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Las cosas nunca son como se cuentan

Las cosas nunca son como se cuentan

Dos años de cifras de hospitalizados y muertos, tambores de penuria energética y escasez y —más recientemente— cuerpos maniatados en sótanos o tirados por el asfalto, así como imágenes de edificios calcinados y semiderruidos; todo ello televisado en asfixiante bucle continuo. Aunque apocalíptica, podríamos pensar que nunca habíamos soñado con tanta información a tiempo real y, sin embargo, es más bien lo contrario. El montaje, las bandas sonoras dramáticas, el tratamiento de la imagen para que devenga argumento definitivo y emocionalmente legitimado por las masas, todo esto crea el presente plano y monocorde que los intereses soberanos y corporativos a los que se deben los grandes medios publican, emiten y retransmiten; una realidad esquemática, burdamente cincelada con el impacto simbólico que las performances consiguen, y que no terminan de evitar que el ciudadano medio se pregunte —en algún momento— si no será todo producto de la telehipnosis, o si la sobreexposición a esas escenas y su hilo único no le estará abocando a una interpretación alucinada de los hechos, sean estos cuales sean. Que se trate de algo tácitamente consensuado, compartido por casi todos, maniqueamente opuesto a la muerte y el sufrimiento evidentes, no debería desalentar a quien busque una mayor profundidad de campo.

"Imágenes como las del asalto al Capitolio o la masacre de Bucha revelan un horizonte alternativo a los siempre crípticos hechos históricos, y la performance se impone como un telón capaz de cercenar las miradas heteodoxas y disidentes"

Sáenz de Buruaga sonaba cínico cuando cerraba su informativo con aquel “así son las cosas y así se las hemos contado”. Y no, las cosas nunca son como se cuentan: lo que pasa realmente siempre es algo mucho más complejo. Su inexplicabilidad no cabe en el hashtag “quédate en casa” ni en banderas que añadir a los perfiles en redes sociales. La retransmisión global del 11-S inauguró la conquista de la realidad por parte de las poderosas secuencias performativas que la reescriben, sin que importen las particularidades extrañas ni las siempre sospechosas relaciones causa-efecto; sin que nadie se pregunte sobre el acoso y derribo a las voces suspicaces, que va desde la campaña de desprestigio a la cultura de la cancelación. No es casual que casi ningún comentarista público se arriesgue a desafiar a los grandes intereses, muy a pesar de que la historia este llena de fotografías ensayadas, Maines y Reichstags en llamas. Luego están las cosas que no se cubren o a las que se presta una atención deliberadamente ínfima sin que las agencias de fact-checking sepan hacer gran cosa. Respecto a estas últimas, su propósito es apuntalar aún más la barrila cotidiana, quizá valiendo más por lo que callan y por lo que se ha dado en contar de una cierta manera. Todo lo demás se embarra en nombre de una especie de método.

"Quizá sea cierto que la barbarie no se puede entender, como nos han intentado decir Primo Levi o las fotos de reclusos desnudos y apilados en Abu Ghraib, y que por ello necesitemos la síntesis performativa"

Añadamos que “lo que parece es, y en esta apariencia todas las cosas son”, que no es un proverbio, sino la manera en la que Wallace Stevens definió su “descripción sin lugar”. Žižek relaciona esta idea del poeta norteamericano con terrores como los del Holocausto o la Guerra de Bosnia, ubicándolos en un espacio propio e inexistente que ya no remite al espacio-tiempo histórico. Imágenes como las del asalto al Capitolio o la masacre de Bucha revelan un horizonte alternativo a los siempre crípticos hechos históricos, y la performance se impone como un telón capaz de cercenar las miradas heterodoxas y disidentes. En Arte, ideología y capitalismo (CBA, 2008), donde también leemos a Rendueles y Jorge Alemán, el polémico esloveno desarrolla un tanto aquella idea entrecomillada, y nos explica que se trata de la extracción de una forma interior a partir de la realidad confusa, y en esta forma es en la que somos diariamente adiestrados por medios amablemente totalitarios; esto último, sobre todo en el sentido de haber intervenido la realidad, pensándola por nosotros en la que posiblemente sea la razón última de la performatividad del poder.

Quizá sea cierto que la barbarie no se puede entender, como nos han intentado decir Primo Levi o las fotos de reclusos desnudos y apilados en Abu Ghraib, y que por ello necesitemos la síntesis performativa; esto es, que se nos diga cómo ocurrió todo a cambio de ignorar los renglones torcidos. Así damos por bueno una suerte de relato audiovisual homologado, plegándonos a una visión ultrasesgada del mundo. Hasta podríamos actualizar el lapidario comienzo del 18 brumario de José Bonaparte (Marx, 1852), que dice que la historia ocurre como tragedia y se repite como farsa: ahora se repite como show, o mejor, como un gigantesco reality show de formas teatralizadas y buenos y malos superlativos. Todo redunda en esa performación, en esa escenificación calculada de la actualidad, tan de acuerdo con la vieja costumbre de todo poder conocido como con la dimensión espeluznantemente global que va adquiriendo vía tecnologías de la comunicación. Y es que lo real es más que nunca un campo de batalla, y su conquista ya está casi consumada.

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