Hace tiempo que estoy enganchada a La granja de Clarkson, en Prime Video. No deja de fascinarme que un docurreality protagonizado por el bocachancla de Jeremy Clarkson —ese británico que durante años fue la voz estruendosa de Top Gear y el capitán de The Grand Tour— haya terminado por convertirse en uno de mis refugios favoritos. Jamás me interesaron aquellos programas ni, mucho menos, el personaje: siempre tan dado a meterse en charcos por lo que dice y, sobre todo, por cómo lo dice.
El programa tiene algo que atrapa tanto a quienes amamos el rural como a quienes jamás han pisado un prado. Por un lado, ofrece una panorámica nítida de la vida de agricultores y ganaderos europeos: el clima que ya no obedece a nadie, las regulaciones absurdas que cambian según el viento político, los márgenes de beneficio que se estrechan como si fueran una soga. Por otro, regala esas estampas bucólicas que parecen hechas para reconciliarse con el mundo: atardeceres que incendian la campiña, ovejas recién nacidas tambaleándose, cerditos que miran a cámara como si entendieran el truco, cabras que retozan como si la vida fuese siempre amable, vacas que lamen a sus terneros con una ternura que desarma. Y cuando toca el matadero, también lo muestra. Sin filtros. Sin edulcorantes. Porque la realidad, si quiere serlo, debe incluir incluso aquello que preferimos no mirar.
El carisma de Clarkson se sostiene gracias a un elenco que parece sacado de una novela coral: Kaleb Cooper, el chaval que nunca ha salido de su pueblo y aun así le da sopas con ondas al cosmopolita presentador; Charlie Ireland, el asesor financiero que actúa como brújula moral y contable; Gerald Cooper, agricultor local cuyo acento es un misterio insondable pero cuya sabiduría es incontestable; y Lisa Hogan, la novia de Jeremy, que aparece siempre con un nuevo desafío bajo el brazo. Junto a otros muchos, forman una familia televisiva a la que se le coge cariño sin darse cuenta, y cuya evolución uno espera con la misma curiosidad con la que se observa crecer una cosecha.
Si algo me conmueve de este docurreality es el cambio que se ha producido en Clarkson. Al principio, él mismo admitía que se había embarcado en la aventura como una maniobra para esquivar impuestos de sucesión. La granja, por sí sola, no da beneficios: sin el contrato con Prime Video, el proyecto sería insostenible. En realidad, es un capricho caro que solo alguien como él podría permitirse.
Pero en la quinta temporada, la última emitida, algo es distinto. Clarkson ya no es exactamente el hombre que empezó esta historia. Quizás nunca llegue a ser un agricultor “de verdad”, pero el contacto con los animales, con la tierra y con la gente del lugar ha dejado huella. Una huella que, incluso dentro de la telerrealidad —sea lo que sea que signifique ese término—, demuestra que hasta el urbanita más duro y cínico puede encontrar una forma de redención en la vuelta a la tierra.


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