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Isabela Figueiredo: «Los humanos tenemos un lado luminoso y un lado oscuro»

Isabela Figueiredo: «Los humanos tenemos un lado luminoso y un lado oscuro»

Isabela Figueiredo publicó en 2009 su Cuaderno de memorias coloniales, la narración tan inocente como explosiva de una niña que creció en el Mozambique dominado por los portugueses, y recibió tanto premios como insultos. Su relato autobiográfico dinamitó la versión edulcorada del pasado colonial que sostenían muchos de sus compatriotas.

Figueiredo (Maputo, 1963), una niña blanca que intentaba ser negra, se despegó poco a poco de su familia y de su entorno. Asistió con rabia a la discriminación más bruta. Y esperó a que muriera su padre para descargar esta memoria furiosa y amorosa, esta crónica muy personal del colonialismo, el racismo, el machismo, también de su propio crecimiento adolescente, su camino hacia la autonomía, su identidad.

Esto es quizá lo más chocante: Figueiredo muestra como encarnación del racismo a su propio padre. Es un personaje que en los primeros capítulos produce repugnancia, un hombretón blanco que escapa de su mujer para ir a los barrios de chabolas a “buscar el coño de las negras” aprovechando su posición social, un jefe de electricistas que solo contrata a negros porque son más baratos y no tienen derechos. Pero luego Figueiredo despliega su fascinación infantil ante ese mismo padre, su inmenso amor por él, su agradecimiento. Este relato es al mismo tiempo un ajuste de cuentas y una declaración de amor. Desconcierta a los lectores, nos hace dudar, y eso es una de las mejores cosas que se puede decir de un libro.

Libros del Asteroide ha publicado la traducción al castellano en 2021. Entrevistamos a Figueiredo en el museo San Telmo de San Sebastián, durante el festival Literaktum.

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—Cuando usted publicó el libro, ya habían pasado más de treinta años de los hechos que relata. ¿Cuál fue el detonante para escribirlo?

"Mi padre murió en 2001 y sentí la necesidad de escribir sobre él, sobre África, sobre el trauma, el enfado que tenía con mi padre por su comportamiento"

—Una escritora se va haciendo escritora durante toda la vida. Yo ya escribía mis primeros textos en la escuela, luego fui periodista en Portugal, fui profesora de Lengua, y al final de mi jornada tecleaba en un blog mis memorias de Mozambique. Me di cuenta de que esa escritura del final del día era una catarsis. Me ayudaba a descansar. Me liberaba. Mi padre murió en 2001 y sentí la necesidad de escribir sobre él, sobre África, sobre el trauma, el enfado que tenía con mi padre por su comportamiento. Lo hice con más de cuarenta años… porque la vida es complicada, porque este libro era el primero que yo quería escribir y solo en ese momento fue posible, después de la muerte de mi padre. No tenía el coraje de escribirlo cuando él vivía, no quería hacerle daño. Creo que fue bueno escribirlo con más de cuarenta años, porque salió ya muy maduro. Lo estuve elaborando en mi cabeza durante mucho tiempo. Y salió con una madurez y una fuerza que no habría tenido si lo hubiera escrito a los veinte. No me arrepiento de ser una escritora tardía.

—¿Qué necesitaba decir?

—Este libro ha sido una manera de descubrir mi identidad. Es la historia de mi relación con un padre al que amaba y odiaba, en medio de la gran violencia de la colonización portuguesa en Mozambique y de la descolonización en la que los portugueses sufrieron venganzas terribles. Todo eso está en el libro.

"Agradezco mucho haber sido la hija de ese hombre, pero al mismo tiempo él tenía un lado muy oscuro, su lado colonialista y racista"

Pero, sobre todo, yo vivía con un enfado muy fuerte contra mi padre. Tenía ganas de sentarlo ante mí y decirle: «Ahora tú vas a oír todo lo que yo tengo que decir y no podrás responderme, porque yo siempre tuve que escuchar lo que tú me decías sin posibilidad de responderte». Cuando escribí el libro, por primera vez en mi vida asumí ese enfado y le dije violentamente todo lo que había guardado en mi memoria durante décadas. No lo quise hacer mientras él vivía. Mi padre fue una figura ejemplar para mí. Fue mi primer modelo de comportamiento cívico, agradezco mucho haber sido la hija de ese hombre, pero al mismo tiempo él tenía un lado muy oscuro, su lado colonialista y racista, que me dolía y me marcó para toda la vida. Yo de niña ya tenía una intuición de lo que estaba bien y lo que estaba mal, tenía la educación católica que me dieron mis padres, y yo veía claro que el comportamiento de mi padre con los negros no era correcto. Mi padre me educó en unos principios que luego él no seguía. Ese trauma vivió conmigo hasta los cuarenta años.

—Al publicar el libro, expuso a su padre de una manera cruda. ¿Eso le creó algún dilema? ¿Tuvo dudas? ¿Temió la reacción de su familia?

—No tuve dudas, no tuve miedo, soy una mujer valiente. En mi familia han leído el libro pero no hablan del asunto. Es muy interesante el modo en que mi familia se relaciona conmigo: todos me quieren mucho, están orgullosos de mi carrera como escritora, pero nunca mencionan el tema del libro. Tiene gracia. Yo estoy en paz con mi memoria, creo que la congelé de una manera correcta y veraz. Conservé esa mirada de una niña, es la niña la que descubre el mundo y lo cuenta en el libro.

—¿Eso no le da una cierta ventaja moral como narradora? La persona que juzga al padre es siempre inocente, salvo en una escena…

"Recordé la bofetada que le di en la escuela a una niña mulata y mi sensación de impunidad"

—Sí, cuando estaba terminando el libro me di cuenta de que yo salía demasiado limpia de la historia. Culpaba a mi padre, culpaba al colonialismo portugués, pero yo salí de África con trece años tan limpia como si no hubiese pactado con el sistema. Entonces recordé la bofetada que le di en la escuela a una niña mulata y mi sensación de impunidad: yo le pegué porque sabía que ella no podía cuestionar a una niña blanca. Fue algo infantil, no recuerdo si le pegué porque me había quitado algún material escolar o algo así, pero sí sé que en ese momento nacía algo perverso en mí. Decidí incluir el episodio para mostrar que en mí también había algo de colonialista. No tanto como en mi padre, claro, pero escribir el libro me ha servido para aprender quién soy, de dónde vengo, cómo me he formado. Mi padre no era un monstruo. Era una persona como cualquiera de nosotros, con un lado social aceptable, un lado humano generoso y cariñoso, con su formación, su cultura, pero con una ideología que hoy es completamente inaceptable. En aquella época sí era aceptable para los adultos. Pero yo, como niña inocente, no lo acepté. Desde muy pequeña me resistí, mi sensibilidad no lo aceptó.

—¿De dónde cree que le vino esa sensibilidad? ¿Qué le llevó a ser diferente de su padre y de su entorno, a crecer con un espíritu crítico?

—No es fácil saberlo. Desde muy pequeña me sorprendía la vida de los mozambiqueños negros: no entendía por qué no tenían una casa buena como las de los blancos, por qué iban descalzos, con ropas rotas y sucias, por qué no comían como nosotros. Cuando preguntaba a mis padres por esa diferencia, me respondían: «Porque ellos son pobres y nosotros no somos tan pobres». Esa respuesta no me satisfacía. Yo veía que los negros no tenían posibilidad de llegar a ricos. Con ocho o nueve años, los niños negros tocaban la puerta de nuestra casa para pedir trabajo. No estaba prohibido que fueran a la escuela, pero no podían comprarse la ropa, los zapatos, el material escolar, así que no estudiaban. Desde muy pequeños trabajaban como sirvientes domésticas o como empleados de los blancos. Yo veía eso y me daba cuenta de que no estaba bien. Me formé con una educación católica. Para mí Jesucristo era el modelo que debíamos seguir, el que mis padres decían que debíamos seguir, pero luego eso chocaba con la realidad.

—Habla así del momento en que aprendió a leer: “Me apoderé de la herramienta con la que excavaría mi libertad”. Dice que los libros la llevaron al interior de “mentes diferentes, las de los buenos, los malos y los más o menos, que eran la mayoría”, a conocer otros mundos, otras ideas. “Fue cuando empecé a convertirme en la peor enemiga de mi padre”.

—Cuando aprendí a leer, el mundo se abrió. Soy de un tiempo en el que se leía mucho, mucho, mucho. Devoré libros, entré en otros mundos geográficos y psicológicos, y empecé a entender que yo no quería vivir en el mundo de mi padre.

—¿Recuerda cuáles fueron aquellas lecturas?

"En Dickens estaba esa sociedad dividida en pobres y ricos, estaba la injusticia"

—Charles Dickens, las hermanas Brontë, Alberto Moravia. En Dickens estaba esa sociedad dividida en pobres y ricos, estaba la injusticia. El mensaje de la Iglesia católica era muy importante para mí: ayuda al prójimo. Luego, con dieciocho o veinte años, leí a Marguerite Duras, seguí leyendo todos sus libros y me influyó profundamente: por su estilo, con esa limpieza narrativa que me atraía tanto, y por el pasado colonial que teníamos en común. Ella creció en Indochina, con una madre a la que odiaba, yo en África con mi padre. En sus libros también está muy presente el cuerpo, la sexualidad.

-—El sexo es otro tema con el que usted refleja su camino hacia la autonomía personal.

—Crecer no es solo aprender a leer y a comer con cuchillo y tenedor. Es aprender a vivir el cuerpo y la sensualidad. En tanto que niña católica, esa sensualidad me estaba vedada. Y si a mí me dicen “está prohibido hacer esto”, yo lo quiero hacer. Era un tabú, pero yo no veía nada malo en el sexo. Lo tuve que aprender todo por mi cuenta. En el libro hay otra relación física, sensual, muy importante: la que tuve con el cuerpo de mi padre. Mi madre era autoritaria, muy severa, yo era hija única y me tenía que quedar en casa. En este libro hablo poco de ella, pero será la protagonista del siguiente. Mi padre, en cambio, era una figura de placer, era la persona a la que podía abrazar y besar, con la que salía a pasear y a jugar… Por eso surge el trauma: yo amo a ese hombre y no lo soporto.

—En 1975, Mozambique consiguió la independencia. Sus padres se quedaron pero a usted la mandaron a Portugal, a casa de su abuela, poco antes de cumplir trece años. Allí descubrió un país pobre, triste, decepcionante. Y otras violencias: “Mi cuerpo fue una guerra”, escribe.

"Durante mi adolescencia en Portugal fui víctima de acosos sexuales que me marcaron más de lo que yo creía"

—Mis padres me enviaron a Portugal porque querían garantizar dos cosas: mi seguridad física (las chicas blancas fueron objeto de violaciones como venganza tras la independencia mozambiqueña) y mi educación (porque Mozambique, sin portugueses, se quedó sin profesores). Durante mi adolescencia en Portugal fui víctima de acosos sexuales que me marcaron más de lo que yo creía. Aquella adolescente rubia, bonita, regordeta, fue objeto de muchos ataques, y eso era parte de la normalidad. Antes el acoso sexual era fortísimo. Estaba mucho más normalizado. Por eso entendí que este asunto debía estar en el libro, porque es parte del proceso de descolonización y de un largo recorrido de mi identidad que aún no ha terminado.

—Dedica unas páginas muy duras a los portugueses de la metrópoli. Dice que se burlaban de ustedes, de los que llegaban de Mozambique, y los acusaban de no haber dado un palo al agua porque tenían a los negros para lavarles el culo. Usted los llama cortos de miras, mediocres, estúpidos, atrasados, hipócritas, feos, tristes, lerdos, cabrones. Parece que su llegada a Portugal no fue una experiencia muy amable.

—Fue un infierno. Yo no ofendo a los portugueses, yo digo la verdad. Llegué el 22 de noviembre de 1975, un día frío y oscuro, a un país que no se parecía en nada a lo que me contaban mis padres. Ellos me pintaban Portugal como un país agrícola de campos verdes, vacas pastando, casitas blancas, como una Suiza, como el paisaje de Sonrisas y lágrimas. Y me encontré con casas malas y oscuras, mi abuela no tenía cuarto de baño, sino un agujero en la tierra, su vida era mucho más pobre que la de los blancos en Mozambique. Yo venía de un país tropical, donde hacía calor, donde los árboles siempre estaban rebosantes de mangos, papayas y plátanos, donde vestíamos ropas rojas, verdes, amarillas, y en Portugal todos iban de gris. Hoy entiendo por qué era un país tan triste: porque eran pobres y habían vivido una dictadura larguísima. Las personas que viven bajo una dictadura son personas tristes.

"Me siento foránea en Portugal. Y Mozambique tampoco la siento ya como mi casa"

También debo decir que siento mucha nostalgia del Portugal de esos años, tras la Revolución de los Claveles. Era un país lleno de esperanza, creíamos en la libertad, la democracia, un futuro mejor con educación y hospitales. Los portugueses vivían con mucha pobreza, comían sopa de col, arroz, patatas y poco más, pero era un pueblo triste que creía en el futuro. Por eso tengo mucho respeto por los portugueses, porque resisten la adversidad. Creyeron en el futuro, salieron de la pobreza, aunque ahora los veo otra vez pesimistas y fatalistas, eso me preocupa. No me identifico mucho con ellos. Hacen las cosas correctas con disciplina, son poco expresivos, serios. Y yo no soy la típica portuguesa que habla bajo, que no quiere llamar la atención, yo hablo alto, soy crítica, no tengo miedo ni vergüenza. Me siento foránea en Portugal. Y Mozambique tampoco la siento ya como mi casa. Estoy en algún sitio en el medio, pero no sé muy bien en cuál, siempre extranjera.

—¿Podemos fiarnos de los recuerdos?

—Sí. Los recuerdos los trabajamos a lo largo del tiempo, quedan limados, modelados, pero son nuestra percepción de lo que ocurrió. Yo guardé la memoria de mi infancia congelada durante muchos años, esperando el momento para exteriorizarla. Y al publicar el libro, muchas personas de Portugal y Mozambique me escribieron para decirme que sí, que ellas también vivieron experiencias como las mías. Este libro es el resultado de una memoria fidedigna, se puede creer en ella. Y se puede contrastar con otras. Siempre es bueno contar con varias memorias.

—Usted explica que en el libro también usa la ficción para contar la verdad.

—A veces la verdad de los hechos no es suficientemente completa o interesante, o no encaja bien con la narración. Y el novelista trabaja esa verdad para que sea literariamente mejor. Los hechos que yo cuento ocurrieron realmente, pero tuve que recrear algunas escenas. Por ejemplo, el episodio en el que mi padre va al barrio de cabañas y le da una paliza a un negro que trabajaba para él. Esa paliza ocurrió. El recorrido que hace mi padre lo he reconstruido acordándome de aquellos barrios a los que fui muchas veces con él. No sé si hizo justo ese recorrido el día en que fue a dar esa paliza, eso es una licencia que me permito porque la necesito narrativamente, pero tanto el escenario como la paliza son ciertos.

—Su libro se ha traducido a varios idiomas, se abre camino por otros países, pero ¿qué recorrido ha hecho en Portugal?

"Ahora tenemos un debate de memoria como en los países anglófonos, donde se cuestionan las estatuas dedicadas a personas que hoy no nos parecen modelos de nada"

—Cuando se publicó, fue una bomba. Los periódicos se llenaron de comentarios: las cosas no fueron así, los portugueses no somos racistas, tuvimos un colonialismo suave, convivimos muy bien con los africanos, esa memoria es falsa. Y esa mujer es… ahí empezaban los insultos. Una de las cosas que más les irritaba era que yo usara un lenguaje fuerte, que una mujer escribiera palabras como «follar» o «coño». Me pusieron de puta para arriba. Y no es mi libro más vendido en Portugal, porque a muchos les resulta incómodo. El libro fue muy bien recibido por la crítica, le dieron premios, lo siguen traduciendo, y yo no necesito que nadie confirme mi historia, pero estos años se han publicado muchos trabajos académicos que muestran cómo era aquella sociedad racista y colonial. Varias universidades usaron mi libro para estudiar esa época. Ya había libros sobre la guerra colonial, relatos de los hombres que fueron soldados, pero no sobre la vida cotidiana de los blancos en África. Mi libro abrió esa puerta. Ahora tenemos un debate de memoria, como en los países anglófonos, donde se cuestionan las estatuas dedicadas a personas que hoy no nos parecen modelos de nada. Por desgracia, el debate está demasiado enconado, la discusión es muy agria. Pero era necesario y creo que mi libro abrió esa discusión.

—Usted escribe: “Todos los bandos poseen una verdad incontrovertible. No hay nada que se pueda hacer. Nadie admitirá la mentira que edificó para caminar sin culpa, para dormir, despertar, comer, trabajar”. No le parece que podamos ser muy optimistas con la humanidad, ¿no?

—Sí, sí, yo conservo mi fe en la humanidad. Pero no me olvido de que los humanos tenemos un lado luminoso y un lado oscuro.

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