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Julie Adams y el monstruo de la Laguna Negra

Julie Adams y el monstruo de la Laguna Negra

Para alabar debidamente a Julie Adams, podríamos remontarnos hasta Apuleyo, escritor romano del siglo II, al que algunos sabios atribuyen el origen de La bella y la bestia, uno de los cuentos de hadas franceses más reconocidos. Según defiende la erudición, esta historia inmortal —que a buen seguro hoy es fascismo, machismo, todo a la vez o algo por el estilo— podría tener su origen en Amor y Psique, una de Las Metamorfosis de Apuleyo. Y aún hay algo más allá: al parecer, el romano adaptaba un texto griego, luego más antiguo y de autor desconocido: El asno de oro.

Ahora bien, la versión de La bella y la bestia que se ha revelado como una fuente inagotable de argumentos para el cine fue la de Jeanne-Marie Leprince de Beaumont. Aparecida en 1756, era una versión simplificada de la de Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve —esta última mujer del Antiguo Régimen, como su propio nombre indica— quien, viuda a los 26 años, se vio obligada a dedicarse al muy noble y siempre improductivo oficio de las letras para ganarse la vida. Meses después del óbito de Gabrielle-Suzanne, Jeanne-Marie arramblaba con el trabajo de su predecesora. Conviene hacer notar que ambas fueron mujeres, por aquello de las connotaciones machistas. Pero fue la segunda la que convirtió la antigua historia en ese cuento de hadas que ha inspirado tantas películas. De entre todas esas cintas, yo me quedo con la primera, la que Jean Cocteau estrenó en 1946. Después me iría a la checa del gran Juraj Herz, que data de 1973, junto al Incinerador de cadáveres (1969), también de Herz, Trenes rigurosamente vigilados (1966) y Alondras en el alambre (1969), ambas de Jiří Menzel, basadas en novelas del gran Bohumil Hrabal, obra en el repertorio ideal del siempre notable cine checoeslovaco.

"Enamorado de ella, el habitante de la Laguna Negra merodeará alrededor de la expedición y atacará a sus miembros, llegando incluso a impedir su partida"

No me referiré al anticomunismo de aquellos grandes cineastas que se conjuraron en torno a la Nueva Ola Checoeslovaca —Věra Chytilová, Miloš Forman, Juraj Jakubisko…—, porque me extendería demasiado, y hoy he venido a escribir sobre Julie Adams, la más bella —en la capacidad de inspiración de una actriz no hay mejores o peores, eso queda para las competiciones deportivas—, la que, apenas aparecía en la proyección, a mí me conmovía como una bestia.

Ya en épocas más recientes, la adaptación a la pantalla del viejo relato, que Christopher Gangs estrenó en 2014, me llamó la atención por todo el aparato desplegado al servicio de su belleza plástica. Pero mi versión favorita de ese cuento de hadas, ya con la calidad de los mitos, es una adaptación libre; la dirigió el gran Jack Arnold en 1954 y fue estrenada en España con el título de La mujer y el monstruo. En sus secuencias, la bestia es la abominación de la Laguna Negra. Mitad hombre, mitad anfibio, vive en el misterioso fondo del Amazonas hasta que un equipo de científicos invade sus dominios en busca de un fósil. Entre los estudiosos se encuentra la bella Kay Lawrence —Julie, naturalmente—, quien no tarda en inspirar los sentimientos más humanos a la Bestia. Enamorado de ella, el habitante de la Laguna Negra merodeará alrededor de la expedición y atacará a sus miembros, llegando incluso a impedir su partida. Hasta que finalmente consigue secuestrarla. O raptarla, mejor dicho, ya que no pedirá rescate alguno por la doctora. Lo suyo, por volver a remontarnos a la antigüedad clásica, viene a ser como cuando los fundadores de Roma, faltos de mujeres, raptaron a las sabinas.

"La Universal de entonces concebía su cine fantástico como su serie B, el complemento a las producciones A, esas que encabezaban el cartel en los programas dobles"

Esta inolvidable variación del mito de la Bella y la Bestia es, antes que ninguna otra cosa, un exaltado poema a la belleza de ese milagro de la biología que fue Julie Adams. Retratada siempre con una sensualidad inusitada en el cine de los años 50, viniendo como venía el espectador de ese paseo por el Génesis que sirve de introducción a la película —trufado, hemos de remarcar por una perorata pseudocientífica alusiva a la Teoría del Big Bang, que no al dictado de los versículos de la Biblia—, la maravillosa Julie incluso llega a antojársenos la mismísima Eva.

Quince millones de años después de la creación del mundo, aunque allí “todo es destrucción”, según el capitán Lucas (Néstor Paiva), el tiempo no ha pasado en el recóndito lugar donde el geógrafo Carl Maia (Antonio Moreno) encuentra el fósil de una mano palmípeda, con los dedos unidos por membranas. Esa mano —o garra, por mejor decir— será la misma que veamos tras esas burbujas que emergen de la Laguna anunciando el inminente peligro, y una postura idéntica a la suya será la última que adoptarán los dedos de la primera víctima. Es más, al principio sólo vemos la mano de un monstruo que estaba llamado a formar junto a al vampiro, el licántropo y la creación de Frankenstein en la galería de abominaciones de la Universal. Pero la Universal de entonces concebía su cine fantástico como su serie B, el complemento a las producciones A, esas que encabezaban el cartel en los programas dobles. De bien poco habría de servir cierta voluntad de estilo por parte de Arnold, una concatenación de la misma imagen que, ya desde las primeras secuencias, demuestra que late en él un afán creador por encima de la media del cine de ciencia ficción de la época. Igualmente, hay que destacar el rigor científico que le guía. Aún estamos fascinados con las piernas de la gran Julie, vistas al entrar la bella por primera vez en escena, cuando se nos comienza a hablar del agua como origen de la vida y de cómo la naturaleza llevó a los primeros seres del líquido elemento a tierra.

"Nació como Betty May Adams en Iowa en 1926. Apenas finalizó sus estudios de Arte Dramático, entró en el cine de la mano de Mark Robson, quien la incluyó en el reparto de Nuevo amanecer"

El monstruo, más que una abominación, es un poeta. En la secuencia en que se enamora de Kay, la bella Julia luce como Esther Williams en Escuela de sirenas (George Sydney, 1944). Pero la jungla no es el paraíso. De hecho, la inolvidable ictióloga no duerme porque escucha “gritos de angustia, como de una criatura a la que estuvieran matando”.

Era tanto el magnetismo que irradiaba Kay al sumergirse en aquellas aguas con su bañador blanco, que aquel humanoide anfibio, que moraba en el fondo del lago desde los días en que La Tierra era joven, despertaba de su sueño milenario para admirarla y amarla tan candorosamente que el sentimiento acababa costándole la vida. Sí señor, lo que no pudieron las eras geológicas, lo pudo el atractivo de la científica más fascinante de toda la historia del cine. Fue una lástima que, como el resto de los profesionales de la serie B, Julie Adams también estuviese condenada a la televisión. Ella hubiese preferido el cine, la gloria del Technicolor de antaño y los grandes formatos de pantalla.

"Fue una de esas actrices invitadas que otorgaban marchamo de calidad a series como Alfred Hitchcock presenta, Arresto y juicio, Ironside o El agente de C.I.P.O.L."

Ya andando en su filmografía, cambió el “Julia” con el que aparecía acreditada en La mujer y el monstruo y en los westerns de los 50 por el “Julie” con el que figura en sus trabajos posteriores. Huelga decir que para su legión de admiradores —y lo son todos los amantes del western y la ciencia ficción— siempre siguió siendo “Julia”. En cualquier caso, nació como Betty May Adams en Iowa en 1926. Apenas finalizó sus estudios de Arte Dramático, entró en el cine de la mano de Mark Robson, quien la incluyó en el reparto de Nuevo amanecer (1951). Sin embargo, el destino de la aún incipiente actriz estaba en la Universal. Protagonista de tres de los grandes westerns producidos por estos estudios, fue la Lorna Hardin de Horizontes del Oeste (Budd Boetticher, 1952), la Laura Baile de Horizontes lejanos (Anthony Mann, 1952) y la Rosie McCoy de Historia de un condenado (Raoul Walsh, 1953). Se da la circunstancia de que en todas estas creaciones los personajes de la actriz hacían prevalecer la razón mediante su abnegación y su hermosura donde no había más ley que la del revólver. Presencia angelical en el salvaje Oeste, destaca entre sus grandes papeles el de Laura Baile, la chica que redimía a Glyn McLynton, un antiguo forajido de la frontera de Kansas, interpretado por James Stewart, que aún lucía en su cuello la cicatriz de cuando intentaron “colgarle” unos vigilantes.

También habrá que recordar a Julia Adams como la Angelique Dureau de El caballero del Mississippi (Rudoph Maté, 1953) y la Beth Anders de El desertor de El Álamo (Budd Boetticher, 1953). Más de 70 años después, todos los personajes de Julia Adams en los años 50 tienen la calidad de los mitos. Ya en la siguiente década, simultaneó su carrera cinematográfica con la televisiva. Fue una de esas actrices invitadas que otorgaban marchamo de calidad a series como Alfred Hitchcock presenta, Arresto y juicio, Ironside o El agente de C.I.P.O.L. Volvió a trabajar junto a James Stewart en el show que éste tuvo entre 1971 y 1972. En fin, su carrera se prolongó hasta entrado el siglo XXI. Lo que, cuando la edad aún se lo permitía, no le impidió simultanear la interpretación con la traducción simultánea en congresos y las clases de declamación que impartía a otros actores. La recuerdo como la veía el monstruo, buceando en las aguas de la Laguna Negra.

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