El que no sabe nada y los que saben mucho, afirman; el que sabe un poco, duda.
Así pues, y siguiendo su ejemplo, haré ahora una consideración que el otro día me discutían algunos compañeros del gremio literario. Si yo fuese hombre, ¿vendería más libros? Del tema creo saber bastante, así que con permiso de Concepción Arenal me permitiré afirmar que sí. Y no lo afirmo como pataleta de escritora a la que no le funciona el negocio, porque me va bien y no me quejo. Sin embargo, y dado el tipo de novela que escribo, ¿habría llegado a más lectores si fuese hombre? Estoy absolutamente convencida, sí. ¿Cómo puedo saberlo? Porque lo he vivido, y porque el estudio comparado lo he estado haciendo, sin querer, desde mi primera presentación literaria.
No importa que en mis libros haya ciencia, historia ni sesudos razonamientos forenses: la sensación general es que las novelas más sólidas y serias salen de la pluma masculina. Lo sé porque he acudido a muchos encuentros literarios compartidos, tanto en España como en otros países. Contertulios, ferias, eventos variopintos en los que se llegaban a compartir salas de prensa… Si el compañero era hombre, los medios más serios y de mayor proyección lo entrevistaban a él, aunque acabase de sacar su primer libro y yo estuviese entre los más vendidos del país en ese momento. Si me encontraba en el extranjero junto a un compañero que escribiese un género similar al mío, daba igual que ambos fuésemos desconocidos: sus salas estaban más llenas, y de nuevo los medios de prensa más prestigiosos lo atendían a él, no a mí. No se trataba de menosprecios gruesos y rotundos, sino de condescendencia sutil. Y atención, porque nosotras mismas, las mujeres, somos las que llenamos esas salas de autores masculinos y dejamos cierto hueco en las femeninas.
Esto no pasa siempre, desde luego. Y no en todos los géneros, seamos realistas. En romántica las reinas son femeninas: Danielle Steel, Corín Tellado, Barbara Cartland… En juvenil J. K. Rowling es una de las autoras que más millones de libros ha vendido en la historia. En cuanto a infantil, Enid Blyton acumula tal cantidad de libros vendidos que ocupa de forma indiscutible la parte superior del pódium. Y, ya puestos, en novelas de misterio la gran jefa de ventas sigue siendo Agatha Christie, que supera con diferencia a su casi contemporáneo Arthur Conan Doyle.
Sin embargo, en este último punto, no olvidemos que la producción de Doyle fue de solo cuatro novelas y cinco libros de relatos cortos, mientras que Christie escribió sesenta y seis novelas, catorce colecciones de cuentos y media docena de novelas románticas, por no hablar de su producción teatral. ¿No les parece curiosa la diferencia, cuando pareciera que Sherlock Holmes es tanto o más famoso que Poirot?
Volvamos a la mal conocida como “literatura seria”, la que es atemporal y hace inmortales a sus creadores. El drama y la narrativa más ágil y certera, la más vendida, sigue siendo masculina: Shakespeare, Cervantes, Dumas. En cuanto al terror y las tinieblas, Stephen King es el más leído. Y, en la novela negra son James Patterson, Dan Brown o Stieg Larsson quienes se encuentran en la cumbre de la pirámide del triunfo. Estos autores masculinos, ¿merecen su éxito? Desde luego. Si fueran mujeres, ¿habrían vendido menos? Muy posiblemente. Al menos, no les habrían tomado tan en serio desde el principio, eso se lo aseguro.
Algunos me dirán que el caso de Carmen Mola desmonta mi teoría, porque bajo seudónimo de mujer fueron tres hombres los que vendieron muchos libros de novela negra y, además, ganaron un Premio Planeta. Permítanme que difiera: desde su primera novela no solo interesaba la historia en sí, sino el misterio de quién la había creado. Y ese misterio se desvaneció al revelar sus identidades: no tengo cifras, pero apuesto a que ahora venden un poco menos. No porque su calidad haya disminuido ni porque sean hombres, claro, sino porque se diluyó esa magia. Sucedió lo mismo con Elena Ferrante, que tras ver desvelada su identidad femenina parece haber perdido el tirón.
En resumen, y tal y como dijo Concepción Arenal en el breve prólogo de La mujer del porvenir, yo «no intento persuadirte ni convencerte; toda mi ambición se limita a que, al concluir estas páginas, dudes y digas, primero para ti y después para los otros: ¿tendrá razón esta mujer en algo de lo que dice?».


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