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Jump Scares

Jump Scares

Me declaro un amante acérrimo del género de terror, aunque debo ser muy sincero: ahora soy mucho más selecto que en los años 80 y 90, cuando acudía cada semana, fiel, al videoclub del otro lado de la calle para ver todas las películas que tenía en sus estanterías, daba igual las buenas, malas o las peores. Pero, hoy en día, con el amplio catálogo del que disponemos, si algo no me acaba de convencer, le doy una segunda oportunidad, hasta una tercera, antes de desecharlo. Por eso, cuando anuncian que algo está plagado de jump scares, sé que voy a temblar, no porque estos vayan a cumplir bien su función, sino porque ya voy con un conocimiento preconcebido de que no me harán saltar de mi asiento ni una sola vez. Por poner un ejemplo, ocurrió con una serie, El club de la medianoche, donde se anunciaba que su capítulo inicial tenía, nada más y nada menos, que… ¡21 jump scares!

"El elemento sonoro de las películas es el gran refuerzo para lograr que saltes de la butaca, pero eso se puede solucionar"

El «susto repentino» debe tener un efecto sorpresa, y si se abusa de éste, se pierde por completo. Esto sucedía en la serie, pero lo que deberían de haber comentado era que estos «21 jump scares» estaban introducidos como una especia de elemento cómico, reflejo de los efectos nocivos de abusar de este recurso. Seguro que no decepcionaría tanto al espectador. Pero es que, en el cine o la televisión, generar este «susto repentino» no es algo difícil: la puesta a punto en la escena, el juego de luces, la música… ayudan a rascar el miedo. Sin embargo, en la literatura no es tarea sencilla. Como en una película, es necesario generar la tensión necesaria para que el lector note incomodidad, que se introduzca en el escenario, listo para agarrarse del brazo del personaje presente como el que se adentra en un pasaje del terror, percibir el mismo malestar que éste siente, el temor que le mordisquea la nuca, el susurro que le hiela hasta los huesos. Así, cuando el monstruo surja de la esquina del dormitorio, será más efectivo, en especial en aquellos lectores capaces de visualizar cada detalle. Obviamente, el elemento sonoro de las películas es el gran refuerzo para lograr que saltes de la butaca, pero eso se puede solucionar.

"¿A que no es lo mismo visionar una película de terror rodeado de gente, protegido por la luz del día, que en una sala de cine, en solitario, experiencia que recomiendo?"

Soy de esos lectores que, cuando tienen entre las manos un libro de terror, les gusta leer con un ambiente adecuado. Para ello, lo hago a oscuras y sabiendo que en ese instante estoy totalmente sólo —o duerme la familia—, con una luz tenue como única iluminación. De fondo, música o un sonido ambiente que se adapte a la historia —a veces compuesto por mí— para generar esa incomodidad que tan bien sabe transmitir el cine. Te puedo asegurar que así las situaciones que el autor presenta y que deben padecer los personajes cambian notablemente. ¿A que no es lo mismo visionar una película de terror rodeado de gente, protegido por la luz del día, que en una sala de cine, en solitario, experiencia que recomiendo?

Tras presentar el ensayo de misterio Anatomía de las casas encantadas, en 2016, recomendé su lectura —siempre que fuera posible— en unas condiciones similares a las que expongo en el párrafo anterior, y sigo haciéndolo: hasta facilito alguna de las playlist que utilizo. Los que lo han probado coinciden en que la lectura es más inmersiva y turbadora, y si tienes la suerte de que, en el momento más tenso de la narración, la luz parpadea, se va, cruje alguna madera de la casa por la dilatación, se despierta el perro en plan silencioso o se activa el motor de la nevera con un ruido «salido del infierno» —hay manuales que mencionan la posibilidad de que emitan sonidos similares a gemidos, lamentos y hasta maullidos—… ¡toma jump scare!

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