Jane Fonda en su juventud

Si no fuera porque hace apenas un par de años, en octubre del 19, Jane Fonda volvió a ser detenida mientras protestaba frente al Capitolio contra el cambio climático, nadie diría que esa apacible anciana, que aparenta ser ahora, en su juventud fue la más rebelde de todas las hijas de Hollywood. Lo fue tanto que en 1970, detenida en el aeropuerto de Cleveland, acusada de tráfico de drogas, no sólo lo negó alegando que las pastillas halladas en su poder eran vitaminas: cuando fueron a fotografiarla los agentes para la ficha policial, lejos de mostrarse compungida, atribulada, como suelen hacer los inocentes en esa tesitura, Jane levantó el puño en señal de lucha, como hacían sus amigos del Black Panthers Party. Porque la Jane de entonces era tan revolucionaria como ellos. Apoyaba las reivindicaciones de los amerindios y los afroamericanos y, por supuesto, era feminista. Y era, también, una de las mujeres más hermosas de todo el planeta. Ahora bien, no tenía nada que ver con ese mito sexual que su primer marido, el realizador francés Roger Vadim, quiso hacer de ella.

“Hanoi Jane”, la llamaban tras haber ido a la guerra de Vietnam para intentar pararla. Debió de ser la primera actriz que, en lugar de visitar el frente para entretener a las tropas, viajó hasta allí para que los soldados estadounidenses depusieran las armas. Más aún, incluso visitó al enemigo con el objeto de comprobar los daños que causaban los bombardeos estadounidenses en las infraestructuras civiles norvietnamitas. En aquella ocasión, se subió a un cañón antiaéreo de los comunistas para que la fotografiasen confraternizando con ellos. No hará falta que recuerde cómo la puso la prensa de su país cuando volvió a casa.

"Jane, más que la comunista, era la heterodoxa. La hija de toda esa personificación del ideal americano, cuando tomó conciencia política lo hizo en apoyo de la izquierda revolucionaria"

En realidad, ninguno de los hijos de Henry Fonda correspondió a esa imagen del americano íntegro que este actor proyectó en el imaginario estadounidense en cinco décadas protagonizando cintas. Para John Ford recreó al mismísimo Abraham Lincoln en El joven Lincoln (1939); para Sidney Lumet, al jurado nº 8 de Doce hombres sin piedad (1957), y sus hijos resultaron ser un hippie y una comunista. Peter era el alucinado. Protagonizó la primera película referida a la experiencia con ácido lisérgico —El viaje (Roger Corman, 1967)—, antes de producir, y también protagonizar, Easy Rider (Dennis Hopper, 1969), el manifiesto hippie en la pantalla.

Jane, más que la comunista, era la heterodoxa. Hija de toda esa personificación del ideal americano, cuando tomó conciencia política lo hizo en apoyo de la izquierda revolucionaria. Residente en Francia durante las protestas parisinas de mayo del 68, al igual que Godard, lo que vio en aquel movimiento estudiantil la convenció hasta el punto de que a raíz de ello nació Hanoi Jane. De la heterodoxia a la maldición el camino fue corto. El estigma se lo impusieron los grupos de poder conservadores, que empezaron a acusarla de ser una enemiga de la patria. El FBI la investigó como hacían con los comunistas unos años antes, durante la inquisición macarthysta.

Pero con Jane Fonda no pudieron ni el fascismo ni sus tres maridos. Mientras su patriotismo estaba en tela de juicio, era distinguida con el Oscar a la Mejor Actriz por su creación de la call girl de Klute (Alan J. Pakula, 1971), de la que, precisamente, se enamora un policía que, para sus investigaciones, se ve obligado a recurrir a ella.

"Con el tiempo, los dos hermanos supieron que su madre, enloquecida por las constantes infidelidades de su padre, se había suicidado en la clínica donde estaba recluida"

Sí señor, Jane Fonda también sobrevivió al puritanismo estadounidense. Nacida en Nueva York en 1937, entre las primeras historias que se cuentan de ella hay una referida al colegio de señoritas donde cursó sus estudios secundarios. Parece ser que allí era preceptivo que las jóvenes damas tomasen el té con guantes. Naturalmente, ella se negaba a semejante tontería. Obligada a ello, resolvió ir a tomar el té con los dichosos guantes, pero sin ninguna otra prenda. Es decir, totalmente desnuda.

Sólo tenía doce primaveras cuando, un día, su padre les dijo a ella y a su hermano que su madre había muerto de un ataque al corazón. Y así, sin más contemplaciones, se marchó a un nuevo rodaje. Con el tiempo, los dos hermanos supieron que su madre, enloquecida por las constantes infidelidades de su padre, se había suicidado en la clínica donde estaba recluida. También con el correr de los años, la Jane ya mítica llegaría a confesar que, en gran medida, el origen de su rebeldía fue un intento de querer llamar la atención de su padre.

Su primera película fue una comedia de Joshua Logan, que protagonizó junto a Anthony Perkins, Me casaré contigo (1959). Pero la crítica no reparó en ella hasta verla en un papel secundario, el de Kittie Twist en La gata negra (Edward Dmytryk, 1962). Exhalaba tanta sensualidad en aquel personaje que René Clément decidió ponerla frente a Alain Delon para protagonizar Los felinos (1964), un filme noir que habría de ser una de las mejores cintas de cuantos participaron en ella.

"No en vano, entre las pocas palabras graves que le dirigió su padre, siempre tuvo en mente cierta sentencia que venía a decir que uno vale lo que muestra. Pero dejemos el psicoanálisis para los expertos"

Ya en Francia, reparó en la joven Jane —que entonces era un auténtico milagro de la biología en toda la extensión de la palabra— Roger Vadim. Erotómano y libertino como sólo habría de serlo el gran Serge Gainsbourg, Vadim había sido el creador del mito erótico de Brigitte Bardot en Y dios creó a la mujer (1957) y el resto de las primeras cintas de la que también fue su primera esposa. Con Annette Stroyberg, la segunda, intentó en vano catapultarla al mismo parnaso, y con Jane, la tercera, la cosa fue mucho más peliaguda. La dirigió por primera vez en Juegos de amor a la francesa (1964). Basada en La ronda (1897), acaso la mejor pieza teatral del gran Arthur Schnitzler, su asunto —una sublime danza sobre el emparejamiento— ya había inspirado a Max Ophüls una de sus obras maestras, y Vadim no supo estar a la altura de las circunstancias. No rayó tan alto como Schnitzler y Ophüls. Pero por muy erotómano que fuera, tampoco supo hacer justicia a la belleza de su futura mujer.

Casado con ella en el 65, volvió a dirigirla en su fragmento de Historias extraordinarias (F. Fellini, L. Malle, R. Vadim, 1968), adaptación a la pantalla de tres de los relatos homónimos de Edgar Allan Poe —“deidad y referencia de toda ficción diabólica”, Lovecraft dixit— y finalmente en Barbarella (1968). Esta última —junto con Diabolik, que el gran Mario Bava también dirige en el 68— constituye la mejor adaptación del fumetto —cómic italiano— a la pantalla. Es asimismo la cinta en la que Jane Fonda deja entrever, pero no más, sus encantos más íntimos. El asunto le causó un problema serio —suele recordar que rodó esa secuencia borracha— que probablemente fue a tocar alguno de los traumas de su infancia. No en vano, entre las pocas palabras graves que le dirigió su padre siempre tuvo en mente cierta sentencia que venía a decir que uno vale lo que muestra. Pero dejemos el psicoanálisis para los expertos.

"Gloria, la creación de Jane en aquellas secuencias, la elevó al Olimpo de los autores incuestionables. Desde entonces, su prestigio profesional ha ido en aumento"

El año 68 fue clave en la vida de Jane Fonda —como en la de tantos miles de jóvenes de la sociedad occidental— por las revueltas parisinas. Aunque siempre que era preciso volvía a su país para protagonizar cintas tan deliciosas como La ingenua explosiva (Elliot Silverstein, 1965) —mi favorita de las de aquellos años— o La jauría humana (Arthur Penn, 1966), nuestra actriz, como ya se ha dicho, vivía en Francia, de modo que fue testigo en primera línea de cuanto acontecía en las calles y en las universidades parisinas. Que se sepa, nunca fue militante de nada. Pero la primera consecuencia de su toma de conciencia política fue la muerte del mito erótico que apuntó maneras en Barbarella. De hecho, en su siguiente cinta, Danzad, danzad, malditos (Sidney Pollack, 1969), incorpora a una mujer radicalmente opuesta a la que buscó en ella Vadim, una desempleada que se ve obligada a buscarse la vida en los agotadores maratones de baile que proliferaron en todo Estados Unidos durante la Gran Depresión, cuando la gente bailaba por hambre hasta caer muerta al suelo. Hablamos de una brillante adaptación de ¿Acaso no matan a los caballos? (1935), una de las mejores novelas de Horace McCoy. Gloria, la creación de Jane en aquellas secuencias, la elevó al Olimpo de los autores incuestionables. Desde entonces, su prestigio profesional ha ido en aumento.

No es baladí comparar la concienciación política de Jane Fonda con la de Godard. Cuando en 1972 el maestro de la Nouvelle Vague decide volver al cine comercial, finalizada la etapa del cine militante que inició en 1968, lo hace con la historia de una pareja de periodistas tomados como rehenes por los trabajadores de una fábrica en huelga. Ella, Suzanne, es Jane Fonda; él, Jacques, Yves Montand. La sintonía que hay entre la actriz y el realizador vuelve a quedar de manifiesto en Letter to Jane: An Investigation About a Still (1972), un ensayo fílmico, un fotomontaje en el que el gran Godard y Jean-Pierre Gorin —su acólito en el grupo Dziga Vertov— analizan las famosas fotos tomadas a la actriz durante su visita a Vietnam.

"Lejanos ya los días de la revolución, metida de lleno en el hedonismo que trajeron a todos los antiguos rebeldes los años 80, Jane Fonda puso a hacer aerobic a las mujeres de medio mundo con sus vídeos"

Cumple decir que, tras su colaboración con Godard, aunque Jane Fonda vuelve al cine comercial, éste ya no tiene nada que ver con el cultivado antes de Todo va bien. De hecho, también está al servicio de sus inquietudes políticas. Casada con el activista Tom Hayden tras divorciarse de Vadim en el 73, en su nuevo hogar acogen, como a una hija más, a la de dos dirigentes de los Panteras Negras, Mary Williams, cuando sus padres son encerrados en prisión.

De cara al público, la gran Jane protagoniza —y a menudo produce— cintas que traslucen claramente sus inquietudes sociales. Así, en Julia (Fred Zinnemann, 1977), interpreta a Lillian Helman, la compañera de Dashiell Hammett, albacea de Dorothy Parker y represaliada en la inquisición macarthysta. En El regreso (Hal Asby, 1978), por la que mereció su segundo Oscar, da vida a la esposa de un combatiente en Vietnam que se enamora de un veterano que ha dejado inválido aquel conflicto; en El síndrome de China (James Bridges, 1979) su papel es el de una periodista que denuncia los peligros de la energía atómica.

Lejanos ya los días de la revolución, metida de lleno en el hedonismo que trajeron a todos los antiguos rebeldes los años 80, Jane Fonda puso a hacer aerobic a las mujeres de medio mundo con sus vídeos. Divorciada de Hayden en el 90, en el 91 contrajo matrimonio con Ted Turner, todo un magnate de los medios de comunicación, que le duró otros diez años. Después sólo algún novio. No hay duda: hablamos de una heterodoxa porque hablamos de una mujer sin igual.

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