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La escritura interminable

La escritura interminable

El autor eleva un canto a las revistas literarias al tiempo que una diatriba contra los vicios intelectuales de nuestra época 

En la idea de crear nuevos espacios para el debate y la expresión literaria hay siempre algo de temerario, pero es un sueño que todo el que siente la urgencia de la escritura ha tenido en algún momento. En mi adolescencia, por ejemplo, yo soñaba con crear una revista que emulase aquellas con las que los dadaístas y surrealistas habían escandalizado al París de entreguerras. Una revista novedosa que brillara por su originalidad.

Aquella revista no llegó a ver la luz en mis años de universitario, fue sólo una aspiración que se agotaba en la constatación de que mi talento estaba muy lejos del que mostraron Tristan Tzara, André Breton o Paul Éluard.

Como cada vez que me enfrentaba a la escritura de mis textos, el peso de los autores que admiraba se me hacía insoportable y cuanto más buscaba una vía a la originalidad, más frustrantes me parecían los resultados. Lo cual no pasaría de ser una anécdota personal si no fuera porque, en el fondo, reflejaba una tendencia de nuestro tiempo que ha tenido catastróficas consecuencias en el terreno de la literatura y en el de las artes en general: la entronización de lo novedoso y lo original como medidas de valor de la obra.

"Se habla de, se leen, se compran los libros y autores que están de moda. Los demás deben contentarse con buscarse un rincón en el decorado de fondo"

En una sociedad de consumo de masas, la originalidad y la novedad son los principales valores publicitarios de las mercancías. Y la idea de moda es el discurso que alimenta, culturalmente, esa tendencia. Una idea que se ha instalado también en el mundo de la literatura. De ese modo, la creación literaria, de manera cada vez más acelerada, ha pasado a medirse con criterios mercantiles en función de las sucesivas modas, la novedad y la supuesta originalidad de los autores, la promoción audiovisual de los mismos y la rentabilidad en términos de ventas. Se habla de, se leen, se compran los libros y autores que están de moda. Los demás deben contentarse con buscarse un rincón en el decorado de fondo, náufragos fugaces de los estantes de las librerías antes de ver cómo sus obras terminan en la máquina de picar papel para ser reciclado.

La paradójica consecuencia de este singular proceso es que en plena época de la super-información y de los poderosos medios de comunicación de masas, con su pretendida promesa de diversidad, todo el mundo acaba hablando del mismo puñado de libros en todas partes. La “bibliodiversidad” literaria está gravemente amenazada.

"Nuevos y originales, ¿para qué? Lo novedoso sólo es nuevo. Lo original sólo es distinto"

Hay algo de irónico en todo ello. Cada obra se vende como el colmo de la originalidad, pero al dictado de la moda. Como esas campañas publicitarias de ropa en las que se pretende convencer a los consumidores de que, usando una prenda que van a comprar millones de personas, van a marcar un estilo propio. Y la ironía nace del hecho de que luego, cuando uno sale a la calle, se da cuenta de que, en efecto, pese a llevar la misma ropa de Zara o de Benetton, por ejemplo, cada persona se las apaña para individualizarse en medio de la manada.

La diversidad comienza en las huellas digitales, que nos diferencian a todos, y se extiende por toda la condición humana. Cada quien es un ser único e irrepetible, tanto si le gusta como si no. Seres biológicos e históricos al mismo tiempo, la identidad se forja sobre un entramado de experiencias tan variado e inextricable —en el que entran en juego, además, los territorios inabarcables de la propia imaginación de cada cual—, que preocuparse por la originalidad y la novedad es una soberana pérdida de tiempo: todos somos nuevos y originales. Claro que el verdadero problema es otro: nuevos y originales, ¿para qué? Lo novedoso sólo es nuevo. Lo original sólo es distinto. Un mal libro puede ser perfectamente original y absolutamente nuevo.

"Qué contar. Qué relato dejar en la memoria"

Durante siglos, la creación literaria y artística se basó en la repetición de modelos, el calco, la imitación. Y aun así, cada autor dejó su propia huella, por más que se empeñara en remedar al clásico. En estos tiempos de individualismo exacerbado, la insistencia en el formalismo superfluo de la originalidad sólo lleva a dejar de lado el gran problema de la literatura de nuestro tiempo: su contenido. Qué contar. Qué relato dejar en la memoria. Qué preguntas hacerse para avanzar en el gran misterio de conocimiento que es la expresión literaria, herramienta única del pensamiento humano que atisba la verdad a través de sus ficciones.

"Cada nueva generación reproduce el sueño de crear sus propias revistas literarias"

La escritura es un río interminable, un flujo que viene desde los orígenes de nuestra civilización y en el que cada cual navega con las mañas de que ha sabido dotarse en la vida. El espíritu de búsqueda, de aventura; el aprendizaje constante, la reflexión y el análisis; el valor para atreverse a mirar allí donde duele o donde deslumbra, para escribir desde ese lugar desde el que uno no está seguro de ser capaz de sacar adelante el texto; todo eso es lo que llena de contenido cuanto de novedosa y original va a tener la propia escritura. Y para ello hacen falta una disposición de ánimo bien quijotesca y la conciencia de que es un camino que, por mucho que requiera de soledad, nunca se hace solo. Por eso cada nueva generación reproduce el sueño de crear sus propias revistas literarias, como la efímera revista Número de Víctimas que por fin fundé, junto a un puñado de autores (Almudena Grandes, Lourdes Ortiz, Eduardo Mendicutti, Leopoldo Alas, Mercedes Abad, Alejandro Céspedes, José Infante, entre otros) en 1991, para levantar la palabra literaria frente al espanto de la Guerra del Golfo; como esta revista que estás leyendo ahora en la pantalla de tu ordenador, lector. Revistas que sean como esas antiguas posadas en las que los caminantes se reunían al calor de la lumbre para contarse sus historias y recobrar así fuerzas, antes de proseguir cada cual hacia su destino.