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Julio Llamazares: “La desmemoria solo sirve para repetir los mismos errores”

Julio Llamazares: “La desmemoria solo sirve para repetir los mismos errores”

Hay veces en que los libros reflejan una experiencia vital concreta del lector de una forma tan nítida que parece que ese libro se haya escrito solo para él. Y no me refiero a algo tangencial o metafórico, como por ejemplo quien lee sobre alguien recién liberado de una prisión y lo compara con su situación sentimental; no, me refiero a algo casi literal. Pues eso precisamente es lo que le ocurrió a quien esto escribe con El viaje de mi padre, de Julio Llamazares: en este libro se cuenta la historia de un antepasado leonés (su padre en su caso, mi abuelo en el mío) que fue arrancado de su pueblo, junto a otros jóvenes que no odiaban a nadie, por viejos que sí se odiaban, para ser llevados hacia el este, hasta el frente de Aragón y más allá durante la Guerra Civil española, para luego volver vivos, tener hijos y nietos que no les prestaran atención cuando mencionaban la guerra, y que, finalmente, estos se arrepintieran de ello cuando ya era demasiado tarde.

Llamazares, rebasada ya la frontera de los 70 años, ha intentado poner remedio a eso con los medios que ha podido encontrar: el vecino de un pueblo cercano que fue compañero de su padre y que le sobrevivió casi veinte años, el océano de información recopilada primeros en archivos y libros y luego en internet, e incluso la colaboración ciudadana una vez que se publicó el volumen con su experiencia en septiembre de 2025. La película completa de aquel viaje en 1937 de su padre, Nemesio Alonso Díez, ya es imposible de recuperar, pero al menos su hijo el novelista, periodista, poeta y guionista ha podido encontrar algunos rastros y retazos de aquel tiempo —quizá aparezcan más—, y los ha compartido con nosotros, antes de que también sea demasiado tarde para la siguiente generación.

—Los libros tienen vida propia, y pasan cosas con ellos, no solo con éste, sino con todos. En las presentaciones y en las entrevistas continuamente me encuentro gente que me dice “pues mi abuelo, mi padre, vivió lo mismo que el tuyo”.

"Los libros tienen vida propia, y pasan cosas con ellos. En las presentaciones y en las entrevistas continuamente me encuentro gente que me dice pues mi abuelo, mi padre, vivió lo mismo que el tuyo"

Mientras Jeosm, a quien Llamazares ya conoce de cuando se hizo el viaje de prensa para el libro hace unos meses, va colocando sus cosas para hacer nuevas fotos del escritor —que nos ha recibido a ambos en su piso en Madrid para la entrevista—, le he contado brevemente todo esto e incluso le he enseñado la única foto que mi madre, a la que llevo toda la semana haciéndole las preguntas que nunca hice, ha podido encontrar de su padre, mi abuelo Jesús, en uniforme, con otros tres compañeros y cigarrillo en mano —nunca recuerdo haberle visto fumar—. Llamazares tiene un amplio escritorio con varias pilas de libros delante de él —“me los van enviando o regalando, y cuando ya no veo por encima de los montones, entonces toca ponerlos en otro sitio”— y a su lado también hemos repasado brevemente los tres juntos las fotos que trae el libro, divididas en dos secciones, una en blanco y negro con imágenes hechas durante la guerra, y otra en color, con fotos sacadas por el propio Llamazares durante su viaje. Pero que nadie se imagine a un romántico viajero con camarón de gran objetivo y bloc o libreta de notas en la mochila: Llamazares ha usado su móvil para ambas cosas, las fotos y las notas, casi siempre de voz, para luego utilizarlas como recordatorios durante el periodo de escritura. De hecho, él pensaba que sus fotos no valían para publicarse, que eran solo para su ayuda y memoria personal, pero a sugerencia de su editora en Alfaguara, Carolina Reoyo, varias de ellas han acabado en el libro. “De quinientas que tienes, ya te habrán salido diez o doce buenas”, nos dice Llamazares que le dijo ella. Y ahí están inmortalizadas: un refugio antiaéreo, un cementerio, estaciones y vías de tren abandonadas, y el edificio en Carrión de los Condes donde su padre aprendió a usar la radio de campaña, entre otros lugares. Sobre la foto de la portada, de Agustí Centelles, nos dice que se eligió como representación de un soldado cualquiera de aquella guerra: “De hecho, es un soldado republicano, y mi padre estuvo con los nacionales”. También me pregunta de dónde eran mi abuelo y sus hermanos —Julián y Tino, uno nacional y otro republicano, que no se caían bien pero que compartieron casa hasta que ambos murieron con más de 80 años—, reconoce el nombre del pueblo, le digo que el primer libro suyo que leí fue El entierro de Genarín —no “San Genarín”, que lo dicen mal en las noticias todos los años por Semana Santa—, y entre todo lo que hablamos se me olvida mencionarle que un día hace ya casi un par de décadas coincidimos los dos en el mismo grupo de visita a las plataformas de la catedral de León —lo reconocí pero no le dije nada—.

En fin, que antes de que pueda siquiera hacerle una de las preguntas que traía en la lista, ya me la ha respondido: ni soy el único que ha pasado por esto ni soy el único en habérselo contado. Y a renglón seguido, también se me anticipa a la que habría sido siguiente pregunta: ¿ha averiguado algo más sobre su padre en los seis meses que han pasado desde la publicación del volumen? Porque este es un libro que prácticamente pide un rótulo de esos que salen al final de los documentales o las películas basadas en hechos reales revelando “qué pasó después”.

—Sobre todo me han ocurrido dos cosas muy curiosas. Yo no tenía ninguna foto de mi padre en la guerra, ningún recuerdo de ese tipo. Pero claro, a raíz de la publicación del libro llega a muchísima gente, y no sabes a quién. Porque los libros son como las botellas que lanzan los náufragos con mensajes, sin saber a quiénes le van a llegar. Un periodista en Castellón, cuando presenté el libro allí [ha querido presentarlo en todas las provincias que visitó en su viaje], me dijo: “Pues tengo una revista de la época de la guerra, que se llamaba Fotos”, que editaba el bando franquista, que era como el Blanco y Negro, el suplemento del ABC, igual que había revistas de la parte republicana. Y luego me dice: “Y hay un reportaje sobre la toma de Castellón”. El reportaje, no sé si a ti te sonará, lo hacía, incluidas las fotos, que son muy buenas, un locutor de radio histórico de los años 60, que era Bobby Deglané.

—Es de antes de mi tiempo, pero sé quién es, sí.

"Al frente fueron cuatro hermanos. Dos lucharon con los republicanos, por ideología además, y otros dos, mi padre y un hermano, lucharon con las tropas de Franco"

—En cuanto a fama era como un Iñaki Gabilondo de los años 60 o por ahí. Cuando la guerra, por lo visto era un joven periodista chileno que acababa de llegar a España y que acompañaba en los frentes a las tropas sublevadas. Y me pongo a ver el reportaje, que tiene unas fotos estupendas de soldados durmiendo entre naranjos, etcétera, y de repente veo una foto de dos soldados con una radio, y son mi padre y su amigo.

—¿Seguro que lo son?

—No lo puedo asegurar, porque claro, tienen 18 o 20 años y van vestidos de soldados, pero casi seguro.

—¿Se les ve bien la cara?

—Sí, se les ve perfecto. Es como si él [Jeosm] nos hace ahora una foto a ti y a mí desde ahí mismo: mi padre manipulando la radio y su amigo Saturnino hablando por el teléfono. Comparándolas con otras fotos de ellos, estamos casi seguros de que son ellos, aunque no se puede asegurar porque son sesenta o setenta años más jóvenes y vestidos de soldados. Claro, por eso te digo que los libros tienen casi otra novela que escriben ellos mismos después de publicarse. Y otra cosa que me ha ocurrido es que a través de la editorial ha contactado conmigo una maestra de un pueblo de Castellón, Benlloch, que me cuenta que su vecina, que tiene noventa y pico años, se acuerda —aunque no se puede asegurar, porque habría muchos más— de dos radiotelegrafistas. Ella era una niña de cuatro años, a la que le daban la merienda por allí mientras ellos estaban instalados en la masía de su abuela, con la que vivía en medio del monte. En aquel entonces las masías estaban habitadas, y allí se establecieron estos dos radiotelegrafistas, “que hablaban castellano”, decía la señora, y que, casi seguro, si no eran mi padre y su amigo, eran otros muy parecidos. Hablé con la señora, que me ha contado anécdotas que recordaba, pese a ser una niña, y me decía que siempre quiso volver a verlos, porque la trataban muy bien y cuando empezaban los bombardeos la llevaban a una cueva que había al lado de la masía. Quiero decir, que hay una novela de la novela, cosa que ya me ha pasado con otras. Es un libro con el que, por el tema que trata, hay mucha gente que se siente identificada, porque sus padres o sus abuelos vivieron la misma peripecia, y cuando contaban, que contaban poco, no les hacían mucho caso.

[Después de la entrevista se me ocurre que estaría bien poder mostrar a los lectores esa foto, y Llamazares accede. “Mi padre es el que manipula la radio (tiene unos cascos en las orejas) y Saturnino el que habla por teléfono”.]

—En la película Salvar al soldado Ryan parte de la trama se basa en que hay cuatro hermanos que están en la misma guerra, y con eso Steven Spielberg se montó una película conocida y premiada internacionalmente. Pues en su caso fueron cinco hermanos, ¿no?

—Bueno, en combate fueron cuatro. Uno ya tenía treinta y pico años, y ya tenía hijos, y no le movilizaron directamente al frente, pero vivía en Madrid, le pilló de vacaciones en León, en nuestro pueblo de origen, quiso volver a Madrid y ya no pudo. O sea, no luchó en el frente, pero la guerra le cambió la vida. Fue aquello de “las largas vacaciones del 36”. Le afectó, aun no yendo al frente, porque durante tres años no pudo volver a su casa. Y cuando volvió a Madrid ya no era el Madrid que había dejado atrás. En realidad, al frente fueron cuatro. Dos lucharon con los republicanos, por ideología además, y otros dos, mi padre y un hermano, lucharon con las tropas de Franco. A mi padre, que era un chavalín, le movilizaron con los de su quinta, y también a su hermano, no sé si en aquel mismo momento, pero de forma participativa. O sea, que igual que los otros dos hermanos eran de izquierdas, este era de derechas.

—¿Y su padre no tuvo oportunidad de haberse alistado con los republicanos? Probablemente no, porque ya había pasado más de un año desde el comienzo de la guerra.

—No, no podía. Bueno, podías cruzar la línea de frente y jugarte la vida. Él estaba en el pueblo, había acabado el bachiller, iba a empezar magisterio y por eso también le cambió la vida, porque no pudo estudiar y acabó en el frente de Teruel y de Castellón y del Ebro, aunque allí con mi viaje no llego. Se presentaron voluntarios, no porque quisieran ir a la guerra, sino porque sabían que los iban a movilizar y así podían elegir destino y no ir de carne de cañón a infantería. Por eso también él perdió la guerra, como tantos, porque perdió la salud. A raíz de algo que cuento en el libro, una neumonía o pulmonía con 20 grados bajo cero y 41 de fiebre, estuvo a punto de morir en Teruel, y ya se resintió de por vida. Y luego está la herida emocional, como tantos y tantos, después de vivir lo que vivió y de tener un hermano desaparecido y otro en la cárcel. Aunque luchó con el bando vencedor, él también perdió la guerra, como tanta gente.

—¿Cómo se llevaron los hermanos después de la guerra? ¿Se trataban? ¿Vivían cerca?

—Bien, se llevaron bien. Uno vivía en Argentina, mi padre en León y el otro en Madrid. Pero se llevaban bien por encima de las divisiones. En realidad el que era, digamos, socialista, es el que después de la guerra se fue a Argentina, pero se querían muchísimo y les unió mucho la figura del hermano desaparecido, el otro republicano, porque se pasaron la vida buscándolo y nunca lo encontraron.

"La Guerra Civil sigue planeando sobre el presente lo suficiente como para que no se pueda considerar todavía superada"

—¿Ha continuado buscándolo usted?

—Sí, he seguido buscándolo. Ahora es más fácil que en la época de mis padres porque, primero, era de izquierdas, así que en aquel momento no podías preguntar mucho, y segundo, porque no había ningún tipo de banco de datos ni de documentación, y no consiguieron encontrarlo. Luego he seguido la búsqueda —ahora en internet hay mucha información— y he conseguido saber que está casi seguro en una fosa común en Amorebieta, en Vizcaya. O allí o en Llanes, en Asturias. Hay dos posibilidades.

—¿Y esa fosa está excavada?

—La están excavando ahora y les he mandado mi ADN, en memoria de mi padre y sus hermanos y mis abuelos, por si alguna vez apareciera, pero es que en esa fosa, donde fueron a parar muchos de los que murieron en el cerco de Bilbao, se calcula que hay como seiscientos muertos, con lo cual los van desenterrando poco a poco y no es fácil identificar a todos. No se pierde nada por probar, así que lo he mandado un poco en recuerdo de mi padre, que estuvo buscando siempre a su hermano, y de mis abuelos, a los que casi no conocí, que se murieron esperando al hijo que no volvía. Incluso he escrito varias veces sobre ese tío, a quien no conocí, claro, porque nací casi veinte años después de esa guerra de la que él no volvió. El protagonista de Luna de lobos, mi primera novela, es maestro y se llama Ángel por ese tío mío. También aparece en alguna otra novela, como Las lágrimas de San Lorenzo, y en un relato que escribí, que se titula “El desaparecido”, porque al final es verdad que los fantasmas viven más que los muertos. Duran más en la memoria de los vivos que los muertos porque, como nunca acaban de morir del todo, planean siempre sobre la memoria de la familia. En la casa del pueblo donde sigo yendo ahora en verano hay una foto que presidía siempre el salón, el comedor donde se comía los días solemnes, y se bajaba la voz para hablar de él, siempre era “el tío Ángel, el que desapareció en la guerra”. Lo cuento en el relato: cuando era niño le tenía miedo, porque como no sabía qué era “desaparecer” y bajaban la voz y miraban para el retrato, yo notaba que había algo raro. Además, la foto tiene —la he conservado, de hecho es la que sobrevive de mis antepasados en la casa— una particularidad: que en la imagen tiene los ojos entornados hacia un lado, y cuando tú te mueves parece que te sigue con la mirada. Cuando era niño, con mi hermano, me acuerdo de que a la hora de la siesta, cuando todos dormían, entrábamos en el comedor, mirábamos la foto, hacíamos así [mueve la cabeza de lado a lado], y claro, le teníamos miedo, porque se bajaba la voz para hablar de él y te seguía con la mirada. Y bueno, muchos años después continúa siguiéndome con la mirada.

—¿Esas heridas han cicatrizado hoy en día?

—A nivel personal sí. A nivel familiar, es que ya han desaparecido todos.

—¿La gente más joven de su familia se interesa por esto, quieren saber?

—Algo saben, porque hablamos y porque escribo estos libros, y mi hijo y mis sobrinos los leen. Hay una memoria, pero una memoria casi familiar y literaria. A nivel nacional creo que no se han cerrado las heridas y tardarán todavía en cerrarse. Hubo alguien que dijo que una guerra civil tarda en cicatrizar, en superarse, cien años. Creo que en España vamos a necesitar que pasen más años, porque todavía siguen muchas heridas abiertas, entre otras cosas por la cerrazón de una parte de la sociedad que se niega a reconocer algo que es casi de caridad cristiana: un país no puede ser normal con cien mil muertos fuera de los cementerios. Mientras eso no se solucione, no pueden pretender que las familias de esos desaparecidos pasen la página. No conocí a mi tío y no tengo ningún rencor por ello, pero me gustaría encontrarle alguna vez y llevar sus restos a un cementerio de su pueblo, donde a sus abuelos y a mi padre y a sus hermanos le hubiera gustado que estuviera. Es algo que viene incluso en el Evangelio: enterrar dignamente a los muertos. Esa es una razón, pero hay luego muchas otras que explican que todavía la Guerra Civil sea algo sangrante o candente en la vida española, y negarlo es negar la evidencia. La Guerra Civil habrá pasado desde el punto de vista de la actualidad política y social cuando hablemos de ella como hablamos de la guerra de Cuba o de las guerras carlistas, como pasajes de la historia. La Guerra Civil sigue planeando sobre el presente lo suficiente como para que no se pueda considerar todavía superada.

—Usted tenía un padre y una madre que vivieron durante la guerra. Yo tenía cuatro abuelos que vivieron durante la guerra. Para mi sobrina, ya son ocho bisabuelos, y dentro de poco habrá gente que tenga dieciséis tatarabuelos que vivieran y murieran entre 1936 y 1939, casi inevitablemente de ambos bandos, y así en progresión a medida que pasen los años. Todos ellos gente, por supuesto, que ya no habrán podido conocer. Así que ya no podrán informarse directamente con las personas de su familia y tendrán que acudir a libros, a vídeos, a lo que encuentren o se les ofrezca. Usted ha visitado institutos o colegios hablando de estos temas en sus libros.

—En una época fui bastante. Ahora ya hace años que me he retirado de ese público, que es el más difícil de todos, los adolescentes. Primero, porque forman parte de una cultura visual y les cuesta mucho leer —muchos leen solo porque los obligan en los colegios—, y luego, porque todo lo que les viene impuesto les resulta ajeno, con lo cual tú llegas a un instituto a hablar, y hay de todo, pero depende mucho del entusiasmo de los profesores, más que de los alumnos. Se nota mucho. Y bueno, como tú dices, a medida que van pasando las generaciones, se va difuminando la memoria de la guerra, de la posguerra y de todo. Con el paso de las generaciones, esto es como cuando tiras una piedra en un estanque: el primer círculo es el más grande y luego a medida que se van haciendo ondas van teniendo menos intensidad, se van deshaciendo. Con la historia pasa lo mismo.

Uno de los lemas que a Llamazares le gusta mencionar a la hora de escribir libros de viaje es uno que se encontró escrito en los ferrocarriles portugueses: “Pare, olhe, escute”: pare, mire y escuche. “Esos son los mandamientos del viaje”. Nada de ir a ver solo lo que la guía de viajes te ha dicho que veas, porque eso es lo que distingue a un turista de un viajero. Así es como en el libro se encuentra con gente que sabe mucho de los sitios que visita, otros a los que les suena algo un poco, y otros que no saben siquiera que están vendiendo latas de bebidas delante de un lugar de importancia histórica. A pesar de ello, ha insistido en que no ha escrito un libro de historia, sino de literatura, sin ánimo de sectarismos, banderas ni enfrentamientos. Es un relato antibelicista y un homenaje, con cierto ánimo de intento de reparación, hecho con curiosidad, melancolía y esperanza, hacia todos los que sufrieron la guerra. Comienza con la trinchera que se abrió en su propia familia —tres hermanos en un bando, dos en el otro, con convicciones más o menos firmes pero sin ninguna gana de matar y hacerse matar— y se va convirtiendo poco a poco en un resumen en microcosmos de aquellos años y de las heridas que causaron, unas heridas que, como le pasaría a Ramiro, su personaje en Luna de lobos, si no se airean y se curan activamente, acabarán gangrenándose y causando todo tipo de fiebres. “Nunca conviene no olvidar de dónde venimos, para no volver al mismo sitio”.

"Siempre he considerado la literatura original y la literatura en estado puro es la de viajes. Si te fijas, todos los libros fundacionales de todas las literaturas del mundo han sido libros de viajes"

—Usted ha escrito muchas cosas diferentes: poemas, guiones de cine, artículos de prensa, novelas, libros de viaje… En España, la literatura histórica ha tenido su momento, y la novela negra, y la autoficción, y otras temáticas también… pero nunca parece ser el momento de la literatura de viajes. ¿Por qué cree que es?

—Bueno, yo siempre digo que la literatura de viajes en España ha tenido una existencia guadianesca: tan pronto se pone de moda como desaparece. Así como en los países anglosajones, en Alemania o en Italia la literatura de viajes es un género más, como la novela, como el ensayo, como la poesía, en España está siempre un poco bajo sospecha la literatura de viajes, que es algo que no entiendo, porque siempre he considerado que es la literatura original y la literatura en estado puro. Si te fijas, todos los libros fundacionales de todas las literaturas del mundo han sido libros de viajes. La Odisea, antes el Éxodo en la Biblia, la Anábasis, el viaje de Marco Polo, el Cantar del Mio Cid son viajes que emprenden héroes, o militares, o conquistadores. Es decir, son libros que escribe gente que ha viajado para contar a los que no viajan qué es lo que han visto y cómo era el mundo. La gente ahora cuando viaja de vacaciones, ¿qué es lo primero que hace? Contar a los demás lo que han visto, en Vietnam, en Budapest o donde sea.

—Quizá para alguna gente la “literatura de viajes” les suene a alguien que les quiere colocar, aunque quizá un poco más adornado, el clásico rollo de su álbum de fotos, o de su blog, o antes su carro de diapositivas o sus fotos de Kodak: “Mira, aquí fui a tal sitio; mira, aquí desayunamos esto…”. Y la literatura de viajes que está bien hecha no es así.

—Todo viaje es interior. Tú viajas alrededor de ti mismo, vayas donde vayas. Lo que haces mientras viajas es reflejarte en espejos, diferentes del espejo que nos refleja cada día. Simplemente ese cambio de realidad ya te obliga, te hace pensar y poner en duda todos tus principios. Y por eso es tan interesante, porque la literatura es pensamiento más emoción. Viajando piensas mucho y recibes muchas emociones o muchos impactos que te pueden emocionar. Eso es la literatura de viajes, y por eso para mí, tanto escritor como lector, no es que sea un género secundario, es que para mí es el género fundacional de toda la literatura.

—Mencionaba antes al Cid, y en algún momento el libro dice que su padre siguió prácticamente el mismo camino por el que pasó el Cid por Castilla y Aragón hacia el Mediterráneo.

—Es una casualidad, porque mi padre podía haber ido a la guerra a Madrid o a otra zona, al País Vasco, etcétera. Pero coincidió ese viaje, y es más, en muchas partes coincide exactamente. Por ejemplo, mi padre acampó en Caminreal, que está a diez kilómetros de lo que llaman el Poyo del Cid, que es ahora un pueblo que está bajo una colina donde según el Cantar de Mio Cid estuvo acampado durante un año con sus soldados y desde allí hacían razzias hacia Castellón y Valencia. Cuando pasa por todo el Duero, por Soria, también sigue el camino del Cid. De hecho, paso por Navapalos, que es el vado entre Esteban de Gormaz y el Duero, por donde cruza el Cid, según el cantar. El territorio por el que pasa este libro, y por el que viajó mi padre en la guerra, coincide con unos lugares que siempre han acogido a todos los que huían de algo, que es el Sistema Ibérico. Allí, en las montañas de Teruel y Castellón, en el Maestrazgo, estuvo el Cid en un pueblo que se llama Olocau del Rey, en la serranía ibérica entre Castellón y Tarragona. Estuvo el general Cabrera cuando las guerras carlistas. Estuvieron los maquis, cuando el Partido Comunista mandó guerrilleros dentro de España para reactivar la contienda, cuando ya declinaba la Segunda Guerra Mundial, para que los aliados tuvieran la percepción de que la guerra continuaba en España y la liberara también, cosa que no ocurrió, como bien sabemos… Es decir, es un territorio de remontados, de huidos, de forajidos, de gente que se refugiaba en las serranías huyendo de algo. Que gran parte del viaje de mi padre coincida con el de Cid, para mí, tiene un simbolismo añadido, porque según la leyenda y según la tradición, le desterraron y todos los que iban a la guerra eran también desterrados, gente arrancada de su tierra para luchar en otro lugar.

"En este libro hay un doble viaje. Uno es el viaje en el presente, que realizo con todo mi bagaje cultural, anímico, personal, y en el que voy contando lo que me encuentro, pero en el fondo está además el viaje del recuerdo, el eco del que hizo mi padre"

—Uno, además, viaja inevitablemente con la cultura que tiene. En el libro se mencionan, entre otros, a Miguel de Unamuno, Antonio Gamoneda, Miguel Torga… En un momento hay música de Mendelssohn en su coche, inspirada en poemas de Goethe. Ha dicho usted también que algunos parajes aragoneses parecen sacados de un western… Y Nemesio y Saturnino podrían recordar un poco a Sancho y don Quijote: eran dos hombres de interior que al final acaban viendo el mar por primera vez en su vida. Quien no tenga estas referencias no las puede proyectar sobre lo que ve.

—No sé cuál sería don Quijote y cuál sería Sancho Panza, pero está bien visto. Creo que ambos eran una mezcla de los dos. Físicamente y moralmente ninguno iba a deshacer ningún entuerto, sino que iban a salvar la vida, como se muestra al final con lo de la radio, que es un gesto sanchopancesco de antihéroes.

—Me encanta lo de la patada a la radio. Es picaresca pura. No creo que haya alguien que lea eso —en la primera página del libro, así que no es mucho destripe— y no quiera saber más de esta pareja.

—No hay ningún heroísmo en ese gesto, pero se comprende perfectamente, porque la principal gesta de todo ser humano es conservar la vida, creo yo. Y más cuando te la estás jugando por algo que ni sabes bien qué es, ni compartes. Y luego lo que dices es verdad, claro. Es que en este libro hay dos viajes, un doble viaje. Uno es el viaje en el presente, que realizo con todo mi bagaje cultural, anímico, personal, y en el que voy contando lo que me encuentro, lo que me ocurre, pero en el fondo está además el viaje del recuerdo, el eco del viaje que hizo mi padre y que hicieron muchos como mi padre hace casi noventa años, a la guerra. Hay una especie de superposición continua de esos dos viajes que además sirven para contrastar una época terrible de este país con otra época, que es la actual, en la que todavía quedan ecos de aquello, pero cada vez menos.

—Una de las cosas que me gustan de libro son los momentos inesperados que se encuentra uno. El lector lo empieza pensando que va a ser lo que dice el título, el viaje de alguien que estuvo en la guerra, y de eso hay, por supuesto, pero están luego los detalles sobre el día concreto en que estuvo usted en cada sitio. Por ejemplo, llegar a Alcañiz y que resulte que coincida usted con un grupo de militares visitando el mismo refugio antiaéreo, o que alguien que se acaba de enterar de por qué quería visitar usted las ruinas de Rodén, tan impresionantes o más que las de Belchite, reaparece de repente con una moto y le empieza a ayudar en su recorrido. Se podría haber obviado todo eso, pero incluir esos detalles tal cual fueron le da un toque diferente.

—Es que los tres elementos de la literatura de viajes son el paisaje, el paisanaje y el azar. El azar es fundamental en la vida, porque si tu padre no hubiera ido a la fiesta de no sé qué sitio el día que conoció a tu madre, pues ya no estabas tú aquí. Y eso a lo mejor dependió de que ese día le dieran libre en el trabajo dos horas antes. Cosas así cambian la vida para siempre. Eso se percibe mucho cuando viajas: de llegar a una hora a llegar a otra te vas a encontrar un personaje o te vas a encontrar a otro. Si no veo un cartel que pone “campamento guerrillero de La Cerollera” y digo “coño, ¿eso qué es?”, porque voy mirando para el lado contrario mientras conduzco, pues eso ya no existe en el libro. O si no llego cuando están los militares que les llevan a ver el refugio de Alcañiz que dices tú, pues no me habrían dejado verlo. Quiero decir que esto, el viaje, es un trasunto de la vida, y en la vida y en el viaje el azar es determinante. Luego, cuando tú lo has terminado y ves el libro, piensas que tenía que ser así, y no tiene por qué ser así.

—Es tu viaje. Otra persona que haga el mismo que tú no va a ser el mismo.

"El azar en la vida y en la literatura es mucho más determinante de lo que creemos, y en la de viajes ya ni te cuento"

—No solo eso, sino que tú mismo, si viajas dos veces, no haces el mismo viaje, pues no te vas a encontrar la misma gente, ni la misma climatología, y si entras en el mismo bar te vas a encontrar a otra gente distinta. El viaje cambia, el azar es mucho más determinante de lo que a veces creemos, y a veces —y esto pasa no solo en la literatura de viaje— en una novela hay cosas que determinan su desarrollo que dependen de que tú, por ejemplo, un día pusiste la televisión y escuchaste una frase que te dio pie a algo. Siempre pongo un ejemplo: en La lluvia amarilla hay un capítulo que todos los críticos dicen que es la piedra angular del libro, que es cuando al personaje principal de la novela, el último habitante de un pueblo abandonado, se sienta delante de una casa y de repente de esa casa sale una víbora y le pica, y empieza a delirar de la fiebre, y ahí ya pasa de ser un personaje racional a un loco definitivo —parece ser, según la interpretación de algunos lectores—. Pues ese capítulo, que según los críticos es la piedra sobre la que se sostiene la novela, surgió de que un día dejé de escribir, me puse a cenar, puse la televisión, y había un programa de aquellos que había hace muchos años que se llamaba Los ríos, documentales sobre los ríos de España. Ese día era sobre la cabecera del Tajo, por la zona de Guadalajara, Peralejo de las Truchas y por ahí, y salía un pueblo abandonado y, claro, es verdad que cuando tú estás en algo, te atrae todo lo que tiene que ver con eso. Me quedé mirando mientras cenaba, y vi de repente que en una imagen una culebra se metía dentro de una casa, seguramente huyendo del cámara que iba por allí. Y de ahí salió todo ese capítulo. La pregunta es: si ese día no pongo la televisión ¿La lluvia amarilla no tendría piedra angular? O tendría otra, quizá. Quiero decir que el azar en la vida y en la literatura es mucho más determinante de lo que creemos, y en la de viajes ya ni te cuento.

—De todos los detalles de este viaje, mi favorito es cuando va usted dando libros suyos por ahí a quien le ayuda. Me encanta hacerme ahora una imagen, seguro que idealizadamente falsa, de que todos los escritores del mundo van por ahí con libros suyos en el maletero del coche, regalándoselos a quienes les ayudan con el siguiente.

—Tengo la fortuna de que casi todos mis libros estén en varias ediciones, y con cada edición te dan unos cuantos. Con la primera edición cumples con los compromisos de familiares y amigos, pero luego tienes por ahí… Imagínate, si de La lluvia amarilla han salido cincuenta ediciones, pues me habrán dado quinientos ejemplares, que tengo todavía en el trastero, en cajas… Por eso siempre llevo en el maletero o en el coche libros míos. Y cuando alguien, digamos, se porta bien, se enrolla bien contigo, que se dice ahora en el lenguaje coloquial, pues muchas veces, no solo en un viaje sino también en la vida normal, si alguien te ayuda, cuando te marchas dices: “¿Te gusta leer? Toma, pum”. Al cartero, que el hombre viene aquí con frecuencia, pues a veces le regalo libros, porque no los quiero para nada más que para ocupar sitio y además, de paso, de bien nacidos es ser agradecidos. Y en este libro lo hago, que yo sepa, en dos ocasiones. Lo curioso es que ninguno de los dos, cuando les di el libro —claro, no digo ni lo que estoy haciendo ni quién soy— sabía quién era yo. Ni siquiera se enteraron de que era yo el autor del libro que les estaba dando. Lo que tiene más mérito es que el hombre de La Cerollera, Ángel, había sido profesor de literatura en Barcelona. Ni siquiera él, que era profesor de literatura en un instituto, me había reconocido. Cosa que no solo no me molesta, sino que agradezco, porque el que no te reconozcan te permite poder hacer libros de viajes con mayor libertad. Porque si te conocen desde el principio, pues ya te reciben de otra forma.

—Ha sido un viaje al pasado, pero también un viaje al presente, porque se ha ido encontrando cosas que igual no esperaba antes de comenzarlo. Por ejemplo, cómo de bien o mal conservados están los restos de la guerra, cuánta gente hay en cada pueblo o no, la cantidad de inmigrantes que hay haciendo trabajos que antes hacía la gente local… ¿Qué es lo que más le ha sorprendido del presente que se ha encontrado?

—Hay dos cosas. Una que no me sorprende, porque ya lo sabía, es el vaciamiento de gran parte de España. Y un vaciamiento que hace todavía más dramática y más absurda la guerra, el ver que de repente tú llegas a un pueblo, Singra, cerca de Teruel, donde hubo una batalla y murieron mil o dos mil soldados para conquistar el pueblo, y ahora viven veintipico personas. Toda esa matanza para un pueblo en el que ahora la gente no quiere vivir y del que se van casi todos. Y luego, desde el punto de vista social, lo que más me ha sorprendido es el cambio demográfico de la población. El vaciamiento de España sería todavía mucho mayor si no fuera por los inmigrantes, por esos mismos inmigrantes que algunos grupos políticos quieren expulsar de España. Es que si se van los inmigrantes, la mitad de España queda no ya vacía, sino desierta directamente. Porque los inmigrantes vienen a ocupar los lugares que la gente aquí ha abandonado. Sobre todo en provincias como Soria, Teruel, los extremos de Zaragoza, los que trabajan en el campo, en la hostelería, con el ganado, etcétera, la mayoría son inmigrantes. Y eso es algo que la gente está acostumbrada a ver en las ciudades, pero quizá ignora que está pasando en los pueblos, tanto de la España interior como de la periférica. En Castellón los que trabajan en la agricultura, en los naranjos, la mayoría son inmigrantes. Es algo que desde la ciudad la gente no es consciente de que está ocurriendo, que lo que pasa en las ciudades está pasando igual en lo que llamamos la España rural o la España interior.

"La mirada urbana del campo es siempre paternalista. El mundo urbano, por lo menos en España, vive de espaldas al mundo rural"

—A todo el mundo le da pena, pero luego nadie se muda a esos pueblos a vivir. Incluso gente que por su ocupación podría trabajar desde allí.

—En verano, quince días, la gente se muda. Luego, cuando empieza el frío y la realidad que son los colegios, la vida, el trabajo, la gente vuelve a irse. En este libro no es que lo mencione a propósito, es que gran parte del viaje pasa por territorios que están abandonados y vacíos o casi vacíos. Y te das cuenta de que una cosa es el discurso político y el discurso oficial y otra cosa es la realidad. Que a todo el mundo se le llena la boca e idealiza la vuelta al campo, pero luego muy pocos vuelven, y muy pocos de los que vuelven aguantan y resisten. Cuando andaba viajando por Huesca hace cuarenta años, buscando impregnarme del espíritu de esas zonas para escribir La lluvia amarilla y conociendo pueblos abandonados de todo, en un pueblo que se llama Castiello de Jaca vivía solo una familia, que eran el matrimonio, no sé si dos hijos, y el abuelo. Hablando con el hombre de la familia, que estaba allí con las ovejas y eso, me decía: “Sí, sí, los fines de semana y en verano viene la gente, merienda, dice “qué bien vivís aquí”, pero luego nadie vuelve en invierno a trabajar la tierra, a quitar las piedras…”. Los movimientos sociales y demográficos son como los movimientos tectónicos, que son imposibles de parar. La deriva del mundo, salvo que cambie, es que la gente tiende a concentrarse en grandes ciudades, grandes núcleos urbanos, por múltiples razones que no vienen al caso ahora. Se puede corregir ligeramente, pero la deriva del mundo es como los transatlánticos: no le puedes cambiar el rumbo así en redondo. Y es que además la mirada urbana del campo es siempre paternalista, tanto por los que desprecian el campo como los que vienen del campo, en primera o segunda generación, como en tu caso o el mío. O por exceso o por defecto. Los que desprecian porque consideran a la gente que vive en provincias y en los pueblos como segunda división, o por idealización, que consideran que son unos privilegiados, y ni una cosa ni otra. Es otro mundo que está al lado de las ciudades, y viven de espaldas generalmente uno de otro, sobre todo el mundo urbano. Por lo menos en España, vive de espaldas al mundo rural. Hace poco oí o leí, un verano precisamente en León, que el setenta u ochenta por ciento de los alcaldes de los pueblos de la provincia vivían en León capital, o en Ponferrada, o en Astorga, o sea, en los núcleos urbanos. Es ley de vida, y contra eso no se puede corregir ni se puede idealizar. No se pueden cambiar los movimientos sociales. Se puede corregir algo en orden a dignificar la vida de la gente, pero no se puede cambiar el rumbo al transatlántico. Es lo que pienso. Y eso está también en este libro, porque recorro gran parte de Aragón y de repente llego a Zaragoza. Y en Aragón, la gente lo sabe, dos terceras partes de los aragoneses, que es un territorio muy grande, viven en Zaragoza. Incluso la gente de ciudades como Teruel, Calatayud o Huesca, acaban yendo a Zaragoza. Es lo que hay.

—El abuelo de una amiga mía, que vivió ciento diez años, fue alcalde de Crémenes, un ayuntamiento leonés en los Picos de Europa que consta de catorce pedanías, y ella me ha hablado de la dificultad que tiene ser alcalde de pueblos pequeños, que no tiene ningún tipo de glamur.

—Sí, tienen que cambiar hasta las bombillas. Están de pararrayos de los problemas que ocurran.

—Se ve en el libro una diferencia grande entre los restos de la guerra cuando se visita una ciudad más grande como León, Zaragoza o Castellón, y los sitios rurales, donde están a menudo mejor conservados. En las ciudades, lógicamente, no se va a ver la misma población que se encontraron ellos hace noventa años, porque está todo restaurado y modernizado. Como mucho hay alguna exposición, algún pequeño museo, etcétera. De todos los lugares que ha visitado esta vez, ¿cuál sería más recomendable, para que los lectores pudieran hacerse una idea de cómo fue aquello?

—A mí me impresionó mucho… bueno, todo el viaje, porque todas las cosas te hacen pensar, como hablamos al principio. Pero por ejemplo, el recorrido desde Valladolid a Calatayud por vías férreas abandonadas, que son la metáfora de este país. Mientras unos trenes van a trescientos kilómetros por hora hacia la periferia, en el interior de España los trenes van a muy poca velocidad o están en vía muerta. Para la gente que quiera viajar, recomendaría cualquier lugar de las etapas de este viaje, pero a mí me impresionan mucho los páramos de Teruel, donde se libraron algunas de las peores batallas y donde se conservan todavía trincheras prácticamente como estaban, porque precisamente el abandono de esos pueblos y de esos territorios ha hecho que los restos de la historia estén todavía prácticamente conservados casi como eran. Y luego hay una zona que a mí me emociona mucho, que es Matarraña y el Maestrazgo, entre Teruel y Castellón, que es ese lugar remoto, bellísimo y muy áspero, donde también hubo algunas de las peores batallas de la ofensiva de Levante y donde, como decíamos al principio, se escondieron muchos de los remontados de la historia. Es un territorio muy poco conocido, y uno de los más impresionantes, por su soledad, por la belleza de los pueblos, que la mayoría son preciosos, y sobre todo por el poso de la historia que conserva, porque por allí ha pasado la historia siempre, aún estando a desmano de todos los caminos.

"Le haría muchas preguntas que ahora desgraciadamente no puedo hacer, pero todas relacionadas más que con hechos por los que él pasó, con los sentimientos, que al final es lo importante en la vida"

—Si de alguna forma pudiera hacerle solo un par de preguntas a su padre, o encontrar alguna carta perdida que hubiera escrito, ¿qué es lo que más le interesaría saber?

—Le haría muchas preguntas. ¿Qué sentía cuando estaba en las trincheras de cualquier lugar? ¿Qué sentía sobre todo cuando salió de casa y cogió el tren en La Vecilla para ir a la guerra? Porque recuerdo, por ejemplo, el día que cogí el camión en el que me llevaron a la mili, ese ir a un lugar al que no querías ir y que encima te provocaba mucha inquietud, y eso que no había guerra, era solo a la mili. O cuando la primera vez que dejé mi casa y mi pueblo para venir a Madrid en un autobús lleno de niños como yo, de pre-adolescentes, que veníamos internos a un colegio a El Pardo. Le preguntaría por esos sentimientos que se te quedan grabados en la memoria, como qué sentía el día que salió de casa para ir a la guerra, que intento imaginarlo en el libro, o el día que volvió de la guerra. En fin, muchas preguntas que ahora desgraciadamente no puedo hacer, pero todas relacionadas más que con hechos por los que él pasó, con los sentimientos, que al final es lo importante en la vida.

—Y ahora, noventa años después del principio de todo aquello, ¿qué lectura se puede sacar, o qué lecciones tendría que sacar la gente de hoy, sobre todo la que ya no tiene acceso a preguntar a gente de su familia?

—La principal lección que habría que sacar es que el conocimiento, la historia, no solo no reabre heridas, como dicen algunos, para que la gente no sepa lo que pasó, sino que sirve, como se dice habitualmente, para no repetir los mismos hechos. El desconocimiento hace que mucha gente idealice épocas que no tienen nada de idealizables. Lo estamos viendo ahora. El conocimiento de la historia serviría para no repetir los mismos errores que hemos cometido, pero desgraciadamente aquí en España, durante muchos años, bien por la imposición política en la época de la dictadura, o por una imposición tácita en la época de la Transición, se ha hurtado a la sucesiva generación ese conocimiento de la historia reciente con la excusa de que no provocar enfrentamientos otra vez, y la desmemoria sirve solo para que la gente vuelva a repetir los mismos errores. En ese sentido, la literatura, que forma parte de la memoria, puede ayudar a combatir esa desmemoria.

—Ahora hay más información que nunca, y más fácilmente accesible.

—Pero también más manipulable.

—Claro, porque la gente igual está sacando las lecciones que no corresponde. Cuando la gente más joven empieza a decir, por ejemplo, que antes se vivía mejor, así, como afirmación general, como manta que tapa todo sin matizar más, eso lo han tenido que oír o leer en alguna parte, porque nunca lo vivieron para poder comparar.

—Sí, bueno, porque hay una lectura de la historia manipulada. La gente que dice que antes se vivía mejor es porque no vivió antes. Cualquiera que haya vivido hace cincuenta, setenta años, sabe que no es así, al revés. Hay miles de ejemplos. La mayor parte de los pueblos de España no tenían los caminos asfaltados. En muchos no había luz eléctrica, no había médicos, desde el punto de vista material. Y desde el punto de vista social, las mujeres no podían viajar sin permiso. Para que los jóvenes se hagan una idea, las mujeres españolas vivían como ahora se vive en algunos países musulmanes, donde no podían abrir una cuenta en el banco y no eran mayores de edad hasta los 23 años, y dependían primero del padre y luego del marido. Esas cosas eran así, pero hay que saberlas. Lo que pasa es que ahora, sobre todo a través de las redes sociales y de la hipercomunicación, cualquiera se erige en historiador, se erige en filósofo y dicta el camino. Y claro, eso cae en un terreno abonado, que es el de la ignorancia y la desmemoria. Y hace que escuches cosas que creías que nunca ibas a escuchar.

"Los problemas de cada generación son muy complicados, y siempre desconfío de los que tienen soluciones muy rápidas y muy fáciles para todo"

—Muchas afirmaciones de ese tipo quizá vengan por ejemplo del tema de la vivienda, que entronca con uno de los temas del libro, la despoblación. Mis padres pudieron comprar un piso y pagarlo entero, con razonable rapidez, con sueldo de trabajadores públicos, mientras criaban a tres hijos sin que nos faltara nunca de nada. Hoy es más difícil.

—Hay problemas que son de ahora que tienen que ver con otros factores. Antes no había tanto turismo, por ejemplo. El problema de la vivienda, en parte, es porque vivimos del turismo. Todas las ciudades están convertidas en parques temáticos para los turistas. Y los pisos que antes se alquilaban a los que vivían en las ciudades ahora se alquilan a los turistas. Los problemas de cada generación son muy complicados, y siempre desconfío de los que tienen soluciones muy rápidas y muy fáciles para todo. Cada uno tenemos una forma de ver las cosas, una ideología diferente, una experiencia personal, una situación económica y personal, y no todo el mundo ve las cosas igual. Desconfío de los que tienen siempre la razón. España, y supongo que el mundo, está lleno de gente que tiene la razón en todo. Esos son muy peligrosos. Siempre me acuerdo de lo que decía Machado, que a medida que se hacía mayor tenía más dudas y menos certezas. La duda, decía Emilio Lledó, es la luz del pensamiento. Tú empiezas a pensar porque dudas. Toda esa gente que da puñetazos en la barra del bar afirmando con contundencia y subrayando al final “pues te lo digo yo”, eso no contiene ninguna duda. Lo tienen todo muy claro y son muy peligrosos.

—La última: viniendo del hombre que escribió La lluvia amarilla, ¿cómo calificamos a todo esto que lleva cayendo este invierno?

—[Se ríe] Recuerdo siempre lo que decía Ian Gibson, el historiador irlandés: al principio se admiraba de que la gente en España dijera cuando llovía que “hacía mal tiempo”. Él respondía: “Pero si la lluvia en un país semidesértico como este es una bendición”. La lluvia es buen tiempo, salvo cuando llueve en exceso, como ahora que arrasa pueblos y lugares. Este es un país cuya geografía explica un poco su carácter. Si hace calor, hace un calor excesivo. Si llueve, llueve excesivo. En la tierra de tu madre y en la mía, en León, hay un adjetivo que se usa para todo y que explica muy bien esto: en León todo es terrible. “Hace un frío terrible, hace un calor terrible, había una cantidad terrible de gente”. Este es un país excesivo climatológicamente y geográficamente, que pasa de unas llanuras impresionantes a unas montañas impresionantes. Eso explica también la diferencia de carácter de los distintos lugares de España. Y también lo excesivo y lo vehemente a veces de la forma de ser de los españoles. Excesivo en las discusiones, en la política… Excesivo en casi todo.

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