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La estupidez no tiene bandera

La estupidez no tiene bandera

Antes de ser un guaperas de Marvel, Loki era un figura de la mitología nórdica que se tiraba las horas muertas haciendo putaditas a los dioses. Uno podría pensar que un comportamiento así tal vez estuviera relacionado con el inhóspito clima y el aburrimiento de no poder asomar la nariz a la calle. Sin embargo, la diosa Eris, personificación de la discordia y de las disputas que originan las guerras en la mitología griega, lo hacía desde el apacible clima mediterráneo, quizá motivada por el despecho y con un poco más de mala baba. En cualquier caso, eran dos cabroncetes que se lo pasaban en grande poniendo a todos unos contra otros.

Un perfil similar, aunque menos divino, habita en las redes sociales. Pequeños parásitos —creadores de contenido sin contenido— y grandes corporaciones que viven de nuestro tiempo. Expertos en atraernos como bichos hacia la luz de la pantalla, que tienen el asunto bien estudiado: nada se propaga mejor por el cachivachito sin el que ya no podemos vivir que una buena gresca digital. Y la final del Mundial fue el anzuelo perfecto.

Así, argentinos que no conocen de España más que la palabra «coño» daban cátedra sobre la consabida torpeza española, y españoles que saben de la Argentina lo que vieron en dos películas de Darín explicaban la inherente malevolencia del carácter argentino. Luego, la magia del algoritmo reclutó a una legión de peleles dispuestos a sacrificarse en el altar del clickbait. Y miles de voluntarios Alex DeLarges se atiborraron de basura audiovisual que alimentó una estúpida, pero lucrativa batalla.

"Mientras tanto, en el mundo real, la vida sigue como antes, y los argentinos y los españoles conservamos los mismos defectos y virtudes que antes del Mundial"

En consecuencia, los argentinos dejamos de ser esos primos lejanos que se integran con naturalidad, trayendo su talento y trabajo a España, para pasar a ser una banda de forajidos que amenaza la paz peninsular; los españoles, por su parte, dejaron de ser el reflejo de aquellos abuelos que levantaron nuestro país con esfuerzo para convertirse en xenófobos racistas que desprecian a Sudamérica, con la Argentina a la cabeza; y empezamos a mirarnos con desconfianza dentro del microcosmos de los unos y los ceros, con el peligro de que el tonto de guardia la líe de verdad.

Mientras tanto, en el mundo real, la vida sigue como antes, y los argentinos y los españoles conservamos los mismos defectos y virtudes que antes del Mundial: el acento argentino sigue sonando igual de agradable o de meloso en España; los cantitos españoles y el comportamiento argentino en las canchas continúan siendo mejorables; la facilidad para socializar de ambos es igual de eficaz; la audacia argentina y el temple español siguen siendo dos características deseables; los futbolistas argentinos seguirán brillando en España y la liga española continuará enamorando a los argentinos.

Así que aquí paz y después gloria, que no hubo más «afrenta» que la de cuatro —o cuatro mil— tontos, porque la estupidez, en definitiva, no tiene bandera ni es patrimonio nacional.

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