Inicio > Actualidad > Entrevistas > Javier Marías: “No escribo para ganar tiempo. Escribo para notarlo”

Javier Marías: “No escribo para ganar tiempo. Escribo para notarlo”

Javier Marías: “No escribo para ganar tiempo. Escribo para notarlo”

Javier Marías y la tempestad llegan juntos a Sigüenza. Shakespeare le puede, incluso en estas casualidades involuntarias. El diluvio acompaña al escritor desde Soria, lugar del que ha llegado arrastrando una pequeña maleta de ruedas. Marías fuma ahora un cigarrillo en el Patio de Armas. No ha venido a este castillo de obispos del siglo XI para escuchar misa, sino para oficiarla. La feligresía lo espera en la antesala del Salón del Trono. Un centenar de personas aguarda de pie. Van bien vestidos y sostienen en sus manos varios libros del escritor. Aunque no la exige, la ocasión despierta una etiqueta, desata un aroma de impostación que se mezcla con los perfumes exagerados de los hombres y mujeres que acuden a la cita.

El primer día de junio, Javier Marías es el invitado número doce del ciclo Noches Literarias organizadas por el Parador de Sigüenza, que recibe al autor de Corazón tan blanco (1992) y Berta Isla (2017), dos novelas reconocidas con el Premio de la Crítica con 25 años de diferencia: un ciclo que delata consistencia y rotundidad. En lo que a Javier Marías respecta, todo será pasto de conversación esta tarde. Su obra, sus temas, sus métodos y personajes. También sus obcecaciones: su afición a las miniaturas y a la anacrónica máquina de escribir que aún utiliza; no faltarán, tampoco, su visión poco optimista de la necedad que, a su juicio, recorre al siglo XXI y que lo sujeta en una visión cada vez más personal del mundo.

Importa todo cuanto sea dicho en estos encuentros ideados e impulsados hace ya un año porJosé María Pérez-Reverte, gestor y director de este castillo que depende de Paradores de Turismo de España. Un lugar que ha visto pasar no pocas guerras: la de Sucesión, la invasión Napoleónica, las guerras carlistas y también la guerra Civil Española. Una fortaleza que ahora se alza reconvertida en reclamo turístico. Acierta el joven José María al convocar estas veladas. En estos lugares debe ocurrir algo más que una boda o una jornada gastronómica. Aunque petrificados en su silueta de monumento, han de conservar el principio único del viaje. Conseguir que aquel que duerme en su interior vuelva a casa siendo otro.

Quedarse en casa, jugando

A la hora convenida, Javier Marías hace su entrada. Viste traje azul marino y una corbata del mismo color. Lleva un broche con el retrato de Shakespeare del que jamás se desprende. Ese pequeño objeto lo acompaña a todos lados. Lo compró en Inglaterra, hace ya unos años. Perteneció a un actor, Robert Donat. Tiene afición Javier Marías por estas cosas: acumular pequeños trozos de sentido. De niño jugaba con soldaditos de plástico y hoy posee una colección de plomo. Una larga historia de figurantes que custodian su biblioteca y de la que vuelve a hablar esta tarde. Así inicia la conversación el periodista Ramón Ongil, el encargado de conducir la velada: en el territorio —en apariencia— amable de la infancia.

"Escribir es también un juego muy pueril, nos quedamos en casa jugando, a lo que sea, a los soldados, al melodrama, a lo que quiera que inventemos"

Además de los soldaditos, otras criaturas habitan la biblioteca de Javier Marías. Se trata de un grupo de lectores viajeros, hombrecitos que leen, apoyados sobre el canto de sus libros. Lo acompañan, dice, desde los años en los que jugaba con trenes eléctricos. Son recreaciones que aún compra en el madrileño Bazar Matey del barrio de Chamberí y que se reparten entre sus libros. “Esos soldaditos y personajes metaforizan la acción de escribir”, dice Javier Marías. Son, pues, la recreación del juego mayor: modificar el destino de otros con un gesto, como quien cambia de lugar las figurillas de una biblioteca.

Hace unos años traduje unos cuentos y poemas de Stevenson. Él venía de una familia de ingenieros y constructores de faros. Él no continuó la tradición. Para nuestra fortuna, se dedicó a escribir. Hay un poema suyo en el que dice: “No digáis de mí que traicioné el legado de mis antepasados y que me quedé en casa jugando como un niño con papel”. La cita es aproximada —explica Marías—, porque traduje esos poemas hace más de treinta años, pero es una frase que he hecho mía. Escribir es también un juego muy pueril: nos quedamos en casa jugando, a lo que sea, a los soldados, al melodrama, a lo que quiera que inventemos”. Afuera, los truenos avisan y la tempestad descarga, ahora sí, como un asentimiento.

El ausente, el que llega sin avisar 

La siguiente pregunta para el escritor acude a lo urgente: Berta Isla (Alfaguara), una novela que desde su publicación en otoño de 2017 lleva más de siete ediciones y luce la vitola de libro del año concedida por los suplementos literarios más destacados. Ambientada en un entorno de espías —ecos de Tu rostro mañana—, Berta Isla transcurre entre Madrid y Oxford en la década de los sesenta y los noventa. Su protagonista, Berta, espera. Se trata de una mujer que despelleja la posibilidad de llegar a saber realmente quién es el hombre con el que se ha casado y al que cree conocer, porque comparten biografía desde la infancia: Tomás Nevinson, alguien tocado por los dones de la inteligencia y ocultación, y que ejerce labores de espía como agente del Servicio Secreto británico, un tema con el que el escritor guarda estrecha relación. “Conocí muchos espías en mis años en Inglaterra”, dice Marías llevándose la mano al bolsillo de la americana, acaso como si buscara un arma… o su pitillera.

"Cuando comienzo una novela, mi tendencia es escribirla en primera persona"

Berta Isla mantiene la primera persona que Marías ha empleado en sus novelas más importantes: Corazón tan blanco, Mañana en la batalla piensa en mí, Tu rostro mañana o Los enamoramientos, pero recupera una forma que el escritor había dejado aparcada durante años y que utiliza para dar vida a Tomás Nevinson, el hombre del que poco o nada se sabe. “Cuando comienzo una novela, mi tendencia es escribirla en primera persona. En Berta Isla, para evitar la monotonía de una voz que especula, volví a una forma que no había usado desde 1983 y lo hice con miedo, porque dije: igual ya no sé escribir en tercera persona”. Marías remata sus palabras con una risa lenta y ventrílocua.

A diferencia de Berta, que permanece, el personaje de Tomás Nevinson va y viene. Aparece y desaparece. Responde a la figura del que regresa sin avisar y que Javier Marías ha trabajado a lo largo de toda su obra: desde aquel relato, La canción de Lord Rendall, sobre un soldado que vuelve de la guerra tras años de campaña, y que retoma en Los enamoramientos al citar El coronel Chabert, la novela corta de Balzac. Ambas historias están protagonizadas por seres que vuelven de la guerra para descubrir que ya los han olvidado. “No me gustaría decir que es una obsesión, porque yo no tengo obsesiones, tengo temas que se repiten, que me interesan. Y éste es uno de ellos”, explica, tajante.

La idea del ausente es casi una alegoría en su obra y ésta no una excepción. “En ocasiones ansiamos que nuestros seres queridos pudieran regresar de la muerte, pero si se produjera ese milagro, el muerto, esos muertos, serían un engorro. Es la terrible fuerza del presente que se impone. Las cosas deben continuar y han continuado. De eso trata Berta Isla”. Otro trueno exprime el cielo pero Marías no hace caso y continúa: “Es un tema similar al de La Odisea. El primer viajero, el primer gran ausente, es Ulises. Berta Isla en modo alguno es Penélope. No es un ejemplo de mujer fiel y paciente, ella es una mujer moderna y que hace su propia vida, pero que vive una serie de episodios que la hacen esperar, pero sólo porque ella decide hacerlo. Ella decide esperar”.

Un hombre sin borradores

La conversación avanza entre lo anecdótico y lo fundamental. Desde la colección de armas que acumula gracias a la costumbre de su amigo, el escritor Arturo Pérez-Reverte, de regalarle por navidad un arma antigua: una daga, una bayoneta, una espada… y a las que él corresponde con otros obsequios no menos inquietantes, uno de ellos un ejemplar firmado de puño y letra por Joseph Conrad, hasta otros asuntos relacionados con la cocina literaria. ¿Cómo se documenta Javier Marías para escribir una novela? ¿Cuánto demora? ¿Planifica o improvisa? Javier Marías insiste: él es un escritor de brújula, no de mapa. No guioniza sus libros. Avanza junto a ellos. “Si yo supiese todo antes de comenzar, me aburriría. Sería un mero ejercicio de redacción porque a mí lo que me gusta es averiguar mientras escribo. El verbo “inventar” proviene de “invenire”, en latín, que significa averiguar. A medida que voy inventando voy averiguando”.

"Trabajo cada página como si fuera la última. La leo, la corrijo a mano y luego vuelvo a teclearla, cuatro o cinco veces"

Aunque la leyenda dice que jamás ha probado otro dispositivo que no sea su vieja máquina, Javier Marías admite haber usado el ordenador una que otra vez. Pero lo encuentra muy lento. “Se queda colgado”, dice. Así que permanece fiel a su máquina, aunque eso lo obligue en ocasiones a escribir y luego transcribir un mismo folio. “Trabajo cada página como si fuera la última. La leo, la corrijo a mano y luego vuelvo a teclearla, cuatro o cinco veces. De esa forma vas haciendo tuyo el texto. Muchos me dicen que pierdo demasiado tiempo, pero yo no escribo para ganar tiempo, sino para notarlo (…). Tampoco hago una segunda versión de las novelas. Me rijo por el principio de la vida. Nos atenemos a lo que pasó o a lo que nos hicieron”. Esas palabras espantan cualquier trueno. Bastan para convocar una tormenta propia, acaso en quien escucha.

En el capítulo de las preguntas no estrictamente literarias, algunas son prácticamente obligatorias. Sobre su decisión de no usar las redes sociales, Marías confirma su escepticismo. Afirma no tener la “suficiente vanidad como para buscar lo que la gente pueda decir de bueno de él, ni ser lo suficientemente masoquista como para pasar revista a lo malo que puedan decir o pensar”. Las considera una pérdida de tiempo, una metáfora de una sociedad que él encuentra cada vez más infantilizada. Puede que esa sea la razón, asegura, por la cual sus últimos libros ya no se desarrollan en el presente: porque las complejidades y ambigüedades de sus personajes serían inverosímiles.

¿Sus notas… en Oxford?

Que Marías es un hombre sin borradores, alguien que entiende la ficción no como una corrección de la vida, sino como una metáfora rotunda de su esencia —“nos atenemos a los que nos pasó o nos hicieron”— podría llegar a ser una de las revelaciones más importantes de esta noche. Y en esencia lo es. Pero una frase suya hace pulso al momento de resumir la velada. El asunto tiene que ver con sus años oxonienses. Tras publicar sus primeras cuatro novelas, entre 1983 y 1985, Javier Marías impartió clases de Literatura Española y Teoría de la Traducción en la Universidad de Oxford, una experiencia que tiene su reflejo en muchas de sus obras, una de ellas Todas las almas, publicada en 1988.

"La verdad es que España conmigo no se ha portado del todo bien"

No podría decir que cambió mi forma de escribir, pero sí que es un mundo del que he sacado mucho provecho”. Hace unos días, comenta, uno de los profesores con el que mantiene amistad lo llamó por teléfono. En la conversación, su interlocutor tanteó la posibilidad de que algunas de sus notas y sus borradores pasaran a formar parte de la Bodleian Library, la principal biblioteca de investigación de la Universidad de Oxford. “Que mis archivos estuvieran en la Bodleian, que no creo tampoco que tengan demasiado interés, me ha parecido bien, porque he sacado mucho de ahí”, dice con una modestia demasiado repujada para ser del todo verosímil. Y entonces remata: “La verdad es que España conmigo no se ha portado del todo bien”.

A causa de las lentillas, a punto estuvo Javier Marías de confundir al Quijote de Cervantes con el Doncel de Sigüenza. “Sin las gafas no veo nada”, aseguró el novelista tras quitar el papel de envoltorio que cubría la nueva miniatura que los organizadores de las Cenas Literarias del Parador de Sigüenza le regalaron, acaso como broche del evento, y con la intención de que el escritor la incorporara a su biblioteca. Un caballero andante entre soldaditos de plomo y lectores de trenes eléctricos.

Sentarse a la mesa

En todas y cada una de sus ediciones, los encuentros literarios del Parador de Sigüenza destinan una hora y media de conversación a la que puede asistir todo aquel que lo desee. Sin embargo, el plato fuerte viene después, cuando un grupo de participantes  —previa inscripción— pasa de oyentes a comensales. Esta noche, cerca de cincuenta personas se sientan a la mesa con Javier Marías. Tras firmar ejemplares de su obra durante algo más de cuarenta y cinco minutos, el escritor preside la cena.

"La ficción sirve para sobrellevar la realidad"

Una vez acabado el segundo plato, toman la palabra los lectores. Los primeros en abrir fuego —nunca mejor dicho— son los estudiantes de los colegios de la zona. Se trata de chicos de catorce y quince años, la mayoría estudiantes de cuarto de la ESO, quienes, acompañados de sus profesores, toman el micrófono para preguntar. Sus intervenciones atienden a asuntos variados e incisivos, bastante más que los que señalarán los adultos que les relevarán en el derecho de palabra. ¿Por qué rechazó su primera postulación como académico de la lengua? ¿Por qué no acepta los premios que concede el Estado español? ¿Para qué sirve escribir y qué sentido tiene la literatura?

Las respuestas de Marías gozan de una generosidad inusual. Estos temas —la academia, la política, las polémicas— aparecen de tanto en tanto en cada una de sus presentaciones públicas y sin embargo en esta ocasión Javier Marías echa mano de una renovada vitalidad, motivada acaso por la juventud de quienes las formulan. Si rechazó la primera oportunidad de ingreso a la Real Academia de la Lengua, dice, fue acaso porque el tiempo no era propicio, su padre aún vivía y no se sentía llamado a formar parte de ella. Los premios, pues, es un asunto en el que no transigirá: no debe nada al Estado español y por tanto no desea nada que provenga de la burocracia, una que, a su juicio, desprecia la cultura y toda actividad relacionada con ellas. Las novelas y la literatura, dice el escritor, tienen una función mayor y acaso poderosa: “La ficción sirve para sobrellevar la realidad”.

"Shakespeare me resulta un autor fértil. Otros pueden resultar disuasorios, pero con él eso jamás ocurre"

Hidalgo siempre, acaso perfumado por ese talco aristócrata, Marías afronta el siguiente turno de preguntas alisando su corbata con la mano y repasando en ocasiones su cabello con la otra. Una mujer toma la palabra. Acaba de leer Berta Isla y desde entonces no puede parar de leer sus novelas. “Me ha descubierto usted un poco tarde”, sazona el escritor, quien para aclarar cuál podía ser acaso el espíritu de su obra opta por una frase tajante: “No soy un novelista de temas”. Las alusiones a su padre, el filósofo y escritor Julián Marías, son abundantes y se esparcen en el aire acaso para saber de su hijo qué pensaría don Julián de la España actual.

La noche va apagándose como un motor. Es tarde y los postres hace rato que han desaparecido del plato. Pero aparece, como broche, una pregunta que toca al Javier Marías lector, quien se revela de una sola pieza, ante uno de los escritores por los que ha demostrado mayor interés: “Shakespeare me resulta un autor fértil. Otros pueden resultar disuasorios, pero con él eso jamás ocurre”, dice.

Son casi las doce y en Sigüenza, aunque sus almenas y su patio de armas indiquen lo contrario, el tiempo no se detiene. Javier Marías debe volver a Madrid. Tiene firmas a primera hora de la mañana en la Feria del Libro y a pesar de que el cielo promete tormenta de nuevo, el novelista se despide y abandona la sala. Le queda todavía algo más de una hora de camino.

Entre las paredes de un castillo de obispos del siglo XI reconvertido en parador turístico, se oficia el viaje que emprenden los que leen, los que se mueven, lo que regresan a casa tocados por el paisaje que han atravesado y que los atraviesa a ellos también. A bordo de un turismo, Javier Marías se marcha como ha llegado, con tempestad. Sin duda… Shakespeare le puede, incluso en estas casualidades involuntarias.