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Adán y Eva, de José María Sánchez-Silva

Adán y Eva, de José María Sánchez-Silva

La concisión verbal de esta narración de José María Sánchez-Silva (1911-2002) —sí, el de Marcelino Pan y Vino, y el de otras historias impresionantes, como El hereje— obliga al lector a completar buena parte de lo que sucede. Precisamente ahí se mantiene una de las razones de su grandeza. Y en su pasado: lo publicó en 1959, cuando no teníamos aún la palabra microrrelato en los libros.

Sugiere asuntos determinantes, me parece a mí: el amor originario, la identidad y el descubrimiento del yo, la alteridad (uno se entiende a sí mismo, a sí misma, a través del ser a quien más ama) y pide retroceder con la imaginación hasta las definiciones fundacionales, a esos relatos resplandecientes del dónde venimos.

Dos personajes universales y arquetípicos bastan. Ella, plena de inocencia, sin práctica del mundo ni conocimiento de su propia imagen. Él, igualmente joven, con rasgos de fragilidad (esas «mejillas imberbes»), esa primera llovizna. No nos los presenta aquí como los solemnes progenitores de la humanidad, sino como dos poco más que adolescentes sorprendidos ante el acto de la lluvia.

Es clave un inciso del narrador, que no resulta de esos omniscientes sabelotodo pero que intuye el estado interior de ella («como aún no se reconocía y amaba ya tanto al hombre»). Esa sutileza da sentido al desenlace sin destruir su efecto poético.

"Un texto mínimo como este, una narración minúscula, puede engrandecernos. El microrrelato de Sánchez-Silva dialoga directamente con el Génesis. También recuerda el motivo clásico del espejo y el reconocimiento"

Aunque, en definitiva, será quien lea y su cómo interprete las dos palabras del final el verdadero autor. ¿Quizá no sabe aún qué es un reflejo? ¿Ve únicamente al amado en todas partes? ¿Es la realidad independiente de quien está ahí delante? Las cosas, los hechos, la gente… ¿son reales por sí mismos y no solo porque otra mente los mire o los imagine o los descubra? Aquella sabiduría de don Antonio Machado: «… no es ojo porque te mira, / es ojo porque te ve»? O interrogantes graves como ese de si el yo nace en el otro. O conjeturar, dudar, sospechar que se trata de un error de percepción. ¿De una declaración amorosa? ¿Es quizá una afirmación de peso filosófico?

Un texto mínimo como este, una narración minúscula, puede engrandecernos. El microrrelato de Sánchez-Silva dialoga directamente con el Génesis. También recuerda el motivo clásico del espejo y el reconocimiento. Sin embargo, transforma parcialmente el mito de Narciso: aquí —desde luego— no hay enamoramiento propio sino la claridad preternatural de no distinguirse del ser amado.

La capacidad del escritor de convertir una escena primigenia, bíblica, en una idea tentadoramente universal, plena de dignidad y de igualdad: antes de saber quiénes somos, aprendemos a mirar a los otros; y, a veces, durante toda la vida, seguimos encontrándonos en ellos.

El talento del escritor al imaginar un instante imposible y convertirlo en una reflexión sobre la condición humana. Fue —me consta— don José María hombre generoso y optimista. Lo comprobé en su hija pequeña, Reyes Sánchez-Silva y Delgado. Personas necesarias. Emisarios de paraísos.

***

Adán y Eva

Eva, recién nacida, estaba reclinada sobre Adán debajo de un árbol, porque llovía. El hombre, tan joven, dejaba correr las gotas por sus mejillas imberbes. Cerca de ellos, el agua se había ido depositando en una pequeña depresión de la tierra.

Eva lo descubrió de pronto y dijo:

—Mira.

Miraron juntos y ella vio su propio rostro reflejado, pero, como aún no se reconocía y amaba ya tanto al hombre, añadió, maravillada:

—¡Eres tú!

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En Pesinoe y Gente de tierra, Madrid, Editora Nacional, 1964. Había aparecido en ABC, el domingo 12 de julio de 1959.

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