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La caja negra, de Alek Popov

La caja negra, de Alek Popov

La novela La caja negra (editorial Automática), de Alek Popov (Sofía, 1966), arranca en 1990 cuando una caja negra llega a Sofía desde Estados Unidos con las cenizas del catedrático Banov, fallecido en circunstancias extrañas durante una estancia como profesor visitante en Filadelfia. Esta comedia cáustica, impregnada de cinismo balcánico, explora la oscura lógica del capitalismo moderno.

Alek Popov forma parte de la Academia de Ciencias de Bulgaria en el campo de las artes. Miembro de la junta del Centro PEN de Bulgaria y del cuerpo editorial de la revista Granta Bulgaria, ha recibido multitud de premios (Elias Canetti Prize, el National Prize for Drama Ivan Radoev…).

Zenda publica las primeras páginas.

PRÓLOGO

No me puedo creer que mi padre esté dentro de esa caja de plástico negro recién traída de la aduana. Imposible. La caja está sobre la mesa del salón y todos fijan su mirada en ella. ¡Menudo espanto! No sé qué se esperaban. Una caja como otra cualquiera. Mero embalaje. La levanto, pesa bastante. Por la esquina escapa un polvo negruzco. Las cenizas de mi padre, supongo. Lo recojo con el dedo, lo olisqueo, me siento tentado a darle un lengüetazo, pero me doy cuenta de que me observan con una desaprobación creciente. Sobre la tapa, con letras pequeñas, está escrito el nombre de mi padre.

De pronto caigo en que podría ser cualquier otro nombre…

Entonces, de repente, todos entran en funcionamiento: extienden un mantel, encuentran una foto del difunto, colocan flores, encienden una vela, añaden bombones y el pequeño altar doméstico está listo. Luego aparecen nuevos objetos: un icono, un crucifijo, los libros de papá, un diploma, una medalla… Mi abuela insiste en destacar la posición social de mi padre. Mi madre trajina alrededor, aparentemente atareada y cuidando todos los detalles, pero en realidad está en otro planeta. Intenta ver algo a través de la densa niebla que separa a los vivos y los muertos… Empieza a venir gente: miran la caja negra y mueven la cabeza. Todo es tan inesperado… Hace poco estaban bebiendo juntos y ahora ya no está.

La muerte de mi padre es sorprendente por varios motivos. En primer lugar: era demasiado joven, tenía apenas cincuenta años. En segundo lugar: poseía una mente brillante que ahora parece irremisiblemente perdida para la ciencia. En tercer lugar: la desgracia ocurrió en el quinto coño, en Estados Unidos, lo que hace que nos sintamos aún más indefensos. En cuarto lugar: nadie sabe cómo sucedió exactamente, lo cual envuelve el accidente con un aura maligna y da pie a toda clase de rumores absurdos. En quinto lugar: estos acontecimientos son trágicos por naturaleza. En último lugar: probablemente hay un montón de razones más de las que no me acuerdo en este momento.

Ha transcurrido casi un año desde la caída del comunismo.

Siempre he pensado que tarde o temprano esto le iba a pasar si seguía así… Estoy hablando de mi padre y la bebida. Sin embargo, seguía bebiendo como si no hubiera un mañana, así que no nos quedaba otra que cruzar los dedos. No tengo ni idea de lo que intentaba demostrar el resto del tiempo. No entendía nada de todos aquellos algoritmos, teoremas e integrales que vomitaba. Las ciencias exactas nunca me han atraído. En el instituto fui un caso perdido en matemáticas. Tampoco es que mi padre me prestara mucha ayuda. Más bien le daba pena… A mí también me daba pena él, obligado como estaba a ocuparse de esa materia ingrata. Porque de alguna manera paradójica, yo, siendo tan inútil, y él, siendo tan capaz, nos encontrábamos en la misma situación. No importa la longitud de una ecuación si no la puedes resolver. La diferencia radicaba en que a mí me daba igual, mientras que para él era cuestión de vida o muerte. Las putas integrales parecen anzuelos. Una vez que los muerdes: se acabó. Y digo yo, ¿quién echará los anzuelos para pescar besugos en ese charco llamado ciencia?

Aquí viene mi hermano Nedko con un amorfo bolso de cartero colgado del hombro. El año pasado no consiguió ingresar en la universidad y en virtud de no sé qué estúpida ley tiene que trabajar seis meses para poder presentarse de nuevo a los exámenes de acceso. El Estado se ocupa de que los jóvenes no anden por ahí sin trabajo. Sospecho que es algo que va a cambiar pronto. Por ahora, no obstante, no le queda otra opción. Le digo:

—Tenemos un paquete de América.

Nedko pestañea estupefacto, después repara en la caja negra y una sonrisa culpable asoma en su cara. El caso es que el trabajo en Correos lo ha convertido en un cínico: su bolso rebosa de cartas, periódicos y revistas que me apuesto cualquier cosa a que no llegarán a tiempo a sus destinatarios. Por una desafortunada coincidencia es el responsable de nuestra área y, precisamente por esta razón, recibimos el aviso del luctuoso paquete con dos semanas de retraso.

Nedko intenta sobornarme y me suelta el último número de Ogoniek, la revista soviética progresista que cada cierto tiempo publica revelaciones escalofriantes. Pero ahora no estoy de humor para chismes con regustillo estalinista. Observo la caja y pienso cómo diablos sabré si dentro están las cenizas de mi padre o simplemente las de algún vagabundo. ¡No hay manera! Comparto mis sospechas con mi hermano, que se encoge de hombros.

—¿Cómo se te ocurren semejantes disparates?

¿Cómo? No hace falta mucha imaginación para verlo. Aunque al parecer él no tiene ni pizca. El traslado del cadáver desde Estados Unidos a Bulgaria habría costado unos dos mil dólares: un importe definitivamente fuera de nuestras posibilidades. La compañía de seguros miraba para otro lado. La universidad no soltaba ni un céntimo. La embajada búlgara tampoco estaba por la labor de pagar la repatriación, de modo que la única salida era la cremación. Dado que mi padre era ateo, se suponía que no tendría nada en contra. Sus cenizas viajaron como un paquete postal ordinario.

—Un paquete de América.

—Ya lo has dicho —protesta mi hermano, que frunce el ceño.

—Hay un relato con ese título —le explico—. De Svetoslav Mínkov.

El relato forma parte de una colección satírica de los años cincuenta y desenmascara los valores burgueses. Una familia de clase media tiene parientes en Estados Unidos que mandan paquetes con regularidad. Las mercancías de ultramar desatan una ilusión indescriptible y son motivo de interminables alabanzas y comentarios del tipo: qué grande es Occidente y qué mierda es nuestra industria ligera. Pero un día llega un envío insólito. El paquete contiene una caja metálica sellada sin ninguna inscripción. Al abrirla, descubren que está llena de un polvo gris misterioso. Se reúnen y elucubran: ¿qué será eso y para qué servirá? Por fin, el padre se decide y echa una cucharadita en el café. El efecto es tonificante y llegan a la conclusión de que se trata de una vitamina. Empiezan a tomarlo con el desayuno, ensayando entretanto otras mil aplicaciones caseras. Cuando la sustancia milagrosa se acaba, deciden escribir a sus familiares para que les envíen más. Entonces reciben una carta. Debía haber llegado con el paquete, pero, obviamente, terminó en el bolso de algún cartero como mi hermano… Los familiares les informan de que su tía ha fallecido y les envían sus cenizas para que sean enterradas en Bulgaria. A partir de ese momento la familia deja de alabar tanto a Occidente.

—Qué ingenioso —dice mi hermano.

Cuando un avión se estrella, todo el mundo se lanza a buscar la caja negra. Allí se conservan los datos de la navegación, el estado técnico de los sistemas, las conversaciones de la tripulación, las órdenes del piloto, etc. El dispositivo, llamado también flight recovery, permite revisar lo sucedido a bordo antes del accidente y comprender sus motivos. La caja negra de mi padre no contenía nada parecido: toda la información estaba borrada, reducida a cenizas. Y de pronto me doy cuenta de que apenas lo conocía. No entendía su trabajo. Despreciaba su costumbre de beber. Temblaba ante su ira. Me alegraba cuando se marchaba. Tenía miedo de que pudiera no volver, como de hecho ocurrió.

Un recuerdo que se desliza desde mi memoria como una postal del más allá. Una amplia playa: por un lado, hoteles y palmeras, por el otro, el océano Atlántico, turbio y amenazante. En el cielo flota un globo publicitario del que cuelga una pancarta enorme: «Myrtle Beach». Estamos en Estados Unidos, debe de ser allá por el año 1986. Mi padre se fue entonces a dar clases a la Universidad de Carolina del Sur durante dos semestres y el Estado, magnánimo, le permitió llevarse a la familia. Yo estudiaba el tercer año de la carrera y estaba muy interesado en emigrar allí: por una cuestión de principios, no porque me gustara especialmente… Mi padre no está de acuerdo. Hablamos en la playa. La única conversación seria que jamás hayamos tenido. No recuerdo exactamente sus palabras. El ruido del oleaje las borra en gran medida. Mi madre y mi hermano caminan delante de nosotros, a mucha distancia. Contemplo nuestras sombras, que corretean juntas por la arena. Él es un hombretón relleno y robusto de cabeza grande y pelo corto. Se ata el cinturón justo por la mitad de la barriga, algo que me parece un poco ridículo. Yo soy flaco, con el pelo enmarañado e informe. Mis pantalones cuelgan muy por debajo de la cintura, en el límite de la decencia. Hace dos días he visto en la MTV al vocalista de Aerosmith con ese mismo aspecto y lo encuentro bastante chic. Mi padre intenta explicarme por qué no quiere que nos quedemos en Estados Unidos. No es que no pudiéramos o que no se le hubiera ocurrido, pero existen cosas más importantes que las tiendas rebosantes. Por ejemplo, el respeto… Para eso uno tiene que estar en su lugar, porque el inmigrante siempre será un inmigrante. Incluso aquí, en Estados Unidos. Ahora lo aceptan como a un igual, pero si decide quedarse, la actitud cambiará. Sé que es complicado, dice con la mano en mi hombro (o no, ya no me acuerdo). Sus argumentos alcanzan mi cerebro en un estado extremadamente fragmentario. En realidad me da igual si nos quedamos o no. Lo importante es tener más de una opción, prosigue él. Que puedas decir «no». Un inmigrante no puede decir «no». Después habla de sus alumnos en Bulgaria: los chavales, como los llama él. No sería lo mismo sin ellos… Por supuesto, siempre podría poner el régimen como excusa y todos lo entenderían. Las relaciones con los comunistas nunca han sido fáciles. Pero ¿acaso no es cierto que a pesar del comunismo ha conseguido ser quien es en estos tiempos, lo cual hace su éxito aún más auténtico? Además, los regímenes cambian… Le oigo mencionar el nombre del líder soviético Gorbachov, pero toda mi atención la acapara una chica con un piercing en el ombligo. Es la primera vez que veo semejante maravilla. La anilla brilla deslumbrante sobre su barriguita redondeada. Me quedo boquiabierto. Siento que retrocedo cien mil años en la evolución. ¡Qué Gorbachov ni qué perestroika!

Mi padre no nota nada.

Ahora pienso: hombre, pues si hubieras visto aquel piercing, tal vez ahora estarías en otro lugar y no en la puñetera caja. La vida no son solo integrales, hipotenusas y vodka. Aunque ya es tarde para aleccionar a mi padre. Es tarde para empezar a conocerlo. ¡Ni siquiera podemos tomar una cerveza juntos! Se acabó lo que se daba. Porque él está en la caja, tan pancho, y ya no le importa nada. Es decir… sus cenizas. En cuanto a su alma, no lo sé; tal vez recorra Estados Unidos montada en una Harley Davidson invisible y chille de alegría:

—¡Me he escapado! Fuck! Fuck! Fuck!

Nosotros, sin embargo, aquí seguimos: en cuerpo y alma. Para colmo, la compañía de seguros se niega a pagar la prima. Exigen un análisis de ADN. Pero el cadáver ya está cremado. Los cabrones saben que estamos lejos y no podemos hacer prácticamente nada. Perdemos cerca de cien mil dólares.

Esto ocurrió hace quince años.

1. ANGO

Cincuenta y cuatro millas al destino final, informan las pantallas sobre los asientos. Temperatura: -12o C; altura: 3500 pies. En la pantalla aparece el mapa del hemisferio occidental. El recorrido de nuestro avión está representado con una flecha blanca que parte de Europa central, pasa por encima de Escocia, cruza el Atlántico norte sobre Islandia, gira hacia la península del Labrador y entra en Estados Unidos en un ángulo agudo, como un misil balístico. Su ápice casi roza el punto del mapa con la inscripción «Nueva York».

Me reclino y cierro los ojos. No he dormido en todo el viaje. Los compartimentos para el equipaje que están sobre mi cabeza retumban, se caen bolsos, ropa, bolsas de plástico… No entiendo a qué viene tanta prisa. Estados Unidos no va a escaparse. Seguirá estando al otro lado del océano y absorbiendo oleadas de individuos lanzados a la felicidad personal durante al menos otros veinte años. Sin darme cuenta me he quedado dormido. Cuando abro los ojos, la cola del pasillo no se ha movido. No tengo ni idea de cuánto tiempo ha pasado. Gente nerviosa, sudada, con bolsos entre las piernas, hablando indignada:

—¿Qué pasa, por qué no nos dejan salir?

—Señoras y señores, tenemos un pequeño problema médico a bordo —la voz del piloto suena mustia, como la de alguien cuyos planes para la tarde se han estropeado definitivamente—. Les pedimos paciencia hasta que se aclaren las circunstancias del incidente. Lamentamos las molestias.

¡Un pequeño problema médico! Los pasajeros se dejan caer en los asientos con semblantes sombríos y sacan sus teléfonos móviles. En la parte delantera del avión aparecen varias personas con trajes de protección de vivos colores y máscaras de gas.

Bueno, ¡la hemos liado!

El culpable del alboroto es el pequeño mocoso que no ha dejado de vomitar en las últimas horas. Por lo visto ha despertado sospechas de ataque biológico. El equipo atiende con agilidad febril al crío: le toman el pulso, lo auscultan, toman muestras de sangre de toda la familia, muestras del aire… La madre llora. El padre, un tipo de Oriente Próximo con un ralo y grasiento mechón de cabello pegado a la coronilla, aplasta nervioso una bolsa de aperitivos. Sin embargo, bajo la superficie de este gesto minimalista, trasluce el horror del hombre común lanzado al corazón del caos universal. De tanto en tanto el piloto dice algo para calmar los ánimos. Los tipos de las máscaras de gas llevan de un lado a otro maletines llenos de equipamiento. Pero los resultados se demoran. Nosotros esperamos y el estrés ya ha dado paso a una aburrida indiferencia.

No he pisado Estados Unidos desde que ocurrió lo de mi padre (me doy cuenta de que siempre digo «lo de mi padre» en lugar de «murió», «falleció», «se fue», como si fuera algo vergonzoso…). Mis ganas de viajar allí se desinflaron como un globo de chicle, sellando con su pegajoso lacre rosa mis primeros sueños de emigración. Tuvieron que pasar varios años para que volviera a pensar en ello. Aun así, era como si una prohibición invisible se impusiera todavía en esta parte del mundo. Excepto para mi hermano, quizá porque aceptó la muerte de nuestro padre como un hecho consumado. Nedko se fue a estudiar a Estados Unidos unos meses después de los trágicos acontecimientos. Terminó su MBA y, como es natural, se quedó allí, salvo en las vacaciones. Más tarde dejó de volver incluso entonces. Ahora trabaja en Wall Street y supongo que tiene todas las razones para estar satisfecho de sí mismo. Al final, él se quedo en Estados Unidos y yo, en Bulgaria. No me quejo, así son las cosas. Nadie me lo impidió, fue mi propia elección.

Acababa de graduarme en Filología Inglesa y podía optar a una plaza en la universidad, pero preferí dedicarme a los negocios. Así eran los tiempos. Todo hijo de vecino registraba empresas, vendía, compraba… A principios de los noventa la edición parecía una mina de oro. Había hambre de libros. La gente todavía tenía dinero y arramblaba con lo que se encontraba. Vendimos un inmueble que habíamos heredado e invertimos la mitad en los estudios de mi hermano y la otra mitad en mi negocio. Edité una docena de novelas criminales aceptables, gané pasta, compré un Opel de segunda mano y me casé joven. Sin embargo, el entorno empresarial acabó deteriorándose. ¡Vaya si se deterioró! Seguí sacando algún que otro título solo por mantener las apariencias, pero presentía el final. Además, ya estaba harto de recorrer almacenes e imprentas persiguiendo a gente para cobrar unas facturas penosas. Subsistía traduciendo para otras editoriales, principalmente libros de intriga y de ciencia ficción que me gustaban. El clima familiar tampoco era favorable. Mi mujer y yo no terminamos de encajar, aunque estuvimos saliendo un año entero antes de contraer matrimonio (¡vaya expresión!), lo cual hicimos solemnemente por la Iglesia, en presencia de personas importantes y con promesas de «hasta que la muerte nos separe». Al parecer eso estropeó la cosa desde el principio. Aquel molde de joven pareja feliz de catálogo de colchones en el que nos habíamos metido. Al final la realidad se impuso con fuerza. La vida: trivial y cotidiana. El sexo: con tendencia a desaparecer. Ella era artista, pero se ganaba la vida en una agencia de publicidad donde, a saber por qué, siempre le encargaban dibujos de salchichas. Intentó hacer algunas portadas, pero no funcionó. Las salchichas en cambio, le salían bien. Incluso ganó un premio con una de ellas en una exposición internacional, lo que le supuso una invitación a Italia. Divorciémonos, ya no me acuerdo quién de los dos lo dijo exactamente, pero ninguno puso reparos. No teníamos críos, no teníamos nada que repartir, excepto el Opel, al que le habían robado las ruedas. Me lo regaló. Después se marchó. Ahora probablemente dibuja salchichones, pero por mucho más dinero.

Todos en general corrieron a salvarse, como ratas que hubieran olido el agua en la bodega del barco. La mayor parte de mis amigos se largaron a Irlanda, a España, a Alemania e incluso a Portugal, de donde los propios portugueses tienden a marcharse. Al final, hasta mi madre se fue. Acababa de jubilarse de la Academia Búlgara de las Ciencias, donde había trabajado más de veinte años, con una glamurosa pensión de cerca de cien euros. Se fue a cuidar de un abuelete nada menos que a Gales. La había enchufado una excompañera de trabajo que había tejido toda una red de cuidado de personas mayores en el Reino Unido. Lleva allí tres años, en una pequeña ciudad cuyo nombre siempre olvido, famosa por su maravillosa naturaleza y sus monumentos celtas diseminados por los alrededores. Me quedaré, dice, mientras pueda. Incluso ha llegado a enviarme dinero después de aquel fracaso con los pingüinitos. Siempre me ha inspirado desconfianza la literatura infantil, pero el agente me convenció de que aquellos pingüinos eran un éxito total en Europa. Diez series con ilustraciones: los derechos me salieron caros y los gastos de imprenta, aún más. Imprimí diez mil y vendí apenas mil. Así concluyó mi carrera de editor. Mirase a donde mirase, no había más que suciedad, estupidez, perros callejeros y desesperación…

Fue cuando me dije por primera vez: ¿y por qué no me largo yo también a alguna parte? Quiero decir, la primera vez que lo pensé en serio, no como amenaza la mitad del pueblo búlgaro al pinchar una rueda en alguno de los innumerables cráteres de nuestras carreteras. Me llevó casi un año motivarme. Quizá porque, por mal que me fuera, no estaba muriéndome de hambre, tenía un techo sobre la cabeza, cuando me apetecía follar, siempre caía algo, cuando quería un trago, nunca me faltaba. Muchas veces me engañaba con que las cosas no estaban tan mal. Pero me daba cuenta de que este era un camino descendente, hacia la inevitable degeneración moral y física. Aún no había cumplido los cuarenta y todavía tenía una vida por delante.

O al menos eso es lo que dicen. Bueno, sí, jugué a la lotería, junto con al menos otro millón de ovejas locales, buscando mejores pastos. No creía que fuera a salir nada, teniendo en cuenta la experiencia de mi hermano, que había estado echando sobres como loco, hasta que por fin su propia empresa le arregló los papeles. Pero la lotería es deporte nacional en Bulgaria. Echa tu moneda, puede que ganes. Cuando sucede, sin embargo, todo se complica. Un imperativo poderoso borra toda tu vida anterior: ¡Has sido elegido! No es lo mismo que si te dan un millón, como se le echa el pienso a los cerdos, y ¡hala, vive la vida! No, aquí está implicado el destino. Se te concede una oportunidad, se te abre una puerta y depende solo de ti si entras o no. Todos tienen derecho a la felicidad. De modo que ya no hay escapatoria. Si no respondes a la llamada angelical, lo lamentarás hasta el fin de tus días. El gusano de la duda te carcomerá aunque todo te vaya bien. Si, por el contrario, tu vida se tuerce, te tirarás de los pelos por haber malgastado tu oportunidad. El encuentro con la realidad nacional, hasta hace poco rutinario e inevitable, de pronto adquirirá dimensiones trágicas. La has cagado, so imbécil, retumbará en tu cabeza como el eco de un martillo.

¡¡La has cagado tú solito!!

Mi hermano está continuamente viajando debido a varios proyectos y su apartamento está vacío la mayor parte del año. De modo que no hay problema para que me acoja, por lo menos al principio. Si logro salir de aquí, por supuesto.

Los sistemas de purificación y ventilación están apagados para impedir el posible contagio. El aire del avión está caliente y pesado, impregnado del aroma de las transpiraciones corporales. Parte de los pasajeros sostiene un pañuelo en la cara. ¡Vaya suerte que tengo! Justo cuando las puertas por fin se abren, cuando la tarjeta verde descansa en mi bolsillo y yo, por así decirlo, en el rebosante bolsillo de América, resulta que un virus cobarde tal vez esté deshaciendo las paredes de mis células para recordarme que la lotería de la vida y el Programa de Visas de Inmigrantes por Diversidad no tienen nada en común.

Me imagino pasando los próximos meses en cuarentena en algún campamento secreto, fuera de Estados Unidos, al otro lado de unas vallas de alambre de espino electrificadas. Con el pretexto de tratarnos, un departamento de investigación biológica de la CIA realiza experimentos siniestros con parte de los detenidos procedentes de países de segundo orden. Mi cuerpo se cubre de úlceras y muero en una agonía terrible. Víctima del terrorismo internacional. Por lo que sé, los seguros en este caso no se hacen cargo. Incineran deprisa mis restos para borrar las huellas. Un bonito día mi hermano recibe mis cenizas en la misma caja negra de plástico en la que llegó mi padre.

—¡Welcome to America, tío!

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Autor: Alek Popov. Traductores: Enrique Maldonado Roldán y Viktoria Leftérova. Título: La caja negra. Editorial: Automática. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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