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La decadencia del Nobel

Velintonia ardía aquel otoño de 1977. Le acababan de entregar el Nobel a Vicente Aleixandre, quien abría con estupor las puertas de su ahora ruinosa casa a las decenas de periodistas que intentaban arrancarle una palabra. La academia sueca sabía muy bien lo que hacía: recién muerto el dictador Franco, con dudosa estabilidad en la democracia incipiente, premiar a un hombre apaciguador, en cuyo domicilio se dio cita absolutamente toda la literatura hispana a lo largo de la dictadura, sin bandos ni trincheras, era premiar la concordia y el consenso. También homenajeaba a la mejor generación poética del siglo XX en cualquier idioma, por supuesto, pero más allá de la virtud técnica, indudable, quedaba el simbolismo de un premio cuyo prestigio era inigualable. «Ahora seguiré escribiendo, no hay motivos para dejar de hacerlo», fue lo único que aquellos periodistas le arrancaron. El sevillano se disculpaba por continuar escalando pese a haber alcanzado la cima.

"Mención especial merece Dylan, quizá uno de los capítulos más vergonzosos que se han escrito en el palmarés"

Hubo un tiempo en que el premio Nobel tenía algo más que un simple sentido crítico y sobre todo un nulo afán mercantil. Hoy se duda de ambas propiedades: ni acceden al meollo de la virtud literaria, ni parece ser clave que el negocio no influya. Episodios como el protagonizado por Aleixandre daban fe de la noción íntegra que tenía de la literatura. De aquellos tiempos en que la universalidad parecía necesaria, cuando recorrían los cinco continentes premiando con alternancia a los personajes más influyentes de cada cultura, no queda nada. Ni más ni menos que quince de los últimos veinte galardonados son de nacionalidad europea, y entre los otros cinco aparecen Munro, Coetzee o el bardo de Minnesota, estandartes del carácter occidental evidente que ha adquirido el premio. Mención especial merece Dylan, quizá uno de los capítulos más vergonzosos que se han escrito en el palmarés. No descartemos que, tras él, algún día aparezcan Woody Allen o Maluma. Puede que, como él, no recojan el premio, pero al menos sí alzarán el cheque de un millón de euros que reparte la Academia. No descarten nada.

"En otra época, los galardonados, véanse Pasternak, Beckett, Canetti o Szymborska, llegaban para quedarse. Hoy siguen en el imaginario y en las librerías, décadas más tarde"

Paradójicamente, pese a no dejar de correr tras el conejo blanco de la rentabilidad editorial, noto que cada día es menor la repercusión que los galardonados ejercen sobre el lector de a pie. No creo que ninguno de los veinte últimos escritores que han recogido la medalla con la efigie de Alfred hayan visto incrementadas sus lecturas con regularidad en España, excepto quizá Svetlana Aleksiévich. Lo más importante de la oración previa es el sustantivo «regularidad». En otra época, los galardonados, véanse Pasternak, Beckett, Canetti o Szymborska, llegaban para quedarse. Hoy siguen en el imaginario y en las librerías, décadas más tarde. Sin embargo, percibo que el Nobel de hoy repunta unas semanas para luego difuminarse. Quizá tenga que ver con el prestigio, ese bien preciado que cuesta décadas adquirir y segundos perder. Entre acordes, escándalos y mercantilismo se masca la decadencia del premio Nobel, que quizá sea, en algún punto, la decadencia de la literatura en su noción íntegra.

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