También 1925 fue un año de nacimientos sobresalientes. Por limitarme a nombres de escritores, destacan cuentistas como los españoles Ignacio Aldecoa y Medardo Fraile y narradoras de la talla de Carmen Martín Gaite y Ana M.ª Matute o el chileno José Donoso, el siciliano Andrea Camilleri o el disciplinado Yukio Mishima, y el poeta Ángel González, y por supuesto Flannery OʼConnor, por poner a quienes tengo en mis altares y retablos de lector. Y nacieron libros, para mí, imborrables como Marinero en tierra, de Rafael Alberti. O El gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald. Y en el sevillano barrio de Santa Cruz vino a la vida —excepcional, como todas las vidas y todos los años— Manuel Ferrand Bonilla. Aunque su biografía fue más allá de lo excepcional, a un territorio exclusivo de las personas verdaderamente grandes y buenas. Puede leerse un resumen de la existencia de este escritor, periodista, dibujante, profesor de Historia del Arte en la Universidad de Sevilla, y más bien, y en suma, humanista de cuerpo entero y alma de arriba abajo, experto en cielos y cuerpos celestes y padre generoso de nueve hijos. Aquí puede uno acercarse a su biografía. Y ampliar los hechos y repasar un álbum de fotos entrañable, además, donde se desvelan anécdotas de Manolo o de parientes suyos y se subrayan influjos, como el de Miguel Romero Martínez (1887-1957), profesor suyo en la niñez, que le enseñó bien pronto a identificar y a ubicar constelaciones y principios elementales de astronomía.
Los objetos mágicos han amueblado la narrativa de todas las épocas y latitudes. Y bastante más temprano las orientales. Porque mucho antes que el armario que conecta el mundo de una vivienda en la campiña inglesa, sin bombardeos nazis, con el reino de Narnia, o todavía más antiguos que el Andén 9 3/4 del tren que lleva a Hogwarts, o muy anteriores a la madriguera o el espejo de Alicia Liddell y una lista quizá sin fin, mucho más lejanas y pretéritas fueron las lámparas, los anillos, las piedras, las monedas, las espadas o los libros con asombrosas propiedades. Y las alfombras.
Como esta de la que se encapricha Omar Ibn Sapjulin, un cadí —un juez— de Damasco, tejida por un anciano a quien mata con crueldad porque el viejecillo se niega a vendérsela. La alfombra estaba «destinada a más altos fines». Entonces, un respetado ulema —es decir, un experto minucioso en leyes islámicas— anuncia visionariamente que el difunto alcanzará una gloria milagrosa. Para deshonra del cadí. Y todo el pueblo espera un prodigio: que el cadáver vuele en una alfombra mágica.
Y ya habrá leído usted el final. Ya habrá percibido ese inteligente aroma de contar con solemnidad fingida y aire de erudición rarezas de otros confines y de otras épocas. Pero la explicación, casi burocrática, de oficina aburrida de historiadores pertrechados de certificados de patentes y de inventos y calendarios y cronologías, con que el lector se da de bruces a final de «La alfombra» le hace pisar en blando en la realidad. Encima, la sorna esa —la sevillanísima guasa, como los calentitos— de tratar la alfombra esa como si fuera un adelanto comparable a la pólvora o la brújula, las gafas o la imprenta de tipos móviles.
Y con el pulso de experto en narrar, Ferrand deja ondear la expectación: ese crimen horrendo, sacrílego casi, al que sigue el vaticinio que suena a profecía no de futuro sino a costumbre de maldades de tiempos remotos, a amenaza y a miedo; y, luego, el pueblo esperando que se cumpla lo que les han anunciado, la alfombra y sus poderes, el cuerpo y su elevación «camino del infinito» trazado en el aire.
Manuel Ferrand, versátil, hace rememorar efluvios a relatos sufíes, a cuentos árabes, que decíamos en otros tiempos, a códices medievales de sabidurías islámicas, a variedad de Las mil y una noches.
Y logra modelar con sus manos alfareras un contorno oriental, religioso, entre mítico y medio fatalista… Misterioso. Y esos borgianos sabores de fingir erudición, espolvorear con referencias orientales, darle al texto cierto tono enciclopédico, visos y apariencias de texto histórico y entreverar reflexión y humor. Porque entre los dedos le bailaba a Manolo Ferrand la gracia del humor. La inteligencia del humor.
Un humor que se va hasta el paredón del absurdo, por llevar su lógica hasta el extremo, para desmontar lo que parece racional y pasaba por ser mítico. Una ocurrencia culta, una agudeza con su chispita seca y retardada, como los chistes verdaderos, hasta las palabras del final.
Las solapas de sus libros repiten que su primera novela, El otro bando (1966), obtuvo el Premio Elisenda de Montcada y el Platero de Plata que otorgaba el Ateneo de Sevilla. Dos años después publicó Con la noche a cuestas (1968), obra con la que ganó el Planeta de ese octubre. Le siguieron las piezas de narrativa breve ilustradas Fábulas sin remedio (1972), que merece reedición, La forastera (1974), La naturaleza en Sevilla (1977), Los iluminados (1982) y una trilogía hispalense: Calles de Sevilla (1976), La naturaleza en Sevilla (1977) y Gastronomía sevillana (1985).
Por supuesto, habría que rescatar sus colaboraciones y sus ilustraciones con su firma de Tic en La Codorniz, «la revista más audaz para el lector más inteligente». Su gran amigo Antonio Burgos se encargó de recordarlo: «… publicó cientos y cientos de textos con el pseudónimo de Tic y decenas y decenas de “Críticas de la vida” sin firma, así como muchísimos dibujos, especialmente de su personaje Don Perplejo», creo que desde 1960 a 1975. Antonio Burgos resaltaba, además, que Ferrand —redactor jefe de la edición de ABC de Sevilla, por cierto— fue pionero en el género de la crítica de televisión, que firmaba también Tic.
Más prodigioso que esa alfombra es el libro de cuentos que hizo libro Planeta ¡en 1972!, un acto de valentía editorial, donde sale este que reproducimos en Zenda hoy. Inolvidable me parece la primera pieza de Fábulas sin remedio, «Autobiografía», una larga y lúcida enumeración que sobrecoge y empieza así: «Un retrato sobre la repisa negra, la máquina de coser donde está grabada, dorada y descascarillada, otra máquina de coser con costurera de moño y larga falda, un florero, ¿qué fue de él?, la lámpara. La lámpara, sobre todo, bóveda rara, aplanada, apalanganada, cilindritos de cristal como flecos colgando de sus bordes», hasta meterse en el corazón y bordarlo con filigranas que si están en el suelo da pena pisar con los zapatos sus bellezas. Profanarlas. Otro «camino del infinito». Harán bien en reeditar esos prodigios cuantos antes.
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La alfombra
Omar Ibn Sapjulin, cadí de Damasco, es recordado aún hoy como inventor del licor fermentado del alpiste. Cuéntase que un día encontró a un anciano que tejía una alfombra y se admiró de la gracia de la urdimbre. Quiso comprársela pero el anciano respondió que la alfombra estaba destinada a más altos fines, porque sería su ofrenda a la mezquita. Entonces, en un rapto de furor que lamentaría el resto de su vida, lo hizo degollar, cortar en siete trozos y enterrar bajo el polvoriento camino de los camellos, envuelto en la alfombra inacabada. Un ulema llamado Aben Salah, el más docto sabidor de islámica teología, fue a verle en cuanto tuvo noticia del desafuero y le anunció que vería para su desdicha la gloria del ajusticiado. Se corrieron las voces y todos esperaron el prodigio. Sabían que, de un momento a otro, el cuerpo del anciano emprendería el vuelo sobre la alfombra, camino del infinito. Fue una pena que se equivocara tanta gente. La alfombra mágica no se inventó hasta sesenta y siete años más tarde, veintitrés después de la muerte de Omar Ibn Sapjulin.
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En Fábulas sin remedio, Barcelona, Planeta, 1972, pp.155-156.



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