Ernest Hemingway excusó estar presente el viernes 10 de diciembre de 1954, en el Konserthuset de Estocolmo, en el banquet speech, el discurso de gala, de la aceptación del Nobel de Literatura de ese año. Se lo concedieron «por su maestría en el arte de la narrativa» y «por la influencia que ha ejercido en el estilo contemporáneo». Sus biografías repiten que seguía recuperándose de dos accidentes de avioneta consecutivos, con horas de diferencia, en África, allá en enero, cuando se desplazaba para disparar en un safari o para hacer fotos de cataratas espectaculares, vete a saber. Ahí las leyendas se copian las hazañas y trastocan y exageran las mentiras. Sí parece cierto que la gran enfermedad de Ernie, como le llamaban sus no muchos amigos, o Papa, era el alcoholismo. No solo le carcomía el hígado sino otra víscera también incómoda: el tapón que cierra el rencor. Era proclive a soltar exabruptos, salidas de tono y algún puñetazo, sobre todo el contundente y rápido jab. Pero —según dicen— su mayor dolencia era la depresión encharcada con daiquiris y mojitos. Desde la Cuba del dictador Fulgencio Batista, Hemingway le pidió al entonces embajador de Estados Unidos en Suecia que en su nombre leyera las dos cuartillas del discurso al recibir el Nobel. Posteriormente, Hemingway grabó el discurso con su propia voz y se embolsó las 181.647 coronas suecas, equivalentes al poder adquisitivo de unos 437.000 dólares hoy, aplicando la inflación acumulada.
De la primera, Hadley Richardson, con la que contrajo matrimonio en 1921, aceptó sus dos herencias, que fueron «su modesto fondo fiduciario para vivir, trasladarse a París y comenzar a abrirse camino en el mundo literario», y gracias a ella pudo acabar su primera novela, Fiesta (The Sun Also Rises).
Para cuando Hadley le pidió formalmente el divorcio ya sabía que su marido se había liado con una de sus amigas, la hija de millonarios y periodista de Vogue y católica Pauline Pfeiffer. Y sanferminera. Hemingway, excelente y pionero cuentista, tuvo el detalle de ceder a la madre de su hijo Jack, cariñosamente «Bumby», los derechos de esa muy muy célebre y, en octubre, centenaria novela.
Se unió en el sacramento del matrimonio con Pauline en París, en la iglesia de Notre-Dame-de-lʼAssomption de Passy, el 1 de mayo de 1927. Pocos meses después se quedó embarazada. Hemingway recibió de Pauline y de un tío carnal suyo auxilio crematístico, frecuentes regalos, además de dos hijos —Patrick y Gregory (luego reasignado como Gloria)— y una ayuda segura para seguir corrigiendo y editando textos. Y parte del trasunto de la enfermera inglesa Catherine Barkley en la Italia de la Primera Guerra Mundial en que se ambienta Adiós a las armas (1929).
La doctora Jurado Magdaleno defiende, además, que Hemingway quiso dejar patentes en varias de sus narraciones sus sentimientos sobre los ricos y el dominio que «ejercían sobre sus cónyuges a través del dinero», y se basa en los personajes millonarios de cuentos magníficos y de finales abiertos a la voluntad del lector como «Las nieves del Kilimanjaro» y «La breve vida feliz de Francis Macomber». Ella los interpreta como la desazón del autor de tener que reconocer el respaldo femenino en los avances de su profesión de escritor. Luego Hemingway volvería a teclear historias de desheredados, los Nick Adams de siempre, los heroicos Robert Jordan. Podían integrar, como él, la Lost Generation, la generación perdida, más bien «desperdiciada» para la vida que tenía que seguir adelante. Sublime es la figura del viejo y digno Santiago, pescador cubano, que no se deja derrotar aunque esté desgarrado del todo: «a man can be destroyed but not defeated». No estamos hechos para la derrota.
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El jurado le dio el título de ganador, entre otras 672 narraciones remitidas desde veinte países, a Manuel González Seoane en el «XV Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín», en 2023. El autor de «Secretos de familia» nació en la pontevedresa Vilagarcía de Arousa en 1955 y vive en A Coruña desde 2018, tras haber residido en Lisboa durante seis cursos. En la capital portuguesa ejerció de profesor en el IEL Giner de los Ríos. Maestro de Primaria, docente también de Lengua y Literatura Gallega en institutos, colaboró con las editoriales SM y Anaya en la elaboración de libros de texto y guías didácticas, para los que ideó y desarrolló contenidos de técnicas de creación literaria para primeras etapas de la ESO. Fue coguionista y presentador del programa Preescolar na Casa, emitido en la Televisión de Galicia y en Radio Nacional.
La relación de Manuel González Seoane con el microrrelato se inició a raíz de una sección del programa de la Cadena SER dirigido entonces por Gemma Nierga, La ventana. «La ventana de Millás». De Juan José Millás. Les pedía a sus oyentes cuentos muy breves que luego él seleccionaba y premiaba.
Manuel entró en contacto, por unas precursoras redes sociales de narrativa, con personas que también escribían microficción. Aquellos «ventanianos» lograron la publicación colectiva de un volumen titulado Algo que me urge contarte.
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En «Secretos de familia» salen a relucir varios méritos. Uno, innegable, es la facilidad con que el narrador gira el foco y desplaza la atención y el protagonismo. Funciona casi como un motor de tres tiempos: compresión, detención y expansión. Las tres fases combinan, condensan, un pasado remoto (con presumiblemente Hemingway en presumiblemente 1952), el presente narrativo (la comida posterior al funeral) y un corto salto último («días más tarde…»), que sabe a epílogo. Pero el caso es que el pasado no aparece directamente. Y el meollo no se centra en averiguar filiaciones, quién es hijo de quién, sino en observar cómo una sola narración puede alterar una estructura familiar completa. Las contundentes palabras, las frías palabras que rematan sin rematar del todo esa historia de secretos de ese desconocido apellido, y dejan al lector sin saber si se trataba de una confesión verdadera, de una fabulación senil —¡qué personaje la abuela!, y el abuelo, «el pobre»— o de una ulterior venganza doméstica. La diferencia humana y antropológica entre techo y hogar. Entre hechos o versiones de hechos.
Porque otro gran personaje, y otro acierto más, es el narrador, tan discreto él, tan contenido, tan sujetándose las emociones. ¿Qué sentirá? ¿Cree lo que la anciana revela? ¿Sospechaba algo? ¿Se enfada? ¿Se inquieta? ¿Reacciona? ¿No decide nada en absoluto?
Y luego está esa argucia tan posmoderna de no delimitar ficción e historiografía, de mezclarlo ahí. Fusión, mestizaje, inclusión de memoria y pasado, de lo histórico y lo reconstruido… Unir Hemingway con Sanfermines proporciona una poderosa impresión de realidad. Una intrigante posesión de lo ¿misteriosamente? real. De dejar en duda no solo el futuro sino, encima, el pasado. Porque, hasta ahora, sabíamos que en 1953, tras veintidós años de ausencia, Hem regresa a España y se presenta de nuevo en los Sanfermines. Viaja con su cuarta mujer, Mary Welsch. La tercera, tan esbelta como él, metro ochenta y algo de estatura, Martha Gellhorn, reportera hasta la última célula, lo dejó, harta de él. Hemingway es un cincuentón, con esa turística barba blanca que caracteriza su iconografía y que continúa creciendo en esos imitadores suyos orondos que los meses de julio concursan en Key West (Cayo Hueso), en la calurosa Florida. ¿1952? ¿Por qué no? ¿Juanito Quintana ya no regentaba su hotel? ¿Y? ¿La habitación 217 del Hotel La Perla? Oh, Sanfermines. «… una Fiesta sin igual». ¡¡Ya falta menos!!
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SECRETOS DE FAMILIA
Todos recordamos el lejano día en que mi madre, durante la comida familiar que siguió al funeral de papá, dijo que quería hablarnos. Y entonces nos contó una historia disparatada según la cual habría conocido a Hemingway en los Sanfermines de 1952, y había tenido con él una breve pero intensa historia de amor.
Hubo unos segundos de silencio. Me pareció ver que un par de rostros mudaban de color. No el de mi mujer, que, pese a la situación, se sirvió otra ración de cocochas. Nuestro hijo parecía divertirse con lo que estaba ocurriendo, y le siguió la corriente.
—Entonces, abuela, ¿yo soy nieto de Hemingway?
—No, cariño —dijo ella—. Pero esa es otra historia, y no voy a ser yo quien te la cuente.
Y ahí sí que mi mujer dejó de comer.
Días más tarde, fue ella misma quien encontró una residencia perfecta para mamá.
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Primer premio en el XV Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín, 2023


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