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La Odisea de los libros salvados

La Odisea de los libros salvados

¿Adónde van los libros olvidados? ¿Existe un limbo literario en donde yacen los textos repudiados? De niño pensaba que el nombre de todo autor permanecía indeleble en el lomo que une las páginas grabadas por su pluma. Ignoraba que un libro acaba desapareciendo si no se hace nada para evitarlo. La Odisea de los libros salvados es una curiosa exposición que, en el museo de la imprenta de Lyon, nos propone salir al encuentro de afortunados textos que se libraron de caer en el abismo del olvido.

"Otro valiente salvador es José Alberto Gutiérrez, un basurero de Bogotá que, tras descubrir un ejemplar de Anna Karenina en un contenedor, se decidió a recuperar aquellos libros que encontrara en su ronda diaria"

Se estructura en cuatro bloques temáticos o “etapas” de esta particular odisea. En la primera (rayo) están los libros (alcanzados por un rayo o ahogados bajo el agua) que escaparon de un cruel destino. Como aquellos que salvó la bibliotecaria Sanela Krahić tras el bombardeo serbio sobre la Biblioteca Nacional de Bosnia-Herzegovina, en Sarajevo. O como los que forman la “biblioteca secreta” de Daraya, en Siria, un sótano en donde jóvenes revolucionarios agruparon cerca de once mil ejemplares recuperados de barrios bombardeados, entre 2012 y 2016, para que no cayeran en manos de grupos islamistas. Su objetivo era devolverlos a sus propietarios tras la guerra, pero los revolucionarios tuvieron que abandonar el lugar y dejarlo a su suerte. Otro valiente salvador es José Alberto Gutiérrez, un basurero de Bogotá que, tras descubrir un ejemplar de Anna Karenina en un contenedor, se decidió a recuperar aquellos libros que encontrara en su ronda diaria. El llamado “Señor de los Libros” tiene más de veinticinco mil obras en su casa, transformada en una biblioteca que recorre los barrios desfavorecidos de Bogotá gracias a un improvisado bibliobús.

En la segunda etapa de la odisea (índex) se encuentran los libros censurados por estados o religiones, textos señalados en su día por ofender una moral o una ideología. La irlandesa Edna O’Brien forma parte de esos escritores reprobados por promover valores prohibidos, pues con su trilogía de Las chicas del campo se ganó la enemistad de la Iglesia de Irlanda en 1960, que calificó su obra de pornografía por incentivar el odio al conservadurismo en vigor. El propio catolicismo se enfrenta a una aversión similar en países como Irak, donde el padre dominico Michaeel Najeeb se encarga de digitalizar manuscritos prohibidos por Daesh. Ya lo ha hecho con ocho mil ejemplares y es célebre el viaje en que cargó dos coches con ochocientos manuscritos, datados entre los siglos XI y XIX, para llevarlos de Mosul a Kurdistán.

"El juego de citar los libros que uno llevaría a una isla desierta (popularizado por André Gide en 1913) es la excusa que permite enumerar los títulos que nunca deberían ser olvidados"

La tercera etapa (exilio) saca a la luz los libros que fueron obligados a abandonar sus estanterías. Destaca el trabajo de la bibliotecaria Jenny Delsaux, que buscó durante cinco años libros expoliados en Alemania y los países aliados, una vez acabada la Segunda Guerra Mundial (se cree que los nazis acapararon entre cinco y diez millones de ejemplares pertenecientes a judíos). Si bien las obras de los autores prohibidos, como Marcel Proust, fueron destruidas, se consiguió recuperar más de un millón de volúmenes, de los que casi setenta mil fueron devueltos a sus propietarios.

En la última etapa (talismanes), la exposición le da la vuelta a la tortilla y nos recuerda que no somos nosotros quienes salvamos a los libros, sino que son éstos los que nos libran de los estragos de la vida. Es el caso de Mary Shelley, que sobrellevó una trágica existencia gracias a la escritura, como atestigua su diario personal (“Que las estrellas contemplen mis lágrimas”). La autora de Frankenstein tuvo que afrontar el fallecimiento de tres de sus cuatro hijos, además del de su marido, antes de cumplir veinticinco años. Tras perder a su primera hija, nacida prematuramente, tuvo un sueño en que intentaba reanimarla y que le inspiraría la primera novela de ciencia-ficción de la historia. Para cerrar la muestra, que se puede ver hasta el veintidós de septiembre, el juego de citar los libros que uno llevaría a una isla desierta (popularizado por André Gide en 1913) es la excusa que permite enumerar los títulos que nunca deberían ser olvidados. Esos que no necesitan ser salvados para convertirse en inmortales.

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