José Salem es de la idea de que somos nosotros los que vamos determinando nuestro camino. Fue eso lo que le dio la determinación de ir reduciendo sus jornadas como abogado e imaginarse en las vestes de escritor, algo con lo que soñó por décadas. Contrariamente, su primer libro se llama Donde la vida nos lleva (2021), y explica:
Dos ciudades, Buenos Aires y París, dos pasiones, dos personajes, dos José. La figura, tan literaria, del doble es parte de su cotidianidad. Vive en la capital francesa desde hace más de una década y visita Buenos Aires dos veces por año. Tiene una rutina bastante marcada. Por las mañanas suele trabajar como abogado, si bien con muchas menos horas que antes, independientemente de que se encuentre en una ciudad o la otra: “Sigo ligado profesionalmente al estudio para el cual siempre trabajé y que fundé hace unas cuantas décadas”. Sin embargo, recubre un rol de consultor externo. Viajar a Buenos Aires le permite tener un contacto directo con los clientes, y también “por cuestiones obviamente familiares, amistosas, mi vida… Mis raíces están acá y mi vida aquí es importante. Y por temas literarios. Viviendo en un país que no es hispanohablante, promociono mi trabajo en Argentina y en España”.
Escribir, para José Salem, se ha convertido en un acto espontáneo. De hecho, escribe al menos seis días a la semana, e insiste en que “sacar tiempo para uno mismo es lo que permite que la famosa inspiración aparezca. La inspiración, creo, es un concepto muy abstracto y muy relativo”.
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—¿Por qué París? ¿Fuiste de vacaciones? ¿Te fuiste quedando?
—Siempre tuve una admiración desde chico. Tuve una abuela que vivió en Francia y me hablaba siempre de eso, y para dormirme me cantaba “La marsellesa”. Creo que por ahí viene. Siempre tuve una sensibilidad particular y una admiración por la cultura francesa. Cuando hablo de cultura lo digo en el sentido más amplio del término, por supuesto, desde su pintura, su literatura, hasta la manera de comer, de manejarse. Y su lengua, que siempre me pareció de una musicalidad increíble. Una vez que empecé a escribir con un cierto compromiso, con cierta continuidad, decidí tomarme una feria judicial (en Argentina la feria judicial, donde el Tribunal está cerrado, es en enero) y me fui a escribir, pero no sabía adónde. Me alquilé un estudio chiquitito en París. Y lo hice desde el 2007 hasta el 2011. Fue allí donde terminé la novela que acabo de publicar, Cuarenta y nueve días bajo la niebla (4 Letras). La primera versión la escribí en Buenos Aires, pero la corregí durante dos años más y la terminé en París. Recuerdo esa noche. Necesitaba festejar, era la medianoche y bajé y me pedí una copa de vino, y tenía una sensación de tarea cumplida, de haber terminado una etapa. Y sentí una plenitud, y me dije: “Yo quiero vivir en esta ciudad”. Y después dije: “¿Por qué no?”. Y al año estaba viviendo allí. Cuarenta y nueve días bajo la niebla es una novela de carácter histórico, aunque sin el rigor factual que las caracteriza. La novela narra las vicisitudes de algunas familias durante la primera invasión de los ingleses a Buenos Aires en 1806. Hay familias con inclinación hacia la corona española, otros prefieren ser probritánicos y a estos se suman un grupo de proindependentistas que conviven y libran intensas pujas de poder, aunque todo esto se da de manera subrepticia.
—¿Cómo fueron surgiendo los personajes? Siento que el contexto histórico es un pretexto para para presentar la vida de los personajes.
—Así es. En general, yo cuando escribo, escribo con muy poco preconcepto, con muy poco proyecto concreto, sin escaleta, sin un programa. Yo creo que es una necesidad mía, como soy un tipo bastante previsor y bastante sensor de mí mismo, no de los otros, entiendo. Entonces, si yo proyectase “capítulo uno, capítulo dos, estos van a ser los personajes, esta va a ser la evolución, va a terminar así” creo que perdería mucha espontaneidad y sería algo muy estructurado. Me permití sentarme a escribir, y lo hago siempre, con una premisa, con una idea, con un personaje, con una frase. Es decir, me interesaba escribir sobre los 49 días que duró la primera invasión inglesa a Buenos Aires. Me pareció interesante el hecho de que en tan corto tiempo, 49 días, haya habido una invasión, una convivencia y una reconquista, una expulsión del invasor. La premisa que tenía era ¿cómo vivió la gente ese conflicto? Quise imaginarme en el mundo de cómo vivía la gente común. Cómo la vivió desde el punto de vista político, social, etc. O sea, en Buenos Aires siempre estuvimos invadidos. Nacimos dominados de alguna manera. Entonces, ese conflicto fue el primer escalón hacia una independencia futura.
—El epígrafe de Nabokov encaja perfectamente con esa exploración de la época y te exime de los métodos del historiador propiamente dicho, que necesita verificar e instaurar un equilibrio entre lo verosímil y lo estrictamente documentado.
—No lo había pensado. El epígrafe lo elegí muy al principio, porque hablo un poco de las bifurcaciones de la vida. ¿Qué hubiese pasado si, en vez de haber doblado a la derecha hubiese doblado a la izquierda, como persona, como país, como todo? Mi objetivo no fue en absoluto el punto de vista de un historiador, porque además no lo soy. Los hechos históricos son bastante consensuados, No hubo mucho sobre lo que pasó en esos 49 días salvo algunos bemoles, algunos matices. Entonces, recopilar esos hechos históricos para armar el escenario no fue complicado. Lo que sí costó un poco más fue lo otro: identificar las capas sociales, su relación con la religión… es decir, un montón de cosas que no están en los libros de historia, y al tratar de remontarme 220 años, destacar el registro del lenguaje: cómo le hablaba el padre al hijo, o entre amigos. Hice una especie de cuestionario de cien preguntas que tenía que desentrañar antes de empezar a escribir. Todo eso también determina la actitud del personaje.
—¿Qué nos separa y qué nos acerca con respecto a esa civilización de hace 220 años?
—Me sorprendió ver muchas similitudes con el porteño, y hablo del porteño porque en ese momento era Buenos Aires, no estaba el país, no estaba la Argentina, no existía aún. En ese momento éramos una sociedad muy individualista, todavía como parte del virreinato del Río de la Plata. Me olvido de los españoles que nos gobernaban. Me limito al porteño, la mezcla que armaban el porteño de todos los orígenes. Con lo que estoy diciendo ya te das cuenta de que considero que lo seguimos siendo. Cuando hablo de individualismo, me refiero, porque nada es bueno ni malo, hay que precisar qué significa individualismo. Yo me refiero a la poca conciencia social. Yo soy porteño y me incluyo. Creo, y lo he encontrado en un montón de libros que hablan de la época, de parte de ingleses, españoles y franceses, encontré muchas referencias a la calidez, y no solo la calidez, sino que además a la imaginación, la creatividad que tenía el porteño.
—¿Qué sacaste de ese viaje al pasado y que informa al presente?
—La mayoría de la gente no se planteaba otra posibilidad más que estar bajo dominio español o inglés. Algunos preferían estar bajo los ingleses. En esos 49 días encontré particularmente el germen concreto de lo que iba a ocurrir diez años después, que fue la independencia, el nacimiento de la Argentina. Las invasiones, la otra fue el año siguiente, tuvieron mucha influencia, y creo que potenciaron, que aceleraron esa búsqueda hacia la soberanía.



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