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La culata suele ser mucho más fuerte que el tiro

La culata suele ser mucho más fuerte que el tiro

¿Quién es “el narco”? ¿Pablo Escobar? ¿El chapo Guzmán, acaso? No: el antecesor y maestro de ellos, Roberto Suárez (1932-2000), empresario de una estirpe ganadera pero con toda razón llamado “El rey de la cocaína”, incluyendo la distribución hasta que el producto llegue a su destino final.

¿Y “el nazi”? Nada menos que Klaus Barbie (1913-1991), prohombre del Ejército alemán de la ocupación de Francia. Su apodo, igualmente muy justificado, es “El carnicero de Lyon”, la ciudad de los dos ríos: donde el Saona afluye al Ródano.

"¿Cómo, dónde y por qué coincidieron ambos especímenes? La respuesta se encuentra obviamente en la ruta de las ratas"

¿Cómo, dónde y por qué coincidieron ambos especímenes? La respuesta se encuentra obviamente en la ruta de las ratas, que llevó a Suramérica ente otros muchos a un Josef Mangele (1911-1979), “El ángel de la muerte” o “El ángel blanco”: de hecho, murió en la región de Sao Paulo. Y también a un Adolf Eichmann (1906-1962), responsable directo de la llamada solución final contra los judíos, aunque en su caso no tuvo tanta suerte: en 1960 fue trasladado a Israel, donde se le condenó a la pena capital y fue ejecutado por ahorcamiento. En ese contexto, Klaus Barbie llegó a Bolivia en 1951, y en 1955 adquirió —con otro nombre, Klaus Altmann— aquella nacionalidad. Permaneció allí, desarrollando actividades lucrativas, hasta 1983, cuando se le deportó a Francia, donde en efecto fue juzgado, aunque sin veredicto de muerte. Falleció en la cárcel en la misma Lyon cuatro años más tarde.

Los personajes coincidieron, así pues, en el tiempo y en el espacio. Y se conocieron y colaboraron, por ejemplo en los golpes de Estado de Hugo Banzer (1971) y Luis García Meza (1980), en la época de lo que se conoce como “el plan Cóndor”. Digamos incidentalmente que estamos ante el país que goza del récord mundial en ese tipo de envalentonamientos de militares: sólo desde 1946 se han producido 38, de los cuales 17 con éxito. La mayoría de ellos, y desde luego los de aquella época (y antes el de René Barrientos en 1964), de sesgo derechista o, para decirlo con más precisión, anticomunista. Hoy, desde 2009, siendo presidente Evo Morales, cuenta con una Constitución que habla de un “Estado plurinacional” y proclama de los derechos de la pacha mama, la madre tierra, dicho en lengua quechua y aymara, en cuyas culturas encarnaba a una diosa. Todo muy woke y precioso. Unos excesos que, como suele suceder, sólo se explican como reacción contra lo anterior —los corsi e ricorsi de los que habló Gianbatista Vico: y es que, como bien explicó Antonio Machado, la culata suele ser mucho más fuerte que el tiro—, bandazos que sin embargo no pueden ocultar la continuidad de lo esencial. Y es que, antes y después, con una retórica o con la contraria, estamos ante lo que se conoce, dicho sea sabiendo que no existe ninguna métrica precisa para otorgar ese calificativo, como un Narcoestado.

El relato contenido en el libro que da lugar a estas líneas no llega hasta 2009 ni mucho menos: pese a haber sido publicado en este año, 2026, se centra en los años sesenta, setenta y primeros ochenta. Pero lo hace con una extraordinaria profundidad, sobre todo en lo psicológico —al modo de una película de Berlanga con guion de Azcona—, más incluso que en lo propiamente sociológico y económico. Muy recomendable, dicho con toda franqueza.

"Se insiste en que este libro no pretende ser una historia completa de Bolivia desde el origen hasta la actualidad"

Un país digno de estudio Bolivia, dicho sea de paso. Si retrocedemos dos siglos o más, nos encontraremos con que ese territorio perteneció al Virreinato del Perú hasta que, al crearse en 1776 el del Río de la Plata, pasó —en parte— a integrarse en él, aunque ya se sabe que en la selva no hay fronteras y sin fronteras no hay división administrativa —Estado o cualquier otra— que valga, lo cual constituye una de las causas de que, mientras haya demanda de cocaína en el mundo rico, las plantaciones sean tan extensas y tan prósperas, por mucho que establezcan las normas aquí o allá. De los países de Iberoamérica suele afirmarse que, si bien generar naciones —un artificio— les costó mucho, lo tuvieron fácil para crear Estados —la Administración virreinal, Capitanías Generales incluidas, mostró una gran capacidad de adaptación— pero lo cierto es que en Bolivia todo se ha conjurado —empezando, sí, por la naturaleza, la tal pacha mama— para que ninguno de los dos empeños resulte sencillo. Y eso que fue allí donde a comienzos del siglo XIX, y poco después de la invasión napoleónica de la península, empezaron los conflictos —en buena medida guerras civiles entre criollos, como ha expuesto Tomás Pérez Vejo, aunque en este caso con una mayor presencia de población indígena— que terminaron dando lugar a las independencias: ese puesto originario se le suele reconocer a la llamada “Revolución de la Paz” de 16 de julio de 1809, mucho antes por tanto de que, en 1812, en Cádiz se proclamara —ya a la desesperada— el carácter bihemisférico de los españoles.

Pero se insiste en que este libro no pretende ser una historia completa de Bolivia desde el origen hasta la actualidad. Sus autores, un alemán y un español, han puesto el foco en el período indicado —cuando, para decirlo con claridad, se juntó en el espacio y en el tiempo lo peor del género humano— pero, precisamente por lo limitado de su objeto en lo cronológico, han podido hacerlo con el rigor, verdaderamente modélico, con el que lo han hecho: un retrato de hasta donde podemos llegar degenerando, que diría Juan Belmonte.

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Autores: Christian Bergmann y David López Canales. Título: El narco y el nazi. Editorial: Pepitas de Calabaza. Venta: Todostuslibros.

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