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Alejandra Cortina: “Si no tuviese la oportunidad de escribir, vendería mi alma al diablo”

Alejandra Cortina: “Si no tuviese la oportunidad de escribir, vendería mi alma al diablo”

Alejandra Cortina Cué (Madrid, 2006) no cree, como cantaba Nick Cave en “Into my Arms”, en un Dios intervencionista. Acaba de publicar Siete maneras de arder (Cántico, 2026), una aproximación poética a la divinidad creadora abordada desde los pecados capitales: “Los pecados se despliegan, pero ¿cómo empezaron? ¿Quién dio fe de ello?”. Escribió el libro con diecinueve años y se ha inspirado en el Génesis, los Evangelios, los clásicos griegos y Dante, entre muchos otros. Idolatra a Oscar Wilde y, tal y como cuenta a Zenda, quiere “luchar muchísimo por la cultura en España”. Para que luego digan que la juventud está perdida. Aún hay esperanza. Conversamos en el Café Moderno, bajo un Sol asesino, a pocos metros de donde el preso Pepe Hierro enseñaba a leer a sus compañeros privados de libertad.

*****

—¿Dios es un artista?

—Claro que sí. Si hablamos del Dios cristiano, claro que es un artista. Se supone que el Dios cristiano es el que ha creado todo. Me interesa muchísimo escuchar vídeos de científicos que nunca le ponen nombre a lo que ha creado el Universo, pero que dicen que es tal la perfección matemática que hay en todas las fórmulas, que es imposible que no haya algo más allá. Por tanto, es imposible no calificar a Dios de artista. Ha creado todo lo que vemos. Todo es Dios, se supone.

—¿Un artista puede ser un dios?

—En parte, el artista sí que es un dios: puede crear todo lo que quiera de la nada. La creación viene de la imaginación y, al final, estás creando tú todo. En ese sentido, sí. Pero me parece un poco blasfemo decir que un artista es Dios.

—Un dios. Con minúscula.

—Bueno, se podría decir que sí.

—Sigamos blasfemando. Usted, ¿a quién idolatra?

"Creo que a la persona que más he idolatrado es a Oscar Wilde. Eligió un tipo de vida que quería llevar y lo hizo hasta la muerte"

—He idolatrado a muchísima gente en mi vida. Creo que a la persona que más he idolatrado es a Oscar Wilde. Eligió un tipo de vida que quería llevar y lo hizo hasta la muerte. Es un tío increíble que me ha inspirado muchísimo: en su modo de vida, en su modo de escribir, en las cosas que decía… Era un cuentacuentos. La gente le invitaba a fiestas y a cenas por diversión de escucharle. Fue un tío interesantísimo y es todo un personaje.

—En este escenario, ¿dónde queda el demonio?

—Cuando escribí el libro, se lo mandé a mi abuelo materno. Es un señor muy creyente. Cuando aterricé en Londres, de repente me llama horrorizado y me dice: “Alejandra, me acabo de leer el libro y estoy preocupadísimo”. “¿Por qué?”. “He visto la patita de Lucifer asomarse por todo el libro” (Risas). El demonio está siempre en nuestras vidas. Si caemos en la tentación, si deseamos, en todo lo que se supone que está mal… el demonio está siempre a nuestro lado.

—¿El demonio es el instinto?

—No lo llamaría “instinto”. Diría que es el instinto llevado al exceso. El exceso, supongo, que sería el demonio.

—¿Cuál es el líquido amniótico de su poesía?

"Empecé a escribir sobre los siete pecados capitales porque me interesaban. No hubo una revelación divina"

—El libro nació en un momento de crisis existencial. Más bien, estaba muy triste. Me encerré durante dos meses en el campo y lo escribí. No tuve un ingrediente muy claro. Empezó como un ejercicio de escritura. Empecé a escribir sobre los siete pecados capitales porque me interesaban. No hubo una revelación divina. Fue poco a poco construyéndose solo. Por ejemplo, uno de los poemas que menos me costó escribir fue el de “Acedia”, el de pereza: como estaba viviendo ese momento de tristeza, de no querer hacer nada, me salió solo. No tuve que hacer ningún tipo de investigación. En ese momento de crisis existencial, no sabía definir qué era Dios. Entonces, se me ocurrió intentar definirlo a través del pecado.

—Si yo le digo “pecado”, usted me dice…

—Me parece que “pecado” tiene una connotación demasiado negativa. Todo el mundo peca. Pecado, ¿qué es? ¿Desear? ¿Querer vivir tu vida como quieras en vez de seguir unas reglas que te impone una iglesia o una persona? No me parece negativo.

—Ave María Purísima.

—Sin pecado concebida.

—¿De qué se acusa, hija mía?

—(Risas) No sé. No veo la vida como que voy pecando. Veo la vida como que tengo que ir mejorándola. Mejorándome a mí como persona. Yo vengo de un colegio de monjas: me ha sido taladrado en la cabeza eso de “no peques”, “no mientas”, pero a veces hay que mentir…

—¿Hay redención en Siete maneras de arder?

—No, al contrario. El personaje peca hasta su último aliento. No hay un personaje como tal: es una indagación de cada pecado llevado al extremo. Entonces, en ningún momento hay absolución.

—Sí que hay mucho deseo.

—Hay mucho deseo. Al final del libro, pregunto: “Yo ya he elegido. Y tú, ¿qué eliges?”. Hay dos formas de leer esto: una, que te dejas llevar por completo; dos, que quieres redimirte. No hay absolución. Se lo dejo al lector para que elija.

—¿El deseo es culpable?

"No creo que la gente se tenga que culpabilizar hasta el último momento por haber pecado. Al contrario: es parte de la vida. Somos humanos"

—Yo no lo veo así. No creo que la gente se tenga que culpabilizar hasta el último momento por haber pecado. Al contrario: es parte de la vida. Somos humanos. Podemos cometer errores, hacer daño a la gente. Lo único que hay que hacer es reconducirlo hacia algo mejor. Pero culpabilizarse hasta el último momento es estúpido.

—Escribe: “La lujuria no se precipita. / La lujuria orquesta”.

—No es el pecado que más me interesa, pero es muy interesante. Uno de los diez mandamientos es: “No tendrás pensamientos impuros”. Lo más interesante de la lujuria es que el pecado empieza cuando empiezas a desear a alguien, no cuando te acuestas con él. Las pasiones han matado a gente. Han llevado a la locura. Toda la historia de la literatura es eso: el deseo llevado a la obsesión. Fíjate, Goethe, por ejemplo, con Las penas del joven Werther.

—“El dinero gobierna el mundo. (…) ¿Por qué no adorar / lo que ya nos gobierna?”.

—El dinero gobierna el mundo: es nuestra forma de vivir, de comprarnos la comida, de tener un alojamiento, de poder disfrutar… Todo el mundo idolatra al dinero de una forma blasfema, queramos o no. Por desgracia, sobre el dinero hemos construido el mundo y nuestra vida. Todo es una transacción. Por supervivencia, al final.

—¿Por qué cosas le merece la pena luchar?

"Quiero luchar muchísimo por la cultura en España, que me parece que está muy mal pagada"

—Por mis pasiones, por lo que me apetece hacer. Quiero luchar muchísimo por la cultura en España, que me parece que está muy mal pagada, que le falta muchísimo recorrido… No muchísimo recorrido, pero no está tan presente en la vida de todo el mundo como, por ejemplo, en Francia. Viví un tiempo en París y la cultura estaba muy cercana a la gente: todo el mundo leía, iba a un museo, a una exposición… Me parece que eso le falta a la gente española.

—¿Y por qué cosas vendería su alma al diablo?

—(Risas) Si no tuviese la oportunidad de escribir, que la tengo, gracias a Dios, vendería mi alma al diablo por escribir.

—“El cosmos no intervendrá. / Ya ha hablado”, escribe en “El ojo se cierra”. Al leerlo, me acordé de Nick Cave: “I don’t believe in an interventionist God”. ¿Cree en un Dios intervencionista?

—No. Creo que Dios no interviene. Tuve un momento muy interesante en el que me puse a investigar muchísimo sobre el protestantismo. Me leí un pasaje del Génesis y otro del Apocalipsis; cuando los junté, dije: “Esto no tiene sentido”. En el Apocalipsis se habla del “Libro de la Vida”. en el que todo está escrito de principio a fin. Pensé: “Si está todo escrito de principio a fin, realmente, Dios no nos ha dado libre albedrío”. Me leo el Génesis y digo: “Dios creó a Adán y Eva sabiendo que iban a pecar y comerse la fruta prohibida”. No tiene sentido nada, ¿no? Llegué a la conclusión de que la única forma de que Dios puede darte libre albedrío es saliéndose completamente de todo, no estando presente en tu vida, salvo como una forma de consuelo, como un ejemplo y una visión de bondad al que tú quieres llegar.

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John P. Herra
John P. Herra
12 ddís hace

El artista no crea nada. Representa a partir de materiales, recuerdos, ideas, sueños, deseos, experiencias, etc., que es distinto. Cualquier científico que profundice en su disciplina sabe que es mucho, muchísimo más lo que ignora que lo que sabe. Diría que lo que queda por conocer y descubrir es casi infinito. Eso también lo sabe quien observa los pájaros o ve crecer las plantas. O quien observa los astros o cómo se regeneran los órganos dañados, o cómo se configuran los órganos de esa maravilla de la ingeniería divina que son los sentidos, o como se produce el proceso psicológico y moral del crecimiento y el conocimiento y se superan las catástrofes de la vida… Si las personas se detuvieran a observar sin prisa su alrededor, cuántas cosas cambiarían.

La Naturaleza es un milagro, una obra que funciona con una precisión y una previsión tales, que es de todo punto irracional pensar que pueda haber sido producto del azar y no de una inteligencia superior. Y si la Naturaleza es admirable, cuánto más no lo será su única criatura moral, el hombre, tanto para lo bueno como para lo malo. Por eso, la mayoría de los científicos son creyentes y su admiración es la misma que la del místico, aunque trabajen sobre objetos distintos.

Amanda Itzas
Amanda Itzas
11 ddís hace

Reconozco que, al leer esta entrevista, he pasado por varias fases. La primera ha sido una de asombro, al ver el despliegue de fotos de estudio y la entradilla con Nick Cave y el Café Moderno para presentar a una autora de veinte años que acaba de publicar su primer libro.

La segunda ha sido de un escepticismo brutal, porque las preguntas del entrevistador no acompañan; se habla de Dios, del demonio, del deseo, pero de poesía, de métrica, de ritmo, de tradición poética, ni una palabra. Me da la impresión de que el libro es una excusa para que la autora luzca su inventario de lecturas, a saber: Goethe, Dante, Wilde, el Eclesiastés, sin que nadie le pregunte por el oficio.

Y la tercera fase, después de leer a John P. Herra, ha sido una de alivio. Al menos alguien ha puesto el dedo donde había que ponerlo. El artista no crea de la nada, dice John, y tiene mucha razón. Esa idea del artista como pequeño dios que saca mundos de la chistera es muy vistosa para una entrevista, pero es escasamente rigurosa. Ojalá hubiera habido más preguntas sobre el tejido de la poesía y menos sobre teología de salón, formuladas de cara a la galería.

Y luego está lo de fondo, que no se dice pero se sabe. Publicar un poemario bilingüe a los diecinueve años, en dos meses, con un contacto facilitado por la madre (como la propia autora ha reconocido en otro medio), no es ilegal, pero tampoco es, justamente, el camino que pisan quienes envían sus manuscritos a ciegas, sin padrino, sin apellido que abra puertas, sin más capital que su talento y su obstinación. Y, ¡ostras!, qué decir de esa soltura con el inglés, el idioma en el que dice sentirse «más cómoda» a pesar de haberse educado en un colegio francés en Madrid. Escribir poesía en una lengua que no es la materna y encima autotraducirse sin que se note el artificio no es un ejercicio de escritura, es poco menos que un milagro, de los que requieren una ayuda que va más allá de la inspiración campestre, creo yo. Con tanto talento confeso, tanta soltura en inglés adquirida no se sabe dónde y tanta facilidad para despachar en dos meses un poemario bilingüe con citas en latín y referencias a la patrística, casi dan ganas de preguntarse si, además de la ayuda materna con los contactos editoriales, no habrá contado también con alguna otra ayuda, de esas que ahora están tan de moda y que no exigen pasar por el confesionario.

Duele pensar en todos esos escritores que se dejan los ojos (y hasta la vida) en cada página y no encuentran editorial, que se presentan a concursos y no llegan ni a finalistas, que escriben a contracorriente sin que nadie les dedique una foto de estudio. Y duele mucho, ya que esto no es nuevo, desgraciadamente. Cervantes murió pobre, sin el reconocimiento que merecía, mientras un embajador francés decía que si hubiera nacido en Francia le habrían levantado una estatua. ¡Y pensar que el autor de la novela más importante de la literatura universal escrita en español tuvo que esperar siglos para que se le hiciera justicia! Y a buen seguro que hoy sigue habiendo escritores de talento esperando ser descubiertos, con la misma obstinación y la misma falta de contactos, mientras otros y otras, con menos talento pero mejores apellidos y con un posicionamiento ideal, ocupan titulares y escaparates.

Dicho esto, sería injusto negar que la chica tiene cierta viveza en las respuestas, algo de humor y alguna reflexión que, para su edad, no está mal. Ojalá madure, lea más y escriba mejor. Y ojalá, sobre todo, que dentro de unos años no la veamos firmando novela, teatro, ensayo…, vamos, lo que dicte el viento del mercado y convenga al personaje de turno. Hoy ha sido la poesía, ese género tan agradecido para las óperas primas porque permite el lirismo sin necesidad de trama ni personajes, y además, según ha declarado ella misma, el libro se gestó en apenas dos meses de encierro campestre. Dos meses y un poemario bilingüe bajo el brazo. Qué productividad tan envidiable, oiga. El tiempo, ese juez implacable, dirá si estamos ante una escritora de verdad, de las que su obra permanece y trasciende, o ante otro producto más de marketing con apellido compuesto.

En cualquier caso, le concedo el beneficio de la duda, que no es poco. No me gustaría más que el tiempo me quitase la razón en mis intuiciones, ¡palabrita del Niño Jesús!
Sin nada más que añadir, estaré pendiente de cómo se va a ir desarrollando la trayectoria de esta genio y figura.

Amanda Itzas
Amanda Itzas
11 ddís hace

Vuelvo a opinar, ahora que he tenido ocasión de leer algunos fragmentos que la propia autora escogió para promocionarse en sus redes sociales (y eso que se supone que eligió lo mejor). Opino desde el respeto más absoluto, pero también desde el hartazgo. Ya vale de prostituir la poesía y la lengua. Llevo más de media vida leyendo y escribiendo, y hay cosas que ya no se pueden callar, ocultar y menos aún excusar. Mi comentario es crítico, porque es cuestión de higiene, de ética, de deontología. Y, sobre todo, de amor a las palabras.

Dicho esto, los versos confirman lo que yo ya intuía. No hay poesía, hay un clásico y repetido postureo. Sus versos imitan lo que ella y quienes le bailan el agua creen que es poesía, que es a base de acumular palabras graves como «pecado», «infierno» o «teología», pero sin ritmo alguno, sin imágenes genuinas, sin un solo hallazgo verbal. Poesía de Instagram con diseño gráfico bonito, de la que se lee en tres segundos y se olvida en menos de dos. Y ya no digamos de su inglés, un inglés que, francamente, chirría. Pretender escribir poesía en una lengua que no es la tuya y autotraducirte sin que se note el artificio no es valentía, es una temeridad de aúpa. Y se nota. Todo es banal, todo es pose, todo lo tiene calculado para aparentar una profundidad que los versos no sostienen. En resumen, se diría que es poesía de postureo, de la que se escribe para posar, no para comunicar.

Y para más inri, y para su propio beneplácito, está su declaración autojustificadora de que «no le pesan los apellidos, de que ha aprendido mucho de su padre y de su madre». ¡No te fastidia, claro que no le pesan! Si son los que le han abierto todas las puertas. Rechazar, como hizo, la posibilidad de haber firmado con seudónimo y firmar, en vez, con el nombre de sus progenitores (uno de los financieros más poderosos de este país y una madre escritora y crítica de arte con contactos editoriales por doquier), no es un acto de valentía, como pretende ella, es un acto de marketing puro y duro y ya no digamos de oportunismo descarado. También es de un cinismo que ya cansa y atufa. Dime de quién eres hija y te diré hasta dónde puedes llegar.

Y este, desafortunadamente, no es un caso aislado, claro que no lo es. Hace poco supimos de otra joven, Alejandra Rubio (la hija de Terelu Campos), que publicó su primera novela romántica afirmando haberla escrito con el móvil y un iPad. Otro apellido, otro sello editorial de relumbrón, la misma jugada, el mismo marketing taladro. Cría fama y échate a dormir, parafraseando a Lope de Rueda.

Luego, resulta que hojeas los fragmentos elegidos y buscas la poesía, pero no la encuentras. Conociendo la hondura de una Anne Sexton, la furia de una Sylvia Plath, el desgarro de una Alejandra Pizarnik, lees estos versos y te preguntas dónde está la originalidad, lo genuino, lo bien escrito… Esta chica, sinceramente, no les llega ni a la suela de los zapatos, y lo peor es que ella se cree a su altura. Y eso, más que ignorancia, es un insulto a quienes sí escribieron y escriben de verdad, a quienes se dejaron y dejan la vida en cada verso sin exigir a cambio toda una brutal campaña de marketing y publi. Porque una cosa es tener confianza y otra muy distinta es plantar un estandarte en medio de la plaza y decir, «Hey, aquí estoy yo, qué guay, soy la intelectual. Domino el inglés…».
La poesía no va de eso, nunca ha ido de eso, ni tampoco la literatura.

John P. Herra
John P. Herra
6 ddís hace
Responder a  Amanda Itzas

Amanda, no sé cómo podemos quedar a echar un café, pero me encantaría. Me muevo por la Rioja y la Ribera de Navarra. Si se te ocurre alguna fórmula, me dices.

Amanda Itzas
Amanda Itzas
5 ddís hace
Responder a  John P. Herra

John, me acabas de alegrar la mañana. Me encantaría ese café, mucho-mucho. Vivo en la ciudad de Huesca, así que Navarra o La Rioja me pillan un poco a trasmano, pero voy a Madrid con cierta frecuencia. De hecho, acabo de estar (anteayer) en un viaje relámpago para recoger un premio de literatura que me ha hecho inmensamente feliz, pero, jo, fue un ir y venir tan rápido que no habría dado tiempo a nada. La próxima vez que planee una escapada a la capital, te lo digo con tiempo de sobra. Porque supongo que vives en Madrid. Y si encuentras una fórmula para que podamos contactar sin que ninguno de los dos exponga sus datos aquí, pues estaría genial.

Muy agradecida.