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Primavera cruel, de Luis Roso

Primavera cruel, de Luis Roso

Primavera cruel supone el regreso de Ernesto Trevejo, inspector protagonista de la primera novela de Luis Roso, Aguacero, con la que comenzó la serie que tiene con este libro continuación. Os ofrecemos aquí el primer capítulo de esta novela negra.

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—Sí que has tardado, Ernesto.

—Tampoco tanto.

—Se me ha enfriado el té por esperarte.

—Pues no haberme esperado.

—No me hacía beber solo. Para una vez que nos vemos.

Conrado se dobló por la cintura para sorber el té, elevando apenas la taza del mostrador de estaño en un gesto que no tenía nada de casual, sino que respondía inequívocamente a su temor a mancharse la corbata. Era una corbata de seda color verde claro que relucía en contraste con la camisa amarillenta y el traje de paño negro desgastado en las mangas y el cuello.

—¿Corbata nueva?

—¿Te gusta? —‌preguntó Conrado, devolviendo la taza al platillo y desabrochándose los botones de la americana para mostrármela completa.

—Divina —‌dije, palpándola sin interés.

Yo sabía que Conrado no podía permitirse una prenda como aquella, y menos aún el pasador de oro que la acompañaba, pero, aunque seguramente él hubiera estado encantado de explicarme de dónde había sacado ambos complementos, yo prefería no saberlo. Le había advertido en varias ocasiones que cuanto menos me dijera de sus conquistas mejor para los dos.

—Combina con mis ojos —‌dijo, parpadeando. Sus ojos eran castaño tierra, tirando a vulgares.

—Por supuesto —‌convine, y acabé de un trago el café solo que había pedido antes de ir al baño, y que también se había enfriado en mi ausencia—. ¿Para qué me has traído a esta cueva?

—¿No te gusta? Pues es el sitio de moda.

—De moda entre los de la serie B, querrás decir.

—Los de la «b» de «viciosos», ¿no?

—El baño huele raro, como a césped.

—Es sándalo, creo. O alguna otra esencia natural. ¿Te has fijado en la disposición de las baldosas azules en el suelo del baño?

—No. ¿Qué había? ¿Un corazón o algo por el estilo?

—Un cisne. Los ojos son dos trocitos de baldosa color púrpura, brillantes como rubíes.

—¿Y en el baño de mujeres qué tienen? ¿Un pollo?

—Tienen una rosa con una espina en el tallo.

—Qué poético.

—Los viernes por la tarde hacen recitales de poesía, ya que lo mencionas. Yo el otro día recité uno de Rubén Darío. El del «Otoño en primavera». Me aplaudieron a rabiar.

—Le echaste valor, exponerte así delante del público.

—Por el arte uno es capaz de todo.

Conrado hablaba realizando grandes aspavientos dirigidos al resto de la parroquia. Aunque tan solo había media docena de clientes además de nosotros, más de uno debía conocer mi condición de agente de la ley. Para un sujeto de costumbres licenciosas como Conra-
do, que lo vieran pegando la hebra amistosamente con alguien como yo equivalía a un salvoconducto para si
tuaciones comprometidas. Tanto o más válido, por ejemplo, que un autógrafo dedicado del ministro Carrero Blanco.

—¿Para qué querías verme? —‌insistí.

—¿Es que dos viejos amigos no pueden quedar de vez en cuando para tomar algo juntos y charlar tranquilamente?

—Tú y yo no somos amigos —‌repliqué, aunque con cierta suavidad.

Conrado era un alma sensible, y una respuesta demasiado agria podía resultar peligrosa para su salud. La única ocasión en que fue arrestado y conducido a los sótanos de la Dirección General de Seguridad sufrió un ataque de nervios de tal magnitud que no hubo manera de tomarle los datos, y mucho menos de proceder con el interrogatorio. No habría sobrevivido a aquel lance si su padre, un prestigioso cirujano infantil del Hospital del Niño Jesús, no hubiera intercedido por él. La escena de la liberación fue curiosa, cuando menos. Un señor de apariencia adusta, vestido todo de negro, paradigma de rectitud y formalidad, abrazando fríamente a un muchacho vestido de fulana, en medias y falda de lunares, con un pañuelo rojo en la cabeza y el maquillaje corrido por las lágrimas. Ya habían pasado bastantes años desde entonces. Conrado había aprendido a conducirse con mayor refinamiento y sobre todo con mayor discreción. Pero el incidente le había dejado secuelas físicas imborrables: un ligero tartamudeo que intentaba disimular pronunciando siempre con lentitud, y también frecuentes espasmos en los músculos de la cara y el cuello, semejantes a escalofríos.

—Bueno, amigos, lo que se dice amigos, no, pero casi —‌indicó Conrado—. Somos casi amigos. Por eso nos tuteamos. Y por eso te quería pedir una cosa, Ernesto.

—Como sea dinero, vas listo.

—No, no. No es eso.

Conrado arrimó su taburete al mío. Antes de hablar miró teatralmente alrededor.

—Necesito un arma —‌dijo, como si invocara al diablo.

—¿Un arma?

—No levantes la voz… Sí, un arma. Un revólver, una pistola, lo que sea.

—¿Para qué narices quieres tú un arma?

—Para protegerme. No te preocupes, no pienso matar a nadie. No sería capaz, tú me conoces.

—¿De qué necesitas protegerte?

—Digamos que no estoy atravesando una buena racha. En lo económico no estoy para tirar cohetes, aunque ahí voy. Pero tengo unos asuntos personales que me traen de cabeza y prefiero estar preparado para lo que pueda suceder.

—¿Te ha amenazado alguien?

—Formalmente, no. Y eso es lo que me preocupa. Ya sabes, perro ladrador, poco mordedor. Pero cuando el perro calla es que está cavilando la mejor manera de arrear el bocado.

—¿Por qué crees que yo puedo conseguirte un arma?

—Eres policía, sabes moverte en el mundo del hampa. Yo hace años que me muevo en otro mundo más selecto. Más exclusivo.

—El puterío de alto standing.

—Llámalo como quieras. ¿Me ayudarás?

—Lo más fácil es que te saques una licencia de caza y te compres una escopeta.

—No seas ridículo. Dime, ¿piensas ayudarme o no?

—No, claro que no. ¿Cómo te voy a ayudar a ti a conseguir un arma?

—No vayas a creer que no me doy cuenta de que te estoy poniendo en un compromiso. Pero no te lo pido solo como un favor. Estoy dispuesto a pagarte. ¿Cuál es tu precio?

—Cien mil pesetas.

—No te burles. Dime, ¿por cuánto lo harías? En serio.

—En serio, lo haría por cien mil pesetas. No voy a poner mi carrera en riesgo por menos de eso.

—Con cien mil pesetas tengo para pagarme una banda de pistoleros.

—Si fueras más concreto, quizá te podría ayudar de alguna otra manera.

—No puedo darte detalles. Hay algunos nombres importantes involucrados. Ya sabes. Cuellos duros y sangre azul.

—Dime al menos por dónde van los tiros.

—Me he metido en la cama de quien no debía.

—¿Un marido celoso? ¿Es eso lo que te quita el sueño?

—Ojalá. A un marido se le puede aplacar con el cuento ese de la debilidad de la mujer, que son todas unas malas pécoras, unas viciosas reprimidas, etcétera. Pero no va por ahí la cosa. Yo hace tiempo que me niego a tener tratos con mujeres. Todo lo llevan al terreno del dramatismo. Y encima a veces hasta se enamoran. También algunos hombres se enamoran, pero les amenazas con irte de la lengua y se les pasa. Las mujeres en cambio cuando se enamoran son capaces de enfrentarse al mundo entero. Es por todas esas novelas de amor que leen, que les tienen sorbido el seso.

—Entonces ¿qué es lo que pasa?

Conrado suspiró resignado.

—Pues que le he roto el ojete a un chiquillo. Me lo prestó él gustosamente, eso sí. Ya sabes que no todo lo hago por dinero. También a veces tiene uno que darse un capricho, comerse un dulce. Pero de algún modo el padre del crío se ha enterado, y, como no puede concebir una realidad tan simple como que le ha salido un hijo bujarra, pues ha decidido culpar a quien tenía más a mano. En este caso, menda.

—Tiene mala pinta, pero no creo que vaya a llegar la sangre al río. Todo lo más que hará seguramente es intentar mover los hilos para que te encierren. Es lo que haría cualquiera. Ahí sí te podría echar una mano, a no ser que el tipo tenga pruebas de peso contra ti.

—No, no. No acudirá a la policía. De eso estoy seguro. Es un pez demasiado gordo. Querrá desquitarse sin llamar la atención. De ahí mi miedo. No quiero que me den pasaporte de madrugada en un descampado.

—No te puedo ayudar en lo del arma. Lo único que puedo hacer es aconsejarte que te largues de Madrid una temporada. Con el tiempo el asunto se enfriará y de aquí a unos meses te vuelves y tan a gusto.

—No puedo irme de Madrid. Yo necesito estas calles para vivir. El bullicio de la gente, la luz del atardecer brillando en los escaparates…

—Tú verás lo que haces. Yo ya te he dicho lo que pienso. —‌Consulté mi reloj—. Me tengo que ir.

—Puede que no volvamos a vernos, dame un abrazo de despedida.

—Como me toques un pelo te mato yo mismo. Y la cuenta corre de tu flor, que para eso me has citado.

—Eres un sosainas y un mal amigo, Ernesto.

—Tú y yo no somos amigos, ya te lo he dicho. Cuídate.

Salí a la calle, encendí un pitillo y caminé hasta emerger a la Gran Vía, por entonces, en el 56, avenida de José Antonio, a la altura de los almacenes SEPU. Soplaba una brisa tórrida desde el oeste y la acera estaba desierta. Me crucé únicamente con un par de jóvenes que caminaban como obnubilados por el calor, a la busca probablemente de un café donde dejarse vencer por la modorra. No circulaban coches por la calzada, aunque se oía un rumor de tráfico lejano. Daba la impresión de que hubieran cortado la calle para un desfile militar, aunque los desfiles eran cada vez menos frecuentes y cada vez interesaban menos. Un solitario Borgward Isabella recién encerado pasó a mi lado quebrando el silencio, viró a la altura de Callao y aparcó frente a las Galerías Preciados. Una señora con peluca rubia y rostro campesino, aunque con ínfulas de estrella del cine, se apeó del vehículo y caminó hasta la puerta del Florida. Un conserje del hotel con uniforme colorado y la jeta sudorosa salió a recibirla. La señora entró al establecimiento mientras el empleado comenzaba a sacar el equipaje del maletero. El tipo me dedicó un saludo indiferente cuando lo sobrepasé enfilando la calle del Carmen.

En la Puerta del Sol el ambiente también estaba adormecido, aunque a través de las ventanas de las cafeterías y restaurantes se percibía cierto movimiento. El reloj de la Casa de Correos, sede del Ministerio de la Gobernación, de la Dirección General de Seguridad, y de la Jefatura Superior de Policía de Madrid, marcaba las cuatro en punto. A partir de las cinco, pasada la hora de la siesta, comenzaría el barullo. A partir de las seis o las siete, la plaza estaría hasta los topes.

Me terminé el pitillo antes de entrar en el edificio. El agente que guardaba el vestíbulo dormía descaradamente sentado en una silla junto a la puerta. Tenía la cabeza desplomada sobre un hombro y la gorra de plato bocarriba sobre el regazo. Lo zarandeé para despertarlo y se puso en pie de un brinco, recomponiéndose instintivamente la camisa y la guerrera del uniforme gris. Cuando se llevó la mano a la cabeza para ajustarse la gorra, que había caído al suelo y rodado hasta debajo de la silla, su mano se topó con su cráneo mondo. Me saludó maquinalmente con un gruñido al tiempo que yo le indicaba dónde hallar la prenda que buscaba.

Aunque ya había pasado de largo el descanso para la comida, la sala de inspectores todavía estaba vacía. Dos agentes repasaban informes conjuntamente en un cu-
bículo, y un poco más allá, de pie junto a una ventana, dos secretarias se pintaban las uñas mientras charlaban en voz baja. Saludé sin mucho ímpetu, dejé el sombrero y la americana en el perchero, y me acomodé en mi escritorio. Mi tarea para esa tarde era sencilla. En los últimos días habíamos resuelto un caso que había traído de cabeza a la brigada desde hacía meses: una banda de palquistas que desvalijaban apartamentos de lujo descolgándose desde las azoteas de los edificios mediante sogas y arneses. La banda había resultado estar compuesta por trapecistas de un circo en quiebra que, ante la falta de perspectivas, habían decidido probar un nuevo número. «El mayor espectáculo del mundo», lo había titulado El Caso, con portada a toda página. La resolución había sido puramente fortuita: tres días atrás, de madrugada, uno de los miembros de la banda se había precipitado al vacío desde un séptimo piso. El cuerpo ensangrentado del trapecista, embutido en unos leotardos ajustados de color amarillo, también podría haber sido portada de algún diario, pero fue retirado precipitadamente antes de la mañana para evitar el alboroto. A partir de la identificación del difunto todo había venido rodado. Efectuados los arrestos y los interrogatorios, solo restaba completar el papeleo para dar cierre al asunto.

Acababa de ponerme a ello cuando Mamen apareció por la puerta y se dirigió a toda prisa hasta mi mesa. Traía un recatado vestido marrón con falda hasta la mitad de las pantorrillas y el pelo recogido en un moño sobre la cabeza.

—Te arreglas como una vieja —‌le dije, cuando estuvo a mi lado.

—El comisario quiere verte —‌dijo ella, sin inmutarse.

—No te favorece la vida de casada —‌insistí—. Te has envejecido diez años en los últimos diez meses.

Lo dije en tono de broma, pero el poso de mis palabras era cierto. Mamen no había cumplido aún los veinticinco y sin embargo, desde su boda, no solo vestía, sino que se comportaba como una mujer mucho mayor, una mujer amargada y desencantada con su existencia. Tal vez tenía algo que ver el hecho de haberse casado con un militar. Algunos de ellos trasladaban sin miramientos el régimen de vida castrense a sus hogares, conduciendo a sus familias como a reclutas. Lo mismo había hecho el Caudillo con España, convirtiéndola en cuartel tras la guerra, aunque con el tiempo España se hubiera tornado en una mezcla de catedral y tablao para turistas. No todos los militares compartían esa mentalidad cuartelaria, por supuesto. Los había que estaban en el Ejército como podían estar en Correos o en Telefónica, nada más que por abrirse un camino en la vida. Pero me daba que el marido de Mamen no era de esos. No sabía mucho de él, aunque por lo poco que sabía —‌entre otras cosas, que provenía de una familia de camisas viejas y que se había inscrito como voluntario para la División Azul— las perspectivas no eran muy buenas. Todo apuntaba a que a Mamen le había tocado en suerte un patriota de los de golpearse el pecho con exaltación. Cabía preguntarse por qué una joven guapa, inteligente y de buena familia, a la que no le habían faltado pretendientes entre los que escoger, había accedido a contraer matrimonio con un hombre así. Solo esperaba que mi impresión fuera errónea, y que el decaimiento de Mamen no tuviera nada que ver con su vida marital. Aunque mi oficio me obligaba a tener buen olfato para estas cosas.

—¿Has oído lo que te he dicho? —‌preguntó ella.

—No estoy sordo.

—Pues muévete de una vez.

—¿Te pasa algo?

Mamen apoyó una mano en la mesa y se palpó la frente con la otra.

—Estoy mareada —‌dijo.

—¿Por qué no te vas a casa?

—Estaba a punto de irme, pero ha surgido algo y el comisario me ha ordenado que me quede.

—Siéntate, mujer —‌dije, cediéndole mi silla.

Mamen se desplomó sobre ella y se cubrió la cabeza con las manos.

—¿No estarás embarazada? —‌pregunté.

—Solo estoy cansada —‌respondió, mirándome de reojo por encima del antebrazo.

—Si es niño, no le pongáis Ernesto, no se vaya a pensar la gente que la criatura es mía.

—Vete ya, por favor. Hoy no tengo cuerpo para aguantar tus estupideces.

Sinopsis de Primavera cruel, de Luis Roso

Madrid, años cincuenta. El inspector Ernesto Trevejo recibe el encargo de enfrentarse a un caso muy difícil: un hombre armado ha aparecido muerto en El Pardo, muy cerca del palacio donde reside Franco.

¿Se trata de un terrorista? ¿Un loco? ¿Puede ser una amenaza real?

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Autor: Luis Roso. TítuloPrimavera cruelEditorial: Ediciones B. VentaAmazon y Fnac