La noticia tiene algo de justicia literaria. La Feria del Libro de Madrid 2026 ha elegido este año el humor como eje temático, y pocas estampas resumen mejor esa tradición española de inteligencia, ironía y disparate elegante que el homenaje anual a Enrique Jardiel Poncela celebrado junto a su tumba en la Sacramental de Santa María. Porque el acto parece inventado por uno de sus propios personajes: una reunión en un cementerio donde nadie acude a llorar al muerto, sino a leerlo, citarlo, reírse con él y devolverlo, aunque sólo sea durante una mañana, al territorio de los vivos.
La iniciativa nació hace unos años impulsada por su nieto, Enrique Gallud Jardiel, junto a un pequeño grupo de jardielistas, actores, lectores y gente de teatro. Desde entonces, cada primavera, ese extraño ejército de fieles se reúne en la Sacramental para leer fragmentos, recordar ocurrencias imposibles y reivindicar una forma de humor que hoy parece casi clandestina: inteligente, absurda, melancólica y ferozmente libre. Por allí han pasado actores humoristas, estudiosos y simples lectores que llegan con un libro bajo el brazo y la sensación, cada vez más rara, de estar participando en algo auténtico.
Jardiel murió enfermo, arruinado e incomprendido. Pero las derrotas literarias verdaderas nunca son inmediatas: necesitan décadas para revelar quién ganó realmente la partida. Y aquí sigue, años después, convocando lectores en un cementerio mientras tantos autores solemnemente respetados en su época duermen hoy el sueño de las glorias olvidadas.
Allí, entre flores secas, lápidas de mármol y el tráfico lejano de Carabanchel, conversamos con Gallud Jardiel sobre el origen de esta ceremonia improbable, sobre la posteridad del humor y sobre ese extraño destino de los escritores que consiste en morirse dos veces: una cuando dejan de respirar y otra cuando dejan de ser leídos. Jardiel, de momento, continúa esquivando la segunda. Tal vez porque, como dejó escrito en una de esas frases imposibles que hoy figuran sobre su tumba, “si buscáis los máximos elogios, moríos”.
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—¿Como surge la idea de reunir a los lectores de Jardiel frente a su tumba?
—Para empezar, hay que ser justos, pues esta idea no fue mía. Fue de Pepe Viyuela. Nos fuimos juntos a Málaga a presentar un libro sobre Jardiel que habíamos hecho entre los dos. Debió de ser en 2018 o por ahí. Y en el tren pasó eso que pasa en los viajes largos: café, conversación y horas hablando. Él es un entusiasta absoluto de Jardiel. Y en un momento dado dijo: “Aquí habría que hacer algo”. Y nos pusimos a darle vueltas al asunto. Finalmente, en 2019 pensamos: “Bueno, vamos a hacer alguna cosa de verdad”. Y se me ocurrió lo del cementerio. Que hay gente a la que todavía le escandaliza. Hay quien dice: “Uy, reírse en un cementerio…”. Pero yo no creo que eso sea faltar al respeto. Al contrario. Me parece una forma preciosa de mantener vivo a alguien cuyo oficio consistía precisamente en hacer reír. Así empezó todo. Lo que hacemos es invitar a actores, escritores, críticos, editores, gente relacionada con el teatro… y también público. Cualquiera que quiera venir. No hay solemnidad ni círculo cerrado. Se hace siempre en primavera, buscando un domingo que no coincida con media agenda cultural de Madrid. Alguna vez cayó cerca de la Feria del Libro y fue imposible cuadrarlo porque siempre falta alguien: un editor, un actor, un director de escena… Pero más o menos mantenemos esa tradición. Nos reunimos aquí, junto a las tumbas, como has visto. Yo llamo a unos cuantos y luego aparece gente que dice: “Oye, yo quiero leer algo”. Y leen. Un fragmento, una carta, una escena, un disparate jardielesco.
—¿Y eso del imperdible?
—Eso viene de una frase de Jardiel. Él decía que el teatro se hace con sudor… y con imperdibles. De ahí nació la idea. Así que tenemos una especie de rito absurdo, muy apropiado para él: la gente llega, echa un imperdible en un recipiente y ya está. Hay quienes lo llevamos puesto. Parece una tradición antiquísima, pero es mentira: nos la inventamos hace cuatro días. Y funciona. Porque esto no tiene nada de académico ni de institucional. Hay gente que luego vuelve a verse porque pertenece a la misma compañía de teatro y hay otros que no coincidirán jamás. Es un acto libre. Absolutamente libre.
—¿Y cómo sobrevive hoy Jardiel?
—Curiosamente, mucho mejor en Hispanoamérica que aquí. Allí lo respetan muchísimo. Fíjate que hubo calles con su nombre en México o en Bogotá antes de que Madrid le dedicara una. Y eso tiene bastante mérito. Incluso hubo gente en los años cuarenta y cincuenta que llamó “Jardiel” a sus hijos. Imagínate el nivel de devoción: convertir un apellido en nombre propio. En España tuvo años muy malos después de morir. Muy malos.
—¿Las instituciones ayudan?
—Muy poco. La Sociedad de Autores tiene un premio con su nombre. El Teatro Español tiene un medallón en la fachada. Bueno, algo hay. Pero él murió prácticamente en la miseria. Y nadie movió un dedo. El teatro, además, vende poco. Leer teatro cuesta. Pero las novelas siguen funcionando y, de vez en cuando, alguien monta una obra y vuelve a ocurrir el milagro: el público se ríe. Porque Jardiel fue inteligentísimo. Hizo un teatro atemporal. Evitó el chiste político coyuntural que envejece en dos años. Sus historias podían pasar en Madrid, en París o en Buenos Aires. No dependían de la actualidad. Y por eso no han caducado.
—O sea, que queda Jardiel para rato.
—Eso espero. Y no solo por una cuestión familiar. Claro que hay orgullo familiar, pero también hay una convicción literaria. Yo soy profesor de literatura, escribo humor… y sé perfectamente quién fue Jardiel dentro de la historia del humor español. Aunque te diré una cosa: el apellido no me ha abierto ni una puerta. Ninguna editorial me publicó antes por ser nieto suyo. Eso no funciona así. Pero mantenerlo vivo importa. Porque una cosa es el mármol y otra la vida. Y la vida de un escritor está en que sus libros sigan circulando, aunque no venda cien mil ejemplares. Hay autores que hoy son superventas y dentro de cincuenta años no quedará nadie que los lea. Y otros, en cambio, permanecen. Mira a Jacinto Benavente. Ganó el Nobel. Hoy casi nadie lo recuerda fuera de dos o tres títulos. La posteridad es un animal raro. Por eso estas reuniones importan. Porque, al final, venir un domingo a un cementerio de Madrid a leer a Jardiel y reírse un rato quizá sea una de las formas más dignas de resistencia cultural que quedan.
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Como final, un detalle. Todos recitamos juntos el padrenuestro de Jardiel. Le dejo aquí, devoto lector una copia. Hagan uso de él. Es oro puro (FOTO)




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