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Nec nominetur, de Carlos Vilar Flor

Nec nominetur, de Carlos Vilar Flor

La verdad es que «acreditado catedrático» —o sea, professor con prestigio— no equivale exactamente a «catedrático acreditado». Tampoco «políticos presos» coincide con «presos políticos». Ni «un viejo amigo» es siempre «un amigo viejo». Ni siquiera «una respuesta falsa» (no ajustada a la verdad) acaba pareciéndose a «una falsa respuesta», que más bien busca salirse por peteneras, desviarse y desembarazarse de lo que te preguntan. Para no pronunciarse en una cuestión comprometida.

No se pronuncian los personajes de este microrrelato inédito de Carlos Villar Flor, «Nec nominetur». O sea: «Ni se mencione», «Ni mencionarlo». Porque, como habrá comprobado usted tras leerlo, no se declaran o se muestran «a favor o en contra de alguien o de algo». Lo esencial ocurre en negativo: no pasa lo que debería pasar.

«Nec nominetur» abre el interesante libro aún sin publicar que se titula Puedes tutearme. Noventa y tantos folios emparejan setenta y cuatro narraciones brevísimas en dos partes. La que empieza, «Primeras impresiones…», tiene su correlato en «… nunca fueron buenas». No son exactamente «segundas partes» las microficciones que completan o que equilibran o incluso se inclinan hacia un lado distinto en esta colección subtitulada y otros (micro)relatos de la falta de tiempo. Por poner un ejemplo superclaro: uno de «Primeras impresiones» se titula «Estiramientos» y, más adelante, en «… nunca fueron buenas» aparece un «Estiramientos II». Aunque también se da el caso de que el título que lleva el anverso de la medalla de «Tarjeta de visita» es «Currículo nutrido».

Esta particularidad «complementaria» y a veces contradictoria lo hace un libro redondo, no sólo sostenido en dos columnas o dos torres mellizas y vaivenes. Puede tutearme resulta casi un reloj con agujas de doble sentido: una vez giran hacia la derecha pero luego también se convierte en levógiro, ruedan hacia la izquierda. Muy muy interesante.

Y menciono el reloj porque los libros de cuentos de Carlos Villar Flor (Santander, 1966) suelen alargar con la palabra tiempo o algo desasosegante el subtítulo: Hay cosas peores que la lluvia (13 relatos para insomnes) (1998), Solo yo me salvo (y otros relatos del tiempo sobrante) (2011).

En veintipocas líneas, salen temas a relucir, aunque ni se mencionen: la cordialidad que envuelve la rutina familiar, no solo «la familiar rutina», ese correcto afecto de ofrecer repetir plato y de interesarse por cómo está el yerno. A Eva y su marido, el narrador (en un doble sentido aquí), les basta con enlazar una mirada para conectar.

Y en una narración tan corta salen fuera actitudes y psicologías. La decepción por el silencio. Por lo que se esperaba y resulta que no. El orgullo tocado, una especie de resentimiento contenido, que revela cierta tensión soterrada. Además del retrato de las costumbres con que actuamos en nuestra realidad: los asuntos de las conversaciones, la cordialidad («Prometimos no tardar tanto en volver»).

No se escapa en «Nec nominetur» una crítica a la mediocridad social —se habla de casi todo menos de lo valioso—, que refleja esa versión de la incomunicación familiar disfrazada de cortesía artificial, poco auténtica.

Tampoco está lejos una idea sobre el reconocimiento del profeta en su tierra: el éxito público no garantiza la consideración entre los tuyos. Puede que sea mejor así.

Y esa línea final de «Nec nominetur» que es un fogonazo de luz dentro del coche y que, irónicamente, cambia de luz a esas últimas horas y a esos últimos días.

Carlos Villar Flor es catedrático de Filología Inglesa en la Universidad de La Rioja, poeta, novelista y traductor. Su novela más reciente es Tras las huellas de Greene (Menoscuarto, 2025), sabiamente reseñada en Zenda por Santos Sanz Villanueva.

Carlos, cuya alegría conozco, sí sabe qué diferencia existe entre las aulas de «un triste profesor» y las de «un profesor triste» y, además, cómo remediarlo. Dirige un máster de Escritura Creativa. Y, por supuesto, como sutil traductor, distingue qué implica decir «No mention» o «Donʼt mention». Y la elocuencia de callar. La elocuencia de las bocas cerradas.

*****

Nec nominetur

Apenas traspasamos el umbral y saludé a mis suegros, supe que no se sacaría el tema.

La cena transcurrió cordial. Los nietos ocuparon casi toda la conversación, como era natural después de unos meses sin verlos. Qué grandes estaban, sí, qué rápido pasa el tiempo. Mi suegra incluso se mostró solícita por que repitiera primer plato, y observó, sin segundas, que me veía más delgado. No hubo tensión ni velados reproches. Repasamos temas de actualidad política, hablamos de la corrupción, de las elecciones venideras, repasamos el cotilleo televisivo y un poco de fútbol. Acaso insistieron demasiado en el tiempo que hacía que no compraban periódicos. Comentaron las reformas que habían hecho en la casa —habían pintado las habitaciones, que ya tocaba— y mencionaron la inminente sustitución de ventanas, que les iba a dejar a dos velas (algo que Eva y yo nunca nos tragábamos). De modo natural, debatimos la oportunidad o no de pedir licencia de obra al ayuntamiento, y a los postres nos animamos despotricando contra el fisco y su rapacidad impositiva, un tema que siempre nos acababa hermanando.

La despedida fue algo más calurosa que el recibimiento. Prometimos no tardar tanto en volver.

Ya dentro del coche, ni me molesté en apuntar que ya lo había vaticinado. Nuestras miradas fueron de sobra elocuentes.

—Por si tienes dudas —exclamó Eva—, te aseguro que se lo había contado. ¿Cómo no les voy a contar que acaban de conceder a mi marido el premio Nadal? ■

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Inédito del libro inédito Puedes tutearme y otros (micro)relatos

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