger, la volvía a retocar… Para desligarme imagino que tendrán que pasar otros veinticinco años [risas]. Nunca me desligaré de Hugo. De otras novelas sí, porque no me han tocado tanto, pero en este caso es una historia que me tocó muchísimo. Es una historia que viví muy intensamente, fue bonito y aprendí muchísimo de todo esto. Aprendí muchísimo de Hugo. Hay una frase que me acompaña siempre de Hugo, una frase que también está en la novela. Le pregunté qué duro sería salir de la droga; él me dijo que más duro era quedarse. Eso lo aplico a un montón de situaciones, y se lo digo mucho a mis hijas. ¡Me parece algo tan inteligente! No te quedes donde no debes, hay que salir de donde estás, porque es muy probable que sufras más si no sales de ahí. Eso me lo enseñó Hugo. Hugo me enseñó muchas cosas. Estará dentro de mí siempre esta historia.

—¿Podría contarnos qué está escribiendo en estos momentos?

—Ahora tengo dos proyectos de teatro. Uno de ellos está terminado y está ya en producción, y otro todavía está en fase de creación. Pero la gente de teatro es muy supersticiosa [risas], y si cuento de qué va, no gusta nada. Así que lo que cuento lo hago con mucha precaución. Mi hija, que trabaja en teatro y en cine, es actriz, me dice que no hay que contar las cosas hasta que no sean una realidad [risas]. Me encanta el teatro, me apasiona porque es un ejercicio colectivo, es una pasión colectiva. No se puede hacer teatro solo. Uno solo puede escribir una novela, pero para poner en pie una obra de teatro, para que sea un éxito una obra de teatro, necesitamos a un montón de gente que trabaja al mismo tiempo, colectivamente. Si uno falla, falla todo lo demás. Me gusta mucho el teatro porque soy muy gregaria. Me gusta mucho la familia, los grupos de amigos, por eso me gusta el teatro. Además, se establece entre las compañías un vínculo muy bonito. Un vínculo que se mantiene luego. En una compañía somos todos familia. Disfruto mucho cuando hago cosas de teatro, ¡me encanta!

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