Declarada por la Unesco Patrimonio de la Humanidad en 1996, la Lonja de la seda de Valencia es una espléndida muestra del gótico civil europeo y exponente de la pujanza económica que durante el siglo XV vivió esta ciudad, a la sazón uno de los centros comerciales más potentes del Mediterráneo. Que tan grandioso edificio albergara actividades mundanas en vez de espirituales provocó una escisión en una sociedad en la que los nobles languidecían mientras la burguesía urbana alcanzaba cada vez mayor relevancia. Esa tensión es el hilo conductor de la última novela de Juan Francisco Ferrándiz, La Lonja de la Seda (Grijalbo, 2026), un rico retablo de personajes históricos e imaginarios: reyes y abadesas, nobles y siervos, maestros de obra y menestrales, sederos y corsarios… Joan Ibarra, uno de los artífices de la Lonja, junto a Pere Compte, y Francesca, hermosa hechicera y curandera representante de una arraigada tradición mudéjar en tierras de Levante, forman una pareja cuyas peripecias y penalidades atraviesan las últimas décadas del siglo XV, dinamizando el relato sobre el telón de fondo de la construcción del monumental edificio repleto de símbolos y misterios bíblicos. La novela está construida en capítulos cortos, lo que permite al autor oxigenar el extenso relato y dar ritmo y variedad a la trama, enriquecida con un aire que bebe de distintos géneros: romance, enigmas constructivos, thriller, novela negra… Se inspira del mismo espíritu que otras grandes novelas en torno a edificios emblemáticos como La catedral del mar o Los pilares de la tierra. «La Lonja de la Seda es una historia familiar, el origen de una saga que se enfrenta a su pasado y busca encontrar un lugar en una sociedad que vive un profundo cambio», dice Ferrándiz. «Mi ilusión es que, además de que el lector disfrute de las emociones que genera su trama, esta novela sirva para atraer a gente a Valencia, que descubra su historia y su Lonja, un edificio único, un templo que se levantó para la humanidad».
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—¿Cuándo pusiste la primera piedra de este libro y cuál ha sido el mayor desafío que has enfrentado?
—Lo más arduo fue traducir a un lenguaje comprensible para el lector medio los tecnicismos propios de ensayos y estudios arquitectónicos en los que tuve que documentarme, además de otras fuentes. Que yo sepa, no existe ningún relato imaginario sobre la construcción de la Lonja, algo en lo que empecé a pensar hace años. La idea se fue posponiendo hasta que en 2024 decidí proponerla a la editorial y les encantó. Luego llegaron los descubrimientos, los enigmas e historias olvidadas que sucedieron durante su obra y que son el hilo de la novela. Ha sido una construcción fascinante.
—La trama principal describe la división que produjo en la sociedad valenciana el proyecto de la Lonja entre los mercaderes que lo apoyaban y la nobleza. ¿Esa brecha fue tan profunda como cuentas, o has cargado las tintas para dar más dramatismo al relato?
—Hay una parte de ficción, pero la Lonja habla de un cambio más allá de lo mercantil; diría espiritual. A finales del siglo XV el orden feudal se había quebrado. Los ciudadanos libres, con talento, esfuerzo y algo de suerte, podían ascender y llegar a ocupar puestos de poder, incluso entrar en la nobleza. Hubo oposición y, de hecho, el proyecto de la nueva lonja estuvo paralizado casi quince años, mientras los fondos se destinaban a la defensa de Valencia contra corsarios, organizada por nobles.
—La pareja protagonista, Francesca y Joan, representan mundos muy distintos. Ella el mundo mágico, como hechicera, él el mundo racional, el dominio de la piedra. Da la impresión de que con Joan te apegas a la realidad histórica, mientras que con Francesca echas a volar la imaginación.
—Pues fíjate que representan dos realidades que cohabitaban. Joan, el constructor, vive pegado al mundo y a la realidad cotidiana, pero en Valencia existía otra realidad: el mundo de las sanadoras y hechiceras, herederas de la magia morisca. Los conjuros, fórmulas mágicas y rituales de Francesca están documentados y eso la hace aún más interesante. Incluso puedo decir que todavía hoy, en lugares como mi pueblo, que es Cocentania, en Alicante, todavía se transmiten, casi siempre entre mujeres. Valencia no fue lugar de brujas adoradoras del diablo, sino de hechiceras, que sabían de plantas, de remedios, conjuros y… maldiciones. Es parte de los tesoros de esta novela.
—Aparecen varias tenidas de masones. ¿En el siglo XV todos los maestros de obras y canteros pertenecían a la masonería? ¿Por qué los llamaban “hijos de la viuda”?
—Había constructores de diferentes grados, pero los masones operativos eran los que levantaban edificios singulares, como catedrales o una Lonja como la de la seda (que no tiene ni una grieta). Se enfrentaban a retos constructivos muy complejos y los aprendían de otros maestros, viajando y trabajando en diferentes proyectos. Sabemos que Francesc Baldomar coincidió con maestros de Europa, por ejemplo en Lleida. El saber que compartían era muy valioso, envuelto de simbología y protegido en sus logias. Los Hijos de la Viuda es un nombre que aún se usa, y se refiere a los discípulos del mítico Hiram Anif, el constructor del Templo de Salomón, que fue asesinado. Ellos heredan el arte constructivo revelado por el Gran Arquitecto.
—Pere Compte y Joan Ibarra fueron los artífices de la Lonja, pero quien la visionó fue Francesc Baldomar, discípulo de Carlí y un genio de la arquitectura. Háblanos de este misterioso personaje.
—Cuando el Consell da la orden de construirla alude a “una mostra molt ben dibuixada”. A los historiadores les sugiere que existía un plano, y viendo la simbología que rodea el edificio todo indica que fue Francesc Baldomar. Se trata de un constructor que aún despierta admiración por obras con cierto misterio, como el rosetón de la Seu de Valencia, en forma de sello de Salomón, y las bóvedas de arista de la Capilla Real del monasterio de Santo Domingo. Impulsó técnicas como la estereotomía (que es construir una bóveda haciendo moldes de todas las piedras, tallarlas en la cantera y luego montarlas como un puzle). La clave es que la Lonja de la seda de Valencia no es sólo un edificio para los negocios. Hay demasiados detalles simbólicos, y el aura que envuelve al lugar sugiere un diseño muy especial, con un mensaje trascendente. Los que la visitan lo notan enseguida. Eso solo lo pudo idear un heredero de los antiguos constructores góticos, y para mí fue Baldomar.
—Sugieres en que su diseño responde a misterios bíblicos, como la Casa del Bosque del Líbano o la Jerusalén Celeste. ¿Hubo importante participación judía en la Lonja?
—El Salón de Contratación, la parte de la Lonja que se construye primero, tiene tres aperturas en cada fachada, cuatro filas de columnas helicoidales que emulan a las salomónicas, una bóveda que semeja a una crespina y otros elementos que se citan en la Biblia para un edificio de Jerusalén muy misterioso, la Casa del Bosque del Líbano, construido por el arquitecto del Templo, pero era para las cosas de los hombres. La Lonja tiene esa función y parece un templo. ¿Por qué? Creo que hay un secreto simbólico que lleva oculto quinientos años y que por fin podemos comprender al leer la novela. Pero hay mucho más… Y sí: judíos y conversos fueron en gran medida responsables de ese auge mercantil y cultural de Valencia en la segunda mitad del siglo XV. La lonja es también propaganda de la ciudad ante mercaderes y embajadores.
—Aparte de la cabeza de dragón de la fachada, ¿qué otras figuras simbólicas hay en el edificio?
—Debemos fijarnos en la puerta Oeste (la que da al mercado), llena de figuras como reptiles, desnudos, etcétera. Parecen visiones de pesadilla. Sin embargo la opuesta, la del Este, tiene una decoración de hiedra y murta, todo serenidad y equilibrio. En el interior del Salón de Contratación el suelo es negro (el original era muy parecido), mientras que la bóveda estaba pintada de azul con estrellas: era el cielo. ¿Qué es la lonja en realidad? Los propios personajes van descubriendo secretos que yo he ido rescatando a base de relacionar información y documentos. Hay un mensaje, estoy seguro, para la gente de entonces, y también para nosotros.
—Fernando de Aragón e Isabel de Villena son personajes históricos decisivos en la trama. ¿Por qué los elegiste?
—No se entienden los avatares de la ciudad más próspera de entonces sin la presencia de sus reyes. Valencia era la gran financiera del rey, y los espectáculos que se les ofrecían en sus visitas eran memorables, por eso forman parte de la novela. Precisamente en la correspondencia entre el rey y la ciudad se percibe ese conflicto entre ciudadanos y nobles que flota en toda la novela.
—¿Las falsas apariciones marianas para atraer peregrinos eran comunes en la época, como la que intentan montar en Terrera?
—Terrera es un señorío imaginario que sitúo cerca de la zona de Gandía, donde se cultivaba la caña de azúcar. Hay tesis doctorales que estudian la “sorprendente” proliferación de apariciones marianas en Aragón y Castilla en el siglo XV, muchas con un mismo patrón: el pastor que encuentra una imagen de la Virgen enterrada o sobre un árbol. ¿Pudo ser usado por los nobles locales para aumentar beneficios en sus territorios? ¿Quién sabe? A veces la realidad supera la ficción, y eso es una materia literaria interesantísima.
—¿Ajusticiar a las brujas ahogándolas en agua previamente bendecida se hacía solo en Valencia o en toda la península?
—Estos juicios sumarísimos sucedían en señoríos cuyo señor gozaba del “mero imperio”, que le permitía sentenciar a muerte. La creencia más extendida es que las ejecuciones de brujas eran con fuego, pero hay muchos documentos que hablan de ahogamiento en ríos, sobre todo en tierras de Cataluña, y eso me sirvió de inspiración. En los señoríos valencianos hubo menos procesos por brujería y hechicería que en otros lugares. Con todo, lo que sucede en la novela pudo darse.
—La cría de gusanos para fabricar seda es fascinante. Llama la atención que la simiente madurara en el pecho de las mujeres, como los ratones de Tiempo de silencio, de Martín Santos.
—Pues aparece en documentos, y ya entonces era un secreto de ciertos talleres. Otros sederos avivaban la simiente con carbón, estiércol y otras técnicas, pero si no se lograba un calor constante se echaba a perder la cría. Cuando lo descubrí me pareció algo alucinante. La novela está llena de detalles así, sorprendentes. El mundo de la fabricación de la seda me enamoró, y creo que se nota en el libro. Si hubiera publicado la novela a finales del siglo XV me hubieran asesinado por revelar secretos industriales. El auge de esta industria se inició cuando la reina María concedió permiso a los sederos genoveses para que abrieran talleres en el cap i casal, a cambio de emplear aprendices valencianos. Esa inteligente medida permitió transmitir las técnicas más depuradas e innovadoras que poseían los italianos.
—Algún detalle revelador de la fachada o del interior que pasa desapercibido a los turistas.
—Hay muchos. Fijaos que los peldaños de las entradas son de una piedra más oscura. Es piedra azul traída desde Portaceli y Morvedre. La que da al mercado propone un tránsito por la oscuridad, con elementos de pesadilla y la Virgen sobre el umbral, como guía, antes de entrar a un lugar especial. A los pies de la Virgen está sucediendo algo extraño: unas figuras se persiguen en círculo, desnudas, con escobas… ¿Qué estamos viendo? Dentro apenas hay figuras… Estamos en otro lugar, un lugar clave para los mercaderes. Fijaos en la frase en latín escrita bajo la bóveda: eso le da sentido a todo… Así podríamos seguir, pues no es un simple lugar para hacer negocios, ni solo una joya del gótico civil valenciano: es un templo para la humanidad.




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