Inicio > Actualidad > #Mibiblioteca > La biblioteca de Ana Iris Simón

La biblioteca de Ana Iris Simón

La biblioteca de Ana Iris Simón

A principios de diciembre retraté a Ana Iris en las oficinas de la editorial Círculo de Tiza en Madrid. Tuve la suerte de conocerla de manera virtual cuando trabajaba en Vice, y desde ese día me pareció una mujer interesante. Aquí os muestro el reportaje que hicimos juntos.

Para saber más sobre Ana Iris:

Me llamo Ana Iris, pero cuando nací, el dos de junio de 1991, me pasé tres días sin nombre. Mi padre quería llamarme África, pero a mi madre le recordaba “a pobreza y a miseria”, y encima ni ella ni él habían estado nunca allí. Barajaron Laura, y mi abuela, María Solo, a la que llamaba así para diferenciarla de mi otra abuela, que se llamaba Mari Cruz, le fue contando a todas sus amigas en los mercaíllos —porque era ferianta— que había tenido una nieta y que se llamaba Laura. Después se tuvo que retractar, porque mis padres decidieron hacer para mí una libre adaptación del nombre de la hija del del baby —que es como se le llama en las ferias a los tiovivos—, que se llamaba Inairis.

Soy de Campo de Criptana, como Sarita Montiel y Luis Cobos, aunque con mucho menos talento, pero hasta los 18 años viví en Ontígola, provincia de Toledo, que fue donde destinaron a mi madre de cartera. A mi padre, que también es cartero, lo destinaron a Aranjuez, que era donde yo iba al colegio y que me parecía mucho más glamouroso porque, aunque apenas lo separaban unos kilómetros de Ontígola, no pertenecía a Toledo sino a Madrid.

Estudié en el Colegio Público Vicente Aleixandre primero y en el IES Alpajés de Aranjuez después, y cuando lo pongo en las biografías que me piden para dar charlas o para las columnas siempre me lo quitan, pero seguro que si hubiera estudiado en el Ramiro o en el Estudio o en el Pilar me lo dejarían, y eso me jode mucho. Después hice Comunicación Audiovisual y Periodismo en la Universidad Rey Juan Carlos, que tampoco viste mucho a la luz de los últimos acontecimientos, pero eso, como es la Universidad, me lo dejan.

Mi primera casa fue la revista Telva, donde empecé como becaria y me quedé como redactora de la sección de estilo de vida, lo que me permitió tener más sellos en el pasaporte de los que nunca habría imaginado y de los que mi clase social me permitía, lo que llevó a mi abuela Mari Cruz a disgustarse cada dos o tres meses y a preguntarme “te paece qué, ¿y te tienes que ir tan largo?”. Y no, no me tenía que ir tan largo porque en ella, en mi abuela Mari Cruz y en su corral lleno de botes de pintura reconvertidos en macetas, estaba todo lo importante. Pero eso lo aprendí después.

En Telva viví —y me libré— de dos EREs, entre los 22 y los 26 años. Después empecé a trabajar como redactora para Vice España y también viví un ERE, el pasado verano, con 28 años, aunque de ese no me libré. Ni yo ni ninguno de mis compañeros: nos echaron a todos.

En septiembre Círculo de Tiza publicó mi primer libro, Feria, que habla de cómo me di cuenta de que a través de mi familia materna —feriantes, buhoneros y nómadas cuyo oficio dejó de tener sentido cuando la vida misma se convirtió en una feria— y de mi familia paterna —comunistas por herencia y linaje, campesinos, una familia extensísima con 18 nietos y seis bisnietos— se podía leer la historia reciente de España. De una España que fue y ya no es, la que cabía en la cartera de mi abuelo Gregorio, el feriante, que llevaba ahí una foto en la que aparece él con un gitano a un lado y al otro un Guardia Civil, los tres chato de vino en mano. Acaba de salir la tercera edición en tres meses, lo cual significa que ya hay 1.500 personas que conocen a mi abuelo Vicente y a mi tío Hilario y sus chascarrillos, y yo aún no me lo creo mucho.

Nos recomienda este libro a los lectores de Zenda:

Le he dado muchas vueltas a esta elección, que puede parecer tonta, pero es crucial: me pides que recomiende un libro, un único libro. Si soy sincera, el libro de mi vida es Rayuela, y no me da vergüenza decirlo, como a tantos que lo consideran un lugar común y un placer culpable, por adolescente y cursi. Lo leo cada año y le encuentro pegas, claro, porque quien lo lee no es la misma persona, pero es de ley reconocer que aprendí dos veces a leer: la primera en el colegio, con seis años, y me enseñó mi profesora Rosa. La segunda en el instituto, con 16. Me enseñó Julio Cortázar.

Barajé recomendar alguno de los libros que leí o releí y me marcaron mientras escribía Feria: los Cantos de Ezra Pound, La España vacía de Sergio del Molino, Campos de Castilla de Machado, Hambre, de Knut Hamsun, que me lo regaló mi buen amigo Gonzalo, los diarios de Sylvia Plath, que son su obra más difícil de conseguir —tardé meses— por la cuenta que les trae a quienes quieren hacer de ella una víctima, un personaje ramplón y un icono del feminismo tal como lo entendemos hoy, La Bestia Colmena, una novela de Pablo Und Destruktion que me parece de las mejores cosas —y de las más valientes— que se han escrito en España en los últimos años, Erótica creadora de vida: Propuestas ante la crisis demográfica, de Félix Rodrigo Mora…

Pero, entre todos ellos, había uno que casi los englobaba, que los abarcaba y contenía a todos, porque contiene el mundo con sus cosas esenciales, sin broza ni paja: San, el libro de los milagros (Acantilado), de Manuel Astur. Nunca había leído nada de Astur y me lo regalaron porque le di like a una entrevista que le hizo su amigo Juan Soto Ivars, lo que lo hace aún más especial.

Acababa de entregar el manuscrito de Feria y casi me dio rabia no haber escrito yo aquello: disfrazado de suceso rural que podría darle horas y horas y porcentajes altísimos de share a Ana Rosa y a Susana Griso, Astur nos pone ni más ni menos que ante la naturaleza humana —¡y divina!—, ante lo primordial, allí donde convergen —como en todo lo verdadero— lo descarnado y lo bello.

Lo telúrico contra lo uránico. Esa es la lucha ante la cual, en forma de parábola, nos pone Astur. Y rescata para ello la importancia del mito, de la leyenda, del cuento, de la comunidad orgánica, del territorio y el habla, de la tradición, de lo que hay más allá de uno mismo, de aquello a lo que uno mismo pertenece sin haberlo elegido.

Pensaba leyéndolo en la diferencia entre su tonto del pueblo —Lino— con las mujeres urbanitas con diversidad funcional de la exitosa “Lectura fácil” de Cristina Morales. Y me preguntaba qué prosa, qué robarle al mundo —porque al fin y al cabo eso es escribir, robarle al mundo— es, a día de hoy, más revolucionario, si el de Morales o el de Astur. Juzguen ustedes mismos.

4.6/5 (15 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)